Domingo XV del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Autor: José Portillo Pérez

 

 

1. La corrección fraterna. En el Evangelio de hoy leemos que Jesús "reunió a sus discípulos y empezó a enviarlos de dos en dos" (MC. 6, 7). Es muy constructivo el hecho de que los cristianos trabajemos unidos, así pues, dado que en nuestro medio social cada día es más difícil abrazar nuestra fe católica, es conveniente que estemos juntos, según palabras de San Pablo: "Hermanos, si alguno incurre en falta, vosotros, que sois hombres de espíritu, debéis corregirle con amabilidad. Y manteneos todos sobre aviso, porque nadie está libre de ser puesto a prueba. Ayudaos mutuamente a llevar las cargas, y así cumpliréis la ley (Palabra) de Cristo" (GáL. 6, 1-2). A pesar de que el Apóstol de las gentes pensaba de sí mismo que era inferior a San Pedro por cuanto éste último fue elegido por Jesús para ser el primer Papa de nuestra Santa Madre la Iglesia, el citado benjaminita no dudó en corregir a Pedro, según veremos a continuación: "Pero cuando Pedro vino a Antioquía, me encaré

abiertamente con él, porque no procedía como es debido. El caso es que al principio no tenía reparo con comer con cristianos de origen no judío. Pero llegaron algunos pertenecientes al círculo de Santiago, y entonces Pedro empezó a distanciarse y a evitar el trato con los no judíos, como si tuviera miedo a los partidarios de la circuncisión. Semejante actitud de fingimiento arrastró tras de sí a los demás judíos y aún al mismo Bernabé. Viendo, pues, que su proceder no se ajustaba a la verdad del mensaje de salvación, eché en cara a Pedro delante de todos: "Tú, que eres judío, has vivido, sin embargo, como si no lo fueses, prescindiendo de las prescripciones judías; ¿cómo quieres ahora obligar a los no judíos a comportarse como si fueran judíos¿"" (GáL. 2, 11-14).

   2. La Iglesia es apostólica. "Lo que somos -les escribió San Pablo a los cristianos de éfeso-, a Dios se lo debemos. él nos ha creado por medio de Cristo Jesús (su Verbo), para que hagamos el bien que Dios mismo nos señaló de antemano como norma de conducta. Recordad. Vosotros no pertenecéis por nacimiento a la raza judía. Es más, los judíos -los que llevan en su cuerpo esa marca hecha por mano de hombres- os llaman "incircuncisos". Y estabais en otro tiempo privados de Cristo, sim derecho a la ciudadanía (celestial), ajenos a las alianzas portadoras de la promesa (los pactos que nuestro Padre común estableció con los personajes más destacados del Antiguo Testamento), sin esperanza y sin Dios en medio del mundo. Ahora, en cambio, injertados en Cristo Jesús, gracias a su muerte ya no estáis lejos sino cerca (de Dios). Cristo es nuestra paz. él ha hecho de ambos pueblos (judío y pagano) uno solo. él ha derribado la barrera de odio que los separaba (los judíos llamaban a los

extranjeros perros en el tiempo en que Jesús habitó en Palestina). él ha puesto fin en su propio cuerpo a la ley mosaica, con sus preceptos y sus normas. él ha traído la paz y ha hecho de los dos pueblos una nueva humanidad. él ha reconciliado con Dios a ambos pueblos por medio de su cruz, los ha unido en un solo cuerpo (el Cuerpo Místico de Cristo), y ha dado un golpe de muerte a la enemistad que los tenía divididos. Su venida ha traído, pues, la alegre noticia de la paz: paz para vosotros, los que estábais lejos, y paz también para los judíos, que estaban cerca. Unos y otros gracias a él y unidos en un solo espíritu, tenemos abierto el camino que conduce al Padre. Ya no sois, por tanto, extranjeros o advenedizos. Sois conciudadanos en medio de un pueblo consagrado, sois familia de Dios, sois piedras de un edificio construido sobre el cimiento de los apóstoles y los profetas. Y Cristo Jesús es en ese edificio la piedra angular. En Cristo queda ensamblado todo el edificio, por

él crece hasta convertirse en templo (Iglesia) consagrado al Señor, y por él, también vosotros os vais integrando en el edificio que se construye, hasta llegar a ser, por medio del Espíritu (Santo), casa en la que habita Dios" (EF. 2, 10-22).

   3. Jesús nos envía a predicar el Evangelio y a realizar sus obras. "Id, pues, y haced discípulos entre los habitantes de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir lo que yo os he encomendado. Y sabed esto: que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (MT. 28, 19-20).

   4. A continuación os copio un fragmento de un libro que estoy escribiendo titulado Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. Espero que dicho texto nos ayude a meditar el Evangelio correspondiente a esta celebración eucarística.

