Bautismo del Señor (Mt. 3, 13-17)

Autor: José Portillo Pérez

 

 

 1. Una de las enseñanzas principales que nos inculca la Iglesia en el tiempo de Pascua consiste en concienciarnos de que estamos estrechamente relacionados con la Santísima Trinidad, y que el citado vínculo que nos une es el Sacramento del Bautismo. La Iglesia Católica bautiza a sus fieles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, así pues, marcando la diferencia con respecto al bautismo de Juan que acercaba a los pecadores a Dios obteniéndoles el perdón de sus transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Israel, el Sacramento con que iniciamos nuestra vida cristiana, nos obtiene la filiación divina. El Dios Trinidad no está aislado, así pues, el hecho de que tres Personas sean una misma Deidad, nos induce a pensar en un Dios que constituye por Sí mismo una familia, de la que nosotros somos miembros, porque hemos recibido el Sacramento del Bautismo. La Iglesia desea que todos los niños que son bautizados con uso de razón y todos los adultos que reciben este Sacramento sean conscientes del compromiso que ello significa para ellos de convertir el cumplimiento de la voluntad de Dios en la principal meta que han de lograr durante su vida terrena. Dios no nos pide a los bautizados que hagamos obras extraordinarias ni que seamos perfectos simplemente porque ello escapa a nuestras posibilidades, pero él quiere que hagamos rendir todos los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo, mejorando como personas cristianas, sirviendo a nuestros prójimos, y adorando a la Santísima Trinidad.

El Sacramento sobre el que estamos meditando es un don divino, por cuanto, al recibirlo, le pedimos a nuestro Padre común que nos libre de nuestras imperfecciones y que nos perdone las transgresiones del cumplimiento de su Ley que llevamos a cabo, a sí pues, en los casos en que se bautizan niños pequeños, es conveniente que los padres y padrinos de los mismos, en nombre de los pequeños, asuman el compromiso de hacer de ellos fieles discípulos de Jesús. A través del Bautismo le pedimos a Dios que nos perdone, que nos cure de nuestras enfermedades, y, nuestro Padre común, nos inicia en el camino de la santificación, y nos concede la vida eterna. La Iglesia desea que todos los que han sido bautizados sean muy conscientes de que el Bautismo es un don divino, pero no hemos de olvidar que también es un compromiso, así pues, si por este Sacramento Dios nos libra del castigo que merecemos por transgredir su Ley, las enfermedades que padecemos y la muerte eterna, no debemos olvidar

que es de bien nacidos el ser agradecidos, es decir, que hemos de agradecerle a nuestro Padre común el amor que nos ha manifestado al hacernos hijos suyos, y al permitir que Jesús fuera crucificado para demostrarnos su gran amor.

2. La primera lectura de hoy es el primer canto del siervo de Dios que nos transmite el Profeta Isaías. Nuestro Padre común habló con Jesús, y también se nos manifiesta a quienes le servimos en las personas de nuestros prójimos. El Señor sostiene a su siervo. Dios quiere que admiremos a su siervo, a quien él sostiene, el elegido en quien él se complace. Sabemos que Dios nos sostiene porque vivimos y cumplimos su voluntad porque él quiere que seamos seguidores de Jesús. Todos sabemos lo que nos sucedería en un instante si nuestro Padre común no quisiera mantenernos vivos, que él aumenta en nosotros el deseo de vivir y de obtener su perfección a través de los acontecimientos que conforman nuestra vida. Dios se complace en nosotros, así pues, a él no le incumben nuestros fracasos, se olvida de las veces que le desobedecemos, y se gloría eternamente cuando hacemos lo que él quiere que hagamos para santificarnos a nosotros y a quienes favorecemos ejercitando los dones y virtudes

que hemos recibido del Espíritu Santo.

Dios ha puesto su Espíritu sobre nosotros para que impartamos su justicia con equidad. Todos hemos superado etapas difíciles en el transcurso de nuestra vida. Hay en nuestro corazón una fuerza inmensa que nos impulsa a alcanzar nuestras metas, y, cuando nos esforzamos para alcanzar lo que nos proponemos, ese amor de Dios que opera en nuestro espíritu misteriosamente, lima las asperezas del monte de nuestras dificultades. Esto lo sabéis muy bien quienes, sin necesidad de llevar a cabo vuestras actividades pastorales, os habéis puesto al servicio de Dios sin pedirle a nuestro Padre común nada a cambio de vuestra generosidad, a pesar de que él os recompensará por ello a su debido tiempo.

