XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Autor: José Portillo Pérez 

 

 

  Comentario del capítulo 11 del libro de los Números. 

   "El pueblo profería quejas amargas a los oídos de Yahveh, y Yahveh lo oyó. Se encendió su ira y ardió un fuego de Yahveh entre ellos y devoró un extremo del campamento. El pueblo clamó a Moisés y Moisés intercedió ante Yahveh, y el fuego se apagó. Por eso se llamó aquel lugar Taberá, porque había ardido contra ellos el fuego de Yahveh" (NM. 11, 1-3).

   ¿Cómo se explica el hecho de que se encendiera la ira de Dios contra su pueblo?

   Desgraciadamente, muchos predicadores, al constatar que la fe cristiana se extingue en su entorno, les transmiten a sus oyentes y/o lectores una idea absurda: "Dios no castiga a nadie". Tales predicadores utilizan la citada idea porque, al extinguirse prácticamente la creencia en el infierno en su entorno, temen ser tratados como líderes sectarios, y, en consecuencia, temen que se les rechace.

   En la Biblia se nos demuestra claramente que Dios nos castiga, así pues, Jesús, nuestro Redentor, el Señor que murió por amor a sus hermanos los hombres de todos los tiempos, le dijo a San Juan Apóstol y Evangelista, que les escribiera a los cristianos de Laodicea: "Yo reprendo y castigo a los que amo. Esfuérzate, pues, y cambia de  conducta" (AP. 3, 19).

   En el fragmento del libro de los Números que recordamos al iniciar esta meditación, vimos un claro ejemplo del ejercicio de la justicia de Dios con respecto a los carentes de fe. Los hebreos habían visto muchas demostraciones del poder de Dios en favor de ellos, pero, aún así, no podían creer en el Todopoderoso. Dios hizo que parte del campamento de su pueblo fuera consumido por el fuego, con el fin de demostrarles a los hebreos que ellos vivían porque él quería que ellos conquistaran la tierra que les prometió a los Patriarcas que les daría tanto a ellos como a sus descendientes.

   Por su parte, Moisés, como buen predicador de justicia, volvió, una vez más, a interceder ante Dios, en favor de su pueblo rebelde. Dios ha querido que, tanto los judíos como los cristianos, intercedamos por quienes incumplen la Ley divina, con el fin de que el citado hecho nos haga desear vivir constatando el aumento de la familia de nuestro creador.

   "La chusma que se había mezclado al pueblo se dejó llevar de su apetito. También los israelitas volvieron a sus llantos diciendo: «¿Quién nos dará carne para comer?"" (NM. 11, 4).

   Lógicamente, si Dios extinguió el fuego que comenzó a arrasar el campamento de los hebreos, ellos, por su parte, al recordar la gran cantidad de prodigios que el Todopoderoso hizo en el pasado en su beneficio, en vez de desesperarse por causa de su deseo de comer carne, deberían haber supuesto que el mismo Dios solventaría su problema, en el tiempo que lo considerara oportuno.

   Si somos capaces de comprender lo que debían haber hecho los hebreos cuando desearon comer carne en el desierto, también deberíamos comprender que, cuando tengamos problemas que no podamos resolver por nuestros propios medios, deberemos esperar a que Dios solvente los mismos, ya que no debemos creer, bajo ninguna circunstancia, que nuestro Padre común nos ha desamparado.

   Quizá puede decirse con respecto a los hebreos: "Es comprensible el hecho de que los hermanos de raza de Moisés desearan comer carne, dado que estuvieron siendo alimentados con el maná celestial durante cuarenta años". A raíz de esta meditación, debemos preguntarnos: ¿Es creíble el hecho de que los hebreos sobrevivieran a un período de hambre de cuatro décadas? Al responder negativamente la pregunta que nos hemos hecho bajo la lógica más elemental, debemos preguntarnos;: ¿Era el maná suficiente para satisfacer el hambre de los hebreos?

