XXV Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Autor: José Portillo Pérez   

 

 

Sirvamos a nuestros prójimos con amor y humildad. 

   "Se levantó un legista, y dijo para ponerle a prueba:

«Maestro, ¿que he de hacer para tener en herencia vida eterna?"

El le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?"

Respondió: =«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda  tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.»=

Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás."

Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?»

Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le  llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva."

¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?"

El dijo: «El que practicó la misericordia con él.» Díjole

Jesús: «Vete y haz tú lo mismo."" (LC. 10, 22-37).

   Como es sabido, en tiempos de Jesús, los israelitas odiaban a los samaritanos, ya que los mismos no vivían el Judaísmo de la forma que ellos lo hacían y por tanto deseaban que también lo hicieran los habitantes de Samaria, con tal de que ellos los consideraran judíos piadosos. Jesús supo muy bien lo que hizo al hacer que un samaritano fuera el ejemplo a imitar de la parábola con la que le explicó a un intérprete de la Ley religiosa de Israel cómo podemos demostrar que nuestros hermanos los hombres son nuestros prójimos, así pues, creo que no somos pocos los que estamos cansados de ver ejemplos de discriminación totalmente injustos entre creyentes en Dios, es decir, entre gente que, al tener la Biblia, -el libro que mejor nos puede enseñar a amarnos unos a otros como verdaderos hermanos e hijos de un mismo Padre-, creen que son verdaderos ejemplos a seguir, no porque aman a sus prójimos, sino porque se adhieren a unas prácticas que convierten en costumbres ineludibles.

   Os he dado a entender en algunas ocasiones que, aunque soy católico, mantengo contacto con hermanos cristianos separados de la Iglesia Católica. Aún no dejo de asombrarme cuando recuerdo a algunos cristianos que conozco los cuales afirman que la humildad no consiste en el hecho de que reconozcamos nuestras limitaciones y actuemos consecuentemente con la realidad que vivimos, sino en vestir lujosamente y en aparentar que el derecho de tener un alto status social se tiene porque el mismo es un premio que Dios les concede a sus hijos más aptos para ser imitados como verdaderos ejemplos de fe, olvidando que, salvo casos excepcionales, los pobres instruidos en el conocimiento de la Palabra de Dios, son mejores ejemplos a imitar que quienes viven apegados a sus bienes materiales, y siempre están pensando constantemente que tienen miedo a perder los mismos, pues creen que serían incapaces de soportar la pobreza.

   Jesús nos dice en la parábola sobre la que estamos meditando que un sacerdote y un levita vieron a la víctima de los salteadores malherida, y que pasaron de largo, así pues, el precepto religioso de no contaminarse al contactar con un muerto, les sirvió a ambos para ahorrarse la molestia de auxiliar a aquél pobre hombre. Yo sé que los preceptos religiosos existen para ser cumplidos, pero, en ciertos casos, más que la observancia sectaria de los mismos, se requiere de nosotros la capacidad para discernir lo que se ha de hacer en una situación determinada.

   Recuerdo el caso de una chica que quería estudiar Psicología, pero sus padres, argumentando que "no merece la pena estar con locos", querían que aquella adolescente estudiara Magisterio. Si aquella chica estudiaba la carrera que le gustaba, contradecía a sus padres incumpliendo el cuarto Mandamiento de la Ley de Dios, pero, si estudiaba Magisterio, incumplía el quinto Mandamiento del Código legal divino, rechazando a personas a las que pocos se ofrecen a amar, dado que muchas veces le tenemos miedo a lo que desconocemos y lo rechazamos para no complicarnos la vida, o, simplemente, para no tener molestias.

   La citada joven tomó la decisión de estudiar Psicología para disgusto de sus padres, y, actualmente, tiene el orgullo de haber ayudado a muchas personas a resolver sus problemas mentales.

