XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Autor: José Portillo Pérez   

 

 

   El sermón escatológico de Jesús, según San Mateo. 

   Introducción: 

   Estimados hermanos y amigos:

   Durante los meses de octubre y noviembre, circulan por Internet, muchos textos de supuestos videntes, que reciben revelaciones, tanto de Dios como de nuestra Santísima Madre, referentes al fin del mundo. Para saber que el mundo está destinado a ver su fin, no sólo tenemos que leer la Biblia, pues los científicos pueden informarnos de este tema convenientemente. Con respecto a los citados videntes, deseo disculparme ante quienes aceptan las diversas doctrinas que predican, dado que no estoy de acuerdo con dichos predicadores, y no deseo, -bajo ninguna circunstancia-, ofender a sus adeptos.

   Una de las razones que justifica el éxito que muchos visionarios cosechan a la hora de anunciar el fin del mundo, es el desconocimiento que los mismos cristianos tenemos de la Palabra de Dios. Algunos siglos antes de que nuestro Señor naciera, aparecieron algunos libros de género apocalíptico que en su día la Iglesia no vió conveniente que formaran parte del canon bíblico, los cuales informaban con respecto al tema que nos ocupa, utilizando el lenguaje de los símbolos. Como en la Biblia hay textos que también han de interpretarse averiguando el significado de muchos símbolos, dado que la mayoría de los cristianos no sabemos interpretar los mismos, algunos se aprovechan de esta circunstancia, a veces porque llegan a creerse lo que anuncian y lógicamente desean extender sus creencias por todo el mundo, y, otras veces, porque el miedo de los carentes de sagacidad les brinda la oportunidad de enriquecerse económicamente.

   Lo que yo escribo en Internet no ha de considerarse como si se tratara de dogmas irrebatibles, así pues, yo os expongo mis creencias, y vosotros sois libres, ora de aceptarlas, ora de rechazarlas. Dado que vivimos en un mundo en el que quizá a veces no somos conscientes de la incomunicación que nos caracteriza, muchos son los que no se dan cuenta de que son captados por religiones manipuladas por gente astuta que, aprovechando lo sensibles que algunos son por su tristeza a recibir abrazos y palabras consoladoras, no se dan cuenta de que les aíslan de sus familiares y amigos, sacándoles así de su entorno social, y arruinándoles económicamente. No es mi pretensión obligaros a abrazar mis creencias, pero, por el bien de vuestras familias y vuestro, os pido que tengáis cuidado a la hora de abrazar una creencia, así pues, no os creáis nada de lo que se os diga sin analizarlo tanto desde el punto de vista de la lógica como desde la óptica de la fe.

   Muchos son los cristianos que creen que deben vivir apartados del mundo, como si el mismo fuera enemigo de Dios. Es verdad que en ciertos versículos de la Biblia se habla de ciertas prácticas que sus autores consideraban malas, las cuales no provienen de Dios, pero si el mundo fuera perverso, nuestro Padre común no nos hubiera dejado en él para que renegáramos de nuestro criador, echando a perder él mismo su propia obra. La más elemental lógica nos dice que el mundo nos da la oportunidad de crecer a los niveles espiritual y material, de relacionarnos con nuestros prójimos los hombres, y de conocer a nuestro Criador. Así mismo, cuando en las Sagradas Escrituras se nos informa de que las obras de la carne son pecados, y de que las obras espirituales provienen de Dios, no por ello debemos entender que nuestros cuerpos son malos, dado que por los mismos nos conocemos y tenemos la oportunidad de manifestarnos el amor que sentimos unos por otros.

   En esta ocasión, al estudiar el discurso escatológico de Jesús versionado por San Mateo, quiero demostraros que los anuncios referentes al fin del mundo que aparecen en la Biblia no son aterradores, sino todo lo contrario, dado que Dios a través de su >Palabra no nos da a entender que va a destruir el mundo, sino que va a transformarlo, para que podamos vivir en una tierra nueva, más allá de nuestras imperfecciones actuales.

 

   1. Jesús profetizó la destrucción del Templo de Jerusalén.

 

   Para los judíos, el Templo de Jerusalén era la sede del poder político y religioso de Israel. Ya que los miembros del primer pueblo de Dios incumplieron la Ley de Moisés, -dado que les era prácticamente imposible cumplir la misma cabalmente-, Jesús profetizó -o predijo- la destrucción del gran edificio que era el centro de adoración nacional de Israel, pues, a partir de que aconteciera su Resurrección, los fieles del Señor, en vez de pensar en adorar al Santo de Israel en la capital de Judea, tenían que pensar en rendirle culto al Todopoderoso en el Templo del cielo, es decir, en la morada de nuestro Criador. Finalizado el tiempo en que Dios dió por concluida su Alianza (el Antiguo Testamento) con los judíos, el Templo de Jerusalén había de ser destruido, en castigo por la desobediencia al Altísimo del pueblo de Dios.

   San Mateo escribió en su Evangelio lo que ocurrió cuando Jesús expiró:

   "En esto, el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló la tierra y las rocas se hendieron" (MT. 27, 51).

   El Hecho de que el Templo se rasgara, significa que Dios dió por concluido su Pacto con los judíos. El temblor de tierra y las hendiduras de las rocas denotan el rechazo de la tierra de la muerte de su Creador. La Resurrección del Mesías, significa la firma de un Nuevo Testamento o Pacto, según el cuál, han de cumplirse en nosotros las siguientes palabras bíblicas:

   "-Cree en Jesús, el Señor, y tú y tu familia alcanzaréis la salvación" (CF. HCH. 16, 31).

   El hecho de que nuestra salvación provenga de la fe, y no del hecho de cumplir los preceptos de la Ley de Moisés, no significa que podemos olvidarnos de hacer el bien, dado que un refrán español, dice: "Es de bien nacidos el ser agradecidos".

   San Marcos escribió en su Evangelio:

   "Saliendo Jesús del templo, le dijo uno de sus discípulos: Maestro, mira qué piedras, y qué edificios. Jesús, respondiendo, le dijo: ¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada" (MC. 13, 1-2).

   "Y estando él sentado en el monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?" (MT. 24, 3).

   los Apóstoles querían que Jesús les instruyera sobre los siguientes temas:

   1. La destrucción del Templo de Jerusalén, dado que Jesús les habló de ello antes de ir al monte de los Olivos.

   2. La Parusía o segunda venida del Señor.

   3. El fin del mundo.

   Era normal que los Apóstoles estuvieran inquietos por el hecho de que Jesús les informara brevemente de que el centro de adoración nacional iba a ser destruido, ya que muchos judíos estaban expectantes, esperando que, alguno de los líderes político-religiosos que se hacían pasar por el Mesías, fuera el verdadero Enviado de Dios, con el fin de que el mismo les liberara del yugo romano. Seguramente muchos creyentes debieron sufrir bastante cuando, después de llegar a aceptar a Jesús como Redentor de Israel, comprobaron que el Hijo de María no se declinaba por luchar contra el ejército romano, pues lo único que deseaba era crear un Reino espiritual, al cuál se le conoce como Iglesia Católica.

 

   2. Señales que precedieron a la destrucción del Templo de Jerusalén.

 

   "Respondiendo Jesús, les dijo: Mirad que nadie os engañe" (MT. 24, 4).