   "Yahveh dijo a Moisés: «Mira, yo haré llover sobre vosotros pan del cielo; el pueblo saldrá a recoger cada día la porción diaria; así le pondré a prueba para ver si anda o no según mi ley" (EX. 16, 4).

   Según el Dios de quien San Pablo escribió en TT. 1, 2 que no puede mentir, los hebreos, -exceptuando los sábados, dado que los viernes habían de recoger una ración doble-, debían recoger su ración diaria de maná, pues el citado alimento les había de servir para satisfacer su hambre.

   También con respecto a nosotros, se puede decir:

   -La pobre ana no puede soportar la rebeldía de sus hijos.

   -María está desesperada porque su enfermedad la está matando...

   A pesar de ello, no hemos de olvidar los versículos bíblicos que recordamos con mucha frecuencia los lectores de Padre nuestro:

   "Hasta ahora, ninguna prueba os ha sobrevenido que no pueda considerarse humanamente soportable. Por lo demás, Dios es fiel y no permitirá que seáis  puestos a prueba más allá de vuestras fuerzas; al contrario, junto con la  prueba os proporcionará también la manera de superarla con éxito" (1 COR. 10, 13).

   Con respecto a los pobres, a los mismos les es aplicable el siguiente fragmento del Deuteronomio: "Todos los mandamientos que yo os prescribo hoy, cuidad de practicarlos, para que viváis, os multipliquéis y lleguéis a tomar posesión de la tierra que Yahveh prometió bajo juramento a vuestros padres. (En nuestro caso, el cumplimiento de los Mandamientos de Dios, nos garantiza la vida eterna). Acuérdate de todo el camino que Yahveh tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte, probarte y conocer lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos. Te humilló, te hizo pasar hambre, te dio a comer el maná que ni tú ni tus padres habíais conocido, para mostrarte que no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Yahveh. No se gastó el vestido que llevabas ni se hincharon tus pies a lo largo de esos cuarenta años. Date cuenta, pues, de que Yahveh tu Dios te corregía como un hombre corrige a su hijo, y guarda los mandamientos de Yahveh tu Dios siguiendo sus caminos y temiéndole" (DT. 8, 1-6).

   "¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos de balde en Egipto, y de los pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos! En cambio ahora tenemos el alma seca. No hay de nada. Nuestros ojos no ven más que el maná.

   El maná era como la semilla del cilantro; su aspecto era como el del bedelio. El pueblo se desparramaba para recogerlo; lo molían en la muela o lo majaban en el mortero; luego lo cocían en la olla y hacían con él tortas. Su sabor era parecido al de una torta de aceite. Cuando, por la noche, caía el rocío sobre el campamento, caía también sobre él el maná.

   Moisés oyó llorar al pueblo, cada uno en su familia, a la puerta de su tienda. Se irritó mucho la ira de Yahveh. A Moisés le pareció mal, y le dijo a Yahveh:

   «¿Por qué tratas mal a tu siervo? ¿Por qué no he hallado gracia a tus ojos, para que hayas echado sobre mí la carga de todo este pueblo? ¿Acaso he sido yo el que ha concebido a todo este pueblo y lo ha dado a luz, para que me digas: "Llévalo en tu regazo, como lleva la nodriza al niño de pecho, hasta la tierra que prometí con juramento a sus padres?" ¿De dónde voy a sacar carne para dársela a todo este pueblo, que me llora diciendo: Danos carne para comer? No puedo cargar yo solo con todo este pueblo: es demasiado pesado para mí. Si vas a tratarme así, mátame, por favor, si he hallado gracia a tus ojos, para que no vea más mi desventura" (DT. 11, 5-15).

