XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Autor: José Portillo Pérez   

 

 

7-15. La doctrina matrimonial de Jesús.

   7-15-1. Comentario del capítulo 7 de la primera Carta de San Pablo a los Corintios. 

   “Veamos ya lo que me preguntabais por escrito. Es indudablemente cosa de  alabar el que el hombre renuncie al matrimonio” (1 COR. 7, 1).

   En el tiempo en que San Pablo escribió la Carta que estamos meditando, concretamente, en el año 55 de nuestra era, mientras permanecía en Efeso, nuestro Santo creía que estaba a punto de acontecer el final de los tiempos, así pues, al pensar que el mundo se acabaría muy pronto, veía lógico el hecho de que tanto los hombres como las mujeres fuesen castos y se consagraran a Dios. Al sentir un gran fervor por la fe que profesaba, nuestro Santo valoraba más la vida de los religiosos que la vida de quienes se unían en matrimonio a sus cónyuges. A pesar de que los religiosos viven aislados, San Pablo pensaba que nos es preferible a todos permanecer solteros, con el fin de evitarnos los dolores de cabeza que puede producirnos el hecho de estar vinculados a unas personas con las que posiblemente podemos tener problemas de diversa índole.

   “Ante el peligro de la lujuria, sin embargo, que cada uno tenga su mujer, y cada mujer su marido” (1 COR. 7, 2).

   A pesar de que nuestro Santo tenía en gran estima la soledad que nos es necesaria para meditar la Palabra de Dios para que así podamos aumentar nuestra fe sin que los problemas familiares nos impidan dedicarnos constantemente a cultivar los valores cristianos, el citado Hagiógrafo bíblico, sabiendo que la Ley de Moisés prohibía la masturbación y el hecho de mantener relaciones sexuales fuera del Ámbito del matrimonio, y sabiendo también que a muchas personas les cuesta un gran esfuerzo el hecho de privarse de mantener dichas relaciones, pensaba que era adecuado que las mismas se vincularan en matrimonio, con el fin de que no transgredieran la Ley de Dios.

   “El marido debe cumplir su obligación conyugal con la mujer, y lo mismo la  mujer con el marido” (1 COR. 7, 3).

   Nuestro Santo fue interrogado por los cristianos de Corinto acerca de la posibilidad de que quienes estaban casados renunciaran al hecho de mantener relaciones maritales con el fin de vivir como religiosos. A pesar de que nuestro Santo prefería vivir siendo célibe que permanecer casado, comprendía perfectamente el significado del Sacramento sobre el que estamos meditando, por lo cuál les respondió a sus lectores:

   “Porque la mujer ya no es dueña de su propio cuerpo; lo es el marido. Como  tampoco el marido es dueño de su cuerpo; lo es la mujer” (1 COR. 7, 4).

   Nuestro Apóstol entendía que quienes estaban casados debían hacer lo posible para que ni ellos ni sus cónyuges pecaran, pues este es uno de los motivos por los que Dios instituyó la unión conyugal.

   ¿Puede un matrimonio, de común acuerdo, separarse un tiempo determinado para meditar la Palabra de Dios, o para poner sus ideas en orden?

   “No pongáis dificultades a vuestra mutua entrega, a no ser de común acuerdo y por cierto tiempo con el fin de dedicaros más intensamente a la oración. Pero luego debéis volver a la vida normal de matrimonio, no sea que, incapaces de guardar continencia, os arrastre Satanás al pecado. Esto os lo digo más en plan de concesión que de mandato” (1 COR. 7, 5-6).

   Vemos aquí un ejemplo de la humildad de un Apóstol que, pudiendo abusar de su poder que le fue otorgado por Cristo para manipular a sus lectores, les dejó claro a los mismos cuáles de sus consejos procedían de Dios y cuáles de sus meditaciones eran suyas propias, por lo cuál estas últimas no habían de ser consideradas como dogmáticas.

   Hace varios años viví unos ejercicios espirituales durante los que tuve la oportunidad de conocer a una mujer que se quejaba de que su marido era “un alocado”. Aquella señora se refugió en la lectura de la Biblia durante un fin de semana en que la vi llorar debido a la visión negativa de su soledad. Varios meses después de vivir aquellos intensos ejercicios espirituales, volví a encontrarme con mi amiga, la cuál me dijo que había resuelto todos sus problemas conyugales. A veces los problemas matrimoniales se solucionan mejor mediante la separación temporal de los cónyuges que discutiendo siempre y sin llegar a ningún acuerdo para resolver las diferencias cuya contemplación dificulta las relaciones entre los esposos.

   “Bien quisiera yo que todos los hombres imitasen mi ejemplo; pero cada uno  ha recibido de Dios su propio don: unos de un modo y otros de otro. Excelente cosa es -a los solteros y a las viudas se lo digo- que se  mantengan como yo. Pero, si son incapaces de dominarse, que se casen. Mejor es casarse que  dejarse abrasar por la pasión” (1 COR. 7, 7-9).

   De la misma manera que muchos de nuestros hermanos han sido capacitados para vivir como religiosos, la mayoría de los cristianos han sido capacitados para casarse y constituir familias. San Pablo advirtió a sus lectores –de la misma forma que también lo hace con los creyentes de nuestros días- para que se casaran antes de ceder a sus propias pasiones desordenadas.

   En el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos:

   “La lujuria es un deseo o un goce desordenados del placer venéreo. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión.

   Por la masturbación se ha de entender la excitación voluntaria de los órganos genitales a fin de obtener un placer venéreo. "Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado". "El uso deliberado de la facultad sexual fuera de las relaciones conyugales normales contradice a su finalidad, sea cual fuere el motivo que lo determine". Así, el goce sexual es buscado aquí al margen de "la relación sexual requerida por el orden moral; aquella relación que realiza el sentido íntegro de la mutua entrega y de la procreación humana en el contexto de un amor verdadero" (CDF, decl. "Persona humana" 9).

