XX Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Autor: José Portillo Pérez   

 

 

   Demostración de la veracidad de la Eucaristía ante las religiones que niegan la existencia de este Sacramento. 

   Cuando Jesús se transubstancia en las celebraciones eucarísticas, entendemos que el sacrificio de nuestro Señor no se repite, sino que se actualiza, es decir, lo recordamos como si acaeciera por primera vez en cada ocasión que celebramos el más importante de los Sacramentos de la Iglesia. Muchos cristianos no católicos intentan utilizar la Biblia para desmentir nuestras creencias relacionadas con este Sacramento, a pesar de que sus argumentos pueden ser rebatidos con gran facilidad, así pues, veamos algunos textos que utilizan a tal fin, e interpretémoslos tal como debemos comprenderlos.

   “Y así, Cristo no entró en un santuario construido por hombres -imagen del verdadero santuario-, sino en el mismo cielo, donde ahora intercede por nosotros en presencia de Dios. El sumo sacerdote judío entra en el santuario año tras año con una sangre que no es la suya. No así Cristo, ya que, de haberse ofrecido a sí mismo muchas veces, otras tantas tendría que haberse padecido y muerto desde que existe el mundo. No; Cristo se ha manifestado una sola vez ahora, en el momento culminante de la historia, destruyendo el pecado con el sacrificio de sí mismo. Una sola vez han de pasar los hombres por la muerte, y a continuación serán sometidos al juicio de Dios. De manera semejante, Cristo se ofreció una sola vez en sacrificio para quitar los pecados de los hombres; después se mostrará por segunda vez, pero ya no en relación con el pecado, sino para bien de quienes esperan de él la salvación definitiva” (HEB. 9, 24-28).

   “Pero Jesús permanece para siempre: su sacerdocio es eterno. Puede, por tanto, salvar de forma definitiva a quienes por medio de él se acercan a Dios; no en vano vive siempre intercediendo por ellos. Un sumo sacerdote así era el que nosotros necesitábamos: santo, inocente , incontaminado, a cubierto de toda promiscuidad con los pecadores y encumbrado hasta lo más alto de los cielos. No como los demás sumos sacerdotes, que necesitan ofrecer sacrificios a diario por sus propios pecados primero, y después por los del pueblo. Jesús lo hizo de una vez por todas ofreciéndose a sí mismo” (HEB. 7, 24-27).

   Quienes no creen en el Sacramento de la Eucaristía, dicen: Si el sacrificio de Cristo no hubiera sido perfecto, tendría que repetirse de la misma forma que se repetían anualmente los sacrificios de los sumos sacerdotes en el Templo de Jerusalén.

   Nosotros celebramos el Sacramento de la Eucaristía, pero no lo hacemos porque dicho sacrificio no es perfecto, sino porque, al vivirlo muchas veces, lentamente, nos vamos transformando, de manera que se cumplen en nosotros las palabras del Apóstol:

   “Dad lugar a la renovación espiritual de vuestra mente y vestíos del hombre nuevo, creado a imagen de Dios para una vida verdaderamente recta y santa” (EF. 4, 23-24).

   “Y porque Jesucristo se ha ajustado a la voluntad de Dios ofreciendo su propio cuerpo una vez por todas, nosotros hemos quedado consagrados a Dios. Cualquier otro sacerdote desempeña su ministerio cada día, ofreciendo una vez los mismos sacrificios, que son incapaces de quitar definitivamente los pecados. Cristo, en cambio, después de ofrecer un solo sacrificio para obtener el perdón de los pecados, comparte por siempre el poder soberano de Dios. Una sola cosa espera: que Dios ponga a sus enemigos por estrado de sus pies. Y así, ofreciéndose en sacrificio una única vez, ha hecho perfectos, de una vez para siempre, a cuantos han sido consagrados a Dios. El mismo Espíritu lo atestigua cuando, después de haber dicho:

La alianza que concertaré con ellos cuando llegue aquel tiempo,

será así -dice el Señor -: inculcaré mis leyes en su corazón y en su misma mente las escribiré, añade:

No me acordaré más de sus pecados, ni tampoco de sus Iniquidades. Ahora bien, donde el perdón de los pecados es un hecho, ya no hay lugar a víctimas expiatorias” (HEB. 10, 10-18).

   Si nos consideramos católicos, no debemos comparar el sacrificio eucarístico con los sacrificios de los sacerdotes hebreos, que eran símbolos del sacrificio expiatorio de nuestro Señor, el cual actualizamos en cada ocasión que celebramos la Eucaristía. Como el sacrificio de Cristo fue simbolizado por los sacrificios sacerdotales de los hebreos, es fácil comprender que el sacrificio figurado es de mayor valor que los sacrificios de los hebreos.