   Con el deseo de saber lo que le sucederá en un futuro cercano y lejano, mucha gente solicita los servicios de quienes supuestamente tienen el poder de adivinar lo que le sucederá a lo largo de su vida. Es necesario tener cuidado con estos adivinos, ya que, lo único que los tales hacen bien, es cobrar por engañar a sus clientes. Al mismo par que los futurólogos hacen su agosto cuando se les presenta la oportunidad de enriquecerse, algunos líderes religiosos también hacen lo propio, utilizando técnicas psicológicas muy fáciles de descubrir, pero muy aptas para persuadir a quienes padecen por cualquier causa, y necesitan ser consolados. Dichos líderes les hacen creer a sus supuestos hermanos en la fe que han de separarse de sus familiares y amigos, dado que el mundo es malvado, mientras que la gran familia de los adeptos de sus religiones son la verdadera asamblea constituyente del pueblo de Dios, un pueblo que nunca dejará de brindarles el amor ni el apoyo que necesiten por ninguna causa, algo que, en la práctica, nunca es verdad, a menos que ello fomente la imagen de dichas religiones, ante quienes rechazan las mismas, con el fin de convencer a los tales de que son las verdaderas Iglesias o Congregaciones de Cristo. Algunas religiones tienen una forma de presionar a sus adeptos tan eficaz, que llegan a despojar a los mismos de todos los bienes que tienen, argumentando que los tales no necesitan sus propiedades, ya que el mundo, -según los citados líderes les hacen creer a sus adeptos-, se acabará de un momento a otro. Casualmente, los citados líderes sí necesitan las propiedades de sus víctimas, porque tienen que correr con los gastos que supone la realización de la obra de Dios, pues la formación de predicadores, el reparto de folletos y  dvds, y la mantención de portales de Internet para aumentar el número de los que han de salvarse, supone un coste muy elevado, al cual se añade el coste de la mantención de su elevado tren de vida.

   La captación de gente por parte de estas religiones es muy sencilla, así pues, si ven a un ciego, le leen el siguiente pasaje bíblico:

   "Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos" (CF. IS. 35, 5).

   El pobre ciego, acostumbrado a la soledad que caracteriza su vida, acaba creyendo que vivirá en un mundo en el que Dios le permitirá ver, y acaba formando parte de una nueva familia que, al tenerlo todo el día pensando en lo feliz que será cuando pueda ver, le aligera el bolsillo sin que se percate de ello, dado que no le pide todo su dinero directamente, sino favores que ha de hacer prestando dinero gradualmente.

   Quienes encuentran a una madre desconsolada por la muerte de su hijo, le leen el siguiente texto del Apocalipsis:

   "Y enjugará (Dios) toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado" (AP. 21, 4).

   La pobre madre, consumida por el dolor de la gran pérdida sufrida, acaba por creer que verá a su hijo resucitado, no por fe o convicción, sino porque su estado psicológico le impide aceptar la muerte de su hijo, así pues, le resulta más fácil pensar que volverá a ver al mismo que el hecho de haberlo perdido para siempre, en el caso de que carezca de nuestra fe. La buena señora, a la que se le lee el citado versículo miles de veces, y recibe muchos besos para que se sienta consolada, acaba corriendo la misma suerte que el ciego mencionado anteriormente, con respecto al aislamiento social y su economía.

   Los predicadores de estas religiones no consiguen su objetivo en un día, pero, como no tienen prisa, difícilmente no se salen con la suya, dado que hablan con la gente, y, cuando están a solas, toman datos de todo lo que han visto y oído, de forma que acaban sabiendo cuáles son las causas por las que la gente sufre, por lo que buscan en la Biblia versículos que según sus creencias están relacionados con los problemas de quienes les oyen, de tal forma que, sin que los mismos se den cuenta, los van captando lentamente, y, cuando los tales reaccionan, ven que han cambiado de creencias sin habérselo propuesto previamente.

   Jesús les siguió diciendo a sus Apóstoles:

   "Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: "Yo soy el Mesías", y engañarán a mucha gente" (MT. 24, 5).

   Efectivamente, existen religiones que han sido creadas para enriquecer a sus líderes, los cuales, astutamente, les hacen creer a sus adeptos que han de vivir y trabajar con sus nuevos familiares y relacionarse únicamente con sus hermanos espirituales, para no incurrir en la negación de la verdad. A tales personas se les prohíbe que se relacionen con sus familiares y amigos, para que no se les haga pensar en los errores que han caído, de manera que, al volver a la rutina que nunca debieron abandonar, no echen a perder el trabajo de los líderes sectarios que les captaron.

   Por desgracia, una falsa interpretación fundamentalista de los mensajes apocalípticos tanto de la Biblia como de otros libros de género apocalíptico, ha provocado el hecho de que muchos teman que el fin del mundo acontezca de una forma espantosa. ¿Tienen razón los tales en tener miedo con respecto al fin tanto de su vida como al exterminio del mundo?

   Jesús les dijo a sus Apóstoles:

   "Oiréis alarmas de guerras y rumores de conflictos bélicos. Mirad que no os alarméis, pues, aunque todo esto ha de suceder, todavía no será el fin. Se levantarán unas naciones contra otras, y unos reinos contra otros, y por todas partes habrá hambres y terremotos. Pero estas calamidades serán sólo el principio de los males que han de sobrevenir" (MT. 24, 6-8).

   Aunque muchos expositores bíblicos de diferentes religiones creen que Jesús aludía con las palabras que hemos recordado al fin del mundo, yo, basándome en el texto de los versículos siguientes, creo que Jesús no se refería al citado tema, sino a la destrucción del Templo de Jerusalén, así pues, no debemos olvidar que Roma, -la capital del mundo conocido-, no dejaba de aumentar sus dominios conquistando nuevos territorios, por lo cual tenía que declararles la guerra a los mismos. No debemos olvidar tampoco que, en Palestina, a partir del año en que Tiberio contó a los habitantes de su Imperio con el fin de cobrarles un impuesto para ejecutar obras públicas, la falta de honradez de los publicanos, -los cuales eran los cobradores de impuestos judíos que trabajaban para los colonizadores-, sumió a la gente humilde de la raza del Hijo de María en un estado de pobreza extremo. El llamado resto de Israel en la Biblia, -es decir, el pequeño grupo de judíos que no malograron su fe dejándose arrastrar por los fariseos, los saduceos ni los zelotes, los cuales utilizaban la religión para conseguir sus intereses-, nunca dejó de creer que Dios lo socorrería de su estado actual.

   Las calamidades profetizadas por Jesús no significaron la inmediata destrucción del Templo de Jerusalén ni el exterminio total del Judaísmo, ya que Tito y Vespasiano no quemaron la ciudad santa con los judíos que prefirieron morir antes que someterse a sus dominadores dentro de la misma hasta el año 70 de la era cristiana, y, después de que aconteciera este trágico hecho, los fariseos se encargaron de que su religión no desapareciera.

   Por nuestra parte, debemos ser muy críticos con el pensamiento de quienes difunden la errónea idea de que en el siglo XX la violencia se ha intensificado a nivel mundial, dado que la profecía de las calamidades anteriormente expuesta siempre se ha cumplido, desde que existe el hombre sobre la haz de la tierra, y desde que aconteció la primera catástrofe natural de la historia de nuestro planeta.

   Ayudados del arte de la Hermenéutica, -el cuál nos permite interpretar correctamente toda la Biblia en su conjunto-, podemos deducir, del texto bíblico que estamos meditando, que no hemos de perder la fe, ni por las circunstancias que nos acontecen, ni por las diversas miserias que azotan al mundo, dado que no debemos dejar de creer, que Dios nos salvará, cuando crea oportuno conducirnos a su presencia. Soy consciente de que algunos de quienes carecéis de la fe cristiana podéis decirme que intento engañaros, pero, muy a las malas, no podréis acusarme de que intento ganar dinero al difundir esta idea, dado que nadie puede acusarme, ni de que manipulo su vida como hacen ciertos líderes sectarios con sus adeptos, ni de que le cobro por compartir mi pensamiento con él.