   Los hebreos le dijeron a Moisés que en Egipto comían gratuitamente, pero, ¿eran verdaderas esas palabras? Los hebreos no fueron alimentados en Egipto gratuitamente, pues se les proporcionaba comida para que pudieran realizar su trabajo. A veces debemos distinguir a quienes nos quieren como amigos y a quienes sólo piensan en nosotros únicamente para que los beneficiemos. De igual manera, se engañan a sí mismos quienes afirman que el alcohol o el tabaco los sacan de su rutina, pues, a largo plazo, esos vicios acaban siendo perjudiciales, tanto para ellos como para sus familiares.

   Por causa de ciertos problemas que he tenido a la hora de predicar, comprendo perfectamente lo que le sucedía a Moisés cuando se sentía impotente al no poder solventar todos los problemas que el pueblo le planteaba. Durante los años que he predicado tanto presencialmente en algunas iglesias como en la red, cuando mis reflexiones han gustado, pocos han sido los que me han felicitado, pero me asaltan grandes cantidades de personas reclamándome que justifique las leyendas negras de la historia de la Iglesia, que les dé la solución más económica y rápida para divorciarse, que les explique de una forma convincente para ellos por qué la Iglesia no desea que sus hijos mantengan relaciones sexuales fuera del ámbito matrimonial... En general, pocos son los que reconocen la labor que la Iglesia hace en el mundo a pesar de los errores que algunos de sus hijos han cometido desde la fundación de la misma hasta nuestros tiempos actuales, pero son muchos los que, al recordar esos errores, nos satanizan a todos los católicos, como si nosotros hubiéramos inventado las formas más refinadas de practicar el mal.

   Recordemos unas palabras que Dios le dijo a Jeremías:

Si te vuelves por que yo te haga volver,

estarás en mi presencia;

y si sacas lo precioso de lo vil,

serás como mi boca.

Que ellos se vuelvan a ti,

y no tú a ellos" (CF. JER. 15, 19).

   A Moisés le sucedió justo lo contrario que Dios le dijo a Jeremías que hiciera, es decir, la presión que sus hermanos de raza ejercieron brutalmente sobre él, acabó por desesperarlo.

Recordemos que el hecho de ser incapaz de mantener la fe ante la presión que los hebreos ejercieron sobre el Profeta que Dios designó para que les concediera la libertad en su nombre, le costó a Moisés la imposibilidad de entrar en la Tierra prometida. Yo pienso que Moisés no entró en la tierra prometida por haber perdido la fe, sino porque Dios decidió que Josué ocupara su puesto, para que el citado Profeta pudiera morir, y descansar así de sus trabajos, pero, no obstante, la experiencia de Moisés nos enseña a no bajar la guardia nunca jamás en la vivencia de nuestra fe.

   "Toda la comunidad de los israelitas partió del desierto de Sin, a la orden de Yahveh, para continuar sus jornadas; y acamparon en Refidim, donde el pueblo no encontró agua para beber. El pueblo entonces se querelló contra Moisés, diciendo:

   «Danos agua para beber.» Respondióles Moisés: «¿Por qué os querelláis conmigo? ¿Por qué tentáis a Yahveh?"

   Pero el pueblo, torturado por la sed, siguió murmurando contra Moisés: «¿Nos has hecho salir de Egipto para hacerme morir de sed, a mí, a mis hijos y a mis ganados?"

   Clamó Moisés a Yahveh y dijo: «¿ Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen."

   Respondió Yahveh a Moisés: «Pasa delante del pueblo, llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el Río y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo."

   Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Aquel lugar se llamó Massá y Meribá, a causa de la querella de los israelitas, y por haber tentado a Yahveh, diciendo:

   «¿Está Yahveh entre nosotros o no?"" (EX. 17, 1-7).

   "Convocaron Moisés y Aarón la asamblea ante la peña y él les dijo: «Escuchadme, rebeldes. ¿Haremos brotar de esta peña agua para vosotros?" Y Moisés alzó la mano y golpeó la peña con su vara dos veces. El agua brotó en abundancia, y bebió la comunidad  y su ganado.