   “La ley de Moisés, sólo contiene una sombra de los bienes futuros y no la realidad misma de las cosas. Por eso es incapaz de hacer perfectos a quienes, todos los años sin falta, se acercan a ofrecer los mismos sacrificios. Si fuera de otro modo, ya habrían cesado de ofrecer tales sacrificios, pues quienes los ofrecen, una vez limpios, ya no tendrían por qué seguir sintiéndose culpables. Y, sin embargo, año tras año esos sacrificios les recuerdan que siguen bajo el peso del pecado. Es imposible, en efecto, que la sangre de toros y machos cabríos quite los pecados. Por eso dice Cristo al entrar en el mundo: Tú, ¡oh Dios! no has querido las ofrendas ni los sacrificios; en su lugar me has formado un cuerpo. No han sido de tu agrado ni los holocaustos ni las víctimas expiatorias. Entonces dije: "Aquí vengo yo para hacer tu voluntad. Así está escrito en el libro acerca de mí.” (HEB. 10, 1-7).

   Quienes no creen en la Eucaristía, nos dicen: Si creéis que el sacrificio del Altar es el sacrificio perfecto de Cristo, ¿por qué lo invalidáis al repetirlo incesantemente, si Pablo escribió que el mismo sólo se hubo de llevar a cabo una vez?

   Quienes son los ministros del Sacramento de la Eucaristía no hacen que Jesús descienda del cielo para crucificarlo en cada ocasión que celebran la Eucaristía, así pues, por la actualización de la Pasión, muerte y Resurrección de nuestro Señor, esperan que la Iglesia se perfeccione en el amor de la Santísima Trinidad.

   Quienes dicen que a Jesús no se le puede hacer bajar del cielo para sacrificarlo, sin tener en cuenta que nuestro Señor está presente espiritualmente en la Iglesia, utilizan los siguientes versículos bíblicos para apoyar su razonamiento, los cuales demuestran que Cristo ha sido glorificado por habernos redimido:

   “Y así, Cristo no entró en un santuario construido por hombres -imagen del verdadero santuario-, sino en el mismo cielo, donde ahora intercede por nosotros en presencia de Dios” (HEB. 9, 24).

   “Es el poder que Dios desplegó en Cristo al resucitarle y sentarle a su lado en el cielo, en el lugar de honor, por encima de (jerarquías angélicas) todo principado, potestad, autoridad y dominio, y por encima de cualquier otro título que se precie de tal, no sólo en este mundo presente, sino también en el futuro” (EF. 1, 20-21).

   San Lucas escribió en su Evangelio:

   “Tomó (Jesús) luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.”” (LC. 22, 19).

   Los testigos de Jehová no interpretan este mandato como el deseo de nuestro Señor de que conmemoremos su última Cena, su Pasión, muerte y Resurrección, sino como la orden de celebrar únicamente la muerte del Mesías, ya que, en la citada conmemoración que celebran anualmente, sólo los ungidos pueden recibir los emblemas.

   Como a diferencia del sacrificio del calvario la Eucaristía es un sacrificio incruento (sin derramamiento de sangre), quienes no creen en este Sacramento, afirman que los sacrificios incruentos no nos obtienen el perdón de los pecados, así pues, para afirmarse en esta creencia, utilizan los siguientes textos paulinos:

   “Pero he aquí que Cristo se ha presentado como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Es el suyo un santuario mayor y más valioso que el antiguo; no es hechura de hombres ni pertenece a este mundo creado. En él ha entrado Cristo una vez por todas; no con sangre de machos cabríos o de toros, sino con la suya propia, alcanzándonos así una liberación imperecedera” (HEB. 9, 11-12).

   “En suma, según lo prescrito en la Ley, prácticamente todas las cosas se purifican mediante la sangre, y, si no hay derramamiento de sangre, tampoco hay perdón” (HEB. 9, 22).

   Es verdad que el sacrificio del Calvario nos obtuvo la redención por causa de su perfección simbólicamente por cuanto aún seguimos sumidos en nuestro estado de miseria, pero, por la asistencia a las celebraciones eucarísticas, al vivir y revivir muchas veces el sacrificio del Mesías, nos iremos fortaleciendo y dejando purificar por el Espíritu Santo de nuestro Dios, así pues, celebramos este Sacramento por cuatro razones:

1. Adoramos a Dios dignamente. Si nuestro Padre común nos ha liberado del castigo que merecemos por nuestros pecados y nos ha concedido la vida eterna figurativamente por causa del sacrificio de su Hijo, ¿cómo vamos a dejar de asistir a la Eucaristía demostrándole de esa forma nuestra ingratitud?