 

   6-5. La elección de los Apóstoles. La palabra apóstol procede del término apostolus. Conocemos como Apóstoles a los Doce discípulos principales de Jesús, a quienes nuestro Señor envió a predicar el Evangelio por todo el mundo. Un apóstol es un predicador o propagador de la fe cristiana. Los discípulos de Jesús son los apóstoles por humildad, y también lo son quienes viven siguiendo el ejemplo de Jesús de Nazaret, a pesar de que el Hijo de María fue crucificado como un malhechor. Una vez diferenciados los términos apóstol y discípulo, hemos de preguntarnos cuál fue la causa por la que el Mesías quiso rodearse de apóstoles y discípulos que le ayudaran a cumplir la misión que le fue encomendada por nuestro Padre común. Quizá nos preguntamos: Si Jesús es todopoderoso, ¿por qué quiso ayudarse por gente inferior a él? A diferencia de San Juan el Bautista, el predicador del Jordán a quien la gente había de buscar para oír su enseñanza, Jesús tomó la iniciativa de recorrer

Palestina para encontrarse con sus hermanos de raza, evitando así la necesidad de ellos de buscarle, pues el Nazareno se les hacía el encontradizo. Cuando nuestro Señor comenzó su Ministerio público no quiso aparentar que era un místico solitario cuya doctrina era prácticamente incomprensible por la mayoría de la gente, así pues, él quiso rodearse de gente sencilla, porque, la mayoría de sus oyentes, carecían de cultura. A medida que Jesús era conocido por los habitantes de Palestina, nuestro Señor se percató de que tenía a mucha gente que socorrer, esta fue, pues, la razón por la que quiso ayudarse de muchos discípulos, pues él sólo no podía favorecer a todos los carentes de dádivas que se le acercaban. Cuando nuestro Señor tuvo un gran número de discípulos, eligió a 12 de ellos y les hizo Apóstoles, para que sirvieran de guías espirituales de los discípulos, y les ayudaran a coordinar sus actividades. Muchos de los discípulos del Mesías sirvieron a Jesús temporalmente, pero,

los Apóstoles, estuvieron junto al Hijo de María, hasta que le desampararon en la noche en que el Hijo del carpintero fue entregado a sus victimarios por Judas Iscariote, uno de los Doce discípulos íntimos de Jesucristo.

   San Mateo escribió en su Evangelio: "Jesús recorría todos los pueblos y aldeas enseñando en cada sinagoga. Anunciaba la buena noticia del reino (de Dios) y curaba toda clase de enfermedades y dolencias" (MT. 9, 35. CF. MT. 4, 23. MC. 1, 39. LC. 4, 44). "Y, al ver a toda aquella gente, se sentía conmovido, porque estaban tristes y desalentados, como ovejas sin pastor" (MT. 9, 36). "Yo vi a todo Israel esparcido por los montes, como ovejas que no tienen pastor" (1 RE. 22, 17. CF. 2 CRO. 18, 16). "Los terafines han dado vanos oráculos, y los adivinos han visto mentira, han hablado sueños vanos, y vano es su consuelo; por lo cual el pueblo vaga como ovejas, y sufre porque no tiene pastor" (ZAC. 10, 2). "Cuando Jesús bajó de la barca, al ver  toda aquella gente reunida, se compadeció de ellos, porque parecían ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas" (MC. 6, 34). "Dijo entonces a sus discípulos: -La mies es mucha, pero son pocos los obreros. Por eso, pedidle al

dueño de la mies que mande obreros a su mies" (MT. 9, 37-38. CF. LC. 10, 2). Cuando Jesús nos habla de la mies en los Evangelios, se refiere a la cristiandad que se ha convertido al Evangelio, y a todos los que desean abrazar nuestra fe universal. Nuestro Señor también nos recuerda que él quiso marcar la diferencia en Palestina renunciando a formar una familia porque su gente estaba abandonada, así pues, el pueblo de Dios estaba constituido por un rebaño de ovejas sin pastor.

   Cuando tengo la oportunidad de escribir alguna meditación con respecto al texto de MC. 3, 13, les digo a mis lectores: ¿Os habéis preguntado alguna vez por qué Dios os ha elegido para que seáis seguidores de Jesús? Veamos cómo nuestro Señor responde a la pregunta que nos estamos haciendo: "Después de esto, Jesús subió al monte y llamó a los que bien le pareció; y se acercaron a él" (MC. 3, 13). San Pablo escribió: Dios "ha escogido lo humilde, lo despreciable, lo que no cuenta a los ojos del mundo, para anular a quienes piensan que son algo" (1 COR. 1, 2}). Si Jesús se hubiera rodeado de grandes líderes espirituales ejemplares en la vivencia de la más plena obediencia a Dios, no hubiera sido desamparado por la mayoría de sus grandes amigos durante las horas que se prolongó su Pasión, ni hubiera sido vendido como un esclavo a los miembros del Sanedrín, el Consejo Supremo de los judíos en el que se trataban y se decidían los asuntos de Estado y de religión. (Leer MC. 3,

14-19).

 

   6-6. Misioneros, Cristo os envía a evangelizar al mundo. La elección de los Apóstoles fue muy importante para Jesús, así pues, San Lucas nos dice en su Evangelio: "Sucedió que por aquellos días se fue él (Jesús) al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios" (LC. 6, 12). Antes de elegir a sus compañeros más íntimos para llevar a cabo la misión que le fue encomendada, Jesús habló con Dios durante toda una noche, pues sabemos que él perdía la noción del tiempo cuando hablaba con nuestro Criador.

   ¿Qué espera Jesús de sus Apóstoles? Sabemos que un discípulo no es un apóstol, así pues, los apóstoles han de comprometerse a servir a Dios, desde el momento que aceptan la misión que nuestro Señor les encomienda, hasta que alguna enfermedad grave o la muerte les sorprende. "Jesús reunió a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus impuros y para curar toda clase de enfermedades y dolencias" (MT. 10, 1). Nos es necesario recordar nuevamente que quienes no creemos en la existencia del maligno, vemos en la expulsión de los espíritus impuros que los apóstoles han de llevar a cabo la eliminación de los errores doctrinales que contradicen la doctrina divina.