   Dijo Yahveh a Moisés y Aarón: «Por no haber confiado en mí, honrándome ante los israelitas, os aseguro que no guiaréis a esta asamblea hasta la tierra que les he dado." Estas son las aguas de Meribá, donde protestaron los israelitas contra Yahveh, y con las que él manifestó su santidad" (NM. 20, 10-13).

   Si los predicadores nos gloriamos cuando conseguimos inculcarle nuestra fe a alguna persona, debemos ser humildes, y, si hemos fracasado en alguna ocasión en nuestros intentos de evangelizar a alguien, tenemos que reconocer nuestro fracaso, pues no sabemos si el mismo se debe a nuestra incapacidad para predicar, o si ha sido causado porque nuestro oyente aún no está destinado a tener fe en el tiempo en que le predicamos, o si el mismo rechaza nuestras creencias. Con respecto a mí, si en la red soy muy querido después de haber batallado durante varios años incluso con católicos que me han considerado pecador imperdonable por predicar en un medio difusor de imágenes pornográficas (Internet), como ya os he dicho en otras ocasiones, fracasé estrepitosamente en una pequeña Iglesia española, en la que trabajé durante unos tres años aproximadamente, así pues, fui un fracaso tanto como catequista como ayudante de las mujeres que se veían forzadas a ejercer de catequistas sin fe ni vocación, con tal de que sus hijos pudieran recibir a Jesús por primera vez. Aunque durante algún tiempo me sentí culpable del citado fracaso, esa herida se me cerró, porque, suponiendo que yo fuera un fracaso como predicador, el hecho de temer que dicho templo sea cerrado, me hace constatar que ni los sacerdotes que han pasado por mi pueblo durante varias décadas, han podido crear una comunidad parroquial activa. Actualmente, sólo asisten a las celebraciones eucarísticas unas cinco o seis personas, y el templo permanece cerrado el resto de la semana.

   La parte positiva de aquel fracaso, fue que se me planteó la posibilidad de que mi pueblo me hiciera perder totalmente la fe, aunque, gracias a Dios, no sólo no perdí la citada virtud teologal, sino que se me fortaleció la misma.

   "Yahveh respondió a Moisés: «Reúneme setenta ancianos de Israel, de los que sabes que son ancianos y escribas del pueblo. Llévalos a la Tienda del Encuentro y que estén allí contigo. Yo bajaré a hablar contigo; tomaré parte del espíritu que hay en ti y lo pondré en ellos, para que lleven contigo  la carga del pueblo y no la tengas que llevar tú solo" (NM. 11, 16-17).

   Como sabéis, no todas las religiones cristianas creen que el Espíritu Santo es una Persona. Algunos de nuestros hermanos separados creen que la tercera Persona de la Santísima Trinidad no es más que la fuerza física de Dios. Para afianzar a sus adeptos en esta creencia, dichos cristianos dicen que, si el Espíritu que fortalecía a Moisés se dividió en partes proporcionales entre el citado Profeta y los setenta ancianos de Israel, ello demuestra que el Paráclito es una fuerza física, dado que, de ser una Persona, no se podría "trocear" para ser repartida entre los citados siervos del Altísimo. Lo que nos dice Moisés, el autor del libro de los Números, es que Dios dividió proporcionalmente el poder de Moisés entre el citado Profeta y dichos ancianos, con el fin de que el hermano de Aarón y de Myriam no soportara todo el peso de los problemas de su pueblo.

   "«Y al pueblo le dirás: Santificaos para mañana, que vais a comer carne, ya que os habéis lamentado a oídos de Yahveh, diciendo: "¿Quién nos dará carne para comer? Mejor nos iba en Egipto." Pues Yahveh os va a dar carne, y comeréis. No un día, ni dos, ni cinco, ni diez ni veinte la comeréis, sino un mes entero, hasta que os salga por las narices y os dé náuseas, pues habéis rechazado a Yahveh, que está en medio de vosotros, y os habéis lamentado en su presencia, diciendo: ¿Por qué salimos de Egipto?"

