Domingo XVIII del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Autor: José Portillo Pérez

 

 

1. ¿Debemos adaptarnos a la forma de pensar de nuestro Señor, o es Jesús quien tiene que adaptarse a nuestra manera de ser? "Jesús nos dice a través del Evangelista: "¡Ojalá no os preocupase tanto el alimento transitorio y os esforzaseis por conseguir el duradero, el que da vida eterna! Este es el alimento que os dará el Hijo del hombre, a quien Dios Padre ha acreditado con el sello de su autoridad" (JN. 6, 27). Todos nos preocupamos por la supervivencia de nuestra familia y por mantener nuestro estado social. Este afán nuestro no es pecaminoso, pero nuestro Señor nos pide que antepongamos la espiritualidad al materialismo. Jesús le dijo al joven rico mirándole afectuosamente: "-Una cosa te falta: Ve, vende todo lo que posees y reparte el producto entre los pobres. Así te harás un tesoro en el cielo. Luego vuelve acá y sígueme" (MC 10, 21). Los oyentes del sermón del monte pronunciado por el Profeta nazaretano comprendieron claramente esta enseñanza: "Vosotros, antes que

nada, buscad e reino de Dios y todo lo justo y bueno que hay en él, y Dios os dará, además, todas esas cosas" (MT. 6, 33). Bajo esta perspectiva, no ha de extrañarnos la regla de oro: "Portaos en todo con los demás como queréis que los demás se porten con vosotros" (MT. 7, 12)" (Padre nuestro, Ed. n.o 39, Corpus Christi, ciclo a). San Pablo les escribió a los Corintios: "Doy gracias sin cesar a mi Dios por lo generoso que ha sido con vosotros, porque mediante Jesucristo, os ha enriquecido sobremanera con toda clase de dones, tanto en lo que se refiere al conocer como al hablar" (1 COR. 1, 4-5). "Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo -nos sigue diciendo San Pablo-, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriqueciérais con su pobreza" (2 COR. 8, 9).

   "-Lo que Dios espera de vosotros es que creáis en su enviado" (JN. 6, 29). Si nuestro Padre común espera de nosotros que tengamos fe en Jesús, de la misma forma que los Apóstoles del Mesías le permitieron al Hijo de María que les lavara los pies en la celebración pascual en que el Hijo de María les pidió que celebraran la Eucaristía e instauró el Orden sacerdotal, nosotros nos dejaremos alimentar por Cristo Resucitado. "Así como hay un solo pan y todos participamos de él, así también nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo" (el Cuerpo Místico de Cristo) (1 COR. 10, 17). Jesús quería explicarles a sus seguidores que Moisés no fue quien en el pasado les proporcionó a los hebreos el maná que les sirvió de alimento en el desierto, pues en el Antiguo Testamento podemos leer: "Y Jehová dijo a Moisés: He aquí yo os haré llover pan del cielo; y el pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no" (éX. 16, 4). La

Iglesia nos pide que celebremos la Eucaristía al menos una vez al año, si nos es posible, en el tiempo de Pascua. Cuantas más veces celebremos este Sacramento, más fuertes serán los lazos que nos unirán al Dios Uno y Trino y a nuestros prójimos los hombres. Dios "hizo llover sobre ellos (los hebreos) maná para que comiesen, y les dio trigo de los cielos" (SAL. 78, 24). Oremos repitiendo las palabras con que la multitud se dirigió a Jesús: "-Señor, danos siempre de ese pan" (JN. 6, 34).

   2. El hambre y la sed espirituales. Jesús nos dice: "-Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí, jamás tendrá hambre; el que cree en mí, jamás tendrá sed" (JN. 6, 35). ¿En qué sentido podemos decir que nuestro Señor nos alimenta espiritualmente cuando celebramos la Eucaristía? Jesús dijo en su sermón del monte: "Felices los que anhelan que triunfe lo que es justo y bueno, porque su deseo será cumplido" (MT. 5, 6). A pesar de que cuando habitemos en el cielo viviremos en un estado de felicidad permanente, durante los años que se prolonga nuestra existencia mortal, no podemos pretender vivir felizmente cada instante de nuestra vida, porque ello no nos es posible. Siempre que logramos conseguir algo que deseamos somos felices durante algún tiempo, pero, nuestra nueva consecución, nos impulsa a seguir deseando lograr nuevos éxitos. Por causa de nuestra imperfección, en este mundo no podemos concebir la felicidad como un estado emocional positivo permanente, sino como un