   Anteriormente os dije que Jesús supo muy bien lo que hacía al hacer protagonista de su parábola a un samaritano, es decir, a una persona que no se podía considerar que era cumplidora fiel de los preceptos divinos, simplemente, porque habitaba en Samaria, la antigua capital del Reino de Israel. Recuerdo a una señora que, cuando yo era niño y me preparaba a recibir por vez primera a Jesús Sacramentado, no faltaba ni un solo Domingo a Misa, y controlaba a todos los adultos que asistían a la celebración eucarística. Cada semana que alguna de las personas que solía asistir al Templo faltaba, decía hablando en voz alta para sí: "Qué poca vergüenza tiene fulano. ¿Cómo puede darle más importancia a otra cosa que a la misa?". En vez de hacer ese comentario, aquella señora tenía que haberse planteado la posibilidad de formarse en el conocimiento de la Palabra de Dios y de los documentos publicados por la Iglesia, con el fin de aumentar el número de los hijos de la misma, por más cómodo que le resultara criticar a quienes faltaban un sólo Domingo al Templo.

   San Pablo escribió en su primera Carta a los Corintios: "Insisten algunos en que "todo está permitido". Sí, pero no todo es   conveniente. Y aunque "todo esté permitido", no todo ayuda al provecho  espiritual de los demás. Nadie, pues, busque su propio interés, sino el del prójimo" (1 COR. 10, 23-24).

   Ateniéndome a las palabras del citado Apóstol, obtengo las siguientes conclusiones:

   1. Como habitante de un país aconfesional que soy, siempre que no incumpla la Ley civil, puedo hacer todo lo que quiera.

   2. Si soy cristiano, debo abstenerme de hacer cosas que hagan que mis prójimos los hombres se perjudiquen espiritualmente. Si casualmente como con un cristiano que mantiene la creencia del hecho de que comer morcilla es pecaminoso, y al verme comer a mí ese alimento le hago dudar y su duda le hace debilitarse espiritualmente, me aplicaré las palabras de San Pablo: "Por eso, si el hecho de tomar yo cierto alimento va a ser ocasión de  pecado para mi hermano, jamás tomaré ese alimento, para no poner a mi hermano en peligro de pecado" (1 COR. 8, 13).

   San Pablo nos ha dicho que busquemos el interés de nuestros prójimos antes que el nuestro, pero, ¿hasta qué punto debemos aplicarnos las palabras del Apóstol de las gentes? Cuando yo trabajaba, aunque hacía lo posible en el tiempo que podía escribir mis textos y chatear con vosotros para cumplir lo que creo que es parte de mi deber cristiano, tenía que priorizar mi actividad laboral anteponiéndola a la predicación, porque, mientras que el hecho de trabajar me permitía percibir el dinero que necesitaba para vivir y mantener mi relación matrimonial, el hecho de predicar, aunque era -y lo sigue siendo- muy satisfactorio, no me ayudaba, sino que, al contrario, me producía gastos, así pues, no podéis imaginaros la cantidad de miles de euros que tuve que gastar para aprender algo de Informática y para poder mantenerme activo en Internet.

   En este caso ocurre lo mismo que le sucedió a la estudiante de la cual os hablé anteriormente. Podemos renunciar a ciertas diversiones y a pocas cosas más para favorecer a nuestros prójimos, pero, de la misma forma que tenemos que cubrir nuestras necesidades, tenemos que estar pendientes a cubrir las carencias de quienes viven bajo nuestro techo, pues no en vano, San Pablo le escribió al Obispo Timoteo: "Pues quien no mira por los suyos, especialmente por los de su casa, ha renegado de la fe y es peor que los infieles" (1 TIM. 5, 8).

   La primera Carta a Timoteo, fue escrita por San Pablo en Macedonia, entre los años 61 y 64 de nuestra era cristiana. San Pablo escribió que el que no cuida de sus familiares es peor que los infieles, lo cuál no significa que los cristianos rechazamos a quienes no aceptan nuestra fe, sino que en aquel tiempo los cristianos eran perseguidos por quienes no compartían su fe, lo cuál justificaba las palabras paulinas anteriormente mencionadas.

