Domingo XIII del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Autor: José Portillo Pérez

 

 

1. Acerquémonos a Jesús. El Domingo anterior, a través de las lecturas correspondientes a la Eucaristía que celebramos el citado día, Jesús nos recordó que, en los momentos en que nos sentimos acorralados por nuestras dificultades hasta el punto que llegamos a perder la fe y la esperanza, él nos ayuda a recobrar la serenidad preguntándonos: "-¿Por qué tenéis miedo? ¿Dónde está vuestra fe¿" (MC. 4, 40). Hace varios años conocí a una chica a través de un chat que decía que estaba muy triste porque una de sus amigas le dijo que su novio le era infiel. Cuando el novio de la chica conoció la causa por la que su prometida se sentía infeliz, le preguntó: "¿Por qué dudas de mí¿". Ella no pudo contestarle a su novio la citada pregunta porque la embargó la emoción al pensar que el hombre al que amaba jamás le había dado motivos para que desconfiara de él tal como ella lo había hecho durante varios días. El chico le dijo a su novia: "Si alguna vez te he hecho daño he obrado

inconscientemente, sin saber que hería tus sentimientos". En el Evangelio de la semana anterior (MC. 4, 35-40), Jesús nos preguntó: ¿Por qué os sentís sólos en los días en que sois atribulados? ¿Por qué no creéis "que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (CF. MT. 28, 20) compartiendo vuestra alegría y que soy vuestro compañero de infortunio? Si en alguna ocasión habéis creído que os he desamparado, ello no ha sucedido porque os he rechazado de mi presencia por causa de mi odio hacia vosotros, sino por vuestra carencia de fe. San Marcos nos dice en el Evangelio de hoy: "De nuevo volvió Jesús a la otra orilla del lago, donde enseguida se reunió en torno a él mucha gente" (MC. 5, 21). En otra ocasión, "Jesús se fue con sus discípulos a la orilla del lago. Mucha gente ... acudió en busca suya,... que habían oído hablar de todo lo que hacía" (CF. MC. 3, 7-8). La gente buscaba a Jesús, ora para que le concediera dádivas materiales, ora para que se cumplieran

las palabras con que el impulsivo San Pedro le demostró su fe al Mesías, cuando éste les dio a sus discípulos la doble oportunidad de seguirle o de abandonarle: "-Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras son palabras que dan vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo (enviado) de Dios" (JN. 6, 68-69). Recordemos las palabras del Salmista: "Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios¿." (SAL. 42, 2-3). Nuestra alma está sedienta de Dios porque no podemos superar nuestras dificultades si no caminamos asidos de la mano de nuestro Señor, pero, aún en el caso de que creamos que somos plenamente felices porque la vida nos sonríe, nuestra alma está sedienta de nuestro Padre común, porque el Reino de Dios que ha sido plenamente establecido en el mundo y el mismo es la Iglesia peregrina, no ha sido aceptado plenamente por la humanidad.

   San Marcos nos dice en el Evangelio correspondiente a esta celebración eucarística: "él (Jesús) seguía ala orilla del agua, cuando llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, que, al ver a Jesús, se arrodilló a sus pies, suplicándole: -Mi hija se está muriendo; pero, si tú vienes y pones tus manos sobre ella, se salvará y vivirá" (MC. 5, 22-23). Jesús podría haber atendido a la petición de Jairo considerando el cargo que el padre de la niña enferma tenía en la sinagoga, pero nuestro Señor siguió a Jairo por amor a la niña enferma y a cuantos la amaban, porque "él (Dios) es Dios de vivos y no de muertos" (CF. MT. 22, 32). Jairo se acercó a nuestro Señor y se arrodilló delante de él en actitud suplicante, pues sólo podía recurrir al Hijo de María para evitar el fallecimiento de su hija. "Jesús fue con él" (MC. 5, 24).