   Jesús "reunió a los doce discípulos y empezó a enviarlos de dos en dos, dándole autoridad sobre los espíritus impuros" (MC. 6, 7).

   "Jesús envió a estos doce con las siguientes instrucciones: -No vayáis a países paganos ni entréis en los pueblos de Samaria; id, más bien, en busca de las ovejas perdidas de Israel" (MT. 10, 5-6). Jesús no quería que sus discípulos les predicaran a los extranjeros ni a los samaritanos, así pues, el Evangelio les fue vedado a los que no eran judíos hasta que nuestro Señor envió a sus Apóstoles a evangelizar el mundo antes de ascender al cielo. A pesar de que Jesús quiso que sus discípulos evangelizaran únicamente a los judíos, él, en algunas ocasiones, predicó y obró milagros en favor de extranjeros. Válganos como ejemplo de lo que Jesús hacía con los extranjeros el diálogo que el Mesías mantuvo con la samaritana de Sicar, que meditamos hace unos minutos.

   "Id y anunciadles que el reino de Dios está ya cerca" (MT. 10, 7). Si el Reino de Dios está cerca, es necesario que Dios se nos manifieste para que podamos creer las citadas palabras de Jesús. Dios quiere hacer obras importantes para que creamos en él, pero no quiere actuar sorprendiéndonos por causa de su poder, así pues, él quiere que nosotros seamos los instrumentos de los que ha de valerse para salvarnos a quienes creemos en él, a quienes le rechazan y a quienes aún no le conocen. "Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad de su enfermedad a los leprosos, expulsad a los demonios. Pero hacedlo todo gratuitamente, puesto que gratuitamente recibisteis el poder" (MT. 10, 8). "¿Qué quiere Jesús de nosotros? Jesús nos ha dado "autoridad para expulsar a los espíritus impuros" (MT. 10, 1). Nuestro Señor nos ayuda a trocar los sentimientos adversos que se anidan en nuestro corazón y en nuestros prójimos por otros sentimientos buenos, realistas y esperanzadores. Bajo

esta óptica tan positiva, hemos de creer que nuestro Señor también nos ha comisionado "para curar toda clase de enfermedades y dolencias" (MT. 10, 1). Nosotros sólo podemos curarnos a nosotros y a nuestros oyentes espiritualmente. Jesús les dijo a sus discípulos antes de ascender al cielo: "Estas señales acompañarán a los que crean (en mí): en mi nombre expulsarán demonios (sentimientos no realistas); hablarán lenguas nuevas (aprenderán a interpretar las circunstancias relativas a su vida y a la historia de la humanidad desde la perspectiva de nuestro Padre común); tomarán serpientes en sus manos (podrán afrontar circunstancias insufribles para la mayoría de la gente); aunque beban veneno, no les hará daño (ni el dolor ni el mal en ninguna de sus formas los derrotarán); pondrán sus manos sobre los enfermos y los curarán" (MC. 16, 17-18). Si interpretamos las palabras de Jesús que os acabo de recordar literalmente, ¿cómo podemos llegar a la conclusión de que nosotros podemos

hacer verdaderos milagros? Jesús nos dice: "-Tened fe en Dios. Os aseguro que, si alguien dice a ese monte que se quite de ahí y se arroje al mar, y lo dice sin vacilar, creyendo de todo corazón que va a hacerse lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo que todo lo que pidáis en oración, lo obtendréis, si tenéis fe en que vais a recibirlo" (MC. 11, 22-24)." (Padre nuestro, Domingo XI Ordinario del ciclo A, punto 3 de la meditación, 12-05-2005).

   "... A pesar de que nuestro Maestro quiere perfeccionarnos en el conocimiento de su doctrina y en el campo que trabajamos, en un principio, él no nos exige que tengamos grandes cualidades para ser sus discípulos.

   Jesús les dijo a sus discípulos: "No vayáis a países paganos ni entréis en los pueblos de Samaria; id, más bien, en busca de las ovejas perdidas de Israel" (MT. 10, 5-6). Recordemos el exagerado nacionalismo que caracterizaba a los judíos, así pues, valiéndose del hecho de que Dios se les reveló a ellos antes que a las demás naciones, odiaron a los extranjeros durante muchos siglos. En el tiempo de Jesús los judíos llamaban a los extranjeros perros, y no les permitían visitar todas las instancias del Templo de Jerusalén. Quizá Jesús pensó en dedicarse únicamente a la evangelización de los judíos cuando comenzó su Ministerio público, pero él vio en los paganos a personas idénticas a sus hermanos de raza, que también debían ser estimados por Dios. Recordemos el caso de la mujer sirofenicia cuya hija moría aquejada por una enfermedad muy grave. Ella perseguía a Jesús y a sus seguidores, y el Maestro y sus Apóstoles la rechazaban sin piedad, hasta que Jesús le dijo: "-No está

bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perros" (MT. 15, 26). Jesús le dijo a aquella mujer: No está bien desaprovechar el poder del Dios de los judíos favoreciendo a los perros extranjeros. La mujer, sabiendo que Jesús era súnica esperanza de salvar la vida de su hija, desalmó al Maestro, diciéndole: "-Es cierto, Señor; pero también es cierto que los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos" (MT. 15, 27). La mujer sirofenicia le dijo a Jesús: Yo sé que eres judío, y por eso comprendo perfectamente las razones que tienes para discriminarme a mí, porque soy extranjera, no obstante, apelo a tu conciencia, pues tu poder es el único recurso que me queda, para que mi hija no muera. Jesús le respondió a su interlocutora: "-¡Muy grande es tu fe, mujer! ¡Que se haga como deseas¡" (MT. 15, 28).