   San Pablo les escribió a los Corintios en la segunda Carta que les envió, en referencia a la colecta que hizo en favor de los cristianos de Jerusalén: “Y del mismo modo que sobresalís en todo: en fe, en palabra, en ciencia, en todo interés y en la caridad que os hemos comunicado, sobresalid también en esta generosidad” (2 COR. 8, 7).

   Si somos cristianos, de la misma manera que tenemos fe y algunos vivimos intentando cumplir la Ley del Señor en conformidad con las posibilidades que tenemos para adaptarnos a lo que nos pide nuestro Padre común, también podemos ayudar a nuestros prójimos a cubrir sus necesidades espirituales y materiales.

   “Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza” (2 COR. 8, 9).

   ¿Hasta qué punto hemos de considerar los intereses de nuestros prójimos los hombres como superiores a los nuestros?

   “Pues si hay prontitud de voluntad es bien acogida con lo que se tenga, y no importa si nada se tiene. No que paséis apuros para que otros tengan abundancia, sino con igualdad” (2 COR. 8, 12-13).

“Cada cual dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, pues: =Dios ama al que da con alegría.= Y poderoso es Dios para colmaros de toda gracia a fin de que teniendo, siempre y en todo, todo lo necesario, tengáis  aún sobrante para toda obra buena” (2 COR. 9, 7-8).

   Aunque no todos los asistentes a las celebraciones eucarísticas de los templos a los que vamos todos los Domingos nos conocemos, o en el caso de conocernos no mantenemos relaciones familiares con los mismos, hemos de buscar en la Biblia razones que justifiquen los hechos de ayudar y de ser ayudados que no hemos de olvidar.

   ¿Nos sentimos presionados por causa de los problemas que a corto o largo plazo caracterizan nuestra vida?

   ¿Sufrimos por causa de nuestras enfermedades?

   ¿Nos sentimos desgraciados por causa de nuestros problemas matrimoniales o de las dificultades que caracterizan las relaciones que mantenemos con nuestros hijos?

   Jesús nos dice a quienes padecemos por cualquier situación: “¡Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso! ¡Poned mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón! Así encontraréis descanso para vuestro espíritu, porque mi yugo es fácil de llevar, y mi carga, ligera” (MT. 11, 28-30).

   Fijémonos que Jesús nos ofrece su consuelo divino en el caso de que suframos, pero también nos insta a que carguemos nuestra cruz al mismo tiempo que nos hacemos eco de los problemas de nuestros prójimos los hombres, ya que todos somos hijos de un mismo Padre.

   ¿Qué aprenderemos si actuamos como verdaderos hijos de la Iglesia?

   San Pablo nos dice: “Te escribo estas cosas con la esperanza de ir a verte pronto; aunque es posible que me retrase. De ser así, podrás saber por esta carta cómo debes comportarte en la casa de Dios, es decir, en la iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad. Grande es, sin lugar a dudas, el misterio de nuestra religión: Cristo vino al mundo como ser mortal, el Espíritu dio testimonio de él, los ángeles le contemplaron, fue anunciado a las naciones, en el mundo le creyeron, Dios le recibió en su gloria” (1 TIM. 3, 14-16).

   En la Iglesia, aparte de conocer a Cristo, aprenderemos a imitar a Dios, en conformidad con nuestras posibilidades: “Sois hijos amados de Dios. Procurad pareceros a él y haced del amor norma de vuestra vida, pues también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio que Dios recibe con agrado” (EF. 5, 1-2).

   San Pedro nos anima para que no perdamos la fe, al decirnos: “Pero vosotros sois "raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo de su posesión", destinado a cantar las grandezas del Dios que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa” (2 PE. 2, 9).