   Sigamos meditando el anuncio de las calamidades precedentes a la destrucción del Templo de Jerusalén:

   "En aquellos días os maltratarán y os matarán. Todo el mundo os odiará por causa mía. Serán días en que muchos perderán la fe, mientras otros se traicionarán y se odiarán mutuamente. Aparecerán por todas partes falsos profetas, que engañarán a muchos. Será tanta la maldad reinante, que el amor de mucha gente se enfriará. Pero el que se mantenga firme hasta el fin, se salvará. Esta buena noticia del reino (de Dios) se anunciará por todo el mundo, para que todas las naciones la conozcan. Entonces llegará el fin. Cuando veáis que en el lugar santo se instala el ídolo abominable de la devastación que fue anunciada por el profeta Daniel (medite en esto el que lo lea), entonces los que estén en Judea huyan a las montañas; el que esté en la casa no baje a la azotea a recoger ninguna de sus cosas, y el que esté en el campo no vuelva a casa ni siquiera a recoger su manto" (MT. 24, 9-18).

   Meditemos sobre las palabras de nuestro Hermano y Señor que acabamos de recordar:

   1. De todos es sabido que, poco tiempo después de que los Apóstoles de nuestro Señor fundaran la Iglesia Universal o Católica, en el país en que vivió Jesús, se inició una gran persecución contra los nazarenos -o seguidores de Jesús de Nazaret-. El mismo San Pablo le dijo al Rey Agripa en su declaración:

   "Es cierto que yo mismo creí mi deber combatir por todos los medios lo referente a Jesús de Nazaret. Así actué en Jerusalén, donde, autorizado por jefes de los sacerdotes, encarcelé a muchos fieles (de Jesucristo) y di mi voto para que los condenasen a muerte. Recorría también a menudo todas las sinagogas, e intentaba hacerlos abjurar a fuerza de torturas. Mi saña contra ellos llegó a tal extremo, que los perseguí hasta en el extranjero" (HCH. 26, 9-11).

   2. La gran persecución contra los cristianos, que no sólo fue llevada a cabo por las autoridades judías, sino que fue apoyada por varios emperadores romanos, tuvo el efecto de que muchos cristianos, temiendo perder la vida, renegaron de su fe, y, para demostrar que se arrepentían firmemente de haber creído en Jesucristo, algunos de ellos, delataron a algunos de sus hermanos espirituales, los cuales fueron encarcelados y asesinados como mártires de nuestra fe.

   3. Antes de que Tito y Vespasiano quemaran la ciudad santa, el cristianismo se vio perjudicado por la aparición de falsos profetas, los cuales, en algunos casos eran hombres deseosos de enriquecerse a costa de manipular a los carentes de sagacidad, y, en otros casos, eran impulsores de creencias contrarias al Cristianismo. Como ejemplo, válganos la acción de los judaizantes, de los cuales habla San Pablo en sus Cartas, dado que hicieron todo lo que estuvo a su alcance, con tal de entorpecer la labor apostólica de este y el trabajo de sus colaboradores.

   Lógicamente, de la misma manera que en nuestro tiempo muchos -aunque sean cristianos- caen en las redes de las sectas existentes, en el siglo I de nuestra era cristiana, otros tantos cayeron en las trampas que les tendieron quienes pretendieron -y lograron- enriquecerse a costa de los mismos.

   4. La persecución desatada contra los cristianos fue tan violenta, que muchos de ellos renegaron de su fe, con tal de conservar, tanto la vida, como sus pertenencias.

   Cuando Jesús hizo alusión con respecto a quienes se mantuvieran firmes hasta el fin de las pruebas que sus fieles tenían que afrontar y confrontar, diciendo que quienes perseveraran hasta el fin de las mismas salvarían su alma, quiso hacer que sus creyentes no se desanimaran ante las vivencias amargas que les aguardaban. Aunque este no es el momento de explicar el significado redentor del sufrimiento, es importante recordar que el dolor es una fuente tanto de purificación como de santificación para los católicos, dado que el mismo, -si no permitimos que nos debilite psicológicamente-, nos fortalece espiritualmente.

   5. El Templo de Jerusalén no sería destruido hasta que el Evangelio fuera anunciado en toda la tierra. Aunque todo el planeta no fue evangelizado antes de que Roma quemara la ciudad santa, todo el Imperio romano oyó hablar de nuestro Señor, pues, en aquel tiempo, se había cumplido la profecía de Jesús que recordamos anteriormente, con respecto al hecho de que hasta los mismos Apóstoles serían maltratados y asesinados, pues, -como es sabido-, los Santos Pedro y Pablo, -columnas de nuestra Santa Madre Iglesia-, habían muerto en defensa de la fe que profesaban, el primero crucificado, y, al segundo, por ser ciudadano romano, no se le pudo clavar en una cruz, pero se le amputó la cabeza, no por las causas que los judíos le apresaron en Jerusalén, sino por haber cristianizado a algunos familiares del Emperador Nerón.

   6. Veamos el texto de la Profecía de Daniel referente a la disposición de los soldados de Tito y Vespasiano que invadieron la ciudad santa, a los que se refirió Jesús, como el ídolo abominable de la devastación:

   "Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, mas no por sí (Jesús no se suicidó); y el pueblo de un príncipe que ha de venir (Roma) destruirá la ciudad y el santuario; y su fin será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las devastaciones. Y por otra semana confirmará (el Mesías) el pacto (el Nuevo Testamento) con muchos (judíos y paganos); a la mitad de la semana hará cesar (el valor religioso trascendente que tenía) el sacrificio y la ofrenda (de la religión judía). Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador, hasta que venga la consumación (el fin), y lo que está determinado se derrame sobre el desolador (el Imperio romano occidental cayó en el año 476)" (DN. 9, 26-27).

   7. En el año 66, Jerusalén estuvo a punto de ser ocupada por el ejército romano, el cuál, de la noche a la mañana, cuando la ciudad se preparaba para ser derrotada, recibió la orden de llevar a cabo una misión diferente. Los cristianos conocedores del aviso de nuestro Señor con respecto a que los judíos abandonaran la ciudad santa y se refugiaran en las montañas con tal de no perecer, obedecieron ciegamente el consejo mesiánico. Seguramente, cuando el ejército romano abandonó Judea, muchos hermanos de raza de nuestro Señor volvieron a la ciudad santa, mientras que otros tantos permanecieron en los montes, pues, la seguridad de que las palabras del Señor tenían que cumplirse cabalmente, les salvó la vida cuando la ciudad santa fue arrasada por el fuego en el año 70.

   Jesús les siguió diciendo a sus Apóstoles con respecto a la ocupación de la ciudad santa por parte de Tito y Vespasiano:

   "¡Ay de las mujeres embarazadas y de las que en esos días estén criando! Orad para que vuestra huida no acontezca en invierno ni en día festivo (dado que en los días preceptuales su ley no les permitía caminar más de 3,5 kilómetros, por lo que muchos hubieran preferido morir antes de transgredir el citado precepto), porque habrá entonces tanto sufrimiento como no lo ha habido desde que el mundo existe ni volverá a haberlo jamás. (Existe una duda con respecto a la interpretación de estas palabras del Señor, dado que unos entienden que las tales se han de interpretar literalmente, y otros entienden que se refieren al mundo de los judíos, aunque, la lectura que se hace de las obras del historiador judío Flavio Josefo, -donde se describen crueldades dignas de espanto-, hace que muchos se declinen por la primera opción). Si Dios no acortara ese tiempo, nadie podría salvarse (se debilitaría la fe de muchos creyentes por la dureza de los acontecimientos que vivirían). Aunque lo abreviará por causa de los elegidos" (MT. 24, 19-22).

 

   3. Señales que acontecerán antes de que Cristo venga por segunda vez al mundo. La Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo.

 

   Dios ha previsto que su Hijo amado venga por segunda vez a nuestro encuentro para juzgarnos según nuestras acciones y para culminar la instauración del Reino de nuestro Padre común entre nosotros, así pues, nuestro Señor, sabiendo que la esperanza en su retorno sería el caldo de cultivo utilizado por muchas sectas para arruinar tanto la vida material como la espiritualidad de sus adeptos, les dijo a sus Apóstoles nuevamente:

   "Si alguien os dice entonces (en el tiempo que transcurrirá entre la destrucción del Templo de Jerusalén y la transformación del mundo en el Reino de Dios): "Mirad, aquí está el Mesías", o: "Mirad, está allí", no lo creáis" (MT. 24, 23).