   Jesús nos dice: "Hid y anunciadles (a vuestros oyentes) que el reino de Dios está ya cerca" (MT. 10, 7). ¿Qué pruebas le daremos al mundo de que el Reino de Dios está cerca de nosotros? ¿Cómo podrán creer las verdades fundamentales o dogmáticas de nuestra fe quienes nunca han oído a nadie que les haya hablado del Dios Trinidad? Jesús nos sigue diciendo: "Curad a los enfermos" (MT. 10, 8). Naturalmente, nosotros no podemos curar a los enfermos, pero sí podemos aprender a ser felices, y contagiarles nuestra alegría a quienes nos rodean. Dios nos creó para que vivamos en un entorno social familiar, así pues, esta es la causa por la que él quiere que vivamos unidos. Jesús nos sigue diciendo: "Resucitad a los muertos" (MT. 10, 8). Nosotros no podemos hacer que quienes han fallecido retornen a la vida rompiendo los lazos de la muerte, pero podemos esforzarnos por devolverles la esperanza a quienes desestiman su vida. Jesús nos sigue diciendo: "Limpiad de su enfermedad a los

leprosos" (MT. 10, 8). Cuando el Hijo de María vivió en Palestina los leprosos eran rechazados porque su enfermedad era contagiosa. Ellos tenían terminantemente prohibido el hecho de dejarse ver por quienes estaban sanos, y, si se dejaban ver, tenían que gritar que eran impuros, y, quienes les veían, tenían que apedrearles, hasta que los citados enfermos se alejaran de los pueblos o ciudades en los que eran vistos. Nuestro Señor nos pide que no rechacemos a los encarcelados, que amemos a quienes el mundo odia, y que contribuyamos a la exclusión de las ideas erróneas de los corazones de quienes viven sumidos en sus errores. El Hijo del carpintero nos dice: "Expulsad a los demonios" (MT. 10, 8). Jesús quiere que rechacemos de nuestra mente los pensamientos inocuos que posteriormente pueden llegar a fructificar y a producir frutos estériles, y, con respecto a la compensación que hemos de recibir de nuestros oyentes por evangelizarlos, Jesús nos dice: "Hacedlo todo gratuitamente, puesto que gratis recibisteis el poder" (MT. 10, 8). ¿Es gratificante para los catequistas la idea de pasar años instruyendo a niños, adolescentes y adultos sin recibir compensaciones de ninguna índole? ¿De qué nos sirve pasar horas escribiendo a quienes publicamos nuestros textos religiosos en la red, si muchas veces no sabemos ni siquiera si se nos lee? ¿Les merece la pena a los religiosos y a los misioneros consagrarle total o parcialmente su vida a Dios?

   Jesús nos dice: "No llevéis oro, plata ni cobre en el bolsillo" (MT. 10, 9). Si los predicadores del Evangelio trabajamos para el Señor pensando en obtener compensaciones económicas, en ese caso, ¿trabajamos para nuestro Padre común, o para nosotros? Los predicadores no podemos caer en la tentación de convertir los bienes materiales en el centro de nuestra vida, pues, de hacer eso, valoraríamos más nuestras posesiones que a nuestro Criador. Quizá algunos amigos que me conocéis diréis: José, tú trabajas más de diez horas, tú trabajas para ganar dinero... Yo les respondo a estos amigos que trabajo para sostener mi hogar y mi relación matrimonial, pero, ni aun cuando estoy más de trece horas pendiente de mí trabajo, dejo de dedicarle a Dios el rato que puedo estar con él y con vosotros.

   Jesús nos sigue diciendo: No llevéis "zurrón para el camino" (MT. 10, 10). Jesús no quiere que nos preocupemos excesivamente por alcanzar bienes materiales. Recordemos las palabras que el Hijo de María pronunció en su sermón del monte: "No os preocupéis pensando qué vais a comer, qué vais a beber o con qué vais a vestiros. Esas son las cosas que preocupan a los que no conocen a Dios; pero vuestro Padre que está en el cielo ya sabe que las necesitáis. Vosotros, antes que nada, buscad el reino de Dios y todo lo justo y bueno que hay en él, y Dios os dará, además, todas esas cosas. No os inquietéis, pues, por el día de mañana, que el día de mañana ya traerá sus inquietudes. ¡Cada día tiene bastante con sus propios problemas¡" (MT. 6, 31-34). Jesús nos sigue diciendo que no llevemos más de un sólo traje puesto, es decir, que no revistamos nuestro espíritu con más de una doctrina para acogernos en cada instante a la forma de pensar que nos sea más cómoda. Igualmente, nuestro

Señor quiere que sólo tengamos un par de zapatos, que no nos cansemos de andar en la misma dirección, ni aun cuando nuestra fe se debilite temporalmente. Nuestro Señor no quiere que llevemos bastón para apoyarnos cuando caminemos, porque nuestra alma sólo hallará reposo en Dios. ¿Por qué no hemos de proveernos de bienes materiales antes de iniciar nuestro trabajo de predicadores? Jesús nos responde esta pregunta: "El que trabaja tiene derecho a su sustento" (MT. 10, 10). Dios proveerá nuestras necesidades, así pues, os digo esto por experiencia" (Padre nuestro, edición número 43, 19-06-2005, Domingo XII Ordinario del ciclo A).