   "Iba también una gran multitud, que seguía a Jesús y le tenía oprimido. Entre la gente se encontraba una mujer que desde hacía doce años padecía hemorragias. Había sufrido mucho a manos de muchos médicos y había gastado en ellos toda su fortuna, sin conseguir nada, sino ir de mal en peor" (MC. 5, 24-26). ¿A quién acudimos cuando vemos fallecer a nuestros seres queridos marcados por la impotencia de no poder hacer que retornen a la vida y verles felices junto a nosotros? ¿A quién acudimos cuando perdemos nuestro trabajo, cuando nos traiciona uno de nuestros mejores amigos, o cuando la gente de la que esperamos más signos de afecto nos demuestra el más despiadado rechazo? El Salmista, pensando en las ocasiones en que deseamos buscar la forma de escapar de nuestras dificultades porque nos sentimos agobiados, escribió: "Se me retuercen las entrañas, me sobrecoge un temor mortal, y pienso: "¡Quién me diera las alas de paloma para volar y posarme! Emigraría lejos, habitaría en el

desierto (me ocultaría en mi caparazón para no ver que mi vida es consumida por mis problemas, que el mundo me exige cada día más y mi futuro es el camino que me conduce a la muerte), me pondría enseguida a salvo de la tormenta" (SAL. 54, 4-6). Nosotros le vamos a pedir a nuestro Padre común que nos fortalezca para que seamos capaces de vencer los obstáculos gracias a los cuales nuestro Criador nos concede la oportunidad de forjar nuestra entereza.

   "Aquella mujer había oído hablar de Jesús, y, confundiéndose entre la gente, llegó hasta él y por detrás le tocó el manto, diciéndose a sí misma: "Con sólo que toque su manto, me curaré."" (MC. 5, 27-28). No es mi pretensión ofender a aquellos de mis lectores que utilizan a las imágenes religiosas como si las mismas, en vez de recrear superficialmente la espiritualidad de quienes representan, fueran fetiches, por cuya contemplación, o al recitar alguna oración específica o al llevar a cabo algún rito mágico, pueden hacerles felices, concediéndoles los favores que les piden. La mujer hemorroísa creía que ella sería curada por el Mesías al tocar el manto de Jesús, pero, a pesar de esta creencia supersticiosa, no hemos de olvidar que esta mujer había de evitar que la gente la tocara, con el fin de no incumplir la Ley, que hacía que la citada mujer enferma fuese tratada como una pecadora maldita.

   2. Jesús cura nuestra alma enferma y pone a prueba nuestra fe. "Y así fue. Le desapareció al punto la causa de sus hemorragias, y sintió que quedaba curada de su enfermedad. Jesús, dándose cuenta de que con su propio poder había curado a alguien, se volvió hacia la gente y preguntó: -¿Quién ha tocado mi manto? Sus discípulos le dijeron: -¿Ves que la gente te oprime por todas partes, y aún preguntas quién te ha tocado? Pero él seguía mirando alrededor para descubrir quién lo había hecho" (MC. 5, 29-32). Según una tradición muy antigua, cuando Santiago el Mayor intentó evangelizar a los españoles, sufrió una crisis espiritual, al constatar que el mensaje divino que él predicaba no era bien acogido por la gran mayoría de sus oyentes. Santa María Virgen se le apareció al citado amigo de nuestro Señor en Zaragoza, y fortaleció su fe, con el fin de que concluyera el cumplimiento de la misión que le fue encomendada por el Mesías. Somos muchos los predicadores que nos hemos desanimado en algunas ocasiones al comprobar -o al creer- que nuestra predicación no ha sido bien acogida por nuestros oyentes yo lectores. Los versículos del Evangelio de San Marcos que estamos meditando nos instan a que detectemos la aceptación de nuestra actividad pastoral en la conducta de aquellos de nuestros hermanos que intentamos acercar al Dios Uno y Trino.

