Domingo XXI del Tiempo del Ordinario, Ciclo B

Autor: José Portillo Pérez  

 

 

La idolatría y nuestra participación en las asambleas litúrgicas. Jesús les dijo en el Templo de Jerusalén a sus oyentes con respecto a los fariseos: "Así que vosotros debéis hacer y guardar lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque ellos mismos no hacen lo que enseñan" (MT. 23, 3). Ojalá no nos suceda esto a los cristianos, especialmente a quienes predicamos el Evangelio. En el éxodo leemos con respecto a la peregrinación de los hebreos: "Y Jehová iba delante de ellos de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarles, a fin de que anduviesen de día y de noche. Nunca se apartó de delante del pueblo la columna de nubes de día, ni de noche la columna de fuego" (éX. 13, 21-22). Más adelante, el autor del segundo libro de la Biblia escribió: "Entonces los hijos de Israel entraron por en medio del mar, en seco, teniendo las aguas como muro a su derecha y a su izquierda. Y siguiéndolos los egipcios, entraron tras

ellos hasta la mitad del mar, toda la caballería de Faraón, sus carros y su gente de a caballo. Aconteció a la vigilia de la mañana, que Jehová miró el campamento de los egipcios desde la columna de fuego y nube, y trastornó el campamento de los egipcios, y quitó las ruedas de sus carros, y los trastornó gravemente. Entonces los egipcios dijeron: Huyamos de delante de Israel, porque Jehová pelea por ellos contra los egipcios. Y Jehová dijo a Moisés: Extiende tu mano sobre el mar, para que las aguas vuelvan sobre los egipcios, sobre sus carros, y sobre su caballería. Entonces Moisés extendió su mano sobre el mar, y cuando amanecía, el mar se volvió en toda su fuerza, y los egipcios al huir se encontraban con el mar; y Jehová derribó a los egipcios en medio del mar. Y volvieron las aguas, y cubrieron los carros y la caballería, y todo el ejército de Faraón que había entrado tras ellos en el mar; no quedó de ellos ni uno. Y los hijos de Israel fueron por en medio del mar, en seco, teniendo las aguas por muro a su derecha y a su izquierda" (éX. 14, 22-29). San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto las siguientes palabras: "No debéis olvidar, hermanos, que todos nuestros antepasados caminaron por el desierto al amparo de aquella nube, y atravesaron el mar Rojo" (1 COR. 10, 1). De la misma forma que Dios se les manifestó a los hebreos concediéndoles la libertad y sosteniéndolos durante los 40 años que se prolongó su peregrinación a través del desierto, nuestro Padre común también se nos manifiesta, a través de la recepción de los Sacramentos, sus predicadores, la Biblia, los acontecimientos que caracterizan nuestra vida ordinaria, y el dolor de los pobres, los enfermos y la difícil vivencia de quienes viven aislados.

   San Pablo nos sigue diciendo: "Todos fueron bautizados como seguidores de Moisés cuando aconteció lo de la nube y lo del mar" (1 COR. 10, 2). ¿Constatamos que nuestro Padre común aumenta nuestra fe en cada ocasión que tenemos una experiencia por cuya vivencia sufrimos?

   San Pablo nos dice: "Todos comieron el mismo alimento prefigurativo" (1 COR. 10, 3). Moisés escribió en el segundo volumen de la Biblia: "Así comieron los hijos de Israel maná cuarenta años, hasta que llegaron a tierra habitada; maná comieron hasta que llegaron a los límites de la tierra de Canaán" (éX. 16, 35).