   De la misma forma que Jesús designó a los Apóstoles para que le sirvieran hasta que él fuera entregado a sus enemigos, nuestro Señor designó a 72 discípulos, con el fin de que prepararan a sus oyentes para que él les predicara la Palabra de Dios. La misión de los citados discípulos consistía en caminar delante del Señor para disponer el corazón de la gente a recibir el anuncio del Evangelio... "No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino" (LC. 10, 4). ¿Qué quiere decirles Jesús a sus misioneros cuando les dice que cumplan la misión que él les encomienda sin saludar a nadie en el camino? Nuestro Señor quiere que no nos distraigamos en el cumplimiento de nuestros deberes cristianos, así pues, de la misma forma que los padres no deben desamparar a sus hijos para que estos últimos sean educados y puedan alcanzar la felicidad, los cristianos debemos cumplir la misión que Dios nos encomienda, con el fin de que nuestra Iglesia no se extinga.

   "No llevéis oro, plata ni cobre en el bolsillo; ni zurrón para el camino, ni dos trajes, ni zapatos, ni bastón, porque el que trabaja tiene derecho a su sustento" (MT. 10, 9-10). "El Señor dispuso que quienes anuncian el mensaje evangélico vivan de esa tarea" (1 COR. 9, 14). Jesús no quiere que sus evangelizadores perciban ninguna compensación por anunciar el Evangelio. "El que trabaja tiene derecho a su salario" (1 TIM. 5, 18). Si los religiosos y laicos que viven exclusivamente para servir al Señor no deben percibir ningún dinero a cambio del trabajo que realizan, ¿qué han de hacer para vivir? Jesús desea que sus predicadores confíen en la Trinidad Beatísima, pues, aunque ellos padezcan circunstancialmente, no serán abandonados por la Divinidad Suprema.

   "Cuando lleguéis a algún pueblo o aldea, averiguad qué persona hay allí digna de confianza y quedaos en su casa hasta que salgáis del lugar. Y, cuando entréis en la casa, saludad deseándoles la paz. Si lo merecen, la paz de vuestro saludo quedará con ellos; si no lo merece, la paz se volverá a vosotros. Y si nadie quiere recibiros ni escuchar vuestra palabra, abandonad aquella casa o aquél pueblo y sacudíos el polvo pegado a vuestros pies" (MT. 10, 11-14). Jesús les dice a sus discípulos que si sus oyentes se niegan a escuchar su predicación, que al salir de los lugares en que sean rechazados, se sacudan el polvo de los pies, en señal de desaprobación de la conducta de sus oyentes. "Os aseguro que, en el día del juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas con más clemencia que ese pueblo" (MT. 10, 15). Sodoma y Gomorra formaban parte de una región llamada Pentápolis que estaba en la antigüedad cerca del mar Muerto. Las tres ciudades restantes de la citada región que no fueron

citadas por nuestro Señor en el relato evangélico que estamos meditando eran Admá, Seboyim y Soar. Exceptuando a Soar, según podemos leer en el Génesis, las demás ciudades fueron destruídas por una lluvia de azufre y fuego, quizá acompañada de un terremoto, por causa de las prácticas inmorales de sus habitantes, pues las mismas eran consideradas incorrectas por Dios. Existen pruebas que demuestran que la destrucción de las citadas ciudades no fue un relato ficticio con una enseñanza moral, sino un hecho real. Los emplazamientos de dichas ciudades se encuentran en la actualidad bajo las aguas del mar Muerto. Hay quienes sostienen que la desolación del territorio que rodea al mar Muerto, prácticamente inhóspito y que no permite la vida animal y vegetal, produce de un modo sugestivo la impresionante sensación de haber sufrido una catástrofe. Jesús nos dice que, quienes rechacen la enseñanza de sus evangelizadores, serán tratados con menos clemencia que los habitantes de las

citadas ciudades de la Pentápolis. Podemos comprender las palabras que podemos leer en MT. 10, 15 como una amenaza que nos obliga a convertirnos al Evangelio con el fin de esquivar la ira divina, o como un aviso que nos hace diferenciar la existencia de quienes no tienen fe y desconocen las realidades últimas relativas a nuestra existencia, y quienes aceptamos a la Trinidad Beatísima. Jesús también nos habla del "día del juicio", es decir, del fin del mundo, del tiempo en que seremos juzgados por nuestro Padre común, con el fin de que comprendamos si somos aptos para vivir en su Reino de amor y de paz.

   Un mártir es una persona que muere o padece mucho en defensa de una creencia, una convicción o una causa, en el caso que nos ocupa, se trata de quienes, a lo largo de la Historia, han muerto por amor a Jesucristo, y en defensa de nuestra fe universal. Sabéis que actualmente los predicadores del Evangelio necesitamos un gran valor para exponer nuestra doctrina si consideramos que nuestro mundo deja de aceptar a nuestro Criador. Muchos de nuestros hermanos evitan el hecho de hablar de nuestro Señor ante quienes pueden someterles a confrontación, pues temen no saber responder a las preguntas que les puedan ser planteadas. No hemos de olvidar que tenemos muchos hermanos de fe en China, en Cuba y en otros países que viven una situación muy difícil, porque no les está permitido profesar su fe libremente. Sabéis que los perseguidores de Jesús se negaban a aceptar creencias que contravinieran las suyas, así pues, esa fue la causa por la que asesinaron al Hijo de María y, posteriormente, a muchos de sus seguidores. Jesús sabía que si él había de padecer por causa de su doctrina, sus seguidores habían de tener la misma suerte que él. Veamos cómo nuestro Señor previno a sus seguidores con respecto a las pruebas que habían de vivir para no renegar de su fe.