camino que intentaremos recorrer, salvando obstáculos, mientras nos sea posible luchar por las personas que amamos y por las cosas que anhelamos. Si somos capaces de solucionar nuestros problemas y de ayudar a nuestros prójimos los hombres a vivir la adversidad que atañe a sus vidas, ello significará que Jesús nos alimenta espiritualmente cuando le recibimos en la celebración eucarística.

   Isaías escribió en su Emmanuel: "¡Oh, todos los sedientos, id por agua..." (IS. 55, 1). ¿Dónde encontraremos el agua viva que ha de calmar nuestra sed espiritual? Cuando la samaritana de la que San Juan nos habla en el capítulo 4 de su Evangelio le preguntó a Jesús si el agua viva de la que él le estaba hablando era más importante para los creyentes en Dios que el agua del pozo cercano a Sicar en que ellos se encontraban, el Maestro le dijo: "-Todo el que bebe de esta agua volverá a tener sed; en cambio, el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed. Porque el agua que yo quiero darle se convertirá en su interior en un manantial capaz de dar vida eterna" (JN. 4, 13-14). Mientras que los bienes del mundo son caducos, los bienes espirituales que nuestro Padre común nos concede permanecen en nuestro corazón para siempre, pues no hemos de olvidar que Dios nos hará vivir en su Reino de amor, cuando venzamos a la muerte. El más amado de los Apóstoles de

nuestro Señor escribió en su Apocalipsis: "-¡Ya está hecho! Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin. Al sediento le daré a beber gratis del manantial del agua de la vida" (AP. 21, 6).

   Isaías también nos dice en su obra: "... y los que no tenéis plata, venid, comprad y comed, sin plata, y sin pagar, vino y leche¡" (IS. 55, 1). Cuando el Reino de Dios sea establecido plenamente entre nosotros, no necesitaremos dinero para cubrir nuestras necesidades, pues trabajaremos por placer, no por necesidad, pues, el amor de nuestro Padre común, exterminará nuestras carencias, porque no será nuestro trabajo el medio por el cuál no tendremos problemas, pues la Providencia divina nos ayudará a ser plenamente felices. Quienes recibimos a nuestro Señor en la Eucaristía, somos consolados en nuestras aflicciones, y nos sentimos fortalecidos a la hora de realizar nuestras actividades ordinarias, y no beneficiamos a nuestros prójimos ni oramos para pagarle a Dios por causa del amor que nos manifiesta al concedernos sus dones y virtudes sobrenaturales, pues le servimos en nuestros prójimos, porque, según reza el refrán español, es de bien nacidos el ser agradecidos.

   Isaías nos dice en su obra: "¿Por qué gastar plata en lo que no es pan, y vuestro jornal en lo que no sacia? Hacedme caso y comed cosa buena, y disfrutaréis con algo sustancioso. Aplicad el oído y acudid a mí, oíd y vivirá vuestra alma. pues voy a firmar con vosotros una alianza eterna; Las amorosas y fieles promesas hechas a David" (IS. 55, 2-3). Si la distracción es un excelente medio que nos ayuda a obviar nuestros problemas durante algún tiempo para que eliminemos nuestro estrés, hemos de tener cuidado de no entregarnos a la ociosidad de forma que obviemos el cumplimiento de nuestros deberes, entre los que destaca la asistencia a la celebración de la Eucaristía, pues, aunque puede sucedernos que creamos que nuestra fe no es relevante para nosotros al ser comparada con nuestras posesiones materiales, la recepción de nuestro Señor en nuestros corazones es imprescindible para nuestra vida espiritual, según las palabras del Hijo de María: "El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día (de la existencia del mundo). Mi carne es verdadera comida; mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí, y yo en él. El Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo gracias a él. Así también, el que me coma vivirá gracias a mí" (JN. 6, 54-57). Con respecto a nuestra futura resurrección, leemos en el Salmo 16: "Porque no dejarás mi alma en el seol (el lugar en que los muertos esperaron a que Cristo Resucitado les abriera las puertas del cielo), ni permitirás que tu santo vea corrupción" (SAL. 16, 10). Si el citado versículo bíblico se refería a Jesús, nosotros, quienes deseamos ser criaturas nuevas en Cristo, hemos de ser conscientes que el divino autor de la Biblia, inspiró al Salmista, para que sus palabras también se refirieran a nosotros. San Pablo les escribió a los cristianos de Roma: "La creación abriga la esperanza de compartir, libre de toda corrupción, la espléndida libertad de los hijos de Dios. He aquí por qué,