   Como Jesús fue ascendido al cielo ante la vista de sus Apóstoles cuarenta días después de su Resurrección, tenemos muy claro el hecho de que todos los mesías que desde aquel tiempo han aparecido en la tierra hasta nuestros días, son falsos profetas que han venido al mundo con intenciones dudosas.

   Quienes carecéis de fe, -e incluso muchos católicos desconocedores de nuestras creencias-, seguramente os preguntáis: De tantas religiones que existen, ¿cuál de ellas es la verdadera?

   La religión verdadera es la Católica, porque Jesucristo fue el fundador de la misma. Los cristianos que nos denominamos discípulos de Jesucristo, no sólo tenemos la obligación de buscar la verdad y de vivir inspirados en la realidad de la misma, sino que también tenemos la obligación de proclamar la misma, pues en el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos:

   "Los bautizados "por su nuevo nacimiento como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia" (LG 11) y de participar en la actividad apostólica y misionera del pueblo de Dios (cf LG 17; AG 7,23)"". (Catecismo de la Iglesia Católica, 1270).

   Dado que actualmente en el mundo existen más de 20000 sectas, no todas las que se hacen llamar cristianas pueden denominarse la Iglesia de Cristo, -dado que nuestro Señor sólo fundó una Iglesia-, y, por lo tanto, todas esas sectas pueden tener sus verdades y razones particulares, las cuales no pueden ser denominadas, -sin mentir-, las verdades ni las razones de Dios.

   Las sectas utilizan una serie de trucos muy sencillos de captar por las personas astutas para denominarse falsamente las verdaderas Iglesias de Dios. Para captar estos trucos no es necesario tener conocimientos bíblicos muy avanzados, pues para ello debe bastarnos el hecho de pensar que, el hecho de que nosotros seamos buenos -en el caso de que ello sea verdad-, no significa que todo el mundo tiene nuestras mismas intenciones.

   Uno de los citados trucos consiste en buscar en la Biblia algún versículo en el que aparezca el nombre de las sectas, así pues, a modo de ejemplo, los testigos de Jehová dicen que su nombre procede de la Biblia, dado que en la Profecía de Isaías, leemos:

   "Vosotros sois mis testigos -oráculo de Yahveh-

y mi siervo a quien elegí,

para que me conozcáis y me creáis a mí mismo,

y entendáis que yo soy:

Antes de mí no fue formado otro Dios,

ni después de mí lo habrá" (IS. 43, 10).

   Como al principio del citado texto se puede leer: "Vosotros sois mis testigos", los miembros de esa religión aprovechan esta casualidad -que no es casualidad- para decir de sí mismos que son la Congregación de Dios. Ahora bien, ¿se refiere el autor de dicho texto bíblico a los testigos de Jehová en su profecía? Fijaos qué forma tan fina tienen los miembros de esa religión de manipular las Sagradas Escrituras modificando el contexto de las mismas, así pues, comprobadlo vosotros mismos, leyendo los versículos 8-12 del capítulo 43 de la citada Profecía:

"Haced salir al pueblo ciego, aunque tiene ojos,

y sordo, aunque tiene orejas.

Congréguense todas las gentes

y reúnanse los pueblos.

¿Quién de entre ellos anuncia eso,

y desde antiguo nos lo hace oír?

Aduzcan sus testigos, y que se justifiquen;

que se oiga para que se pueda decir: "Es verdad."

Vosotros sois mis testigos -oráculo de Yahveh-

y mi siervo a quien elegí,

para que me conozcáis y me creáis a mí mismo,

y entendáis que yo soy:

Antes de mí no fue formado otro Dios,

ni después de mí lo habrá.

Yo, yo soy Yahveh,

y fuera de mí no hay salvador.

Yo lo he anunciado, he salvado y lo he hecho saber,

y no hay entre vosotros ningún extraño.

Vosotros sois mis testigos -oráculo de Yahveh-

y yo soy Dios" (IS. 43, 8-12).

   El pueblo ciego y sordo del que se habla en el versículo 8 del texto que estamos meditando, no es otro que el pueblo del Antiguo Testamento, el cuál fue dispersado de la Tierra prometida a Babilonia, a Egipto y a otros países, por causa de su negativa a vivir sometido a la voluntad de Yahveh. A continuación, -en el versículo 9-, el autor hace constar que ningún pueblo de la tierra fue testigo de los prodigios que Dios hizo en su beneficio, con la excepción de los hebreos. En el versículo 10, cuando Dios dice:

"Vosotros sois mis testigos -oráculo de Yahveh-

y el siervo a quien elegí",

está claro que se refiere al pueblo de Israel, pues no tiene sentido el hecho de que, en un texto en el que se da a entender que Dios favorecerá a los receptores inmediatos del citado mensaje, -que no eran otros que los hebreos-, se haga referencia a una religión, que apareció muchos siglos después de que se escribieran los tres rollos de Isaías.

   Siguiendo este ejemplo, -y con la intención de clarificar el citado truco de la utilización de los nombres de las sectas para que las mismas puedan afirmar que son las verdaderas iglesias de Cristo-, como Jesús le dijo a San Mateo en su vocación:

   "Sígueme" (CF. MT. 9, 9),

puede suceder que aparezca alguien que cree una religión llamada Sígueme, argumentando que el nombre de la misma está inspirado en el citado versículo bíblico, así pues, el hecho de que el citado nombre aparezca en dicho Evangelio, debe ser un argumento lo bastante convincente como para que los ingenuos desconocedores de la Palabra de Dios caigan en la trampa de creer que dicha religión es la verdadera fundación de Cristo, aunque la misma apareciera hace quince días.

   A veces me sucede que mis lectores me riñen ante la insistencia que os pido que seáis astutos, dado que los mismos me dicen que Dios quiere que nos amemos y que por lo tanto confiemos unos en otros, pero, a pesar de ello, fue Jesús, -y no José Portillo Pérez-, quien les dijo a sus Apóstoles:

   "Yo os envío como ovejas en medio de lobos. Por eso, sed astutos como serpientes, aunque también inocentes como palomas" (MT. 10, 16).

   Otro truco que utilizan las sectas para engañar a sus adeptos, ha sido descrito en esta meditación, el cuál consiste en confundir las emociones con la verdad, así pues, la verdad de Dios no consiste para los tales en vivir inspirados en las palabras de Jesús, sino en sentir una alegría inmensa, de tal manera que, cuando algunos dejan de sentirse muy contentos en una iglesia pentecostal, se van a otra esotérica donde la novedad del cambio de culto les hace recuperar su falsa alegría, y así sucesivamente van cambiando de iglesia en iglesia, hasta que se quedan en alguna religión, o renuncian a la creencia en Dios.

   Es frecuente escuchar a los pentecostales, a los evangélicos, a los testigos de Jehová y a muchos otros, decir frases como:

   -"¡Aquí sí que nos sentimos poseídos por la verdad!".

   "La Iglesia Católica jamás proclamó la resurrección de los muertos, de hecho, no conocimos esta verdad tan importante, hasta que nos cambiamos a la religión verdadera".

   -"Desde que Dios me bendijo permitiendo que dejara de ser católico, siento una gran alegría, porque ahora sí que sé que Cristo ha resucitado, y que vive dentro de mí. Yo antes iba a Misa todos los Domingos, pero no me enteraba de nada de lo que decía el cura, pero ¡ahora sí que estoy aprendiendo de la Biblia!".

   "¡Aquí sí que entran ganas hasta de bailar porque el Espíritu Santo nos llena de su alegría!".

