XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Autor: José Portillo Pérez   

 

 

 La importancia de la fe. 

   Según el diccionario de la R. A. E., la Filosofía es el "conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano".

   De la misma manera que se ha elaborado la citada definición gracias a los muchos estudios relacionados con la Filosofía que se han llevado a cabo a lo largo de la Historia, los cristianos consideramos válida la siguiente definición de la primera de las virtudes teologales que escribió el autor de la Carta a los Hebreos: "Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve" (HEB. 11, 1. Biblia RVA. del año 1960).

   En la versión del Nuevo Testamento de la editorial de Pamplona la Casa de la Biblia, aparece el citado versículo neotestamentario en los siguientes términos: "Por la fe vivimos convencidos de que existen los bienes que esperamos y estamos ciertos de las realidades que no vemos".

   Según la citada definición de la fe del autor bíblico de la Epístola a los Hebreos, la fe es:

   1. La certeza del cumplimiento de las promesas de Dios referentes a la completa instauración de su Reino en el mundo que esperamos.

   2. Tener fe para nosotros, significa que creemos en las cosas que no vemos, porque Dios nos ha prometido hacernos felices cuando concluya la instauración de su Reino en el mundo, a pesar de que actualmente tenemos dificultades de diversa índole, de las cuales podremos superar algunas, aunque tendremos que vivir con otras durante los años que se prolongue nuestra vida.

   Si tenemos en cuenta el hecho de que en nuestro estado actual es completamente imposible para nosotros el hecho de alcanzar la máxima perfección, ¿por qué nos empeñamos en vivir de una esperanza que solo podemos considerar cierta si decidimos creer en Dios?

   San Pablo responde la pregunta que nos hemos planteado en los siguientes términos: "Considero, por lo demás, que los sufrimientos presentes no tienen comparación con la gloria que un día se nos desvelará. La creación misma espera con impaciencia que Dios descorra el velo de la gloria de sus hijos. Condenada al fracaso, no porque ella lo quisiera, sino porque Dios así lo dispuso, la creación abriga la esperanza de compartir, libre de toda corrupción, la espléndida libertad de los hijos de Dios" (ROM. 8, 18-21).

   ¿Por qué ha permitido Dios que la creación haya sido sometida al fracaso?

   ¿No es absurdo el hecho de que Dios se haya molestado en crear el mundo para posteriormente destruirlo?

   Una de las primeras enseñanzas que se les imparten a los niños que se preparan a comulgar por primera vez, consiste en que los mismos aprendan a creer que nuestro Padre común nos creó para que fuéramos plenamente felices viviendo en su presencia, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, comunicándonos con El a través de la oración, y sirviéndolo en nuestros prójimos los hombres, cubriendo, en conformidad con nuestras posibilidades, las carencias de los mismos. La historia gráfica del pecado original que aparece en el capítulo tres del Génesis, nos enseña que los hombres tomaron la decisión de vivir al margen de Dios, muy a pesar de que por sus propios medios podían llegar a la conclusión de que nuestro Criador existe, por lo cuál, al ser seres imperfectos, sometieron a la creación al fracaso del que San Pablo se hizo eco en el texto de su Carta a los Romanos que recordamos anteriormente.

   ¿Por qué permitió Dios que la creación fuera sumida en el fracaso por los hombres?

   Dios es tan culpable como lo son los hombres de que el mundo esté estrechamente marcado por el mal, pero, a pesar de ello, si nuestro Padre común hubiera evitado la aparición del mal en la tierra, hubiera impedido que los hombres hubiéramos actuado según el beneplácito de nuestra voluntad, por lo cuál, al privarnos de la libertad que nos concedió, podríamos acusarle de habernos tratado de la misma forma que un líder sectario se somete a sus adeptos, con el fin de explotar a los mismos en su propio beneficio.

   Consideremos los siguientes versículos de la Carta a los Hebreos, ya que los mismos nos hacen conscientes de la importancia que tiene la fe para nosotros:

   "Cristo en cambio, como Hijo que es, está al frente de la casa de Dios. Una casa que somos nosotros, mientras mantengamos esa esperanza confiada y alegre" (HEB. 3, 6).

   El autor del citado texto nos dice que nuestros corazones son los templos, las iglesias o los hogares de Dios, mientras vivamos bajo la alegría característica de la seguridad que nos proporciona nuestra esperanza cristiana.

   "Sólo quisiera pediros una cosa: que no deis tregua a vuestro empeño hasta que la esperanza se convierta por fin en realidad. Y no seáis perezosos; antes bien, imitad a quienes, mediante la fe y la constancia, están en vías de heredar lo que Dios ha prometido" (HEB. 6, 11-12).