   Para emitir un juicio justo sobre la responsabilidad moral de los sujetos y para orientar la acción pastoral, ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores síquicos o sociales que pueden atenuar o tal vez reducir al mínimo la culpabilidad moral.

   (“Habló Jehová a Moisés y a Aarón, diciendo: Hablad a los hijos de Israel y decidles: Cualquier varón, cuando tuviere flujo de semen, será inmundo. Y esta será su inmundicia en su flujo: sea que su cuerpo destiló a causa de su flujo, o que deje de destilar a causa de su flujo, él será inmundo. Toda cama en que se acostare el que tuviere flujo, será inmunda; y toda cosa sobre que se sentare, inmunda será. Y cualquiera que tocare su cama lavará sus vestidos; se lavará también a sí mismo con agua, y será inmundo hasta la noche. Y el que se sentare sobre aquello en que se hubiere sentado el que tiene flujo, lavará sus vestidos, se lavará también a sí mismo con agua, y será inmundo hasta la noche. Asimismo el que tocare el cuerpo del que tiene flujo, lavará sus vestidos, y a sí mismo se lavará con agua, y será inmundo hasta la noche. Y si el que tiene flujo escupiere sobre el limpio, éste lavará sus vestidos, y después de haberse lavado con agua, será inmundo hasta la noche. Y toda montura sobre que cabalgare el que tuviere flujo será inmunda. Cualquiera que tocare cualquiera cosa que haya estado debajo de él, será inmundo hasta la noche; y el que la llevare, lavará sus vestidos, y después de lavarse con agua, será inmundo hasta la noche. Y todo aquel a quien tocare el que tiene flujo, y no lavare con agua sus manos, lavará sus vestidos, y a sí mismo se lavará con agua, y será inmundo hasta la noche. La vasija de barro que tocare el que tiene flujo será quebrada, y toda vasija de madera será lavada con agua. Cuando se hubiere limpiado de su flujo el que tiene flujo, contará siete días desde su purificación, y lavará sus vestidos, y lavará su cuerpo en aguas corrientes, y será limpio. Y el octavo día tomará dos tórtolas o dos palominos, y vendrá delante de Jehová a la puerta del tabernáculo de reunión, y los dará al sacerdote; y el sacerdote hará del uno ofrenda por el pecado, y del otro holocausto; y el sacerdote le purificará de su flujo delante de Jehová. Cuando el hombre tuviere emisión de semen, lavará en agua todo su cuerpo, y será inmundo hasta la noche. Y toda vestidura, o toda piel sobre la cual cayere la emisión del semen, se lavará con agua, y será inmunda hasta la noche. Y cuando un hombre yaciere con una mujer y tuviere emisión de semen (se trata de una relación de concubinato, de amistad o de noviazgo), ambos se lavarán con agua, y serán inmundos hasta la noche” (DT. 15, 1-18)).

   La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos así como a la generación y educación de los hijos. Además, es un escándalo grave cuando se da corrupción de menores.

   (“Por todas partes se comenta que uno de vosotros vive con su madrastra  como si fuera su mujer. Un caso así de lujuria (fornicación), ni aun entre los no    cristianos suele darse. Y vosotros seguís tan orondos, cuando deberíais vestir luto y no admitir en vuestra compañía a quien así está comportándose (excomunión). Por mi parte, aunque estoy corporalmente ausente, me considero presente  en espíritu como para poder tomar una decisión al respecto. Reunido, pues, en espíritu con vosotros, en el nombre y con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo he decidido dejar a ese individuo a merced de Satanás, a ver si, recibiendo un golpe de muerte su pecadora condición humana, su espíritu se salva en el día del Señor. ¡La cosa no es como para que os sintáis orgullosos! ¿No sabéis que un  poco de levadura hace fermentar toda la masa?” (1 COR. 5, 1-6)).

   (“Por lo demás, hermanos, tenemos algo que pediros y algo que exhortaros en nombre de Jesús, el Señor. Puesto que os enseñamos a comportaros de manera agradable a Dios, seguid comportándoos así, para que progreséis en ello lo más posible. Conocéis cuáles fueron las instrucciones que os dimos de parte de Jesús el Señor. Dios, en efecto, quiere que viváis como consagrados a él, y eso exige que os abstengáis de acciones deshonestas y que cada uno de vosotros sepa vivir con su mujer santa y decorosamente, sin que os arrastre la pasión, como arrastra a los no creyentes, a los que no conocen a Dios. Y que nadie en este asunto intente atropellar a su hermano o conculcar sus derechos; como ya recalcamos en su día, el Señor toma venganza de todas estas cosas. Pues no nos ha llamado Dios a una vida impura, sino a una vida propia de consagrados. Por eso, el que desprecia esta enseñanza, no desprecia simplemente a un hombre, sino a Dios, que es quien os da su santo Espíritu” (1 TES. 4, 1-8)).

   La pornografía consiste en dar a conocer actos sexuales, reales o simulados, fuera de la intimidad de los protagonistas, exhibiéndolos ante terceras personas de manera deliberada. Ofende la castidad porque desnaturaliza la finalidad del acto sexual. Atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes, público), pues cada uno viene a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de una ganancia ilícita. Introduce a unos y a otros en la ilusión de un mundo ficticio. Es una falta grave. Las autoridades civiles deben impedir la producción y la distribución de material pornográfico.

   La prostitución atenta contra la dignidad de la persona que se prostituye, reducida al placer venéreo que se saca de ella. El que paga peca gravemente contra sí mismo: quebranta la castidad a la que lo comprometió su bautismo y mancha su cuerpo, templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6, 15-20). La prostitución constituye una lacra social. Habitualmente afecta a las mujeres, pero también a los hombres, los niños y los adolescentes (en estos dos últimos casos el pecado entraña también un escándalo). Es siempre gravemente pecaminoso dedicarse a la prostitución, pero la miseria, el chantaje, y la presión social pueden atenuar la imputabilidad de la falta.