   Para estas personas, lo importante, no es el conocimiento y la difusión de la verdad, sino sentirse muy alegres, como si hubieran ingerido alguna droga que les hiciera sentir una felicidad que les permitiera olvidar la gran acumulación de problemas que tienen.

   Debemos  ser conscientes de que vivimos en un mundo caracterizado por el sufrimiento, así pues, el hecho de no querer enfrentarnos  a nuestros problemas para resolverlos en la medida que ello nos sea posible, nos perjudicará, aunque nos neguemos a percatarnos de ello, dado que no hay peor ciego, que el que no quiere ver.

   Yo les pregunto a tales cristianos: ¿SE dejó crucificar Jesucristo porque se arrastró por un sentimentalismo momentáneo y estéril, o porque sintió que debía cumplir la voluntad de su Padre, aunque ello le costó la vida?

   Jesús nos dice:

   "Y el que no esté dispuesto a tomar su cruz para seguirme, tampoco es digno de mí" (MT. 10, 38).

   La Iglesia de Cristo no es masoquista, pero los hijos de la misma tienen que ser valientes para enfrentarse al sufrimiento cuando tengan que hacerlo, con tal de fortalecerse espiritualmente, pues San Pablo escribió en su primera Epístola a los cristianos de Corinto:

   "Hasta ahora, ninguna prueba os ha sobrevenido que no pueda considerarse humanamente soportable. Por lo demás, Dios es fiel y no permitirá que seáis puestos a prueba más allá de vuestras fuerzas; al contrario, junto con la prueba os proporcionará también la manera de superarla con éxito" (1 COR. 10, 13).

   Son muchos los evangélicos que piensan que las iglesias no nos pueden salvar (es cierto que nuestro Salvador es Jesucristo y no la Iglesia, pero no es menos cierto que es muy difícil -pero no imposible- alcanzar la salvación lejos de la fundación de Cristo), indicando que lo verdaderamente importante es creer que Jesucristo es nuestro Señor y Salvador personal. el hecho de que tales cristianos opinan que la Iglesia de Cristo es espiritual -y por tanto invisible-, capacita a cualquier amante de las riquezas materiales que no sienta ni una pizca de respeto por la humanidad, para que funde su propia iglesia o congregación, para que así empiece la aventura de enriquecerse a costa de un negocio en el que todos los ingresos son bienes gananciales que no habrá de declarar ante muchos estados, ya que, al actuar teóricamente como una O. N. G., estará exenta de pagar impuestos.

   No es cierto el hecho de que la Iglesia es totalmente invisible, dado que los cristianos que estamos en este mundo somos miembros de la verdadera Iglesia o pueblo de Dios. La Iglesia es humana y divina al mismo tiempo, dado que Dios nos da la oportunidad de perfeccionarnos al ser miembros activos de la misma.

   Veamos algunos consejos sabios que San Pablo les daba a sus lectores, para que los mismos no se apartaran de la Iglesia:

   "Al que fomenta divisiones amonéstale una e incluso dos veces. Después apártate de él, pues ya ves que se trata de un hombre descarriado y pecador al que su propia conciencia condena" (TT. 3, 10-11).

   "Sabido es que el cuerpo (humano), siendo uno, tiene muchos miembros, y que los diversos miembros constituyen un solo cuerpo. Lo mismo sucede con Cristo. Todos nosotros, en efecto, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos recibido en el bautismo un mismo Espíritu, a fin de formar un solo cuerpo; a todos se nos ha dado a beber de un mismo Espíritu" (1 COR. 12, 12-13).

   Jesús les dijo a sus Apóstoles durante la última Cena:

   "Os aseguro que todo el que reciba al que yo envíe (a sus predicadores religiosos y laicos), me recibe a mí mismo, y al recibirme a mí, recibe al que me envió (recibe a Dios)" (JN. 13, 20).

   San Pablo les decía a sus lectores:

   "Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque quien ha hecho la promesa (de conducirnos a su presencia para que vivamos en un mundo totalmente perfecto) es fiel, y estimulémonos mutuamente en la práctica del amor y de toda clase de obras buenas. Que nadie deje de asistir a las reuniones de su iglesia, como algunos tienen por costumbre. Por el contrario, animaos unos a otros, tanto más que estáis viendo que se acerca el día del Señor (día de la completa instauración del Reino mesiánico entre nosotros)" (HEB. 10, 23-25).

   "Todo lo ha puesto Dios bajo el dominio de Cristo, constituyéndole cabeza de la Iglesia por encima de todas las cosas. La Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, y, como tal, plenitud del que llena totalmente el universo" (EF. 1, 22-23).

   "Yo, prisionero por amor al Señor, os exhorto a que llevéis una vida en consonancia con el llamamiento que habéis recibido. Sed humildes, amables, comprensivos. Soportaos unos a otros con amor. No ahorréis esfuerzos para consolidar, con ataduras de paz, la unidad, que es fruto del Espíritu. Uno solo es el cuerpo (la Iglesia) y uno solo el Espíritu (Santo), como una es la esperanza a la que habéis sido llamados. Sólo hay un Señor, sólo una fe, sólo un bautismo. Sólo un Dios, que es Padre de todos, que a todos domina, por medio de todos actúa y en todos vive" (EF. 4, 1-6).

   Jesucristo fundó una sola Iglesia, pues nuestro Señor le dijo al primer Papa de la misma, cuando éste le reconoció como Mesías, bajo la inspiración del Espíritu Santo:

   "Por eso te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra voy a edificar mi Iglesia, y el poder del sepulcro (infierno, hades o muerte) no la vencerá" (MT. 16, 18).

   La Iglesia de Cristo, -la cuál es el fundamento del Reino de Dios en la tierra-, nunca será exterminada, pues Jesús les dijo a sus Apóstoles antes de ser ascendido al cielo:

   "Id, pues, y haced discípulos entre los habitantes de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir lo que yo os he encomendado (El Evangelio o mensaje de salvación). Y sabed esto: que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (MT. 28, 19-20).

   La Historia es testigo de que la Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo, dado que es la más antigua de todas las que existen, así pues, os presento un listado de religiones, junto a los nombres de sus creadores/as y el año de fundación de las mismas, ordenado según la antigüedad de cada una:

 

La religión de la Iglesia Católica fue fundada por Jesucristo en Galilea en el día de Pentecostés del año 33.

La religión de los Luteranos fue fundada por Martín Lutero en el año 1531.

La religión de los Calvinistas fue fundada por Juan Calvino en el año 1533.

La religión de los Anglicanos fue fundada por Enrique VIII en el año 1534.

La religión de los Presbiterianos fue fundada por John Knox en el año 1560.

La religión de los Bautistas fue fundada por John Smith en el año 1611.

La religión de los Rosacruces fue fundada por Valentín Andrea en el año 1614, y fue especialmente impulsada en Alemania por Max H. en el año 1880.

La religión de los Metodistas fue fundada por John Wessley en el año 1791. En esta religión fue instruido Charles Taze Rusel, quien fundó la religión de los Testigos de Jehová, después de que un ateo le hiciera perder la fe.

La religión de los Adventistas fue fundada por William Miller en Usa en el año 1818.

La religión de los Mormones fue fundada por Joseph Smith en el año 1830, y su nombre oficial es: Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

La religión del Espiritismo fue fundada por la familia Fox en el año 1848.

La religión de los Sabatistas fue fundada por Hellen G. White en el año 1863.

La religión de los Adventistas del Séptimo Día fue fundada por Elena White en el año 1863.

La religión de los Testigos de Jehová fue fundada por Charles Taze Russel en el año 1876.

La religión del Ejército de Salvación fue fundada por William Booth en el año 1878.