   San Pablo nos ofrece su testimonio de cómo el amor de los Corintios que le fue manifestado a través de Tito, le ayudó a soportar su sufrimiento: “Tengo plena confianza en hablaros; estoy muy orgulloso de vosotros. Estoy lleno de consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones. Efectivamente, en llegando a Macedonia, no tuvo sosiego nuestra carne, sino, toda suerte de tribulaciones: por  fuera, luchas; por dentro, temores. Pero el Dios que consuela a los humillados, nos consoló con la llegada de Tito, y no sólo con su llegada, sino también con el consuelo que le habíais proporcionado, comunicándonos vuestra añoranza, vuestro pesar, vuestro celo por mí hasta el punto de colmarme de alegría” (2 COR. 7, 4-7).

   Si nos formamos convenientemente en el conocimiento de nuestra fe, a través de la Biblia, los escritos de la Iglesia y los predicadores de la misma, el hecho de ser cristianos, y de formar parte de la familia de Dios, nos proporcionará una gran seguridad, según palabras del Salmista:

“Una cosa he pedido a Yahveh,

una cosa estoy buscando:

morar en la Casa de Yahveh,

todos los días de mi vida,

para gustar la dulzura de Yahveh

y cuidar de su Templo.

Que él me dará cobijo en su cabaña

en día de desdicha;

me esconderá en lo oculto de su tienda,

sobre una roca me levantará” (SAL. 27, 4-5).

   El Salmista llamó a Dios “mi camarada, mi amigo, mi confidente” (SAL. 55, 14).

   San Pablo nos insta a que nos relacionemos como hermanos, ya sea presencialmente en la Iglesia, en nuestro medio social o a través de Internet o de otros medios de comunicación, pues es preciso que nos animemos a no perder la fe, y que nos consolemos cuando necesitemos una palabra de ánimo y un abrazo sincero: “El mismo Dios, a quien sirvo de todo corazón anunciando el mensaje salvador de su Hijo, puede garantizar que en todo instante os llevo en el pensamiento. Una y otra vez insto a Dios en mis oraciones, a ver si por fin quiere proporcionarme una buena ocasión para ir a visitaros. ¿Hará falta que os diga cuántas ganas tengo de veros, y poder así comunicaros algún bien espiritual que os fortalezca? Aunque en realidad se trataría de animarnos mutuamente con esa fe de la  que tanto vosotros como yo participamos” (ROM. 1, 9-12).

   “No nos cansemos de hacer el bien, que, si no desfallecemos, a su tiempo recogeremos una magnífica cosecha. En una palabra, aprovechemos cualquier oportunidad para hacer el bien a todos, y especialmente a los hermanos en la fe” (GAL. 6, 9-10).

   Entiendo que no hemos de beneficiar a un cristiano antes que a un no creyente, sino que favorecemos con más prontitud de ánimo a aquellos con los que nos relacionamos, especialmente si nos han favorecido en alguna ocasión.

   Nuestra instrucción bíblica conducida por la Iglesia, nos hará amarnos unos a otros, según se deduce del capítulo 12 de la Carta de San Pablo a los Romanos:

