Domingo II de Navidad, Ciclo A (Jn. 1, 1-18).

Autor: José Portillo Pérez

 

 

1. La Iglesia, al comenzar el nuevo año, nos invita a meditar los primeros 18 versículos del Evangelio de San Juan, para infundirnos el conocimiento con respecto a la Persona de Jesús y su obra redentora, para que nos dispongamos a imitar las virtudes de nuestro Señor. Jesús mismo, en el libro del Apocalipsis, dice de sí: ""Soy el Alfa y la Omega"" (Apoc. 1, 8). Nuestro Señor se define a sí mismo como el principio de nuestra existencia y el fin con que Dios nos ha creado. San Juan Bautista dijo cuando testimonió su experiencia del bautismo del Mesías: "Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn. 1, 29). Siempre que iniciamos un nuevo año lo hacemos con la esperanza de renovar nuestra vida en todos los aspectos, y, el recuerdo de la misión redentora de nuestro Señor, nos insta a llevar a cabo todos nuestros propósitos.

2. Jesús es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, así pues, aunque nuestro Señor tuvo un comienzo existencial al encarnarse en Santa María Virgen, nuestro Señor ha existido siempre, porque "Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de todo lo creado" (Col. 1, 15). Jesús es un reflejo de nuestro Padre común. Los cristianos valoramos a las personas según el comportamiento que observamos en las mismas. San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad de Colosas: "él (Dios), es quien nos ha rescatado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, del que nos viene la liberación y el perdón de los pecados" (Col. 1, 13-14). El Evangelista nos dice: "Cuando todas las cosas comenzaron, ya existía aquel que es la Palabra" (Jn. 1, 1). El Apóstol nos dice que, cuando Dios comenzó la obra de la creación, ya existía Jesús, la imagen de nuestro Criador, la Palabra de nuestro Dios. Cuando observamos que un hijo imita a su padre o

tiene algún rasgo físico que le es común a su antecesor, decimos con respecto al mismo: de tal palo, tal astilla. Dios es incorpóreo, y, nosotros, al no estar capacitados para creer lo que no podemos ver con nuestros ojos y no nos es posible tocar con las manos, necesitamos que Jesús, la Palabra de Dios, se nos manifieste, para poder creer las realidades divinas. A quienes sentimos que Cristo se nos ha dado a conocer, nos llenan el corazón de alegría las palabras del Evangelio: "En efecto, de su plenitud todos hemos recibido bendición tras bendición" (Jn. 1, 16).

San Juan también nos dice en el Evangelio de hoy: "Y aquel que es la Palabra vivía junto a Dios y era Dios. Junto a Dios vivía cuando todas las cosas comenzaron" (Jn. 1, 1 b 2). Dios llamó al universo a la existencia por medio de su Palabra, es decir, "Todo fue hecho por médio de él y nada se hizo sin contar con él. Cuanto fue hecho era ya vida en él, y esa vida era luz para los hombres; luz que resplandece en las tinieblas y que las tinieblas no han podido sofocar" (Jn. 1, 3-5). Nosotros fuimos creados por medio de Jesús, y gozaremos de la vida eterna, gracias al sacrificio cruento de nuestro Hermano. La vida sobrenatural que hemos recibido por obra y gracia del Espíritu Santo es un cúmulo de virtudes, luz y esperanza para quienes creemos en el Mesías, y, quienes no creen en Dios no gozan de la citada riqueza espiritual, porque, aunque Dios nos concede a todos sus dones y virtudes, nadie puede ejercitar las virtudes que desconoce. Esa luz resplandece en las tinieblas de

nuestra vida, cuando no cedemos a las diversas tentaciones que nos inducen a pecar, a sucumbir ante los fracasos que sufrimos, a incapacitarnos ante la superación de nuestros defectos, a no luchar por ser cada día mejores personas cristianas, y, en último extremo, a perder la fe y la esperanza, no solo en Dios, sino en nuestros prójimos, y nosotros. Quizá nos lamentamos porque no tenemos a nuestra disposición todo el dinero que deseamos, no tenemos el coche que más nos gusta, no tenemos varias viviendas para alquilarlas y obtener un dinero extra del que podríamos dar buena cuenta, pero debemos sentirnos dichosos por lo que somos y la situación que vivimos, porque, desgraciadamente, hay mucha gente en el mundo que carece de dones terrenos y celestiales. La ambición es positiva siempre que no nos induzca a luchar por alcanzar una mayor posición en el campo en que nos movemos a costa de empobrecer a la gente que nos rodea.

3. San Juan nos dice con respecto a la primera venida del Mesías: "En el mundo estaba, y, aunque el mundo fue hecho por él, el mundo no le reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron" (Jn. 1, 10-11). La mejor descripción de todas las que he leído de la vida de nuestro Maestro por su brevedad y claridad, fue expuesta por San Pedro ante el centurión Cornelio, sus familiares y sirvientes, en los siguientes términos: Jesús "pasó por todas partes haciendo el bien" (Hch. 10, 38). ¿Por qué no reconocieron los judíos a Jesús en el tiempo en que nuestro Señor llevó a cabo la redención de la humanidad? ¿Por qué nos invade la pereza al pensar en que debemos asistir a las celebraciones eucarísticas? ¿Por qué se han cometido miles de crímenes en nombre de Jesús de Nazaret?

4. San Juan nos dice con respecto a quienes hemos recibido al Señor en nuestro corazón: "A cuantos le recibieron y creyeron en él les concedió el llegar a ser hijos de Dios. Estos son los que nacen no por generación natural o porque el hombre lo desee, sino porque tienen por Padre a Dios" (Jn. 1, 12-13). Para comprender las palabras del Apóstol que estamos meditando, es preciso que pensemos lo que significa para nosotros el hecho de aceptar a Dios como a nuestro Padre, así pues, en la revisión de la versión de la Biblia de Casiodorode de Reina fechada en el año 1609 que se llevó a cabo en el año 1960, en el versículo 13 del capítulo 1 del Evangelio de Juan, se dice que los hijos de Dios no nacen por deseo de ningún hombre, ni nacen como hijos no deseados, ni nacen para ser predestinados para ser glorificados en conformidad con los deseos de sus progenitores, pues ellos nacen porque a Dios le place tenerlos como hijos, por lo que se deduce que Dios les ha creado para colmarles el corazón de gloria. éstos, pues, son los hijos de Dios que reciben con gran alegría el mensaje del Apóstol: "Aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros; vimos su gloria, la que le corresponde como Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad" (Jn. 1, 14).