XXIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Autor: José Portillo Pérez   

 

 

¿Qué es lo más importante para los cristianos en este tiempo de crisis?. 

   Estimados hermanos y amigos:

   No es necesario recordar en este tiempo que estamos viviendo una gran crisis mundial que no nos afecta solo económicamente, así pues, para valorar superficialmente los efectos de la misma, debería bastarnos el hecho de pensar lo que está sucediendo en el mundo con nuestros valores cristianos.

   Antes de despedirme de vosotros a finales del pasado mes de febrero del presente año precisamente porque me era imposible costearme el acceso a Internet, recibí muchas cartas de hermanos sudamericanos desesperados por la situación de pobreza que están viviendo, así pues, aunque traté lo que aparentemente parece el abandono de los pobres por nuestro Padre común en algunas meditaciones que publiqué entre los pasados meses de noviembre y febrero, deseo tratar en esta ocasión ese tema con vosotros.

   La crisis económica que estamos viviendo afecta a quienes tienen mucho dinero, pues muchos de los tales, aunque no pasarán por ninguna situación de pobreza, tienen pérdidas que difícilmente pueden superar. Por el contrario, otros hemos tenido problemas económicos de cierta gravedad, y otros tantos están viviendo en la calle, pues ni siquiera tienen un techo bajo el que cobijarse.

   Precisamente por causa de la difícil situación que estamos viviendo a nivel mundial, los cristianos deberíamos permanecer unidos, porque, aunque muchos seamos pobres, ello no significa que no somos importantes para nuestro Padre común, por consiguiente, veamos lo que Santiago escribió con respecto a quienes tenían carencias económicas en su tiempo:

   “Hermanos míos, que vuestra fe en Jesucristo glorificado no se eche a perder con favoritismos. Supongamos, por ejemplo, que llegan dos hombres a vuestra reunión: uno con anillos de oro y magníficamente vestido; el otro, pobre y andrajoso. Si enseguida os fijáis en el que va bien vestido y le decís: "Tú siéntate  aquí en el lugar de honor", y al pobre, en cambio, le decís: "Tú quédate   ahí en pie" o "Siéntate en el suelo a mis pies", ¿no estáis actuando con parcialidad y convirtiéndoos en jueces con criterios perversos? Escuchad, hermanos míos queridos: Dios ha elegido a los pobres del mundo,  para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los que    le aman” (ST. 2, 1-5).

   Si Dios nos ama a quienes carecemos de los medios que desearíamos tener para vivir, ¿por qué permite que seamos atribulados?

   Respondamos esta pregunta utilizando nuevamente la Carta de Santiago: “Alegraos profundamente, hermanos, cuando os sintáis cercados por toda clase de dificultades. Es señal de que vuestra fe, al pasar por el crisol de la prueba, está dando frutos de perseverancia. Pero es preciso que la perseverancia lleve a feliz término su empeño, para que seáis perfectos, cabales e intachables” (ST. 1, 2-4).

   ¿Para qué necesitamos ser probados?

   San Pablo nos dice: “A propósito de estas recomendaciones, tampoco es como para felicitaros  el hecho de que vuestras asambleas os ocasionen más perjuicio que provecho. Para empezar, ha llegado a mis oídos que, cuando os reunís en asamblea, los bandos están a la orden del día. Cosa, por cierto, nada increíble, si se piensa que hasta es conveniente que existan divisiones entre vosotros, para que quede claro quiénes son los que salen airosos de la prueba” (1 COR. 11, 17-19).

   “Se cuenta de cierto campesino que tenía una mula ya vieja. En un lamentable descuido, la mula cayó en un pozo que había en la finca. El campesino oyó los bramidos del animal, y corrió para ver lo que ocurría. Le dio pena ver a su fiel servidora en esa condición, pero después de analizar cuidadosamente la situación, creyó que no había modo de salvar al pobre animal, y que más valía sepultarla en el mismo pozo.

   El campesino llamó a sus vecinos y les contó lo que estaba ocurriendo y les pidió que le ayudaran a enterrar la mula en el pozo para que no continuara sufriendo.

   Al principio, la mula se puso histérica. Pero a medida que el campesino y sus vecinos continuaban paleando tierra sobre sus lomos, una idea vino a su mente.

   A la mula se le ocurrió que cada vez que una pala de tierra cayera sobre sus lomos.... ¡ELLA DEBÍA SACUDIRSE Y SUBIR SOBRE LA TIERRA! Esto hizo la mula palazo tras palazo. SACÚDETE Y SUBE. Sacúdete y sube. Sacúdete y sube!! Repetía la mula para alentarse a sí misma.

