Solemnidad de Navidad, Ciclo A (Jn. 1, 1-18)
Autor: José Portillo Pérez
1. Antes de ser traicionado por Judas, Jesús oró en el huerto de José de Arimatea. Jesús sabía que iba a padecer mucho durante las horas sucesivas. El Profeta Isaías nos dice al describirnos la Pasión de nuestro Señor: "Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba. Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos. Pues que Yahveh habría de ayudarme para que no fuese insultado, por eso puse mi cara como el pedernal, a sabiendas de que no quedaría avergonzado... Creció como un retoño delante de él, como raíz de tierra árida. No tenía apariencia ni presencia; (le vimos) y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados" (Is. 50, 6-7. 53, 2-5). Cuando Jesús en su oración en el huerto de Getsemaní alcanzó el punto culminante de su agonía y su dolor parecía convertirse en sequedad espiritual, nuestro Señor le dijo al Padre tres veces: "Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc. 22, 42). Al iniciar la celebración de la octava de Navidad, vamos a pedirle a nuestro Padre común que nos ayude a disponernos para hacer su voluntad. Todos tenemos una misión que llevar a cabo durante los días de nuestra existencia. "Pedimos a Dios que os llene del conocimiento de su voluntad, que os haga profundamente sabios y os conceda la prudencia del Espíritu" (Col. 1, 9).
Oremos con el Salmista: "Cuántas maravillas has hecho, Señor, Dios mío; cuántos planes en favor nuestro: nadie se te puede comparar. Intento decirlas y contarlas, pero superan todo número. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios, entonces yo digo: "Aquí estoy", porque está escrito en el libro que cumpla tu voluntad. Dios mío, lo quiero, llevo tu ley en las entrañas. He proclamado que eres justo ante la gran asamblea, no he cerrado los labios; Señor, tú lo sabes. No me he guardado en el pecho tu defensa, he contado tu fidelidad y tu salvación, no he negado tu lealtad i fidelidad ante la gran asamblea. Tú, Señor, no me cierras tus entrañas, que tu lealtad y fidelidad me guarden siempre" (Sal. 40, 6-12).
2. Después de invocar a Dios, meditemos el principio del texto correspondiente a la primera lectura. "¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salvación, que dice a Sión: ¡Ya reina tu Dios¡¡" (Is. 52, 7). San Lucas nos describe gráficamente la misión del Mesías, diciéndonos que Jesús allanará los montes de la soberbia humana, y elevará a los humildes, convertirá los valles en colinas elevadas. "Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos" (Lc. 3, 4-5). ¿Cuál es la causa por la que el Profeta nos dice que el mensajero de Dios camina a través de los montes? Unámonos al Señor en el cumplimiento de su misión. Pidámosle a nuestro Padre común que nos ayude a aplicarnos el anuncio profético. Recorramos junto a nuestro Señor el mundo, porque él "anuncia la paz" (Is. 52, 7).
Recordemos el cántico con que los ángeles les anunciaron a los pastores el misterioso Nacimiento del Emmanuel: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace" (Lc. 2, 14). Habitualmente, cuando Juan Pablo II nos dirige su tradicional felicitación navideña a los cristianos españoles, pronuncia las siguientes palabras: "Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones" (Cf. Col. 3, 15). Pidámosle a nuestro Padre común que la luz del Espíritu Santo nos ilumine para que podamos transmitirles a quienes nos rodean su paz divina. Unámonos todos en oración para que el Espíritu nos conceda su paz para que el mundo se libre de las miserias causadas por la ausencia del don celestial sobre el que estamos meditando.
Isaías nos dice también que el Mesías "trae buenas nuevas" (Is. 52, 7). Las buenas noticias mesiánicas las hemos meditado detenidamente durante el tiempo de Adviento, por eso, si queremos que el mundo irradie la paz de Cristo, hemos de convertirnos en los portadores de las buenas nuevas que Cristo Jesús predicó en su tiempo en Palestina, para que los valores cristianos que han transformado nuestra vida, no se extingan cuando le entreguemos nuestro espíritu a Dios. Démosle una respuesta positiva al amargo y esperanzador interrogante de Jesús: "Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra¿" (Lc. 18, 8). Jesús, cuando vuelvas en tu Parusía, te percatarás de que tu fe universal no se ha extinguido de la tierra, porque, los predicadores de tu Iglesia, jamás se cansarán de transmitir tus buenas nuevas, porque tu pueblo, lleno de esperanza, y consciente de la misión que tú le encomendaste, siempre se mostrará dispuesto a sacrificar su vida, esforzándose para
que nuestro Padre común tenga más hijos.
Isaías nos dice que el Mesías "anuncia salvación" (Is. 52, 7). Ante estas palabras tan trascendentales, me vienen a la memoria las palabras del Salmista: "Yo confío en tu lealtad, mi corazón se alegra con tu salvación y cantaré al Señor por el bien que me ha hecho" (Sal. 13, 6). Una de las formas que tenemos de agradecerle al Señor nuestra salvación consiste en celebrar activamente la Eucaristía, para que podamos seguir salvando almas, así pues, el Salmista nos insta a orar en los siguientes términos: "El Señor tiene en sus manos mi copa con mi suerte y mi lote" (Sal. 16, 5).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Padre y Dios que nos afiance en nuestra fe, para que no nos falte la fuerza para vivir cumpliendo su voluntad puntualmente, para que ni la incomprensión ni la ingratitud de quienes intentemos salvar y no nos comprendan, nos hagan desistir de nuestro empeño.