   "Yo os envío como ovejas en medio de lobos. Por eso, sed astutos como serpientes, aunque también inocentes como palomas. Tened cuidado con la gente, porque os entregarán a las autoridades y os azotarán en las sinagogas. Por causa mía os llevarán ante gobernadores y reyes para que deis vuestro testimonio delante de ellos y de los paganos. Pero, cuando os entreguen a las autoridades, no os preocupéis de cómo habéis de hablar o qué habéis de decir, pues en aquel momento Dios os dará las palabras oportunas. No seréis vosotros quienes habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. Los hermanos entregarán a sus hermanos y harán que los maten. Los padres entregarán a sus hijos, y los hijos se levantarán contra sus padres y los matarán" (MT. 10, 16-21). "Antes del fin (del mundo) ha de ser anunciada a todas las naciones la buena nueva de la salvación del mundo" (MC. 13, 10. CF. LC. 12, 11-12. LC. 21, 12-16).

   "Todos os odiarán por causa mía; pero el que se mantenga firme hasta el fin, se salvará" (MT. 10, 22). "Serán días en que muchos perderán la fe, mientras otros se odiarán y se traicionarán mutuamente" (MT. 24, 10). "Pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza (Dios os rescatará y os hará vivir en su Reino). Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas" (LC. 21, 18-19). "Pero el que se mantenga firme hasta el fin, ese se salvará. Esta buena noticia del reino se anunciará por todo el mundo, para que todas las naciones la conozcan. Entonces llegará el fin" (MT. 24, 13-14).

   "Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra, pues os aseguro que el Hijo del hombre vendrá antes que hayáis recorrido todas las ciudades de Israel" (MT. 10, 23). Es importante que entendamos que Jesús no es un fanático que nos entrena para que nos dejemos asesinar, así pues, él nos dice que, si somos perseguidos por ejemplo en el lugar en que vivimos, que nos instalemos en otro pueblo, otra ciudad u otra nación, y nos recuerda que, antes de que llegue el fin del mundo, el Evangelio será anunciado a todas las naciones.

   "Ningún discípulo es más que su maestro y ningún criado es más que su amo" (MT. 10, 24). "No está el discípulo por encima del maestro. Todo el que esté bien formado, será como su maestro" (LC. 6, 40. JN. 13, 16 y 15, 20). "Bastante es que el discípulo llegue a ser como su maestro, y el criado como su amo. Si han llamado Beelzebul al amo de la casa (Jesús fue llamado jefe de los demonios por sus enemigos en varias ocasiones), ¿qué no dirán de sus familiares¿" (MT. 10, 25. Vé. MT. 9, 32-34 y 12, 24. MC. 3, 22. LC. 11, 15).

   ""No tengáis miedo a la gente. Porque no hay nada secreto que no haya de ser descubierto, ni nada oculto que no haya de ser conocido" (MT. 10, 26). El miedo es una perturbación anímica muy angustiosa que se produce en nuestro interior, por causa de un riesgo o un daño real o producido por nuestra imaginación. El miedo también consiste en el recelo o apreensión que podemos tener en un momento dado, de que nos suceda lo contrario a lo que deseamos. Esta segunda acepción del miedo se puede dar en nosotros si somos desconfiados o carecemos de autoestima. El miedo es más justificado en los niños que en los adultos, ya que los primeros son dependientes de los últimos, y los segundos son autosuficientes. Si pensamos que todos los días no nos van a suceder desastres insufribles, habremos de pensar que, en muchas ocasiones, en vez de dejarnos llevar por nuestra imaginación que nos hace pensar en catástrofes que consideramos desgracias y sólo son circunstancias desagradables. Si les

pedimos a nuestros superiores un aumento de sueldo, podemos arriesgarnos a recibir una negativa, pero, merece la pena arriesgarnos si ellos acceden a concedernos lo que les pedimos. ¿A qué esperas para decirle a tu marido o a tu mujer que tiene un hábito que no te gusta? Si no se lo dices tranquilamente, llegará el día en que se lo dirás de una forma inapropiada, por lo que quizá discutiréis. Jesús nos dice en el Evangelio de hoy que no tengamos miedo a la gente, que seamos abiertos, por consiguiente, seremos más felices al ser comunicativos que al encerrarnos en nuestro interior.

   "Lo que yo os digo en la oscuridad -dice Jesús en el Evangelio de hoy-, decidlo vosotros a la luz del día, y lo que escucháis en secreto, pregonadlo desde las azoteas" (MT. 10, 27). Jesús instruía a sus discípulos durante las noches y cuando podía apartarse de las multitudes que le seguían. Nuestro Señor quiere que anunciemos lo que aprendemos en las catequesis, en las reuniones formativas, en los encuentros de oración y en las celebraciones litúrgicas.

   "No tengáis miedo de los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Más bien tened miedo de aquel que puede destruir el cuerpo y la vida en la gehena" (MT. 10, 28).... Jesús nos dice que afrontemos y confrontemos nuestras dificultades rechazando el temor a la muerte. Más nos vale fracasar al intentar alcanzar nuestros objetivos que vivir pensando en lo que hubiéramos podido conseguir si no nos hubiéramos dejado conducir por nuestra pereza y nuestra cobardía.