como sabemos, la creación entera está gimiendo con dolores de parto hasta el día de hoy. Pero no sólo eso; también nosotros que estamos en posesión del Espíritu como primicias del futuro, suspiramos en espera de que Dios nos haga sus hijos (culmine nuestra redención) y libere definitivamente nuestro cuerpo (de nuestras miserias). Porque salvados ya lo estamos, aunque sólo en esperanza. Sólo que esperar lo que uno tiene ante los ojos no es propiamente esperanza, pues ¿cómo seguir esperando lo que ya se tiene ante los ojos? Pero si esperamos algo que no vemos, entonces ponemos en juego nuestra perseverancia" (ROM. 8, 20-25).

   Hay unas palabras en ROM. 8, 19-20 que me han llamado la atención, y me han hecho reflexionar mucho. Las citadas palabras son las siguientes: "La creación misma espera con impaciencia que Dios descorra el velo de la gloria de sus hijos. Condenada al fracaso, no porque ella lo quisiera, sino porque Dios así lo dispuso..." (ROM. 8, 19-20). Siempre se nos ha dicho que la adversidad que atañe a la humanidad no se instauró en el mundo porque Dios creó las miserias humanas, sino que se introdujo en nuestra existencia mortal como consecuencia del pecado de origen de Adán y Eva (CF. GéN. 3), y también como castigo merecido por nuestras transgresiones voluntarias en el cumplimiento de la Ley de Dios, según indico todas las semanas en el boletín Padre nuestro, cuando les explico a mis lectores, brevemente, la causa por la que rezamos el Gloria en cada ocasión que celebramos la Eucaristía dominical. La creación está destinada al fracaso por voluntad de Dios. Es difícil explicar estas cosas en el mundo en que muchos buscan la consecución de la felicidad en determinadas ocasiones a costa de llegar incluso a cometer crímenes nefandos. Muchas veces nos preguntamos: ¿Quiere Dios que soportemos enfermedades y fracasos? La respuesta a esta pregunta es afirmativa, así pues, nos preguntamos: Si Dios nos ama hasta el punto de llegar a sacrificar a Jesús en la cruz en cada ocasión que celebramos la Eucaristía, ¿por qué permite nuestro Padre común que conozcamos la miseria que atañe a nuestra existencia mortal? Dios ha de respondernos esta pregunta a todos individualmente, a quienes tenéis cáncer, a quienes padecéis el SIDA, a quienes somos ciegos, a quienes no pueden escuchar la voz de sus prójimos, y, en general, a quienes sufren por cualquier causa. Quizá nos preguntamos: Si Dios es perfecto, ¿cómo puede contradecirse a Sí mismo haciendo el mayor sacrificio de amor que se haya podido llevar a cabo a través de la Historia y acosando a muchos de nuestros prójimos para hacerles morir lentamente, a lo largo de años de estériles padecimientos? Como Dios ha de respondernos estas preguntas individualmente, yo os recuerdo el siguiente texto del primero de los Profetas mayores: "Deje el malo su camino, el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Yahveh, que tendrá compasión de él, a nuestro Dios, que será grande en perdonar. Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos -oráculo (revelación) de Yahveh-" (IS. 55, 7-8). A propósito de nuestra fe y de nuestra adversidad, San Pablo escribió en su Carta a los Romanos: "Estamos seguros, además, de que todo se encamina al bien de los que aman a Dios, de los que han sido elegidos conforme a su designio" (ROM. 8, 28).

   Concluyamos esta meditación, leyendo ROM, 8, 31-39.