Domingo XVII del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Autor: José Portillo Pérez

 

 

1. Jesús y el dolor. Si leemos los primeros versículos del capítulo 9 de la segunda obra de San Lucas, podemos comprobar cómo Jesús envió a sus Apóstoles a predicar el Evangelio, y cómo San Juan Bautista fue decapitado por orden de Herodes. En el último versículo del Evangelio del Domingo XVI Ordinario de este ciclo litúrgico, encontramos las siguientes palabras: "Cuando Jesús bajó de la barca, al ver toda aquella gente reunida, se compadeció de ellos, porque parecían ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas" (MC. 6, 34). El dolor es un medio muy utilizado por nuestro Padre común para revelársenos, así pues, teniendo en cuenta el rechazo que sentimos muchas veces con respecto a las cosas que desconocemos, cuando no tenemos carencias, puede sucedernos que no deseemos vivir en la presencia de nuestro Padre común, y, si no sentimos que la fe es una necesidad vital para nosotros, olvidaremos la Palabra de Dios, y viviremos en el mundo, como quienes carecen de esperanza. Cuando somos atribulados y sentimos que vivimos como ovejas sin pastor, Dios nos acoge en su presencia, y nos enseña muchas cosas. ¿Por qué vivimos como ovejas sin pastor? Zacarías responde esta pregunta en los siguientes términos: "Pedid a Jehová lluvia en la estación tardía. Jehová hará relámpagos, y os dará lluvia abundante, y hierba verde en el campo a cada uno. Porque los terafines han dado vanos oráculos, y los adivinos han visto mentira, han hablado sueños vanos, y vano es su consuelo; por lo cual el pueblo vaga como ovejas, y sufre porque no tiene pastor" (ZAC. 10, 1-2). A pesar de que existen muchas propuestas para que alcancemos la felicidad que tanto ansiamos, no hemos de olvidar las siguientes palabras de Jesús que San Juan escribió en su Evangelio: "Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos. El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer" (JN. 15, 5). "Al desembarcar Jesús y ver aquella multitud -escribió San Mateo en su Evangelio-, se compadeció de ellos y curó a los enfermos" (MT. 14, 3).

   2. Los colaboradores de Jesús. "Le seguía mucha gente (a Jesús), porque veían los milagros que hacía con los enfermos" (JN. 6, 2). El autor del cuarto Evangelio no nos dice que la muchedumbre seguía a Jesús porque se admiraba de la enseñanza del Mesías, así pues, aquella gente no deseaba vivir emulando las palabras y las obras del Nazareno, pues ellos únicamente deseaban que el Hijo del carpintero curara sus dolencias. A lo largo de mi vida he aprendido que las enfermedades son desagradables, pero no olvido que la Palabra de Dios es uno de los alimentos esenciales de nuestra vida espiritual. Ojalá no celebremos nosotros la Eucaristía exclusivamente para pedirle a Dios que nos conceda lo que le pedimos en nuestras oraciones, pues él desea que le amemos, que le agradezcamos el bien que nos ha hecho, que le alabemos, y que vivamos imitando las obras y las palabras del Hijo de María de Nazaret.

   San Marcos escribió en su Evangelio: "El tiempo pasó y se hizo tarde" (MC. 6, 35). Jesús perdía la noción del tiempo cuando oraba y cuando predicaba el Evangelio, así pues, en la Biblia encontramos el siguiente texto: "Sucedió que por aquellos días se fue él (Jesús) al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios" (LC. 6, 12). La noche anterior al día en que nuestro Señor "llamó a los que bien le pareció" (CF. MC. 3, 13) para que fueran sus Apóstoles y discípulos, Jesús oró, pidiéndole a nuestro Padre común que le iluminara, que le ayudara a llevar a cabo nuestra redención.

   "Estaba próxima la Pascua, fiesta principal de los judíos" (JN. 6, 4). Estaba próxima la conmemoración de la liberación de los hebreos de la esclavitud de Ramsés II que fue llevado a cabo por Moisés, el profeta que actuó bajo la inspiración divina, para llevar a cabo el designio que le fue encomendado por Yahveh, así pues, aquella era una ocasión excelente para que nuestro Señor llevara a cabo el milagro de la multiplicación de los panes, porque ello fue un excelente anuncio de la Eucaristía.