   No importaba cuan dolorosos fueran los golpes de la tierra y las piedras sobre su lomo, o lo tormentoso de la situación, la mula luchó contra el pánico, y continuó SACUDIENDOSE Y SUBIENDO. A sus pies se fue elevando de nivel el piso. Los hombres sorprendidos captaron la estrategia de la mula, y eso les alentó a continuar paleando. Poco a poco se pudo llegar hasta el punto en que la mula cansada y abatida pudo salir de un brinco de las paredes de aquel pozo. La tierra que parecía que la enterraría, se convirtió en su bendición, todo por la manera en la que ella enfrentó la adversidad.

   ¡ASI ES LA VIDA!

   Si enfrentamos nuestros problemas y respondemos positivamente, y rehusamos dar lugar al pánico, a la amargura, y las lamentaciones de nuestra baja autoestima, las adversidades, que vienen a nuestra

vida a tratar de enterrarnos, nos darán el potencial para poder salir beneficiados y bendecidos!”

   (Desconozco el autor de esta meditación).

   San Pablo nos dice con respecto a las pruebas que hemos de sufrir para ser perfeccionados: “Hasta ahora, ninguna prueba os ha sobrevenido que no pueda considerarse humanamente soportable. Por lo demás, Dios es fiel y no permitirá que seáis  puestos a prueba más allá de vuestras fuerzas; al contrario, junto con la  prueba os proporcionará también la manera de superarla con éxito” (1 COR. 10, 13).

   Aunque cuando sufrimos por cualquier causa podemos caer en la tentación de creer que Dios nos ha abandonado, en esos momentos nuestro Padre común está muy pendiente de ayudarnos, pues Santiago escribió en su Carta:

   “El hermano de humilde condición debe sentirse orgulloso de la alta dignidad que Dios le concede” (ST. 1, 9).

   “¡Dichoso el hombre que resiste la prueba! Una vez acrisolado, recibirá  como corona la vida que el Señor tiene prometida a los que le aman” (ST. 1, 12).

   Hay dos tipos de pruebas a las que tenemos que enfrentarnos, así pues, por una parte sufrimos las pruebas que Dios nos manda para que seamos perfeccionados, y, por otra parte, no hemos de olvidar las pruebas a las que nos somete nuestra fragilidad humana, de las cuales leemos en la Carta de Santiago:

   “Nadie acosado por la tentación tiene derecho a decir: "Es Dios quien me pone en trance de caer." Dios está fuera del alcance del mal, y él tampoco instiga a nadie al mal. Cada uno es puesto a prueba por su propia pasión desordenada, que le arrastra y le seduce. Semejante pasión coincide y da a luz al pecado; y éste, una vez cometido origina la muerte. Hermanos míos, no os engañéis. Todo beneficio y todo don perfecto bajan de lo alto, del creador de la luz, en quien no hay cambios ni periodos de sombra. El, por su libre voluntad, nos engendró mediante el mensaje de la verdad  para que seamos como primeros frutos entre todas sus criaturas” (ST. 1, 13-18).

   Después de recordar la utilidad que tienen las dificultades que vivimos, necesitamos ver lo que verdaderamente ha de ayudarnos a sobrevivir a este tiempo de crisis, especialmente a los carentes de recursos materiales y de bienes espirituales, con el fin de que nuestras carencias no nos hagan sufrir por sufrir.

   Aunque suene ridículo el texto bíblico que vamos a recordar a continuación a los oídos de mucha gente, entre quienes hay creyentes con un escaso conocimiento de la Palabra de Dios, no por ello el siguiente versículo del Evangelio de San Mateo deja de recordarnos una verdad muy importante: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (MT. 6, 33).

   ¿Debemos creer que Dios solventará nuestros problemas si dedicamos nuestro tiempo y energía a predicar el Evangelio? Aunque no debemos caer en la trampa en la que caen quienes se adhieren a muchas religiones con la esperanza de ganar dinero por el mero hecho de predicar, no hemos de olvidar que a Dios no se le puede servir por egoísmo, y que, de alguna manera, en nosotros se cumplen las siguientes palabras que Dios les dirigió a los hebreos peregrinos por medio de Moisés, a pesar de las múltiples tribulaciones que hemos vivido:

   “Cuidaréis de poner por obra todo mandamiento que yo os ordeno hoy, para que viváis, y seáis multiplicados, y entréis y poseáis la tierra que Jehová prometió con juramento a vuestros padres. Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos. Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre. Tu vestido nunca se envejeció sobre ti, ni el pie se te ha hinchado en estos cuarenta años. Reconoce asimismo en tu corazón, que como castiga el hombre a su hijo, así Jehová tu Dios te castiga. Guardarás, pues, los mandamientos de Jehová tu Dios, andando en sus caminos, y temiéndole” (DT. 8, 1-6).