   ¿Por qué nos dice el autor de la Carta los Hebreos que mantengamos el empeño de vivir como hijos ejemplares de Dios?

   Aunque no sabemos cuándo acontecerá la instauración completa del Reino de Dios entre nosotros, no hemos de olvidar que Dios cumplirá sus promesas, así pues, prestémosle atención a las palabras de Jesús: "Estoy a punto de llegar. Conserva, pues, lo que tienes, para que nadie te arrebate la corona" (AP. 3, 11).

   "Por el amor de Dios os lo pido, hermanos: presentaos a vosotros mismos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios. Ese ha de ser vuestro auténtico culto. No os amoldéis a los criterios de este mundo. Dejaos transformar; renovad vuestro interior de tal manera, que sepáis apreciar lo que Dios quiere, es  decir, lo bueno, lo que le es agradable, lo perfecto" (ROM. 12, 1-2).

   De la misma forma que los judíos le ofrecían a Dios en el pasado sacrificios para pedirle que les concediera lo que necesitaban para vivir, San Pablo nos insta a que actuemos como verdaderos hijos de nuestro Padre común, no para sobornarlo, sino porque, según reza el refrán español: "Es de bien nacidos el ser agradecidos". En lo que a nosotros respecta, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, atendiendo nuestras necesidades, las carencias de nuestros familiares y a los necesitados del mundo en conformidad con nuestras posibilidades actuales, sin percatarnos de ello, nos aplicaremos las palabras del Mesías: "Vosotros, antes que nada, buscad el reino de Dios y todo lo justo y bueno que hay en él, y Dios os dará, además, todas esas cosas" (MT. 6, 33).

   Analicemos lentamente un texto que recordamos en la meditación de la semana anterior:

"Dos cosas te he demandado;

No me las niegues antes que muera:

Vanidad y palabra mentirosa aparta de mí;

No me des pobreza ni riquezas;

Mantenme del pan necesario;

No sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová?

O que siendo pobre, hurte,

Y blasfeme el nombre de mi Dios" (PR. 30, 7-9).

   ¿Por qué le pidió el autor de los Proverbios a Dios que lo apartara de la vanidad?

   Aunque las riquezas y las comodidades nos pueden facilitar la vida, el hecho de no tener la experiencia de la pobreza, puede ensoberbecernos, y, por lo tanto, impedir que tengamos la humildad que Dios requiere de nosotros, con el fin de que podamos emular su Santidad.

   ¿Por qué es necesario que nos abstengamos de mentir?

   La verdad referente a nuestro Dios es nuestra verdad, así pues, aunque es muy difícil evitar el hecho de mentir, hemos de intentar ser cada día mejores personas cristianas, pues San Pablo nos dice: "Así que desterrad la mentira. Sea cada uno sincero con su prójimo, ya que todos somos miembros de un mismo cuerpo (el Cuerpo Místico de cristo, es decir, la Iglesia)" (EF. 4, 25).

   ¿Por qué es necesario que tengamos una buena imagen de cristianos ejemplares quienes nos tomamos en serio el deber de predicar el Evangelio?

   San Pablo le escribió las siguientes palabras al Obispo Timoteo: "Te escribo estas cosas con la esperanza de ir a verte pronto; aunque es posible que me retrase. De ser así, podrás saber por esta carta cómo debes comportarte en la casa de Dios, es decir, en la iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad" (1 TIM. 3, 14-15).

   Al ser miembros de la Iglesia, y al mostrarnos ante el mundo como cristianos, es necesario que nos abstengamos de pecar, porque, si hacemos el mal a los ojos de Dios, los no creyentes, y aquellos cristianos que no saben aún si han de vivir inspirados por su débil fe, al contemplar nuestras obras inocuas, acusarán a todos los hijos de la Iglesia como si los mismos fueran malvados, independientemente de que estos sean religiosos o seglares, de manera que impediremos el hecho de que aumente el número de nuestros hermanos de fe.

   San Pablo nos da a conocer con pocas palabras el principal contenido de nuestra fe: "Grande es, sin lugar a dudas, el misterio de nuestra religión: Cristo vino al mundo como ser mortal, el Espíritu dio testimonio de él, los ángeles le contemplaron, fue anunciado a las naciones, en el mundo le creyeron, Dios le recibió en su gloria" (1 TIM. 3, 16).

   Tener fe, no sólo significa para nosotros que hemos de esperar que se lleven a cabo las realidades que no vemos, pues también significa que hemos de ejercitar la citada virtud teologal en nuestra vida ordinaria, y que hemos de dar a conocer nuestra esperanza, con el fin de que el mayor número de personas posible se sienta acepto por nuestro Padre común, y comparta nuestra seguridad referente al cumplimiento de las promesas divinas que esperamos.

