Domingo XIII del Tiempo Ordinario, Ciclo A  (Mateo 10, 37-42)

Autor: José Portillo Pérez

 

 

El bautismo de sangre. Jesús le preguntó al joven rico que no quiso hacerse discípulo suyo por causa de sus riquezas: "-¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Bueno solamente es Dios. Si quieres entrar en la vida (eterna), cumple sus mandamientos" (Mt. 19, 17). Recordemos aquella ocasión en la que un intérprete de la Ley de Moisés le preguntó a Jesús: "-Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley? él le contestó: -Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu inteligencia. Este es el primer mandamiento y el más importante. Pero hay un segundo mandamiento que es parecido a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mt. 22, 36-39). Si tenemos en cuenta los versículos bíblicos que hemos meditado, podremos comprender la radicalidad del mensaje del Evangelio de hoy. "El que quiere a su padre o a su madre más que a mí -dice Jesús-, no es digno de mí. El que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Y el que no esté dispuesto a tomar su cruz para seguirme, tampoco es digno de mí" (Mt. 10, 37-38). Jesús es nuestra dicha. Jesús nos dice: "Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador. El Padre poda todos mis sarmientos improductivos y limpia los sarmientos que dan fruto para que produzcan todavía más. Vosotros ya estáis limpios, gracias al mensaje que os he comunicado. Permaneced unidos a mí, como yo lo estoy a vosotros. Ningún sarmiento puede producir fruto por sí mismo sin estar unido a la vid; lo mismo os ocurrirá a vosotros si no estáis unidos a mí. Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos. El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer" (Jn. 15, 1-5). Jesús es la viva imagen del Padre: "Cristo es la imagen del Dios invisible" (Col. 1, 15). Si Jesús es la imagen de Dios, la aceptación de su Palabra, significa para nosotros nuestra realización como personas cristianas y la constatación del desarrollo de la vida divina en nuestro interior. Desde esta perspectiva, si consideramos que Jesús es amor, no ha de extrañarnos que él desee que le amemos más que a nadie y más que a nuestras pertenencias, porque esta es la única forma que tenemos de alcanzar la felicidad.

Los Apóstoles empezaron a seguir a Jesús alentados por las palabras mesiánicas: "El tiempo ya ha llegado y el reino de Dios ya está cerca" (Mc. 1, 15). Quizá ellos no esperaban vivir esta realidad: "No creáis que he venido a traer la paz al mundo. ¡No he venido a traer paz, sino guerra! Porque he venido a causar discordia, a poner al hijo en contra de su padre, a la hija en contra de su madre y a la nuera en contra de su suegra; de suerte que los enemigos de cada uno serán sus propios familiares" (Mt. 10, 34-36). Siempre que emprendemos una actividad lo hacemos con la esperanza de obtener un logro que nos ayude a esforzarnos para que podamos conseguir lo que deseemos, pero Jesús sabía que él y sus seguidores iban a morir por extender el Evangelio entre quienes no aceptaban su doctrina. Jesús y muchos de sus seguidores han sido bautizados con el derramamiento de su sangre, porque han sido capaces de morir defendiendo su ideal de vida. Ellos no han intentado que nadie les tenga lástima para llamar la atención de la gente. Jesús y sus seguidores han luchado para extender su forma de pensar y su modo de actuar entre sus oyentes. San Pablo nos cuenta su testimonio de cristiano perseguido por la causa de Jesús: "En Damasco, el etnarca del rey Aretas tenía puesta guardia en la ciudad de los damascenos con el fin de prenderme. Por una ventana y en una espuerta fui descolgado muro abajo. Así escapé de sus manos" (2 Cor. 11, 32-33). "A nadie damos ocasión alguna de tropiezo, para que no se haga mofa del ministerio, antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios: con mucha constancia en tribulaciones, en necesidades, angustias; en azotes, cárceles, sediciones; en fatigas, desvelos, ayunos; en pureza, ciencia, paciencia, bondad; en el Espíritu Santo, en caridad sincera, en la palabra de verdad, en el poder de Dios; mediante las armas de la justicia: las de la derecha y las de la izquierda; en gloria e ignominia, en calumnia y en buena fama; tenidos por impostores, siendo veraces; como desconocidos, aunque bien conocidos; como quienes están a la muerte, pero vivos; como castigados, aunque no condenados a muerte; como tristes, pero siempre alegres; como a pobres, aunque enriquecemos a muchos; como quienes nada tienen, aunque todo lo poseemos. ¡Corintios¡, os hemos hablado con toda franqueza; nuestro corazón se ha abierto de par en par. no está cerrado nuestro corazón para vosotros; los vuestros sí que lo están para nosotros" (2 Cor. 6, 3-12).

Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Padre común que nos fortalezca para que seamos discípulos intachables de Cristo Jesús.