   "¿No se venden dos pájaros por poco dinero? Sin embargo, ninguno de ellos cae a tierra si vuestro Padre no lo permite. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos los tenéis contados uno por uno. Así que no tengáis miedo; vosotros valéis más que todos los pájaros" (MT. 10, 29-31). Jesús no quiere que seamos víctimas del miedo, porque ello nos paraliza, y no nos permite discernir correctamente con respecto a lo que hemos de hacer en un momento dado. Jesús quiere que comprendamos que Dios nos ama. San Juan nos transcribió en su Evangelio las siguientes palabras que pronunció el Mesías durante su última Cena con sus discípulos: "Cuando llegue ese día (el de la Parusía o segunda venida del Señor), vosotros mismos presentaréis vuestras súplicas al Padre en mi nombre. Y no necesito aseguraros que yo voy a interceder ante el Padre por vosotros, pues es el Padre mismo quien os ama. Y os ama porque vosotros me amáis a mí y habéis creído que yo he venido de Dios" (JN. 16, 26-27).

   Declarémonos a favor de Jesús, para que él no tenga que decir ante Dios: Padre mío, tú me los confiaste, y ellos no se dejaron redimir, así pues, mi corazón está triste, porque mi amor no ha sido correspondido por mis hermanos los hombres" (Padre nuestro, edición número 43, 19-06-2005, Domingo XII Ordinario del ciclo A).

   "Todo aquel que se declare a favor mío delante de los hombres, yo también me declararé a favor suyo delante de mi Padre celestial. Y, al contrario, si alguien me niega delante de los hombres, yo también le negaré a él delante de mi Padre que está en los cielos" (MT. 10, 32-33. Vé. el apartado 5-20 de estos ejercicios espirituales y LC. 12, 9). "Doctrina de fe es ésta: Si morimos con Cristo, viviremos con él (después de que acontezca nuestra resurrección); si nos mantenemos firmes (en el cumplimiento de la Ley divina y, por tanto, en la procesión de nuestra fe), reinaremos con él; si le negamos, él también nos negará (fingirá que nos rechaza para que comprendamos que sin él no podemos hacer nada); si le somos infieles, él permanece fiel, pues no es posible que falte a su palabra" (2 TIM. 2, 11-13).

   Yo pienso que todos los que trabajamos para extender el conocimiento de la Palabra de Dios en nuestro entorno social yo en todo el mundo iniciamos nuestra actividad cristiana con el corazón lleno de júbilo, porque tenemos la convicción de que nuestro Padre común no nos desampara en nuestro empeño de ser fieles imitadores de Jesús. Quizá, a pesar de las advertencias que Jesús nos hace para sobrevivir a las persecuciones, nos seguimos preguntando: ¿Es necesario que rehusemos a la persecución en el caso de que se nos presente la oportunidad de demostrar nuestra fe ante quienes no creen en Dios, para posteriormente seguir predicando el Evangelio? A pesar de que a San Pablo se le amputó la cabeza por causa de nuestra fe universal en la capital del Imperio romano, el Apóstol de las gentes utilizó el documento que le acreditaba como ciudadano romano para no ser azotado por causa de su profesión religiosa en algunas ocasiones. El mismo Jesús, en ciertas ocasiones en que muchos de

sus oyentes le iban a apedrear, se mezcló entre la multitud y se puso a salvo escondiéndose de sus perseguidores. Jesús y muchos de sus siervos han muerto con tal de no renegar de Dios, de la misma forma que muchas madres estarían dispuestas a ser torturadas hasta que les arrancaran la vida con tal de prolongar la existencia de sus hijos a costa de su sacrificio. Si la esperanza en una existencia más allá de la muerte sirvió de consuelo de muchos mártires, ellos murieron por un amor que, dadas las circunstancias en que fallecieron, puede definirse como sobrenatural aunque era humano, por causa del ímpetu que caracterizó al citado don celestial. Jesús dijo en cierta ocasión: "He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido¡" (LC. 12, 49). Jesús vino al mundo a enseñarnos que el amor es más fuerte que el odio, y, la única forma existente de demostrar esta realidad, consiste en que los testigos de la fe sucumban ante el mal para resurgir

a la vida de la misma forma que Cristo venció a la muerte. Jesús vino al mundo para demostrarnos que el mal se vence por la práctica del bien, aunque ello nos cuesta la vida, pues el que muere por causa de su fe ha de resucitar, como se decía en la antigüedad que los fénix resurgían de sus cenizas. Nuestro Señor nos sigue diciendo: "Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla¡" (LC. 12, 50). Jesús sabía que tenía que morir para demostrarnos que debemos morir y resucitar con él, pero ello no le privaba del sufrimiento que le causaba la proximidad de su propio exterminio. Jesús les dijo a Salomé y a sus hijos Juan y Santiago: "¿Podréis vosotros beber la misma copa de amargura que yo bebo, o recibir el mismo bautismo que yo recibo? Ellos le contestaron: -Sí, ¡podremos hacerlo¡" (MC. 10, 38-39).