Los siervos de Dios no gritamos, no exigimos que nadie se una a nosotros, no forzamos a nadie a que se una a Jesús, porque somos humildes, y sabemos que nosotros sólo somos instrumentos que el Espíritu utiliza eficazmente para reunir a los hijos del Señor. Los siervos de Dios no crecemos arrebatándoles la felicidad a quienes son más débiles y sufren más de lo que nosotros hayamos podido adolecernos nunca por ninguna circunstancia dramática. Somos buenos luchadores en conformidad con nuestra fe, y, en virtud de ello, sólo descansaremos cuando hayamos logrado que toda la humanidad se haya convertido al Evangelio.

El Señor nos ha llamado, nos ha tomado por la mano, nos ha destinado a ser diferentes a nuestros prójimos, porque somos aptos para cumplir la misión que nuestro Padre común nos ha encomendado. Nosotros debemos abrir los ojos de aquellos ciegos que cometen errores, tenemos que sacar de la cárcel del mal a quienes no saben amar ni ser amados, tenemos que hacer que los enfermos se levanten y caminen impulsados por nuestras palabras curativas y esperanzadoras. ¡Devolvamos al camino de Dios a quienes cayeron en el abismo¡.

3. La Iglesia desea que los niños sean bautizados a su edad más temprana para que no fallezcan sin haber sido ungidos o marcados como discípulos de Jesús. Sabemos perfectamente que con el gesto de bautizar a los niños no se pretende evitar que los mismos sean víctimas de las desgracias que temen muchos supersticiosos, víctimas del desconocimiento de la doctrina de la Iglesia y de la Palabra de Dios contenida en la Biblia, así pues, al bautizar a los mismos se pretende que ellos no perezcan sin ser hijos de nuestro Padre común. La Iglesia entiende que, cuando los niños empiezan a tener uso de razón, han de ir asimilando las verdades fundamentales de nuestra fe, así pues, son muchos los padres que, según los niños pequeños empiezan a pronunciar algunas palabras, les enseñan algunas oraciones sencillas, para que se familiaricen con Dios.

4. Estamos acostumbrados a hablar de Dios pensando en nuestro Padre común, y a hablar del Hijo de Dios, cuando pensamos en Jesús. ¿Hablamos del Espíritu Santo? El Paráclito o Defensor es el amor que emana del Padre y del Hijo, y el Hijo es la imagen que el Padre vería si se mirara en un espejo. ¿Nos acordamos durante todo el año del Espíritu Santo, o sólo tenemos presente el amor de Dios en la fiesta de Pentecostés? Dios Padre es nuestro Creador y Jesús es nuestro Redentor, pero, el Espíritu Santo, es la fuente de la que recibimos los dones y virtudes que hemos obtenido de la Santísima Trinidad. Propongámonos abarcar a Dios como Trinidad Beatísima, familia íntimamente unida, no como dos personas aisladas, sin un amor o Espíritu que proceda de las mismas, que haga de su íntima unión un lazo que una en torno a Sí a toda la humanidad.

5. Soy testigo de que muchos catequistas de niños y adultos lo pasan muy mal a la hora de transmitirles a sus oyentes la fe de la Iglesia. Los catequistas que tienen que inculcarles la doctrina de la Iglesia y la Palabra de Dios a los niños de primera Comunión lo pasan muy mal si pretenden enseñar a los niños el menor rato posible y hacer que ellos se aprendan el temario que han de estudiar forzándolos a leer mucho, sin que ellos comprendan nada al estar agobiados. Si no estamos dispuestos a aceptar a Dios, de nada les servirá su esfuerzo a quienes quieran enseñar las verdades fundamentales de nuestra fe a la fuerza.

6. Los Sacramentos sólo son motivos celebrativos para muchos de nuestros hermanos. El Bautismo sólo es para muchos la celebración con que uno de sus hijos inicia su vida. La primera Comunión sólo es para ellos un motivo que les induce a gastar grandes cantidades de dinero, aunque les ayuda a amar más a sus descendientes, pues meditan sobre lo bueno y lo adverso que ha sucedido en la vida de su prole. El Matrimonio es para ellos la comunicación pública de que son honrados porque se han casado ante sus seres queridos y la Iglesia, indicando o pretendiendo hacer saber que han cumplido todas las prescripciones que se puedan imaginar. ¿Por qué será que el blanco en los trajes de novia no indica pureza y sólo constituye un color marcado por una moda que se está extinguiendo? Yo imagino que cuando mis padres me bautizaron debí llorar cuando sentí el agua sobre mi cabeza que previamente había sido calentada para evitarme una desagradable sensación de frío. Me bautizaron, según consta en el registro de bautismos de la Iglesia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga, España), el 19 de marzo del año 1977, día en el que se celebró a San José, padre adoptivo de Jesús. Durante muchos años no sentí la presencia de Dios en mi vida, pero el Señor ha hecho de mí un seguidor de Jesús, y os aseguro que no estoy arrepentido de que mis padres y padrinos me presentaran ante el Señor sin interrogarme.