   La violación es forzar o agredir con violencia la intimidad sexual de una persona. Atenta contra la justicia y la caridad. La violación lesiona profundamente el derecho de cada uno al respeto, a la libertad, a la integridad física y moral. Produce un daño grave que puede marcar a la víctima para toda la vida. Es siempre un acto intrínsecamente malo. Más grave todavía es la violación cometida por parte de los padres (cf incesto) o de educadores con los niños que les están confiados” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2351-2356).

   “¿Ignoráis que vuestros cuerpos son miembros del cuerpo de Cristo? ¡No   quiero ni pensar que pueda tomarse un miembro de Cristo para convertirlo en  miembro de prostituta! Porque de sobra sabéis que unirse a una prostituta es hacerse con ella  como un solo cuerpo. La misma Escritura lo dice: Los dos vendrán a convertirse en un solo ser. Igualmente, unirse al Señor es hacerse una cosa con él en la esfera del Espíritu. Huid de la lujuria. Cualquier otro pecado que el hombre cometa queda  fuera del cuerpo, pero el pecado de la lujuria ofende al propio cuerpo. ¿No sabéis, en fin, que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que habéis recibido de Dios y habita en vosotros? Ya no sois los dueños de vosotros mismos. Dios ha pagado por vuestro rescate; glorificadle, pues, con vuestro cuerpo” (1 COR. 6, 15-20).

   (“Si hubiere una muchacha virgen desposada con alguno, y alguno la hallare en la ciudad, y se acostare con ella; entonces los sacaréis a ambos a la puerta de la ciudad, y los apedrearéis, y morirán; la joven porque no dio voces en la ciudad, y el hombre porque humilló a la mujer de su prójimo; así quitarás el mal de en medio de ti. Mas si un hombre hallare en el campo a la joven desposada, y la forzare aquel hombre, acostándose con ella, morirá solamente el hombre que se acostó con ella; mas a la joven no le harás nada; no hay en ella culpa de muerte; pues como cuando alguno se levanta contra su prójimo y le quita la vida, así es en este caso. Porque él la halló en el campo; dio voces la joven desposada, y no hubo quien la librase. Cuando algún hombre hallare a una joven virgen que no fuere desposada, y la tomare y se acostare con ella, y fueren descubiertos; entonces el hombre que se acostó con ella dará al padre de la joven cincuenta piezas de plata, y ella será su mujer, por cuanto la humilló; no la podrá despedir en todos sus días” (DT. 22, 23-29)).

   “Es comprensible el drama del que, deseoso de convertirse al evangelio, se ve obligado a repudiar una o varias mujeres con las que ha compartido años de vida conyugal. Sin embargo, la poligamia no se ajusta a la ley moral, pues contradice radicalmente la comunión conyugal. La poligamia "niega directamente el designio de Dios, tal como es revelado desde los orígenes, porque es contraria a la igual dignidad personal del hombre y de la mujer, que en el matrimonio se dan con un amor total y por lo mismo único y exclusivo" (FC 19; cf GS 47,2). El cristiano que había sido polígamo está gravemente obligado en justicia a cumplir los deberes contraídos respecto a sus antiguas mujeres y sus hijos.

   Incesto  es la relación carnal entre parientes dentro de los grados en que está prohibido el matrimonio (cf Lv 18,7-20). S. Pablo condena esta falta particularmente grave: "Se oye hablar de que hay inmoralidad entre vosotros... hasta el punto de que uno de vosotros vive con la mujer de su padre...en nombre del Señor Jesús...sea entregado ese individuo a Satanás para destrucción de la carne..." (1 Co 5,1.4-5). El incesto corrompe las relaciones familiares y representa una regresión a la animalidad.

   Se puede equiparar al incesto los abusos sexuales perpetrados por adultos en niños o adolescentes confiados a su guarda. Entonces esta falta adquiere una mayor gravedad por atentar escandalosamente contra la integridad física y moral de los jóvenes que quedarán así marcados para toda la vida, y por ser una violación de la responsabilidad educativa.

   (“No profanarás a tu hija, prostituyéndola; no sea que la tierra se prostituya y se llene de incestos” (LV. 19, 29)).

   Hay unión libre  cuando el hombre y la mujer se niegan a dar forma jurídica y pública a una unión que implica la intimidad sexual.

   La expresión en sí misma es engañosa: ¿qué puede significar una unión en la que las personas no se comprometen entre sí y testimonian con ello una falta de confianza en el otro, en sí mismo, o en el porvenir?

   Esta expresión abarca situaciones distintas: concubinato, rechazo del matrimonio en cuanto tal, incapacidad de unirse mediante compromisos a largo plazo (cf FC 81). Todas estas situaciones ofenden la dignidad del matrimonio; destruyen la idea misma de la familia; debilitan el sentido de la fidelidad. Son contrarias a la ley moral: el acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el matrimonio; fuera de éste constituye siempre un pecado grave y excluye de la comunión sacramental.

   Muchos reclaman hoy una especie de "unión a prueba" cuando existe intención de casarse. Cualquiera que sea la firmeza del propósito de los que se comprometen en relaciones sexuales prematuras, éstas "no garantizan que la sinceridad y la fidelidad de la relación interpersonal entre un hombre y una mujer queden aseguradas, y sobre todo protegidas, contra los vaivenes y las veleidades de las pasiones" (CDF, decl. "Persona humana" 7). La unión carnal sólo es moralmente legítima cuando se ha instaurado una comunidad de vida definitiva entre el hombre y la mujer. El amor humano no tolera la "prueba". Exige un don total y definitivo de las personas entre sí (cf FC 80) (Catecismo de la Iglesia Católica, 2387-2391).

   “Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente radicadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor, las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición.

  Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante las virtudes de dominio, educadoras de la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2358-2359).