La religión Ciencia Cristiana fue fundada por Mary Baker en el año 1879. (No hay que tener muchos conocimientos de Historia Sagrada para saber que Cristo no les permitió a sus seguidoras que predicaran ni les concedió ningún privilegio a las mujeres que les servían con sus bienes tanto a El como a sus Apóstoles y discípulos, según creo, para evitar que fueran maltratadas por la sociedad machista de los judíos, así pues, las religiones fundadas por mujeres, tienen una enorme garantía de que son falsas, no sólo desde el punto de vista católico, sino hasta desde la óptica de la Historia de un modo demasiado evidente para ser disimulado).

La religión de los Pentecostales fue fundada por varios personajes en el año 1901, y fue promovida en Usa en el año 1905.

La religión Asamblea de Dios fue fundada por varios personajes en el año 1915.

La religión Evangélica fue fundada por varios personajes en Panamá en el año 1916. (No hace falta tener nociones de Historia considerables para ignorar que la verdadera Iglesia de Cristo se fundó en Palestina).

La religión Luz del mundo fue fundada por Joaquín Aaron en el año 1926.

La religión de los Niños de Dios fue fundada por David Berg en el año 1950.

La religión de la Iglesia de la Unificación fue fundada por Sun Myung Moon en el año 1954.

La religión Iglesia Universal fue fundada por Edir Macedo en el año 1970.

 

   San Ignacio, -un célebre Obispo de Antioquía-, aproximadamente, hacia el año 100, les escribió una carta a los cristianos de Esmirna, en la cuál, puede comprobarse, que, este santo, fue uno de los primeros personajes de la Historia de la Iglesia de Jesucristo, que dijo que la misma es Católica.

   Veamos algunos de los nombres con que inicialmente se conoció a los cristianos, tanto entre los judíos como entre los paganos:

   "Bernabé marchó después a Tarso en busca de Saulo. Cuando le encontró, le llevó consigo a Antioquía. Y a lo largo de todo un año trabajaron los dos juntos en aquella iglesia, instruyendo en la fe a un buen número de personas. Fue precisamente en Antioquía donde por primera vez se llamó "cristianos" a los creyentes" (HCH. 11, 25-26).

   San Pablo dijo en cierta ocasión que la Iglesia era llamada Camino del Señor:

   "He perseguido a muerte a los seguidores de este nuevo camino del Señor, apresando y metiendo en la cárcel a hombres y mujeres" (HCH. 22, 4).

   En Hch. 24, 5, se dice de San Pablo que éste Apóstol de nuestro Señor llegó a "ser el cabecilla de la secta de los nazarenos", otro de los nombres con el que se conocía a los seguidores de Jesús el Nazareno.

   A pesar de la utilización de los citados nombres con que se conocía a los cristianos y de otras denominaciones, el término Católico fue más estimado que los demás, dado que pretende unificar las creencias de todos los habitantes de la tierra de todos los tiempos.

   La última prueba que os puedo dar de la autenticidad de la Iglesia Católica es la sucesión apostólica, dado que en la misma no se tiene la costumbre de romper los escritos ni de olvidar a los dirigentes anteriores como se hace en muchas religiones. Desde que San Pedro murió, -a pesar de las dificultades que nunca le han faltado a la fundación de nuestro Señor-, hasta nuestros días, nunca le ha faltado a ésta un sucesor de San Pedro que la guíe inspirado por el cumplimiento de la voluntad de Dios, muy a pesar de los errores que algunos de los mismos hayan podido cometer, dado que han sido tan humanos e imperfectos como lo somos nosotros.

   Jesús les siguió diciendo a sus Apóstoles:

   "Porque aparecerán falsos mesías y falsos profetas, que harán grandes señales milagrosas y prodigios con objeto de engañar, si fuera posible, incluso a los que Dios ha elegido" (MT. 24, 24).

   ¿Puede deducirse del texto del primer Evangelio que estamos meditando que Dios no ha dispuesto que todos los hombres de todos los tiempos se salven?

   San Pablo escribió en su Carta a los Romanos:

   "Porque lo que es posible conocer acerca de la divinidad, lo tienen ellos a su alcance, por cuanto Dios mismo se lo ha puesto ante los ojos. En efecto, partiendo de la creación del universo, la razón humana puede llegar a descubrir, a través de las cosas creadas, las perfecciones invisibles de Dios: su eterno poder y su divinidad. De ahí que no tengan disculpa, ya que, conociendo a Dios, no le han tributado el honor que merecía, ni le han dado las gracias debidas" (CF. ROM. 1, 19-21).

   ¿Quiénes son más malvados, los transgresores de la Ley de Moisés que conociendo la misma la incumplen, o quienes, sabiendo que hacen lo que no es correcto según su conciencia, no evitan el pecado?

   San Pablo responde esta pregunta, diciendo:

   "Cuando los que no están bajo la Ley de Moisés actúan de acuerdo con ella movidos de la natural inclinación, aunque parezca que no tienen ley, ellos mismos son su propia ley. La llevan escrita en el corazón, como lo demuestra el testimonio de su conciencia y sus propios pensamientos, que a veces los acusan y a veces los defienden (según actúen)" (CF. ROM. 2, 14-15).

   Dios quiere que todos nos salvemos, pero a nosotros nos corresponde el hecho de tomar la decisión de estar de su parte o de rechazarle. Es cierto que no podemos comprender claramente ni los misterios ni la forma de proceder de Dios siempre que lo intentamos, pero, si sabemos que El nos ama y que no nos hace sufrir con tal de divertirse a costa de nuestra impotencia, ello nos bastará, tanto para conocerle mejor, como para gozar de la salvación.

   Jesús siguió instruyendo a sus Apóstoles:

   "Mirad que os lo advierto de antemano. Así que si alguien os dice: "el Mesías está ahí, en el desierto (en cualquier parte, pero principalmente en vuestro interior dolorido por vuestras experiencias vitales), no vayáis allí; si os dicen: "Está ahí, escondido en esa casa (en esa religión de usos sectarios)", no lo creáis. Pues la venida del Hijo del hombre (Jesús, el Mesías o Salvador Ungido) será repentina, como un relámpago que ilumina el cielo de oriente a occidente" (MT. 24, 25-27).

   Los judíos partidarios de quienes utilizaban la religión para conseguir sus intereses nunca aceptaron a Jesús como Mesías, no sólo porque nuestro Señor contradijo sus creencias consiguiendo así que los mismos le ejecutaran, sino porque estos creían que el Mesías no tenía que nacer de una mujer, sino que había de aparecer repentinamente en Palestina, para liberar a su pueblo del yugo romano.

   Jesús nos ha dicho que sólo una señal es indicativa de su Parusía o segunda venida, la cuál consiste en que muchos cristianos conocedores en gran manera del Evangelio, apostatarán conscientemente, creando religiones falsas, y haciendo que los fieles de Dios abandonen su Iglesia. La culpa de quienes abandonen el rebaño del Buen Pastor, será pagada, tanto por quienes les engañaron, como por los hijos de la Iglesia que nunca les demostraron cómo han de portarse los cristianos veraces. Sin embargo, aquellos que son conscientes de que utilizan la fe cristiana con intereses particulares, -y, muy especialmente, quienes son muy conscientes de lo que hacen, dado que manipulan el Evangelio sin haber sido engañados-, vivirán el dicho del Mesías:

   "Donde esté el cadáver, ¡allí se juntarán los buitres!" (MT. 24, 28).

   Cuando Jesús juzgue a la tierra en el tiempo que un relámpago tarda en cruzar el planeta del Oriente al Occidente del mismo, todos seremos recompensados en conformidad con nuestras buenas y malas acciones.

 

   4. El tiempo de la segunda venida de Jesús.

 

   "En cuanto hayan pasado los sufrimientos de aquellos días (Jesús se refirió a los sufrimientos característicos del tiempo transcurrido durante la destrucción del Templo de Jerusalén y el Juicio universal), el sol se oscurecerá y la luna perderá su brillo; las estrellas caerán del cielo y las estructuras del universo se tambalearán" (MT. 24, 29.