   No olvidemos que el temor de Dios no está relacionado con el miedo, pues el mismo es uno de los dones del Espíritu Santo que nos hace reverenciar al Dios Uno y Trino, y que nuestro Padre común no nos castiga para divertirse a costa nuestra, sino para perfeccionarnos.

   En el relato del sermón del monte de San Mateo, leemos que Jesús dijo: “La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?” (MT. 6, 22-23).

   Si nuestro ojo figurativo es bueno, nos dedicaremos a resolver las carencias de nuestros familiares en conformidad con las posibilidades que tengamos para ello, solucionaremos nuestros problemas, y nos acordaremos de las necesidades de nuestros prójimos los hombres, independientemente de que los mismos crean en Dios. Estas actividades no nos impedirán seguir creciendo espiritualmente, pues Jesús nos dice: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (MT. 6, 19-21).

   Efectivamente, si nos ocupamos de nuestros familiares, de nosotros y de nuestros amigos, y acrecentamos nuestra fe por medio de la asistencia a las celebraciones sacramentales, las catequesis y el estudio personal de la Biblia y de los documentos de la Iglesia, nuestro corazón no dejará de anhelar el hecho de seguir viviendo en la presencia de Dios, pero, si no actuamos adecuadamente, y únicamente pensamos en nosotros, indudablemente, viviremos en tinieblas.

   Si nuestro ojo figurativo está sano, debemos conformarnos con las cosas que tenemos, siempre que no podamos aumentar nuestros bienes. No pretendo decir que hemos de abandonar nuestras actividades para dedicarnos exclusivamente a estudiar la Palabra de Dios, sino que hemos de evitar la a ambición excesiva, y el hecho de querer desear justo lo que no podemos conseguir.

   San Pablo nos dice tajantemente que hemos de socorrer a nuestros familiares en sus necesidades: “Pues quien no mira por los suyos, especialmente por los de su casa, ha renegado de la fe y es peor que los infieles” (1 TIM. 5, 8).

   El hecho de sustentar a nuestros familiares, no nos obliga a esforzarnos por conseguir los medios más punteros del mercado para modernizar nuestros hogares, pues en la Biblia leemos:

“Dos cosas te he demandado;

No me las niegues antes que muera:

Vanidad y palabra mentirosa aparta de mí;

No me des pobreza ni riquezas;

Mantenme del pan necesario;

No sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová?

O que siendo pobre, hurte,

Y blasfeme el nombre de mi Dios” (PR. 30, 7-9).

   Si tenemos alimentos, ropa y un techo bajo el que cubrirnos, todo lo que podamos conseguir aparte de estas tres cosas, nos aportará bienestar, pero todo ello es secundario, pues San Pablo nos dice:

   “Y, ciertamente, la religión es un magnífico negocio cuando uno se contenta con lo poco que tiene. Porque nada trajimos al mundo y nada podremos llevarnos de él. Contentémonos, pues, con no andar faltos de comida y de vestido. Los que se afanan, en cambio, por ser ricos, se enredan en mil tentaciones y se dejan dominar por un sinfín de insensatos y dañosos deseos que hunden a los hombres en la perdición y la ruina. La avaricia es la raíz de todos los males, y no faltan quienes, arrastrados por ella, han perdido la fe y ahora son presa de múltiples remordimientos” (1 TIM. 6, 6-10).

   “No permitáis que la fiebre del dinero se apodere de vosotros; contentaos con lo que tenéis, ya que es Dios mismo quien ha dicho: Nunca te abandonaré , jamás te dejaré solo. Por eso podemos exclamar llenos de confianza: El Señor es quien me ayuda, nada temo; ¿qué podrán hacerme los hombres?” (HEB. 13, 5-6).

   Deberíamos evitar el hecho de tener grandes deudas arriesgándonos a no poder pagar las mismas en el futuro, pues Jesús nos dice:

   “Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?” (MT. 6, 25).

   “No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal” (MT. 6, 31-34).