   San Pablo les escribió a los cristianos de Roma:

   “Así que Dios los ha dejado a merced de pasiones vergonzosas. Sus mujeres invierten el uso natural del sexo y se dan a aberraciones antinaturales. Y lo mismo los hombres dejan las relaciones naturales con la mujer y se  abrasan en perversos deseos los unos por los otros. Hombres con hombres cometen acciones infamantes, y en su propio cuerpo reciben el castigo que merece su extravío. Como no les interesa conocer a Dios, Dios los deja a merced de su mente  pervertida, que les empuja a hacer lo que no deben” (ROM. 1, 26-29).

   “¿Ignoráis acaso que los que hacen el mal no tendrán parte en el reino de Dios? No os llaméis a engaño: ni los lujuriosos, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni  los estafadores heredarán el reino de Dios” (1 COR. 6, 9-10).

   “Sabido es que la ley es cosa excelente, si se aplica con rectitud. Sabido es también que la ley no está hecha para los buenos ciudadanos; está hecha para los malvados y rebeldes, para los impíos y pecadores, para los sacrílegos y profanadores de lo santo, para los parricidas y matricidas, para los asesinos, los lujuriosos, los homosexuales y los que trafican con personas, para los embaucadores y perjuros y, en una palabra, para todo vicio que se oponga a la sana enseñanza del glorioso mensaje de salvación que el bienaventurado Dios me ha Confiado” (1 TIM. 1, 8-11).

   “La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen síquico permanece ampliamente inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves (cf Gn 19,1-29; Rm 1,24-27; 1 Co 6,10; 1 Tm 1,10), la Tradición ha declarado siempre que "los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados" (CDF, decl. "Persona humana" 8). Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una complementariedad afectiva y sexual verdadera. No pueden recibir aprobación en ningún caso” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2357).

   Con respecto al divorcio, San Pablo nos dice:

   “Para los casados hay una orden del Señor, no mía, que manda que la mujer  no se separe del marido. Si hubiese de separarse, que permanezca sin casarse o se reconcilie con su marido. Y que el marido tampoco se divorcie de su mujer. En otros casos valga esto como palabra mía, no del Señor: si un cristiano está casado con una mujer que no es cristiana, pero acepta seguir  viviendo con él, no se divorcie de ella. De igual modo, si una mujer está casada con un hombre que no es cristiano, pero acepta vivir con ella, no se divorcie de él. La razón es que, tanto el marido como la mujer que no son cristianos,   quedan consagrados a Dios por sus respectivos cónyuges cristianos. Y de  este modo vuestros hijos pertenecerán al pueblo de Dios, mientras que, en  caso contrario, quedarían fuera. Ahora bien, si la parte no cristiana quiere separarse, que lo haga. En  este caso, el hermano o la hermana cristianos quedan libres, ya que si Dios  nos ha llamado es para que vivamos en paz. Porque ¿estás tú segura, mujer, de que conseguirías salvar a tu marido? Y tú, marido, ¿estás seguro de que salvarías a tu mujer? Fuera de este caso, que cada uno se mantenga en la situación que el Señor le asignó, en el estado en que se encontraba cuando Dios le llamó a  la fe. Es la norma que doy en todas las iglesias” (1 COR. 7, 10-17).

   Aunque actualmente la Iglesia permite la separación de los cónyuges y permite que los mismos se casen, por ejemplo, en el caso de que uno de ellos sea estéril, porque entiende que una de las misiones del matrimonio es la procreación, no hemos de olvidar que San Pablo fue fiel a las palabras de Jesús que todos conocemos:

   “Sabéis que se dijo: No cometas adulterio. Pero yo os digo: El que mira con malos deseos a la mujer de otro, ya está adulterando con ella en el fondo de su corazón. Así que, si tu ojo derecho va a ser causa de que caigas en pecado, sácatelo y arrójalo lejos de ti. Más te vale perder una parte del cuerpo que ser arrojado entero a la gehena. Y si tu mano derecha va a ser causa de que caigas en pecado, córtatela y arrójala lejos de ti. Más te vale perder una parte del cuerpo que ser arrojado entero a la gehena.

   También se dijo: El que se separe de su mujer debe darle un acta de separación. Pero yo os digo: Todo aquel que se separa de su mujer (salvo en caso de concubinato), la pone en peligro de adulterio. Y si alguno se casa con la mujer separada, también comete adulterio” (MT. 5, 28-32).

   “¿Que uno ha recibido la llamada de Dios estando circuncidado? No tiene  por qué ocultarlo. ¿Que la ha recibido sin estar circuncidado? No tiene por  qué circuncidarse. ¡Qué más da estar o no estar circuncidado! (El Apóstol ejemplifica el hecho de estar o no estar casado con el hecho de estar o no estar circuncidado). Lo que importa es cumplir los  mandamientos de Dios. Permanezca, pues, cada uno en el estado de vida en que estaba cuando  Dios le llamó. ¿Eras esclavo cuando recibiste la llamada? No te importe; incluso, aunque pudieras recobrar la libertad, harías bien en sacar partido de tu situación. Porque la llamada de Dios convierte en libre al que era esclavo, y en   esclavo de Cristo al que era libre. No habéis sido comprados de balde; ¿vais ahora a haceros esclavos de  criterios humanos? Que cada cual, hermanos, permanezca ante Dios en el estado que tenía  cuando fue llamado a la fe” (1 COR. 7, 18-24).

   San Pablo sigue insistiendo en que todos seamos castos según el estado actual en que vivimos, pues en el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos:

   “La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo entero y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2337).

   “Por tu parte, enseña en conformidad con la doctrina auténtica. Que los ancianos sean sobrios, serios y prudentes; que vivan con entereza en la fe, en el amor y en la paciencia. Y las ancianas, lo mismo. Que su conducta sea digna de cristianas; que no sean murmuradoras ni esclavas del vino, sino maestras de bondad. Enseñarán así a las jóvenes a ser esposas y madres amantes, a ser sensatas y castas, a ser buenas amas de casa, bondadosas y respetuosas con sus maridos, para que nadie pueda hablar mal del mensaje de Dios.