   "Al ver aquella muchedumbre, Jesús dijo a Felipe: -¿Dónde podríamos comprar pan para dar de comer a todos estos? Dijo esto para ver su reacción, pues él ya sabía lo que iba a hacer. Felipe le respondió: -Aunque se gastase uno el salario de medio año, no alcanzaría para que toda esta gente probase un bocado" (JN. 6, 6-7). No nos es necesario ver las imágenes de los pobres que se nos muestran en televisión porque en nuestro medio hay gente carente de dádivas materiales y espirituales. Puede sucedernos que nunca hayamos pensado en la posibilidad de invertir algún dinero, en conformidad con nuestras posibilidades económicas, para solventar las carencias de nuestros prójimos enfermos, huérfanos, ancianos o desamparados. San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto: ¿Quién te hace a ti mejor que los demás? O, en todo caso, ¿tienes algo que no hayas recibido? Pues si todo lo que tienes lo has recibido, ¿a qué viene presumir como si fuera tuyo¿" (1 COR. 4, 7). Que no nos

suceda como al protagonista de una de las parábolas de Jesús que únicamente vivió con la ilusión de acumular bienes, hasta que llegó el día en que se dijo: ""Diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea." Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma (morirás y serás juzgado); las cosas que preparaste, ¿para quién serán¿"" (LC. 12, 19-20).

   Si es preciso que nos acordemos de quienes sufren tanto en nuestro entorno social como lejos de nosotros, hemos de tener cuidado de no privar a nuestros seres queridos de ver sus necesidades satisfechas para ayudar a otras personas a cubrir sus carencias, así pues, a pesar de que San Pablo escribió: "No hagáis nada por egoísmo o vanagloria, sed humildes y considerad que los demás son mejores que vosotros" (FLP. 2, 3), hemos de evitar el hecho de repartir todo lo que tenemos, pues tanto para los pobres y los enfermos como para nosotros, es más provechoso el hecho de que repartamos parte de nuestros bienes prudentemente.

   Quizá algunos de mis lectores os preguntáis: ¿Cómo vamos a combatir las carencias de quienes son más pobres que nosotros, si tenemos muchas dificultades para cubrir nuestras necesidades? Si el dinero es necesario para solucionar muchos problemas, tanto los ricos como los pobres, hemos de evitar el hecho de guardar el conocimiento de la Palabra de Dios en nuestro corazón, pues, cuanto más prediquemos el Evangelio, más nos percataremos de que nuestro Padre común aumenta nuestra fe y los dones y virtudes con que nos ha dotado espiritualmente en mayor medida.

   Si queremos ayudar a los pobres, deberíamos plantearnos la posibilidad de apoyar a alguna organización que les ayude a combatir sus carencias, así pues, de la misma manera que muchas veces le pedimos a Dios favores en vez de oportunidades, ellos necesitan trabajo, porque, si les damos algo de dinero hoy, podrán comer algo una vez, pero mañana volverán a tener hambre, pero, si pueden trabajar, se alimentarán en este tiempo y en el futuro.

   ¿Por qué interrogó Jesús a Felipe y no intentó averiguar la reacción de otro de sus Apóstoles? Durante la celebración de la cena pascual de la tarde anterior a la noche en que Jesús fue puesto en manos de sus enemigos por Judas, Felipe le dijo a su Rabbi: "-Señor, muéstranos al Padre; con eso nos conformamos" (JN. 14, 8). Felipe quería ver a Dios cara a cara, pues no comprendía que Jesús quería enseñarle que él era la imagen del Creador del universo, y que nuestro Padre común se manifiesta por la mediación de sus hijos los hombres a la humanidad. Muchos cristianos practicantes tenemos la experiencia de haber sido acosados por la verborrea de quienes intentan ridiculizarnos diciendo que Dios no existe porque ellos quieren ver milagros y no los ven, aunque a muchos de ellos les cuesta un gran esfuerzo actuar para que sus prójimos -e incluso ellos mismos- vean a Dios en el buen resultado causado por la realización de su trabajo. Yo comprendo que quienes nos atacan de esa forma no son creyentes o tienen una fe muy débil, pero lo cierto es que los tales son incapaces de lanzarse al vacío de la fe para que su corazón sea colmado con el todo que significa Dios.

   Andrés, el hermano de Simón Pedro, intervino diciendo: "Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es esto para tanta gente¿" (JN. 6, 9). Muchos depresivos no soportan la idea de fracasar al trabajar llevando a cabo diversas actividades, por lo que, basándose en la idea no realista de que el fracaso es intolerable e insoportable, toman la decisión de paralizar aquellas actividades que creen son incapaces de realizar perfectamente. Aunque Dios es todopoderoso, quiere ayudarse de nosotros, para que la humanidad crea en él. Aquellos cinco panes y dos peces que eran insignificantes para saciar a aquella multitud que aparece en el Evangelio de hoy y el prodigio divino que fue llevado a cabo por Jesús, bastaron para alimentar a quienes, con tal de ser sanados por nuestro Maestro y constatar el aumento de su fe, no tomaron la precaución de comprar comida para satisfacer su carencia de alimentos, antes de acercarse al Nazareno. Sabemos que Jesús

vivió durante muchos años en Nazaret y, cuando volvió a su aldea después de comenzar su Ministerio público y se declaró Mesías en la Sinagoga, "no pudo hacer allí ningún milagro, aparte de curar unos enfermos sobre los que puso las manos. Estaba verdaderamente sorprendido de la falta de fe de aquella gente" (MC. 6, 5-6). Para que Jesús pueda hacer milagros en nuestra vida, nuestro Señor necesita de nuestra fe, así pues, si estamos enfermos y en vez de desear que él nos restablezca la salud nos obstinamos en guardarle rencor porque creemos que el Hijo de María no escucha nuestras oraciones, ¿cómo podremos recibir su consuelo? Y si somos curados de nuestras enfermedades, si carecemos de fe, ¿cómo podremos creer que los médicos que intervienen en el proceso de nuestra curación son inspirados por el Espíritu Santo para que nos devuelvan la salud perdida?