   "No creáis que he venido a traer la paz al mundo. ¡No he venido a traer paz, sino guerra! Porque he venido a causar discordia, a poner al hijo en contra de su padre, a la hija en contra de su madre y a la nuera en contra de su suegra; de suerte que los enemigos de cada uno serán sus propios familiares" (MT. 10, 34-36). El Che Guevara decía: "Más vale morir de pie que vivir arrodillado". Normalmente experimentamos rechazo hacia lo que desconocemos, esta puede ser una de las causas que haya hecho que los cristianos hayan sido perseguidos a lo largo de la Historia de la mayoría de iglesias o congregaciones cristianas existentes, y que muchos seguidores de Jesús hayan martirizado a los adeptos de otras religiones. Nosotros entendemos cuál es la razón por la cuál Jesús ha venido a traer la discordia al mundo, por ejemplo, cuando, en vez de vivir tranquilamente preocupados exclusivamente de alcanzar la plenitud de la felicidad, nos complicamos la vida demostrando que el aborto es

un crimen nefando, lo cuál nos atrae críticas de los que no recuerdan que la sexualidad, más que un instrumento que da placer, consiste en que los padres, al engendrar a sus hijos, se convierten en cocreadores divinos. Los no nacidos que mueren al ser abortados son nuestros hermanos, esa es la causa por la que, al entender que ellos son asesinados, nos revelamos por la comisión de tal injusticia, porque son hijos de Dios, y porque tienen el mismo derecho a vivir que quienes les niegan la existencia. "El hijo deshonra al padre, la hija se levanta contra la madre, la nuera contra su suegra, y los enemigos del hombre son los de su casa. Mas yo a Jehová miraré, esperaré al Dios de mi salvación; el Dios mío me oirá" (MI. 7, 6-7.

   Si todos somos libres para decidir hasta qué punto aceptamos una doctrina, los cristianos practicantes viven a rajatabla las palabras de Jesús: "El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Y el que no esté dispuesto a tomar su cruz para seguirme, tampoco es digno de mí" (MT. 10, 37-38). "-Si alguno quiere ser discípulo mío, deberá olvidarse de sí mismo, cargar con su cruz y seguirme" (MT. 16, 24. CF. MC. 8, 34 y LC. 9, 23). "Jesús es nuestra dicha. Jesús nos dice: "Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador. El Padre poda todos mis sarmientos improductivos y limpia (purifica con el dolor) los sarmientos que dan fruto para que produzcan todavía más. Vosotros ya estáis limpios, gracias al mensaje que os he comunicado. Permaneced unidos a mí, como yo lo estoy a vosotros. Ningún sarmiento puede producir fruto por sí mismo sin estar unido a la vid; lo mismo os ocurrirá a

vosotros si no estáis unidos a mí. Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos, El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer" (JN. 15, 1-5). Jesús es la viva imagen del Padre: "Cristo es la imagen del Dios invisible" (COL. 1, 15). Si Jesús es la imagen de Dios, la aceptación de su Palabra, significa para nosotros nuestra realización como personas cristianas y la constatación del desarrollo de la vida divina en nuestro interior. Desde esta perspectiva, si consideramos que Jesús es amor, no ha de extrañarnos que él desee que le amemos más que a nadie y más que a nuestras pertenencias, porque esta es la única forma que tenemos de alcanzar la felicidad" (Padre nuestro, edición 44, Domingo, 26-05-2005, Domingo XIII Ordinario del ciclo A).

   "El que quiera salvar su vida (evitando el cumplimiento de la misión que le ha sido encomendada por nuestro Criador), la perderá; pero el que, por causa mía, la pierda, ese la salvará (vivirá eternamente aunque padezca el martirio) (MT. 10, 39. MT. 16, 25. MC. 8, 35. LC. 9, 24. LC. 17, 33). "Quien vive preocupado solamente por su vida, terminará por perderla; en cambio, quien no se apegue a ella en este mundo, la conservará para la vida eterna" (JN. 12, 25).

   Quizá nos preguntamos: ¿De qué nos sirve seguir a Jesús, si él sólo nos promete que sufriremos por causa de él y de su mensaje? Es cierto que el Mesías nos dice que seremos felices en el Reino de Dios, pero no es menos cierto que no podemos demostrar empíricamente la existencia del citado estado de felicidad imperecedera. Todos sabemos que quienes se suicidan acaban con su vida porque creen que su existencia es inútil o porque corren un grave peligro o creen que viven bajo una grave amenaza. Aunque podemos ver el martirio de distintas formas, los cristianos no debemos renegar de Dios, no por miedo a la condenación eterna en el infierno que supuestamente debemos merecer por ello, sino porque el rechazo de Dios supone la no aceptación de nuestra vida que previamente a la toma de la citada decisión ha sido -y lo seguirá siendo- transfigurada y configurada a imagen y semejanza espiritual de Cristo Jesús.

   "El que os recibe a vosotros, es como si me recibiera a mí, y el que me recibe a mí, es como si recibiera al que me envió" (MT. 10, 40). "Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado" (LC. 10, 16. CF. MC. 9, 37). "El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre vosotros, ése es mayor" (LC. 9, 48. JN. 13, 20). Jesús compara a sus predicadores con niños indefensos, esta es la causa por la que nos dice que sus apóstoles y discípulos se hacen pequeños, se humillan ante el mundo que en muchas ocasiones les rechaza, con tal de ganar almas para el cielo, como si de ello dependiera la consideración de su valía que hace nuestro Padre común. "El que recibe a un profeta por tratarse de un profeta, tendrá la recompensa que corresponde a un profeta, y el que recibe a un hombre justo por

tratarse de un hombre justo, tendrá la recompensa que corresponde a un hombre justo. Y el que dé un vaso de agua fresca al más insignificante de mis discípulos por tratarse de un discípulo mío, os aseguro que no quedará sin recompensa" (MT. 10, 41-42).