   Exhorta igualmente a los jóvenes a que sepan dominarse en todo momento.

   En cuanto a ti, preséntate como un modelo de buena conducta. Sé íntegro en la enseñanza, serio en el comportamiento, auténtico e intachable en el hablar. De ese modo, nuestros enemigos quedarán en evidencia al no tener nada malo que decir contra nosotros” (TT. 2, 1-8).

   “El dominio de sí es una obra que dura toda la vida. Nunca se la considerará adquirida de una vez para siempre. Supone un esfuerzo repetido en todas las edades de la vida (cf Tt 2,1-6). El esfuerzo requerido puede ser más intenso en ciertas épocas, como cuando se forma la personalidad, durante la infancia y la adolescencia.

   La castidad tiene unas leyes de crecimiento; éste pasa por grados marcados por la imperfección y, muy a menudo, por el pecado. "Pero, el hombre, llamado a vivir responsablemente el designio sabio y amoroso de Dios, es un ser histórico que se construye día a día con sus opciones numerosas y libres; por esto él conoce, ama y realiza el bien moral según las diversas etapas de crecimiento" (FC 34).

   La castidad representa una tarea eminentemente personal; implica también un esfuerzo cultural pues "el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la sociedad misma están mutuamente condicionados" (GS 25,1). La castidad supone el respeto de los derechos de la persona, en particular, el de recibir una información y una educación que respeten las dimensiones morales y espirituales de la vida humana” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2342-2344).

   “Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno y el otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2350).

   En un tiempo en que tenemos tantos medios para mantener relaciones sexuales sin que las mujeres apenas corran el riesgo de quedarse embarazadas, ¿por qué han de privarse los novios de mantener relaciones sexuales? Dado que ni en el caso de convivir juntos varios años antes de casarse los novios tienen la garantía de que su matrimonio va a ser exitoso, aunque ello aumenta su confianza en que van a ser felices después de casarse, antes de mantener relaciones conyugales, tienen que aprender lo que es la sexualidad vista desde el punto de vista de los cristianos, es decir, han de concienciarse de que la sexualidad les ayudará a manifestarse su amor y mediante la misma contribuirán a la cocreación divina por su futura paternidad, y deben aprender a tratar a sus futuros cónyuges como personas, no como objetos sexuales destinados a producirles placer. Si los novios aprenden a respetarse, también aprenderán a amarse, y a mantener la esperanza de recibirse cuando contraigan matrimonio, es decir, cuando hayan madurado lo suficientemente como para concienciarse de las responsabilidades que le son propias al citado estado de vida.

   La Iglesia les recomienda a los novios que cuiden la manifestación de su afectividad para que no cedan a la fornicación. Si los novios son capaces de privarse de mantener relaciones sexuales hasta el día de su voda, ello no les garantiza la estabilidad perpetua de su unión, pero al menos les sirve como demostración de que son amados por quienes vivirán junto a ellos en el futuro.

   “En cuanto a las personas solteras, no he recibido ninguna norma del Señor. Os ofrezco, sin embargo, el consejo de quien, por la misericordia de  Dios, es digno de crédito. Sigo pensando que, dada la difícil situación en que vivimos, lo mejor es  que el hombre permanezca como está. ¿Estás casado? No intentes separarte. ¿Eres soltero? No busques mujer. Pero no haces nada malo si te casas; como tampoco hace mal una soltera  si se casa. Sólo que yo quisiera ahorrar a todos éstos las dificultades que  les aguardan en la vida.

   Os prevengo además, hermanos, que el tiempo se acaba. En lo que resta,  los que están casados vivan como si no lo estuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que gozan, como si no gozaran; los que compran, como si no fuera suyo lo comprado; los que disfrutan de los bienes de este mundo, como si no lo disfrutaran  . Porque todo el montaje de este mundo está en trance de acabar.

   Quisiera también ahorraros preocupaciones. El soltero está en situación de preocuparse por las cosas del Señor, buscando en todo la forma de   agradarle. En cambio, el casado ha de preocuparse de los asuntos del mundo y de  cómo agradar a su mujer, teniendo así dividido el corazón. Igualmente, la mujer sin marido y la  mujer soltera están en situación de preocuparse por las cosas del Señor,   dedicándose a él en su cuerpo y alma. La mujer casada, por su parte, se  preocupa de las cosas de este mundo y de cómo agradar a su marido. Si os digo estas cosas, es por vuestro bien. ¡Lejos de mí pretender tenderos lazo alguno! Sólo quiero mostraros algo que es noble y que os unirá sin reservas al Señor.

   Es posible que alguno, debido al ardor desbordante de su edad, piense   que está propasándose con su novia y que conviene actuar en consecuencia.  Que se casen, si es lo que desea; ningún pecado hay en ello.

   Pero si otro, sintiéndose firme en su interior, sin presión alguna que  le fuerce y en pleno uso de su libertad, toma resolución de no casarse con su novia, hace muy bien. En resumen, el que se casa con su novia, hace bien, y el que no se casa,  hace todavía mejor.

   Durante la vida de su marido, la mujer está ligada a él; pero si el marido muere, la mujer queda libre para casarse con quien le plazca, siempre que se trate de un matrimonio cristiano. Sin embargo, será más feliz si permanece como está. Esta es mi opinión, y también yo creo estar asistido por el Espíritu de Dios” (1 COR. 7, 25-40).

   San Pablo escribió con respecto a las viudas:

   “Preocúpate de las viudas, siempre que lo sean de verdad. Pero si una viuda tiene hijos o nietos, a ellos toca, antes que a nadie, cuidar de su propia familia, y corresponder así a lo que recibieron de sus padres y abuelos. Y esto es lo que agrada a Dios.

   En cuanto a la auténtica viuda, la que está sola en el mundo, tiene su esperanza en Dios y vive día y noche ocupada en oraciones y plegarias.