   Jesús hace referencia al hecho de que el universo saludará a su Creador cuando acontezca la venida de nuestro Señor, y se le entregará al mismo para ser transformado, dado que, -simbólicamente-, la maldad de los hombres marcó al mundo con su pecado, y el Hijo de Dios purificará a éste, por medio de la transformación del mismo, simbolizada por la mencionada catástrofe.

   Jesús siguió diciéndoles a sus Apóstoles:

   "Entonces aparecerá en el cielo el signo (símbolo) del Hijo del hombre, y todos los pueblos del mundo llorarán al ver llegar al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria" (MT. 24, 30).

Aunque estamos prescindiendo del estudio de la relación de perícopas que nos sería necesario llevar a cabo para aprender todo lo que nuestro Señor transmitió en su sermón escatológico, -dado que en esta ocasión el mensaje principal que deseo transmitiros consiste en que no os traicionéis a vosotros mismos volviéndoles la espalda a Dios, a Jesús, a María santísima, a la Iglesia, a vuestros familiares y a vosotros mismos negándoos la oportunidad de ser felices sirviendo a gente inteligente pero carente de bondad-, para comprender el significado del símbolo del Hijo del hombre, nos es imprescindible consultar nuevamente la Profecía de Daniel, en la cuál, leemos:

   "Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre (el Mesías), que vino hasta el anciano de días (Dios Padre es representado como un anciano, ya que los hebreos consideraban que las personas mayores habían de ser amadas y respetadas por causa de su conocimiento vital), y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino (poder), para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido (dado que su duración es indefinida)" (DN. 7, 13-14).

   Si la venida del Hijo del hombre ha de ser vista como un signo de alegría, si tenemos en cuenta que Cristo vendrá nuevamente al mundo a eliminar las miserias que caracterizan nuestra vida, ¿cuál es la razón por la que los habitantes del mundo prorrumpirán en llanto inconsolable? Aunque demasiado tarde -si consideramos que los enemigos de Cristo no podrán remediar lo que hicieron al asesinar al Creador de la vida-, todos los que hicieron el mal de alguna forma a lo largo de su existencia, se darán cuenta de la gravedad de sus pecados, y sentirán que son insignificantes ante la grandeza del Dios de la gloria.

   Sigamos meditando las palabras de nuestro Señor:

   "Y él enviará a sus ángeles para que a toque de trompeta convoquen a sus elegidos de un extremo al otro del mundo" (MT. 24, 31).

   Imitando la costumbre de los antiguos hebreos que al son de la trompeta convocaban al pueblo para reunirlo en asamblea, y también a la semejanza de la actuación de los antiguos Jueces de Israel que al son de la trompeta anunciaban que iban a dictar sus sentencias, Jesucristo reunirá a sus elegidos para conducirlos a la presencia de nuestro Padre común, antes de castigar a quienes merezcan ser purificados, pues, dado que considero que el infierno es la contradicción de Dios, no puedo creer que nuestro Padre común rechazará a nadie, aunque, -por otra parte-, sé que muchos no creerían en El, ni aunque lo tuvieran delante corporalmente, los cuales no se dejarán glorificar.

   Aunque el mensaje principal de este breve estudio bíblico consiste en insistiros para que os cuidéis de las prácticas sectarias que se extienden por el mundo, a todos nos gustaría saber cómo será la segunda venida de nuestro Hermano y Señor, así pues, atendamos, -nuevamente-, a San Pablo:

   "Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de aquellos que ya han muerto. Así no estaréis tristes, como los que carecen de esperanza. Nosotros creemos que Jesús ha muerto y ha resucitado; pues, igualmente, Dios ha de llevarse consigo a quienes han muerto unidos a Jesús" (1 TES. 4, 13-14).

   En el Eclesiastés, leemos:

"Porque los vivos saben que han de morir, pero los muertos no

saben nada, y no hay ya paga para ellos, pues se perdió su memoria" (ECL. 9, 5).

   A pesar de que la creencia en la resurrección de los muertos aparece manifiesta en los dos Testamentos en que se divide la Biblia, existen líderes de religiones que se hacen llamar cristianas, que les hacen creer a sus adeptos que el alma humana no existe, y que cuando la gente fallece, desaparece cuando su cuerpo se corrompe en el sepulcro, de manera que de los tales sólo queda el recuerdo en la mente de Dios, el cuál les resucitará, -al final de los tiempos-, para juzgarles, y premiarles, no según sus obras, sino si aceptan serles sumisos a los líderes de dichas religiones.

   Por si les enseñáis este texto a algunos líderes sectarios, -aunque ello no les servirá de nada a los tales, porque tienen preparada una enorme relación de textos para embaucaros, que haría de este estudio un texto muy pesado-, os dejo una prueba de la creencia en la resurrección de los muertos y de la existencia del alma humana, no de un judío, sino de un gentil llamado Job, -para que no os engañe nadie-, el cuál reflexionó en los siguientes términos, mientras le hablaba a nuestro Padre común:

"Ojalá en el seol (la sepultura común de la humanidad según las creencias de los creyentes del tiempo del Antiguo Testamento) tú me guardaras,

me escondieras allí mientras pasa tu cólera,

y una tregua me dieras, para acordarte de mí luego

-pues, muerto el hombre, ¿puede revivir?-

todos los días de milicia (de mi muerte) esperaría,

hasta que llegara mi relevo (hasta que me llamaras nuevamente a la vida);

me llamarías y te respondería;

reclamarías la obra de tus manos (al seol)" (JOB. 14, 13-15).

   Si en el texto paulino que estamos meditando hemos leído que Dios ha de llevarse consigo a los que han muerto creyendo en Jesús, entendemos que cuando morimos no dejamos de existir, por más que nuestra razón sea incapaz, primero de aceptar la existencia del alma humana -dado que este hecho no es demostrable científicamente-, y de explicar la existencia de la misma fuera del cuerpo, con el que, -según nuestra fe universal-, forma un todo.

   Antes de seguir meditando el fragmento de la primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses que nos ocupa, hemos de recordar que, el citado Apóstol, vivió cierto tiempo creyendo que el mundo estaba a punto de ser transformado, así pues, San Pablo les escribió a los citados cristianos:

   "Apoyados en la palabra del Señor, os aseguramos que nosotros los que estamos ahora vivos (el Apóstol hace alusión a los cristianos de su tiempo, y no a los adeptos de diversas religiones los cuales están obsesionados con la idea de que el mundo se acabará de un momento a otro), los que quedamos en la tierra, cuando el Señor venga y se revele no tendremos preferencia sobre los que ya murieron (no resucitaremos antes que ellos, dado que, de la misma manera que hemos nacido, antes de vivir en el Reino de Dios, habremos de morir, aunque sea instantáneamente, de la misma manera que Santa María murió, y fue elevada al cielo, sin que su santísimo cuerpo sufriera la corrupción del sepulcro). Porque el Señor mismo bajará del cielo tras la voz de mando, cuando suene el clamor del arcángel y se escuche la trompeta de Dios. Entonces resucitarán los que vivieron unidos a Cristo (entre los cuales estarán los Apóstoles, pues, según les dijo Jesús, sentados en doce tronos, habrán de juzgar a las doce tribus de Israel). Después, nosotros, los que aún quedemos vivos, seremos arrebatados (muertos instantáneamente y resucitados en la presencia de Cristo), junto con ellos (los que murieron sin perder la fe), a las nubes (símbolo del lugar en que seremos juzgados), y saldremos por los aires (por todas partes) al encuentro del Señor. De este modo viviremos siempre con el Señor. Alentaos (consolaos), pues, unos a otros con esta enseñanza (cuando fallezcan vuestros familiares y amigos amados)" (1 TES. 4, 15-18).