   2. Asistimos a la Eucaristía para satisfacer los pecados de toda la humanidad. Ciertamente no tenemos la capacidad de hacer que se nos perdonen los pecados, pero ello lo conseguimos amando a Dios y sirviendo a nuestro Padre común en la humanidad.

   3. Le damos gracias a Dios por los beneficios que nos ha concedido a todos los hombres de todos los tiempos.

   4. Le pedimos a Dios nuevas dádivas espirituales y materiales.

   En las Biblias de los testigos de Jehová, en los relatos de la última cena, no se dice que el pan y el vino se convirtieron en el Cuerpo y en la Sangre de Jesús, sino que, ofrecidos por Jesús a sus Apóstoles, significaron su Cuerpo y Sangre. Los testigos también afirman que Jesús no pudo hacerse comulgar por sus Apóstoles, porque, cuando el día siguiente a la última cena fue crucificado, tenía todo su cuerpo y toda su sangre.

   Quienes se niegan a comer sangre afirman que Jesús no pudo hacerse comulgar por sus Apóstoles, ya que el hecho de alimentar a los mismos con su Sangre hubiera sido una transgresión de la Ley de Israel, según el siguiente versículo bíblico:

   “Si un hombre cualquiera de la casa de Israel, o de los forasteros que residen en medio de ellos, come cualquier clase de sangre, yo volveré mi rostro contra el que coma sangre y los exterminaré de en medio de su pueblo” (LV. 17, 10).

   Cuando Jesús murió el Templo de Jerusalén se partió literalmente, dando por concluida la última Alianza que Dios firmó con los hebreos, una Alianza que concluyó con el sacrificio del Hijo de Yahveh, el cual hubo de interceder por quienes no pudieron santificarse por sus propios medios cumpliendo la Ley de Moisés. El pueblo resultante de quienes creen que se salvarán por tener y ejercer fe en Dios, carece de los prejuicios que los judíos tenían referentes a la sangre, así pues, la Sangre de Cristo, al ser comulgada por nosotros, en vez de hacernos transgredir la Ley de Dios, nos santifica lentamente, según le permitimos al Espíritu Santo que actúe en nosotros.

   Quienes no creen en la Eucaristía, afirman que la Sangre de Jesús fue derramada en el Calvario, no en el cenáculo, y, para justificarse, utilizan los siguientes textos:

   “De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros”” (LC. 22, 20).

   “Uno de los soldados, sin embargo, le abrió el costado de una lanzada, y al punto brotó de él sangre y agua” (JN. 19, 34).

   Si Jesús se hizo comulgar por sus Apóstoles, El tenía poder para hacerles comulgar su Sangre y para alimentarles con su Cuerpo. Este hecho apoya el razonamiento que he repetido varias veces a lo largo de esta meditación: De la misma manera que los Apóstoles comulgaron y posteriormente todos traicionaron a Jesús exceptuando a San Juan, nosotros también fallamos muchas veces a pesar de que asistimos a las celebraciones eucarísticas, así pues, de la misma manera que los Apóstoles merecieron alcanzar la santidad, nosotros también seremos santos, cuando nuestro Padre común sienta que hemos concluido el camino de nuestra perfección.

   Después de contactar con muchos católicos dudosos con respecto al Sacramento sobre el que estamos meditando, algunos de los mismos me han pedido que les explique el siguiente versículo de San Mateo:

   “Y os digo que desde ahora no beberé de este producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba con vosotros, nuevo, en el Reino de mi Padre” (MT. 26, 29).

   Como vemos, hay religiones que aprovechan el desconocimiento de la Biblia de los católicos para atentar ruinmente contra la Iglesia. Es normal que Jesús les dijera a sus amigos íntimos que no bebería más vino con ellos hasta que se concluyera la instauración del Reino de Dios en el mundo, sin perjuicio de nuestra creencia en la Eucaristía, dado que, los judíos, durante la conmemoración del Pesaj (la Pascua), se tomaban cuatro copas de vino, y Jesús no repartió cuatro copas de vino transubstanciado entre sus amigos, sino una sola copa, concretamente, la de la bendición.

   Concluyamos esta meditación orando por la unidad de los cristianos.