   En cambio, la de conducta licenciosa, aunque parezca viva, está muerta. Incúlcales esto, a ver si se vuelven irreprochables. Pues quien no mira por los suyos, especialmente por los de su casa, ha renegado de la fe y es peor que los infieles. Para que una viuda sea admitida como tal en la asociación correspondiente , es preciso que haya cumplido por lo menos sesenta años, que no se haya casado más de una vez y que goce de buena fama por haber educado bien a sus hijos, por haber ejercitado la hospitalidad, por haber acogido con amor a los creyentes y por haber socorrido a los que sufren. En una palabra, por haber hecho el bien a todos los niveles.

   Pero no admitas a viudas jóvenes. Porque el ansia de placer las suele impulsar a separarse de Cristo y a contraer nuevo matrimonio, con lo que se convierten en culpables al romper su primer compromiso. Además, aprenden a vivir ociosamente, y no hacen más que andar de casa en casa. Desocupadas como están, viven del comadreo, metiéndose en todo y hablando de lo que no deben. Para eso, prefiero que las viudas jóvenes se casen otra vez, que tengan hijos, que cuiden de su casa y que no den pie a las críticas de nuestros enemigos. Porque algunas hay que se han pervertido y siguen los caminos de Satanás .

   Si una creyente tiene viudas en su familia, que las cuide ella y no las convierta en carga para la iglesia. Así la iglesia podrá sostener a las que son verdaderamente viudas” (1 TIM. 5, 3-16).

   Ante las palabras de San Pablo, no puedo menos que decir que hay que tratar bien a todas las viudas, independientemente de lo que hayan hecho en su vida, pues es Dios quien tiene que juzgar al mundo, no nosotros, pues, en el caso de que algunas viudas sean un mal ejemplo para las jóvenes cristianas, el estar con ellas no incita a imitarlas únicamente, pues en la imitación de las mismas influye la educación religiosa y cívica de nuestras jóvenes.

   Aunque personalmente pienso que San Pablo fue despiadado al hablar de algunas viudas que se vieron obligadas a observar una conducta impropia de cristianas para poder sobreponerse a su trágico estado de pobreza, también pienso que las viudas que viven con sus hijos no deberían representar una carga para los mismos, ya que algunas de ellas se creen dueñas de sus familiares, e intentan manipular a los mismos hasta el punto de que los dominan totalmente, o son expulsadas del seno de sus familias, ya que el trato con ellas es prácticamente insoportable para quienes no pueden hacerles comprender que han de dar consejos cuando lo crean conveniente, pero nunca han de intentar manipular a ninguna persona como si la misma fuese una marioneta.

 

   7-15-2. Obligaciones de los cónyuges.

 

   “El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los esposos: "De manera que ya no son dos sino una sola carne" (Mt 19,6; cf Gn 2,24). "Están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total" (FC 19). Esta comunión humana es confirmada, purificada y perfeccionada por la comunión en Jesucristo dada mediante el sacramento del matrimonio. Se profundiza por la vida de la fe común y por la Eucaristía recibida en común” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1644).

   “Es, pues, mi deseo que los hombres oren en todas partes con un corazón limpio, libre de odios y altercados. De manera semejante deben comportarse las mujeres. Que no se preocupen tanto de lucir peinados artificiosos, o adornos de oro, o joyas, o vestidos costosos. Deben contentarse con un vestido decente, haciendo del recato y de la modestia su auténtico adorno. Las buenas obras son las que han de distinguir a las mujeres que se precien de creyentes.

   Cuando en la Iglesia se imparte la enseñanza, las mujeres deben mantenerse silenciosas y recatadas. No me gustan las mujeres sabihondas ni las que pretenden dominar a sus maridos. Que estén calladas. Porque el primero en ser creado fue Adán; luego vino Eva. Y no fue Adán el que cedió al engaño, fue la mujer la que, dejándose engañar, cayó en pecado. No obstante, podrá alcanzar la salvación por su condición de madre, siempre y cuando sepa llevar con recato una vida de fe, de amor y de consagración a Dios” (1 TIM. 2, 8-15).

   Tal como se expuso en los apartados 2-2-1 y 3-3-6 de este libro, tanto el Judaísmo como el Cristianismo han estado siempre muy marcados por la total sumisión de las mujeres con respecto a los hombres. Por mi parte, vuelvo a repetir que no estoy de acuerdo con el hecho de mantener a las mujeres como si fuesen robots sirviendo a los hombres las veinticuatro horas del día culpándolas totalmente por el episodio del pecado original, por un hecho del que no hace falta tener grandes estudios para llegar a la conclusión de que fue una fábula con un significado moral.

   “También vosotras, mujeres, sed respetuosas con vuestros maridos, para que vuestra conducta intachable y recatada, basada en hechos y no en palabras, conquiste incluso a los más reacios al mensaje de salvación. No os preocupe tanto el adorno exterior -peinados, joyas y vestidos- cuanto el interior, el del corazón: el adorno incorruptible de un espíritu apacible y sereno. Esa es para Dios la auténtica hermosura. Así se engalanaban antaño aquellas santas mujeres: con esperanza en Dios y sumisión a sus maridos. Buen ejemplo el de Sara, que obedecía a Abraham llamándole "señor". Hijas  suyas seréis, si hacéis el bien sin dejaros intimidar por nada.

   En cuanto a vosotros, maridos, llevad adelante vuestra convivencia matrimonial en un clima de respeto y comprensión. Tened en cuenta que la mujer es un ser más delicado y que habéis de heredar junto con ellas el don de la vida. Tendréis así asegurado el éxito de vuestras oraciones” (1 PE. 3, 1-7).

   “Guardaos mutuamente respeto en atención a Cristo. Las mujeres respeten a sus maridos, como si del Señor se tratase. Porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza y salvador del cuerpo que es la Iglesia. Si, pues, la Iglesia es dócil a Cristo, seánlo también, y sin reserva alguna las mujeres a sus maridos.

   Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia. Por ella entregó su vida a fin de consagrarla a Dios, purificándola por medio del agua y por la palabra. Se preparó así una Iglesia radiante, sin mancha, ni arruga, ni nada semejante; una Iglesia santa e inmaculada.

   Este es el modelo según el cual los maridos deben amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Pues nadie ha odiado jamás a su propio cuerpo; todo lo contrario, lo cuida y alimenta. Es lo que hace Cristo con su Iglesia, que es su cuerpo, del cual todos nosotros somos miembros vivos. Por esta razón -dice la Escritura- dejará el hombre a sus padres y se unirá a su mujer, y ambos llegarán a ser como una sola persona.

   Es grande la verdad aquí encerrada, y yo la pongo en relación con Cristo y con la Iglesia.

   En resumen, que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer sea respetuosa con su marido” (EF. 5, 21-33).

   Es bueno que los maridos amen a sus mujeres, pero que no lo hagan a cambio de que ellas no tengan libertad para tomar decisiones en el seno de sus familias, pues hay casos en que las mujeres, bajo la ley de la injusta sumisión a sus cónyuges, son más víctimas del maltrato y la discriminación que objetos del amor y el respeto.

 

   7-15-3. Deberes de los padres para con los hijos y de los hijos para con los padres.

 

   “Vosotros, los hijos, como creyentes que sois, obedeced a vuestros padres. Esto es lo justo y éste es el primer mandamiento que lleva consigo una promesa: Honra a tu padre y a tu madre, a fin de que seas feliz y vivas largos años sobre la tierra.

   Y vosotros, los padres, no hagáis de vuestros hijos unos resentidos, sino educadlos, instruidlos y corregidlos como lo haría el Señor” (EF. 6, 1-4).

 

   7-15-3-1. Deberes de los padres para con los hijos.

 

   “La fecundidad del amor conyugal no se reduce a la sola procreación de los hijos, sino que debe extenderse también a su educación moral y a su formación espiritual. El papel de los padres en la educación "tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse" (GE 3). El derecho y el deber de la educación son para los padres primordiales e inalienables (cf FC 36).

   Los padres deben mirar a sus hijos como a hijos de Dios y respetarlos como a personas humanas. Han de educar a sus hijos en el cumplimiento de la ley de Dios, mostrándose ellos mismos obedientes a la voluntad del Padre del cielo.

   Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Testimonian esta responsabilidad ante todo por la creación de un hogar, donde la ternura, el perdón, el respeto, la fidelidad y el servicio desinteresado son norma. El hogar es un lugar apropiado para la educación de las virtudes. Esta requiere el aprendizaje de la abnegación, de un sano juicio, del dominio de sí, condiciones de toda libertad verdadera. Los padres han de enseñar a los hijos a subordinar las dimensiones "materiales e instintivas a las interiores y espirituales" (CA 36). Es una grave responsabilidad para los padres dar buenos ejemplos a sus hijos. Sabiendo reconocer ante sus hijos sus propios defectos, se hacen más aptos para guiarlos y corregirlos:

   El que ama a su hijo, le azota sin cesar... (personalmente creo que a los hijos hay que corregirles desde su más tierna infancia, evitando así pegarles, dado que ello, más que a educarles, contribuye al hecho de humillarles). El que enseña a su hijo, sacará provecho de él (Si 30, 1-2).

   Padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino formadlos más bien mediante la instrucción y la corrección según el Señor (Ef 6,4).

   El hogar constituye un medio natural para la iniciación del ser humano en la solidaridad y en las responsabilidades comunitarias. Los padres deben enseñar a los hijos a guardarse de los riesgos y las degradaciones que amenazan a las sociedades humanas.

   Por la gracia del sacramento del matrimonio, los padres han recibido la responsabilidad y el privilegio de evangelizar a sus hijos. Desde su primera edad, deberán iniciarlos en los misterios de la fe de los que ellos son para sus hijos los "primeros anunciadores de la fe" (LG 11). Desde su más tierna infancia, deben asociarlos a la vida de la Iglesia. La forma de vida en la familia puede alimentar las disposiciones afectivas que, durante la vida entera, serán auténticos preámbulos y apoyos de una fe viva.

   La educación en la fe por los padres debe comenzar desde la más tierna infancia. Esta educación se hace ya cuando los miembros de la familia se ayudan a crecer en la fe mediante el testimonio de una vida cristiana de acuerdo con el evangelio. La catequesis familiar precede, acompaña y enriquece las otras formas de enseñanza de la fe. Los padres tienen la misión de enseñar a sus hijos a orar y a descubrir su vocación de hijos de Dios (cf LG 11). La parroquia es la comunidad eucarística y el corazón de la vida litúrgica de las familias cristianas; es un lugar privilegiado para la catequesis de los niños y de los padres.

   Los hijos, a su vez, contribuyen al crecimiento de sus padres en la santidad (cf GS 48,4). Todos y cada uno se concederán generosamente y sin cansarse los perdones mutuos exigidos por las ofensas, las querellas, las injusticias, y las omisiones. El afecto mutuo lo sugiere. La caridad de Cristo lo exige (cf Mt 18,21-22; (“Pedro, acercándose entonces a Jesús, le preguntó: -Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano si me ofende? ¿Hasta siete?

   Jesús le contestó: -No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”). Vé. Lc 17,4 (donde se insiste en el perdón de los hermanos en el mismo caso expuesto por San Mateo anteriormente)).

   Durante la infancia, el respeto y el afecto de los padres se traducen ante todo por el cuidado y la atención que consagran en educar a sus hijos, en proveer a sus necesidades físicas y espirituales. En el transcurso del crecimiento, el mismo respeto y la misma dedicación llevan a los padres a enseñar a sus hijos a usar rectamente de su razón y de su libertad.