   Moisés respondió: «El pueblo en que estoy cuenta 600.000 de a pie, ¿y tú dices que les darás carne para comer un mes entero? Aunque se mataran para ellos rebaños de ovejas y bueyes, ¿bastaría acaso? Aunque se juntaran todos los peces del  mar ¿habría suficiente?"

   Pero Yahveh respondió a Moisés: «¿Es acaso corta la mano de Yahveh? Ahora vas a ver si vale mi palabra o no."

   Salió Moisés y transmitió al pueblo las palabras de Yahveh. Luego reunió a setenta ancianos del pueblo y los puso alrededor de la Tienda. Bajó Yahveh en la Nube y le habló. Luego tomó algo del espíritu que había en él y se lo dio a los setenta ancianos. Y en cuanto reposó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar, pero ya no volvieron a hacerlo más.

   Habían quedado en el campamento dos hombres, uno llamado Eldad y el otro Medad. Reposó también sobre ellos el espíritu, pues aunque no habían salido a la Tienda, eran de los designados. Y profetizaban en el campamento.

   Un muchacho corrió a anunciar a Moisés: «Eldad y Medad están profetizando en el campamento."

   Josué, hijo de Nun, que estaba al servicio de Moisés desde su mocedad, respondió y dijo: «Mi señor Moisés, prohíbeselo. Le respondió Moisés: «¿Es que estás tú celoso por mí? ¡Quién me diera que todo el pueblo de Yahveh profetizara porque Yahveh les daba su espíritu!"

   Luego Moisés volvió al campamento con los ancianos de Israel.

   Se alzó un viento, enviado por Yahveh, que hizo pasar codornices del lado del mar, y las extendió sobre el campamento, en una extensión de una jornada de camino a uno y otro lado alrededor del campamento, y a una altura de dos codos por encima del suelo. El pueblo se dedicó todo aquel día y toda la noche y todo el día siguiente a capturar las codornices. El que menos, reunió diez modios, y las tendieron alrededor del campamento. Y todavía tenían la carne entre los dientes, todavía la estaban masticando, cuando se encendió la ira de Yahveh contra el pueblo, y lo hirió Yahveh con una plaga muy grande. Se llamó a aquel lugar Quibrot Hattaavá, porque allí sepultaron a la muchedumbre de glotones.

   De Quibrot Hattaavá partió el pueblo hacia Jaserot, y acamparon en Jaserot" (NM. 11, 18-34).

   A pesar de que Moisés había visto cómo Dios separó las aguas del mar Rojo para que su pueblo no fuera alcanzado por el ejército de Ramsés II, le costaba un gran esfuerzo el hecho de creer que Dios podía alimentar a su pueblo durante un mes. Este hecho nos da la oportunidad de examinar nuestra fe, pues puede suceder que creamos que la misma es más grande de lo que es realmente.

   Josué se alarmó cuando vio que los dos ancianos designados para formar parte del grupo de los setenta profetas profetizaban por su propia cuenta. Yo, como predicador, tengo que poner todos los medios que estén en mis manos al servicio de quienes deseen predicar el Evangelio, y no debo trabajar para que vosotros me consideréis el único predicador predilecto de Dios, como si no hubiera más cristianos y mucho más aptos que yo para predicar el Evangelio. Seamos humildes, mejoremos nuestro conocimiento de Dios, y reconozcamos nuestras limitaciones, potenciando el hecho de que haya más gente apta para dar a conocer nuestra fe, pues no debemos creernos dueños de la verdad.

   Aprovecho la ocasión que me brinda esta meditación para pedirles a los sacerdotes que no permiten que ningún laico les ayude a realizar su trabajo ni dejan que los mismos participen en las celebraciones eucarísticas leyendo la Palabra de Dios que cambien de actitud, pues es conveniente que el mundo vea que la religión nos compete a todos, independientemente de que seamos religiosos o laicos.