   “Por el amor de Dios os lo pido, hermanos: presentaos a vosotros mismos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios. Ese ha de ser vuestro auténtico culto. No os amoldéis a los criterios de este mundo. Dejaos transformar; renovad vuestro interior de tal manera, que sepáis apreciar lo que Dios quiere, es  decir, lo bueno, lo que le es agradable, lo perfecto. La tarea que Dios me ha confiado en su bondad me autoriza también a advertir a todos y a cada uno de vosotros: que a nadie se le suban los humos a la cabeza; que cada uno se estime en lo justo, conforme al grado de fe que Dios le ha concedido. Ahí está, como ejemplo, nuestro cuerpo, que consta de muchos miembros, y  cada uno de ellos tiene su cometido específico. De manera semejante, nosotros, siendo muchos, estamos injertados en Cristo para formar un solo cuerpo, y cada uno es un miembro al servicio de los demás. Diferentes son, sin embargo, los dones que tenemos, conforme al reparto  que Dios ha hecho libremente entre nosotros. A quien haya concedido hablar  en su nombre, hágalo sin apartarse de la fe. Si de servir se trata, sirvamos con solicitud; si de enseñar, apliquémonos a enseñar. Exhorte quien posea el don de exhortar; reparta con generosidad quien tenga encomendada esa tarea. El que presida, hágalo con celo; el que ayude a los necesitados, con alegría. No hagáis de vuestro amor una comedia. Aborreced el mal y abrazaos al bien. Amaos de corazón unos a otros como hermanos y que cada uno aprecie a los demás más que a sí mismo. Sed diligentes en el trabajo, espiritualmente dispuestos, prontos para  el servicio del Señor. Que la esperanza os mantenga alegres, las dificultades no os hagan perder el ánimo y la oración no cese en vuestros labios. Solidarizaos con las necesidades de los creyentes; practicad la hospitalidad; bendecid a los que os persiguen y no maldigáis jamás. Reíd con los que están alegres y llorad con los que lloran. Vivid en plena armonía unos con otros. No ambicionéis grandezas, antes  bien poneos al nivel de los humildes. Y no presumáis de suficiencia. A nadie devolváis mal por mal. Esforzaos en hacer el bien delante de todos los hombres. En cuanto de vosotros depende, haced lo posible por vivir en paz con todo el mundo. Y no os toméis la justicia por vuestra mano, queridos míos; dejad que sea Dios quien determine el castigo, pues el Señor dice en la Escritura: A mí corresponde castigar; yo daré a cada cual su merecido. Como también dice: Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene  sed, dale de beber. Así harás que su cara enrojezca de vergüenza. No permitáis que os venza el mal, antes venced el mal a fuerza de Bien” (ROM. 12, 1-21).

   “En fin, compartid todo vuestro pensar y vuestro sentir animados con afecto fraternal, de ternura y de humildad. No devolváis mal por mal, ni insulto por insulto. Al contrario, bendecid,  pues habéis sido llamados a heredar una bendición. En efecto, Quien desea amar la vida y conocer días felices, debe guardar  su lengua del mal, y sus labios de la falsedad. Debe apartarse del mal y practicar el bien, debe buscar la paz, correr  tras ella. Pues los ojos del Señor velan sobre los buenos, y sus oídos atienden a  sus ruegos. En cambio, el Señor hace frente a quienes practican el mal” (1 PE. 3, 8-12).

   “Sed humildes, amables, comprensivos. Soportaos unos a otros con amor. No ahorréis esfuerzos para consolidar, con ataduras de paz, la unidad, que es fruto del Espíritu” (EF. 4, 2-3).

   Es bueno que tengamos ciertas costumbres como la de asistir a las celebraciones eucarísticas dominicales, pero, seremos mejores cristianos, si nos aplicamos las palabras de Santiago el Menor: “He aquí la religiosidad auténtica e intachable a los ojos de Dios Padre:  asistir a los débiles y desvalidos en sus dificultades y mantenerse incontamido del mundo” (ST. 1, 27).

   Si nos integramos en la Iglesia de manera que actuamos como hijos de la misma, tanto en los templos, como en nuestro ambiente social o en los medios de comunicación que estén a nuestro alcance, nos percataremos de que la Iglesia es nuestra familia, pues Jesús les dijo a sus Apóstoles, respondiendo la cuestión que Pedro le planteó, referente a la ganancia que les supondría el seguimiento constante del Mesías: “- Os aseguro que todo aquel que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o tierras por causa mía y del mensaje de salvación, recibirá en este mundo cien veces más en casas, hermanos, madres, hijos  y tierras, aunque todo ello sea con persecuciones, y en el mundo venidero recibirá la vida eterna” (MC. 10, 29-30).

   Aunque parece utópica la realidad que os estoy describiendo, es posible que podamos vivir inspirados por la misma, gracias a los religiosos y laicos que se aplican las palabras de nuestro Hermano, Dios y Señor: “Portaos como el criado fiel e inteligente a quien su amo pone al frente de la casa y le encarga que tenga la comida dispuesta a su hora para la servidumbre” (MT. 24, 45).