   "Jesús tomó los panes y, después de dar gracias a Dios, los distribuyó entre todos. Hizo lo mismo con los peces, y les dio todo lo que quisieron" (JN. 6, 11). De la misma forma que Jesús sació el hambre de aquella multitud, nuestro Señor nos hace crecer espiritualmente cuando le recibimos en la Eucaristía, así pues, de la misma manera que Jesús oró cuando multiplicó los panes y los peces para distribuirlos entre la multitud de sus oyentes, el Hijo putativo de San José, también oró, cuando se hizo comulgar por sus Apóstoles: "Tomó luego pan y, dadas las gracias (Jesús bendijo el pan), lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío" (LC. 22, 19). "Tomó luego en sus manos una copa, dio gracias a Dios y la pasó a sus discípulos, diciendo: -Bebed todos de ella, porque esto es mi sangre, con la que Dios confirma la alianza, y que va a ser derramada en favor de todos para perdón de los pecados" (MT. 26, 27-28).

   "Cuando quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: -Recoged lo que ha sobrado para que no se pierda nada" (JN. 6, 12). San Marcos escribió: "... se recogieron doce cestos llenos de trozos sobrantes de pan y de pescado" (MC. 6, 43). Si la comida que les sobró a Jesús y a sus oyentes podía servir para saciar el hambre de más gente, los versículos de los Evangelistas Juan y Marcos que estamos meditando, se refieren al respeto que ha de caracterizarnos a la hora de recibir a Jesús en la Eucaristía. Jesús no quiere que se pierda ni uno sólo de los que creen en él, así pues, nuestro Señor no quiere que su rebaño se vuelva a dispersar hiriendo nuevamente a nuestro Pastor de almas, lo mismo que ocurrió en aquella noche terrible y bendita, en que Jesús les dijo a sus Apóstoles que le iban a desamparar: "Jesús les dijo: -Vuestra fe va a fallar, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas" (MC. 14, 27. CF. ZAC. 13, 7).

   3. El egoísmo. "Jesús se dio cuenta entonces de que pretendían llevárselo y hacerle rey, y se retiró de nuevo a la colina él solo" (JN. 6, 15). Jesús no buscaba el amor de las multitudes según le dijo el demonio que lo hiciera en el desierto, cuando le incitó a que colmara las necesidades de los hombres (CF. MT. 4, 1-11). Jesús debió encontrarse muy triste cuando no quiso llevarse a sus Apóstoles consigo para orar juntos. Por si nuestro Señor no había padecido bastante al constatar que la multitud no comprendía el significado de sus obras ni lo que quería hacerles entender con sus palabras, aún tenía que enfrentarse en el lago con la ausencia de fe del corazón de sus propios Apóstoles, y, al día siguiente, según veremos las próximas semanas, muchos de sus seguidores le rechazaron, y la multitud le despreció, porque no se le quería como alimento espiritual, sino como rey de copas.

   4. El pan y el vino. "En la Antigua Alianza -leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica-, el pan y el vino eran ofrecidos como sacrificio entre las primicias de la tierra en señal de reconocimiento al Creador. Pero reciben también una nueva significación en el contexto del éxodo: los panes ácimos que Israel come cada año en la Pascua conmemoran la salida apresurada y liberadora de Egipto. El recuerdo del maná del desierto sugerirá siempre a Israel que vive del pan de la Palabra de Dios (DT 8,3). Finalmente, el pan de cada día es el fruto de la tierra prometida, prenda de la fidelidad de Dios a sus promesas. El "cáliz de bendición" (1 Co 10,16), al final del banquete pascual de los judíos, añade a la alegría festiva del vino una dimensión escatológica, la de la espera mesiánica del restablecimiento de Jerusalén. Jesús instituyó su Eucaristía dando un sentido nuevo y definitivo a la bendición del pan y del cáliz" (Catecismo de la Iglesia Católica, 1334).

   "Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por medio de sus discípulos para alimentar la multitud, prefiguran la abundancia de este único pan de su Eucaristía (cf. Mt 14,13-21; 15, 32-29)... (Catecismo de la Iglesia Católica, 1335).