   "La mujer entonces, temblando de miedo porque sabía lo que había pasado, fue a arrodillarse a los pies de Jesús y le contó toda la verdad. él le dijo: -Hija, por tu fe has quedado curada. Vete en paz, libre ya de tu enfermedad" (MC. 5, 33-34). Hace varios años leí en un foro un mensaje de una cristiana desesperada, que decía unas palabras parecidas a los términos siguientes: "No puedo soportar mi dolor". Una participante de ese medio de evangelización le contestó: "No sé qué decirte, así pues, por una parte deseo que no sufras para que seas feliz, pero, por otra parte, es necesario que conozcas el efecto del dolor, para que el Señor te fortalezca por medio del sufrimiento".

   Hemos visto que Jesús curó a la mujer hemorroísa. Hace varios años, uno de mis amigos que vivió intensamente unos ejercicios espirituales, me dijo: "Cuando acabé los ejercicios espirituales a los que asistí la semana pasada tenía la sensación de que estaba más en el cielo que en la tierra, pero, cuando volví a relacionarme con mis ex compañeros de la cárcel, mi fe se debilitó mucho¿. Nunca debemos creer que el proceso de nuestra conversión al Dios Uno y Trino ha terminado, así pues, de la misma forma que en ciertas ocasiones podemos tener la sensación de que nuestra fe es inquebrantable y de que por lo tanto la primera de las virtudes teologales no puede ser aumentada en nosotros, puede sucedernos que nuestro Padre común permita que seamos probados, con el fin de que aprendamos que nos queda mucho camino por recorrer para alcanzar la salvación.

   "Aún estaba hablando Jesús, cuando llegaron unos de casa del jefe de la sinagoga a decirle a éste: -Tu hija ha muerto. No molestes más al Maestro" (MC. 5, 35). Quizá Jairo se preguntó en su agonía: Si Jesús ha curado a la mujer hemorroísa, ¿no podrá hacer algo para remediar el dolor que embarga a mi familia? Quizá Jairo pensó: Si Jesús hubiera llegado antes a mi casa, mi hija no habría muerto. Cuando Jesús fue a Betania acompañado de sus amigos íntimos a expresarles sus sentimientos compasivos a Marta y a María por la muerte de su hermano Lázaro, Marta le salió al encuentro y le dijo: "-Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano" (JN. 11, 21). Si Jairo había visto cómo la mujer hemorroísa había sido restablecida de su enfermedad por el Hijo de María, aún tenía que luchar para que su fe evolucionara, hasta el punto de creer que nuestro Señor podía resucitar a su hija por causa de su divino poder, sin tener que ir a su lugar de residencia, para hacer que la

niña retornara a la vida al imponer sus manos sobre ella o sin pronunciar ningunas palabras mágicas delante de la misma.

   "Pero Jesús, sin hacer caso de aquellas palabras dijo al jefe de la sinagoga: -No tengas miedo. ¡Sólo ten fe¡" (MC. 5, 36). Jesús le dijo a Jairo que no flaqueara su fe, porque había de ir a su casa para callar a las mujeres que cobraban un sueldo por llorar la muerte de la niña. Jesús le dijo a Jairo que no perdiera la fe cuando la gente se burlara del Hijo del carpintero de Belén, cuando él exclamara delante de la gente que la niña no estaba muerta, pues su muerte no había de diferenciarse mucho del sueño natural, por causa de la brevedad del tiempo durante el que se prolongó la misma. Jesús le pidió a Jairo que se gloriara por causa de su fe cuando pudiera abrazar a su hija resucitada y alimentarla, para demostrarles a quienes se habían burlado del Hijo de María que no veían a un fantasma al mirar a la niña vencedora de la muerte. Por último, Jesús le pidió a Jairo que no divulgara el extraordinario prodigio que contempló en su casa, pues el Hijo del carpintero no quería ser amado

por nosotros por causa de las dádivas que nos concede, sino por amor.