   "Mirad, voy a confiaros un misterio: no todos moriremos (aunque yo distingo entre la muerte de larga duración y la transformación de quienes serán arrebatados al encuentro del Mesías cuando el Señor venga a concluir nuestra salvación), pero cuando suene la trompeta final, en unos instantes, en un abrir y cerrar de ojos (de la misma manera que en el Apocalipsis pasa una escena y transcurre un espacio de tiempo antes de que se empiece a ejecutar un nuevo acto), todos seremos transformados. Sonará la trompeta, y los muertos (¿serán estos muertos los carentes de fe?) resucitarán incorruptibles mientras nosotros seremos transformados" (1 COR. 15, 51-52).

   ¿Qué significa la expresión: "SE acerca el tiempo del fin?". Esta expresión no significa que estamos a punto de ser transformados a la imagen y semejanza de Dios, así pues, según los científicos, a nuestro planeta le quedan 4500000000 de años de vida antes de que el sol lo arrase, lo cuál os digo como dato curioso, pues no sabemos cuándo vendrá Jesús a juzgarnos, si lo hará hoy mismo, o si lo hará cuando el sol arrase nuestro mundo, aunque este hecho contradeciría a San Pablo, dado que, de suceder esto, no quedaría nadie vivo en el mundo para ser transformado en un abrir y cerrar de ojos, para salir por los aires al encuentro del Señor como un resucitado perfecto, una vez superada su humana imperfección.

   El mensaje contenido en la primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses que hemos meditado, -en contra de la voluntad del autor de la misma-, provocó que algunos cristianos dejaran de desempeñar sus obligaciones, y vivieran ociosamente, pensando que el mundo estaba a punto de acabarse. De esta forma también viven actualmente los creyentes de muchas sectas, los cuales olvidan sus obligaciones y a sus seres queridos, y viven obsesionados con la lectura de la Biblia completa -por más que la mayoría de ellos no se enteran de lo que leen-, por lo cuál siempre viven dándoles vueltas a un reducido número de textos bíblicos, sobre los cuales fundan sus escasas creencias, olvidando que lo importante no es que se sepan la Biblia de memoria, sino que sepan interpretar el contenido de la misma, y que lo apliquen en sus vivencias ordinarias, haciendo todo el bien que esté a su alcance.

   No quiero ser yo quien extienda la idea de que debemos abandonar nuestros trabajos pensando que el mundo no es eterno, así pues, San Pablo les escribió a los Tesalonicenses en la segunda Carta que les envió:

   "Pues ya, estando entre vosotros, os inculcamos con insistencia la norma de que quien no quiera trabajar, tampoco coma. Y es que nos hemos enterado de que algunos de vosotros viven haciendo el vago; no trabajan, y matan el tiempo metiéndose donde nadie los llama" ((2 TES. 3, 10-11). 

   5. Consejos útiles, tanto para quienes vivieron en el tiempo anterior a la destrucción del Templo de Jerusalén, como para quienes vivimos en el llamado tiempo del fin de este siglo. 

   5-1. El tiempo de la ruina del Templo de Jerusalén. 

   "Fijaos en el ejemplo de la higuera: cuando veis que sus ramas se ponen tiernas y comienzan a brotarles las hojas, conocéis que el verano se acerca. Pues de la misma manera, cuando veáis todo esto que os anuncio, sabed que el fin está cerca a las puertas. Os aseguro que no pasará la actual generación hasta que todo esto acontezca" (MT. 24, 32-34).

   Aunque Jesús no predijo el año exacto en que aconteció la ruina de Jerusalén, sí dijo que la misma acontecería en el siglo I de la era cristiana, dado que, si suponemos que una generación puede durar cien años, las palabras del Hijo de María son aceptables, dado que Jerusalén fue ocupada por el ejército romano, 37 años después de que aconteciera la muerte del Hijo del hombre. 

   5-2. El tiempo del fin del mundo. 

   "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (no serán olvidadas, dado que se cumplirán a su debido tiempo). En cuanto al día y la hora (del fin del mundo), nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo. Solamente el Padre lo sabe. La venida del Hijo del hombre puede compararse a lo que sucedió en tiempos de Noé. Porque en los días anteriores al diluvio y hasta el momento en que Noé entró en el arca, la gente no dejó de comer y beber, los hombres y las mujeres se casaban, y ninguno llegó a sospechar nada hasta que el diluvio los barrió a todos. Lo mismo será cuando venga el Hijo del hombre" (MT. 24, 35-39).

   Al igual que sucede en nuestro tiempo y ocurrió en el tiempo de la ruina del Templo de Jerusalén, en el tiempo de Noé, la gente vivía sin obedecer a Dios. San Pedro escribió en su segunda Carta:

   "Como tampoco perdonó (Dios) a la humanidad primitiva, con excepción de Noé -preservado con otros siete por ser el pregonero de la justicia (fe) divina-, sino que desencadenó el diluvio sobre aquel mundo de impíos" (2 PE. 2, 5).

   No se puede decir que la gente del tiempo de Noé era desconocedora del designio salvífico de Dios, dado que San Pedro nos hace entender que Noé, al mismo tiempo que construyó el arca en la que se salvaron sus familiares y él de la muerte, se dedicó a prevenir a la humanidad, con el fin de que, al arrepentirse de sus pecados, no pereciera ahogada por causa del diluvio universal. No podemos acusar a Dios de que es tan asesino como podemos serlo nosotros, pues El no puede (mejor dicho, no quiere) obligarnos a aceptar lo que deseamos rechazar, con el fin de no privarnos de la libertad de decidir lo que queremos que nos dotó en el tiempo de nuestra creación.

   "Dos hombres estarán entonces (en el tiempo de la venida de Jesús) trabajando en el campo; a uno se lo llevarán (a la presencia de Dios) y dejarán al otro (para que sea condenado por causa de sus pecados). Dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y dejarán a la otra. Estad, pues, atentos, ya que no sabéis en qué día (tiempo) vendrá vuestro Señor. Pensad que, si el amo de la casa supiera a qué hora ha de llegar el ladrón, vigilaría para impedir que le asaltaran la casa. Así también vosotros estad preparados, porque ni siquiera podéis imaginar en qué momento ha de venir el Hijo del hombre. Portaos como el criado fiel e inteligente a quien su amo pone al frente de la casa y le encarga que tenga la comida dispuesta a su hora para la servidumbre" (MT. 24, 40-45).

   Jesús nos dice que, antes de que acontezca su venida, nos ocupemos de alimentar, -tanto a nivel material como a nivel espiritual-, a los pobres económicamente hablando, como a quienes deseen conocer nuestra fe. Esta petición de nuestro Señor, es tan válida para los religiosos, como para los laicos, dado que todos somos hijos de un mismo Padre.

   "¡Feliz aquel criado al que el amo, al llegar, encuentre cumpliendo su deber! Os aseguro que le confiará el cuidado de toda su hacienda. Pero si, por el contrario, ese criado es de mala condición y se vale de su cargo para maltratar a sus compañeros en ausencia del amo, y se junta a comer y beber con borrachos (desaprovechando el poder recibido de Dios de unir para desunir a los hombres), un día llegará de improviso el amo y le castigará severamente. Le dará lo que se merece: un lugar entre los hipócritas. Allí llorará y le rechinarán los dientes" (MT. 24, 46-51). 

   Conclusión. 

   Tanto la Biblia como los científicos nos informan de que el mundo no permanecerá siempre como está en nuestros días. Por nuestra fe, sabemos que el mundo va a ser transformado por Dios, el cuál convertirá todo nuestro planeta en su Reino. el hecho de que el mundo va a ser transformado, no ha de producirnos miedo, sino que, al contrario, es esperanzador para nosotros, lo cuál no indica que hemos de vivir mirando al cielo, dejando de cumplir nuestras obligaciones, pues es preciso, -tanto para nuestros familiares como para nosotros-, que no vivamos ociosamente, ya que, como cristianos, tenemos mucho que hacer en nuestro entorno social, y algunos en muchos lugares.

   Que Dios os colme de bendiciones.