   "Todos bebieron la misma bebida prefigurativa -les escribió el Apóstol de las gentes a los cristianos de Corinto-, pues bebieron de la roca prefigurativa que los acompañaba. Esa roca representaba a Cristo" (1 COR. 10, 4). Cuando yo trabajaba como catequista instruyendo en el conocimiento de nuestra fe a un grupo de niños de perseverancia, uno de ellos me preguntó con respecto a la meditación que nos ocupa: Si Jesús vino al mundo muchos siglos después de que aconteciera la liberación de los hebreos de la esclavitud, ¿por qué dice San Pablo que nuestro Señor se les manifestaba a los futuros habitantes de la Tierra prometida espiritualmente? No olvidemos que Jesús es la Palabra mediante la cuál nuestro Padre común creó el mundo, así pues, bajo esta óptica, nos es fácil deducir que Jesús es el Señor de la Historia. En el éxodo leemos: "Y Jehová dijo a Moisés: Pasa delante del pueblo (que los hebreos vean que actúas en nombre de Dios), y toma contigo de los ancianos de Israel

(por el respeto que se les tenía a los representantes religiosos del pueblo, los hebreos habían de tener un nuevo motivo para creer que Moisés iba a realizar un prodigio inspirado por Yahveh); y toma también en tu mano tu vara con que golpeaste el río (la vara con que Moisés hizo tantos prodigios en Egipto), y ve. He aquí que yo estaré delante de ti allí sobre la peña en Horeb; y golpearás la peña, y saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo. Y Moisés lo hizo así en presencia de los ancianos de Israel" (éX. 17, 5-6). El autor del Pentateuco escribió en el libro de los números: "Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias" (NúM. 20, 11). Dios sació el hambre y la sed de su pueblo en el desierto, y nos alimenta a nosotros espiritualmente en cada ocasión que celebramos la Eucaristía.

   "Y, a pesar de todo, la mayor parte de ellos no agradó a Dios, y fueron por eso aniquilados en el desierto" (1 COR. 10, 5). Moisés escribió en su obra las palabras con que Jehová se dirigió a los hebreos mayores de 20 años en una de las muchas ocasiones en que ellos desconfiaron de él: "Diles: Vivo yo (juro por mí), dice Jehová, que según habéis hablado a mis oídos, así haré yo con vosotros. En este desierto caerán vuestros cuerpos; todo el número de los que fueron contados de entre vosotros, de veinte años arriba, los cuales han murmurado contra mí. Vosotros a la verdad no entraréis en la tierra, por la cual alcé mi mano y juré que os haría habitar en ella; exceptuando a Caleb hijo de Jefone, y a Josué hijo de Nun" (NúM. 14, 28-30). San Pablo explica esta situación en su Epístola a los Hebreos: "¿Quienes fueron -debemos preguntarnos- los que, habiendo escuchado la voz del Señor, se revelaron? ¿No fueron, acaso, los que habían salido de Egipto guiados por Moisés? Y ¿contra

quienes se indignó Dios a lo largo de aquellos cuarenta años? Está claro que contra quienes pecaron; allí, en el desierto, quedaron tendidos sus cadáveres. Y ¿a quienes, sino a los rebeldes, aseguró Dios con juramento que no entrarían en su descanso? Vemos aquí con toda claridad que no pudieron entrar por falta de fe" (HEB. 3, 16-19). Yo pienso: Si Dios es sumamente perfecto y nos ama, ¿por qué nos castiga cuando transgredimos su Ley? A quienes me dicen que Dios nunca nos castiga, les recuerdo las siguientes palabras del Apocalipsis: "Yo reprendo y castigo a los que amo. Esfuérzate, pues, y cambia de conducta" (AP. 3, 19). ¿Nos castigará Dios porque únicamente a través de la vivencia del dolor somos capaces de abrirle nuestro corazón y de cumplir su Ley? Recordemos que los castigos divinos no son multas que se nos imponen, sino oportunidades que se nos conceden para que seamos mejores personas cristianas. Este tipo de castigos sólo nos pueden ser aplicados por Dios, ya que él

es el único que conoce nuestros sentimientos.

   "Todo aquello sucedió para servirnos de ejemplo a nosotros (ya que nos enriquecemos con esas experiencias para evitar sucumbir ante la posibilidad de pecar); para que no corramos tras el mal, como ellos corrieron" (1 COR. 10, 6). Antes de que Dios saciara el hambre de su pueblo alimentándolo con codornices, sucedió el siguiente hecho: "Y la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo, y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: ¡Quién nos diera a comer carne¡" (NúM. 11, 4). No tiene sentido el hecho de que quienes celebramos la Eucaristía devotamente transgredamos constantemente el cumplimiento de la Ley de Dios.