   Los padres, como primeros responsables de la educación de sus hijos, tienen el derecho de elegir para ellos una escuela que corresponda a sus propias convicciones. Este derecho es fundamental. En cuanto sea posible, los padres tienen el deber de elegir las escuelas que mejor les ayuden en su tarea de educadores cristianos (cf GE 6). Los poderes públicos tienen el deber de garantizar este derecho de los padres y de asegurar las condiciones reales de su ejercicio. (En España se intenta que todos los niños estudien con quienes no tienen sus mismas creencias ni son de su misma cultura, con el fin de que los mismos aprendan a solidarizarse de sus compañeros y a no discriminar a quienes no son como ellos).

   Cuando llegan a la edad correspondiente, los hijos tienen el deber y el derecho de elegir su profesión y su estado de vida. Estas nuevas responsabilidades deberán asumirlas en una relación confiada con sus padres, cuyo parecer y consejo pedirán y recibirán dócilmente. Los padres deben cuidar no violentar a sus hijos ni en la elección de una profesión ni en la de su futuro cónyuge. Este deber de no inmiscuirse no les impide, sino al contrario, ayudarles con consejos juiciosos, particularmente cuando se proponen fundar un hogar.

   Hay quienes no se casan para poder cuidar a sus padres, o sus hermanos y hermanas, para dedicarse más exclusivamente a una profesión o por otros motivos dignos. Estas personas pueden contribuir grandemente al bien de la familia humana” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2221-2231).

 

   7-15-3-2. Deberes de los hijos para con los padres.

 

   “La paternidad divina es la fuente de la paternidad humana (cf. Ef 3,14(y 15) (“Por todo ello me pongo de rodillas ante el Padre, origen de toda vida tanto en el cielo como en la tierra”)); es el fundamento del honor de los padres. El respeto de los hijos, menores o mayores de edad, hacia su padre y hacia su madre (cf Pr 1,8 ((“Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, Y no desprecies la dirección de tu madre”);; Tb 4,3-4 (“Llamó, pues, Tobit a su hijo, que se presentó ante él. Tobit le dijo: «Cuando yo muera, me darás una digna sepultura; honra a tu madre y no le des un disgusto en todos los días de su  vida; haz lo que le agrade y no le causes tristeza por ningún motivo. Acuérdate, hijo, de que ella pasó muchos trabajos por ti cuando te llevaba en su seno. Y cuando ella muera, sepúltala junto a mí, en el mismo sepulcro”)), se nutre del afecto natural nacido del vínculo que los une. Es exigido por el precepto divino (cf Ex 20,12( (“Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que Yahveh, tu Dios, te va a dar”)).

   El respeto a los padres (piedad filial) está hecho de gratitud para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su trabajo, han traído sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia. "Con todo tu corazón honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho?" (Si 7,27-28).

   El respeto filial se revela en la docilidad y la obediencia verdaderas. "Guarda, hijo mío, el mandato de tu padre y no desprecies la lección de tu madre... en tus pasos ellos serán tu guía; cuando te acuestes, velarán por ti; conversarán contigo al despertar" (Pr 6,20-22). "El hijo sabio ama la instrucción, el arrogante no escucha la reprensión" (Pr 13,1).

   Mientras vive en el domicilio de sus padres, el hijo debe obedecer a todo lo que estos dispongan para su bien o el de la familia. "Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor" (Col 3,20; cf Ef 6,1 (donde leemos lo mismo)). Los hijos deben obedecer también las prescripciones razonables de sus educadores y de todos aquellos a quienes sus padres los han confiado. Pero si el hijo está persuadido en conciencia de que es moralmente malo obedecer esa orden, no debe seguirla.

   Cuando sean mayores, los hijos deben seguir respetando a sus padres. Deben prever sus deseos, solicitar dócilmente sus consejos y aceptar sus amonestaciones justificadas. La obediencia a los padres cesa con la emancipación de los hijos, pero no el respeto que permanece para siempre. Este, en efecto, tiene su raíz en el temor de Dios, uno de los dones del Espíritu Santo.

   El cuarto mandamiento recuerda a los hijos mayores de edad sus responsabilidades para con los padres. En cuanto puedan deben prestarles ayuda material y moral en los años de vejez y durante los tiempos de enfermedad, de soledad o de abatimiento. Jesús recuerda este deber de gratitud (cf Mc 7,10-12 (“Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte. Pero vosotros decís: Si uno dice a su padre o a su madre: "Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro Korbán -es decir: ofrenda -", ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre”)).

   El Señor glorifica al padre en los hijos, y afirma el derecho de la madre sobre su prole. Quien honra a su padre expía sus pecados; como el que atesora es quien da gloria a su madre. Quien honra a su padre recibirá contento de sus hijos, y en el día de su oración será escuchado. Quien da gloria al padre vivirá largos días, obedece al Señor quien da sosiego a su madre (Si 3,12-13.16).

   Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y en su vida no le causes tristeza. Aunque haya perdido la cabeza, se indulgente, no le desprecies en la plenitud de tu vigor... Como blasfemo es el que abandona a su padre, maldito del Señor quien irrita a su madre (Si 3,12.16).

   El respeto filial favorece la armonía de toda la vida familiar; atañe también a las relaciones entre hermanos y hermanas. El respeto a los padres irradia en todo el ambiente familiar. "Corona de los ancianos son los hijos de los hijos" (Pr 17,6). "Soportaos unos a otros en la caridad, en toda humildad, dulzura y paciencia" (Ef 4,2).

   Los cristianos están obligados a una especial gratitud para con aquellos de quienes recibieron el don de la fe, la gracia del bautismo y la vida en la Iglesia. Puede tratarse de los padres, de otros miembros de la familia, de los abuelos, de los pastores, de los catequistas, de otros maestros o amigos. "Evoco el recuerdo de la fe sincera que tú tienes, fe que arraigó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y sé que también ha arraigado en ti" (2 Tm 1,5)” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2214-2220).

   (De: "Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida", apartado 7-15).