   Santiago nos dice en su Epístola: "¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, alardear de fe, si carece de obras? ¿Podrá salvarle esa fe? Imaginad el caso de un hermano o una hermana que andan mal vestidos y   faltos del sustento diario. Si acuden a vosotros y les decís: "Dios os ampare, hermanos; que encontréis con qué abrigaros y quitar el hambre", pero no les dais nada para remediar su necesidad corporal, ¿de qué les servirán vuestras palabras? Así es la fe: si no produce obras, está muerta en su raíz. Se puede también razonar de esta manera: tú dices que tienes fe; yo, en   cambio, tengo obras. Pues a ver si eres capaz de mostrar tu fe sin obras,    que yo, por mi parte, mediante mis obras te mostraré mi fe" (ST. 2, 14-18).

   Aunque seremos salvos porque Dios nos ama, y ello no dependerá de nuestra observación de los Mandamientos de la Ley, si tenemos fe, es imposible el hecho de que evitemos cumplir los Mandamientos de la Ley, pues el Salmista escribió:

"La ley del Señor es perfecta, devuelve el respiro,

el precepto del Señor es fiel, instruye al ignorante,

los mandatos del Señor son rectos, alegran el corazón,

la norma del Señor es límpida, da luz a los ojos,

el temor de Dios es puro, eternamente estable,

los mandamientos del Señor son genuinos, justos sin excepción" (SAL. 19, 8-10).

   San Pablo nos dice con respecto a la seguridad que significan la fe y nuestro conocimiento de la Palabra de Dios: “Lo que dice la Escritura es esto: La palabra está muy cerca de ti. Está  en tus labios y en tu propio corazón. Y se trata del mensaje de fe que nosotros anunciamos” (ROM. 10, 8).

   ¿Cómo podemos saber con exactitud que conocemos la Palabra de Dios?

   Aunque no podemos demostrar científicamente la existencia de Dios, si estudiamos su Palabra, y al predicarla constatamos que nuestro conocimiento de nuestro Padre celestial aumenta, sin que incrementemos el número de horas que le dedicamos a nuestra instrucción personal, tendremos la prueba que necesitamos para creer que el Espíritu Santo aumenta nuestra sabiduría, con el fin de que podamos evangelizar a quienes desconocen a Dios.

   “Si, pues, tus labios proclaman que Jesús es el Señor y crees de corazón  que Dios le hizo surgir triunfante de la muerte, serás salvado. Porque se precisa la fe interior del corazón para que Dios restablezca  en su amistad, y la pública proclamación de esa fe para obtener la  salvación” (ROM. 10, 9-10).

   Si la Biblia no se puede contradecir, y los Santos Pablo y Silas le dijeron a su carcelero: “-Cree en Jesús, el Señor, y tú y tu familia alcanzaréis la salvación-“ (CF. HCH. 16. 31), ¿en qué sentido afirma el citado Apóstol que necesitamos tener fe para alcanzar la salvación?

   A través de la fe conocemos a Dios, así pues, gracias a esta virtud teologal, podemos aceptar el hecho de que Dios existe verdaderamente. Si tenemos fe verdadera, y sentimos la vocación de predicar, es imposible que nos abstengamos de ello, aunque no se nos comprenda en el ambiente en que proclamamos la Palabra de Dios. A este respecto, los predicadores debemos tener en cuenta las palabras que Dios le dijo al Profeta Jeremías: “Si te convirtieres, yo te restauraré, y delante de mí estarás; y si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca. Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos” (CF. JER. 15, 19).

   Dios le dijo a su Profeta:

1. Conviértete a mí.

   2. A cambio de tu conversión a mí, te salvaré. Camina en mi presencia, es decir, cumple puntualmente mi voluntad, en conformidad con tus posibilidades.

   3. “Saca lo precioso de lo vil”, es decir, saca buenas conclusiones de tus experiencias, aunque algunas de las mismas sean contrarias a tu voluntad.

   4. No permitas que la gente te haga perder la fe, pues debes ser tú la luz de quienes se dejen instruir por ti.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a nuestro Padre común que nos aumente la fe, con el fin de que nos adaptemos al cumplimiento de su voluntad, y así podamos alcanzar la santidad, así pues, resumamos la interpretación de PR. 30, 7-9:

   Dios y Padre nuestro: Antes de que nos sorprenda la muerte,

   apártanos del inocuo deseo de vanidades,

   no permitas que mintamos,

   afiánzanos en tu verdad,

   no permitas que tengamos muchas riquezas para que nos ensoberbezcamos,

   y no permitas tampoco que seamos excesivamente pobres, para que el miedo a no soportar las carencias nos incite a hurtar, pues no queremos incumplir ni el menos importante de los preceptos de tu Ley. Amén.