   San Pablo nos advierte "para que no os deis a la idolatría, como se dieron algunos de ellos, según dice la Escritura: Se sentó el pueblo a comer y a beber (el pueblo antepuso la vivencia de sus vicios a la realización de su fe), y se levantó luego a divertirse" (1 COR. 10, 7. CF. éX. 32, 6). ¿Creemos en el poder, el prestigio, la consecución del dinero que tanto ama el mundo? ¿Hemos cambiado la adoración del Dios verdadero para vivir para ambicionar la posesión de los dioses perecederos?

   San Pablo nos advierte "para que no nos entreguemos a la lujuria, como se entregaron algunos de ellos, por lo que perecieron veintitrés mil en un solo dia" (1 COR. 10, 8). A continuación os expongo un fragmento del relato del que nos habla San Pablo en el texto bíblico que estamos meditando, pero, antes de abrir el libro de los Números por el capítulo 25, os cito alguna información con respecto a Baal. Entre los pueblos semíticos primitivos, recibían el nombre de baales, una serie de dioses locales, protectores de la fertilidad de la tierra y de los animales domésticos. A modo anecdótico os digo que Belzebú significa señor de las moscas, y fue uno de los nombres con que se denominó a Satanás, dado que la citada deidad beneficiaba con su supuesto poder a los filisteos. Los hebreos aceptaron la adoración baalista de los agricultores cananeos. Las diferentes formas de denominar a los muchos baales existentes nos hace pensar que todos ellos no procedían de una deidad principal.

   "Moraba Israel en Sitim; y el pueblo empezó a fornicar con las hijas de Moab, las cuales invitaban al pueblo a los sacrificios de sus dioses; y el pueblo comió, y se inclinó a sus dioses. Así acudió el pueblo a Baal-peor y el furor de Jehová se encendió contra Israel. Y Jehová dijo a Moisés: Toma a todos los príncipes del pueblo, y ahórcalos ante Jehová delante del sol (a la vista del pueblo), y el ardor de la ira de Jehová se apartará de Israel. Entonces Moisés dijo a los jueces de Israel: Matad cada uno a aquellos de los vuestros que se han juntado con Baal-peor..." (CF. NúM. 25, 1-18).

   "Ni pongamos tampoco a prueba la paciencia del Señor, como algunos de ellos hicieron, y murieron mordidos por serpientes" (1 COR. 10, 9). "Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para que muramos en este desierto? Pues no hay pan ni agua, y nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano (el maná). Y Jehová envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordían al pueblo; y murió mucho pueblo de Israel" (NúM. 21, 5-6).

   "Ni nos quejemos de Dios, como se quejaron algunos de ellos, y el ángel de la muerte los exterminó" (1 COR. 10, 10. Vé. NúM. 16, 41-49).

   "A ellos les sucedieron estas cosas como ejemplo, y se han escrito para escarmiento de quienes vivimos ya en estos tiempos definitivos. Así que, si alguno presume de mantenerse firme, esté alerta, no sea que caiga. Hasta ahora, ninguna prueba os ha sobrevenido que no pueda considerarse humanamente soportable. Por lo demás, Dios es fiel y no permitirá que seáis puestos a prueba más allá de vuestras fuerzas; al contrario, junto con la prueba os proporcionará también la manera de superarla con éxito. Evitad, por tanto, queridos hermanos, el culto a los ídolos" (1 COR. 10, 11-14).

   Os he comentado los citados versículos bíblicos porque, en este último Domingo de las 4 semanas que la Iglesia nos ha instado a que meditemos sobre el Sacramento de la Eucaristía, podemos constatar que Jesús fue abandonado por muchos de sus discípulos, que creían que el Señor quería morir, para que ellos se lo comieran literalmente. Como no podemos ser cristianos a medias, hoy tenemos la ocasión de decidir si somos de Dios o si somos del mundo.