   Por su parte, San Pablo les escribió a los Filipenses: “Y ésta es mi oración: que vuestro amor crezca más y más y se traduzca en  un mayor conocimiento y sensibilidad espiritual. Así podréis discernir lo que mejor convenga, se os encontrará limpios e  irreprochables el día de Cristo y estaréis cargados de los frutos de salvación que otorga Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios” (FLP. 1, 9-11).

   “Estad siempre alegres en el Señor. Otra vez os lo digo: estad alegres. Que a todo el mundo llegue la irradiación de vuestra bondad. El Señor está a punto de llegar. Nada debe angustiaros; en cualquier situación, presentad a Dios vuestros  deseos, acompañando vuestras oraciones y súplicas con un corazón agradecido . Y la paz de Dios, que desborda todo entender humano, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos por medio de Cristo Jesús. Finalmente, hermanos, tomad en consideración todo cuanto hay de verdadero , de noble, de justo, de limpio, de amable, de laudable; todo cuanto  suponga virtud y sea digno de elogio. La enseñanza que os he impartido, la tradición que os he confiado, lo que en mí habéis visto y oído, ponedlo en práctica. Y el Dios de la paz estará  con vosotros” (FLP. 4, 4-9).

“Hijo mío, está atento a mis palabras;

Inclina tu oído a mis razones.

No se aparten de tus ojos;

Guárdalas en medio de tu corazón;

Porque son vida a los que las hallan,

Y medicina a todo su cuerpo.

Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón;

Porque de él mana la vida.

Aparta de ti la perversidad de la boca,

Y aleja de ti la iniquidad de los labios.

Tus ojos miren lo recto,

Y diríjanse tus párpados hacia lo que tienes delante.

Examina la senda de tus pies,

Y todos tus caminos sean rectos.

No te desvíes a la derecha ni a la izquierda;

Aparta tu pie del mal” (PR. 4, 20-27).

   “Pero teniendo aquel espíritu de fe conforme a lo que está escrito: =Creí, por eso hablé,= también nosotros creemos, y por eso hablamos, sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también nos resucitará con Jesús y nos presentará ante él juntamente con vosotros. Y todo esto, para vuestro bien a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria de Dios. Por eso no desfallecemos. Aun cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando de día en día. En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna, a cuantos no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas” (2 COR. 4, 13-18).

   A pesar de que las cosas visibles son pasajeras y de que nos es prácticamente imposible el hecho de vivir sin algunas de ellas, no hemos de olvidar la instrucción que estamos recibiendo de nuestro Padre común, pues la misma nos ayuda a soportar la adversidad característica de nuestra vida:

“Confía en Jehová, y haz el bien;

Y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad.

Deléitate asimismo en Jehová,

Y él te concederá las peticiones de tu corazón.

Encomienda a Jehová tu camino,

Y confía en él; y él hará.

Exhibirá tu justicia como la luz,

Y tu derecho como el mediodía” (SAL. 37, 3-6).

   Si aún seguimos pensando que no comprendemos la razón por la que somos atribulados, leamos atentamente las siguientes palabras de Santiago:

   “Si alguno de vosotros anda escaso de sabiduría, pídasela a Dios, que reparte a todos con largueza y sin echarlo en cara, y él se la dará. Pero debe pedirla confiadamente, sin dudar, pues quien duda se parece a las olas del mar, que van y vienen movidas por el viento. Nada puede esperar de Dios un hombre así, indeciso e inconstante en todo cuanto emprende” (ST. 1, 5-8).

   Con respecto a la indecisión, recordemos la vocación del Profeta Jeremías:

“Vino, pues, palabra de Jehová a mí, diciendo: Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones. Y yo dije: ¡Ah! ¡ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño. Y me dijo Jehová: No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande. No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová. Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí he puesto mis palabras en tu boca. Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar” (JER. 1, 4-10).

   “Tú, pues, ciñe tus lomos, levántate, y háblales todo cuanto te mande; no temas delante de ellos, para que no te haga yo quebrantar delante de ellos. Porque he aquí que yo te he puesto en este día como ciudad fortificada, como columna de hierro, y como muro de bronce contra toda esta tierra, contra los reyes de Judá, sus príncipes, sus sacerdotes, y el pueblo de la tierra. Y pelearán contra ti, pero no te vencerán; porque yo estoy contigo, dice Jehová, para librarte” (JER. 1, 17-19).

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Padre común que, de la misma forma que fortaleció a Jeremías para que lo sirviera en sus hermanos de raza, que nos ayude a vencer nuestras dificultades.