   Indudablemente, deberíamos aumentar nuestro esfuerzo para comprender y potenciar las actividades de quienes, sin necesidad de estar pendientes a la solución de los problemas de nadie, le dedican todo su tiempo o una parte del mismo a la Evangelización, por amor a Dios, y por amor a aquellos que desean que disfruten de su conocimiento, es decir, que sean alimentados espiritualmente con el Sacramento de la Eucaristía y la Palabra de Dios.

“A los que estáis al frente de las comunidades cristianas, yo, como corresponsable, testigo de la pasión de Cristo y partícipe ya de la gloria que ha de revelarse un día en plenitud, os exhorto a que no dejéis de apacentar el rebaño de Dios confiado a vuestro cargo. Velad sobre él, no a la fuerza o por una rastrera ganancia, sino gustosamente y con generosidad, como Dios quiere; no como dictadores, sino como modelos del rebaño. Y el día en que se manifieste el Pastor supremo recibiréis el premio imperecedero de la gloria” (1 PE. 5, 1-4).

   La Iglesia les ofrece ayuda espiritual a quienes la necesitan: “La oración hecha con fe sanará al enfermo; el Señor le restablecerá y le  serán perdonados los pecados que haya cometido” (ST. 5, 15).

   La Iglesia puede llevar  a cabo esta obra, porque Dios la inspira para que ello le sea posible: “Porque así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré. Como reconoce su rebaño el pastor el día que está en medio de sus ovejas esparcidas, así reconoceré mis ovejas, y las libraré de todos los lugares en que fueron esparcidas el día del nublado y de la oscuridad. Y yo las sacaré de los pueblos, y las juntaré de las tierras; las traeré a su propia tierra, y las apacentaré en los montes de Israel, por las riberas, y en todos los lugares habitados del país. En buenos pastos las apacentaré, y en los altos montes de Israel estará su aprisco; allí dormirán en buen redil, y en pastos suculentos serán apacentadas sobre los montes de Israel. Yo apacentaré mis ovejas, y yo les daré aprisco, dice Jehová el Señor. Yo buscaré la perdida, y haré volver al redil la descarriada; vendaré la perniquebrada, y fortaleceré la débil; mas a la engordada y a la fuerte (a quienes se aprovechan de la religión en su propio beneficio) destruiré; las apacentaré con justicia” (EZ. 34, 11-16).

   Quizá me diréis que nunca habéis visto en las iglesias a las que asistís la realidad que he tratado de describiros, pero os voy a responder contándoos una experiencia personal, que contiene un mensaje útil para todos nosotros.

   Cuando empecé a desear ser instruido en el conocimiento de nuestra fe, vivía en un pueblo pequeño, cuya Iglesia permanecía cerrada, porque estaba en muy mal estado. En aquel tiempo no existían las aplicaciones informáticas de que disponemos actualmente los  ciegos para trabajar con ordenadores, y la biblioteca para invidentes más cercana a mi vivienda estaba a 40KM aproximadamente de mi pueblo. A parte de que me era difícil desplazarme hasta la misma, dado que la literatura religiosa no está de moda, en aquella biblioteca apenas había libros con los que pudiera aumentar mi conocimiento de Dios.

   Cuando el Obispado reconstruyó la Iglesia de mi pueblo, y vi la escasa cantidad de personas que se interesaban por celebrar la Eucaristía, y mucho menos por ser instruidas en el conocimiento de nuestra fe, comprendí que, si no podía formar parte de una comunidad activa por falta de medios económicos, yo mismo tenía que ser esa comunidad, así pues, si actualmente pierdo la cuenta al contabilizar los miles de personas que semanalmente leen mis trabajos dominicales, no me ha sido muy fácil llegar a vosotros, pero he conseguido mi objetivo, porque Dios siempre ha estado conmigo.

   De igual manera, si creemos que podemos vivir en comunidad, hagamos el bien, porque, aunque no se nos reconozcan nuestros esfuerzos en algunas ocasiones, Dios nos ayudará a realizar nuestras aspiraciones con el paso del tiempo.

   Que nuestro Padre común os bendiga.