XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Autor: José Portillo Pérez 

 

 

 El amor de Jesús nos congrega en la presencia del Padre. 

   En la noche en que nuestro Hermano y Señor cenó por última vez con sus Apóstoles antes de ser entregado por Judas Iscariote a sus enemigos, el Mesías les dijo a sus seguidores muchas cosas importantes, de las cuales vamos a recordar el distintivo que ha de hacer que quienes no aceptan nuestra fe nos conozcan:

   "Os doy un mandamiento nuevo: Amaos unos a otros; como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros. Vuestro amor mutuo será el distintivo por el que todo el mundo os reconocerá como discípulos míos" (JN. 13, 34-35).

   ¿Qué significa para nosotros el hecho de amarnos unos a otros de la misma manera que nuestro Señor nos amó, hasta el punto de morir para demostrarnos que la Santísima Trinidad nos ama?

   Si nos amamos de la misma manera que Jesús nos amó, ello significa que hemos de anteponer, -en la medida de lo posible-, las necesidades de nuestros prójimos a las nuestras, así pues, San Pablo nos dice:

   "Si alguna fuerza tiene una advertencia hecha en nombre de Cristo, si de algo sirve una exhortación nacida del amor, si nos une el mismo Espíritu, si alienta en vosotros un corazón afectuoso y compasivo, llenadme de alegría teniendo el mismo pensar, alimentando el mismo amor,  compartiendo los mismos sentimientos, buscando la común armonía. No hagáis nada por egoísmo o vanagloria, sed humildes y considerad que los demás son mejores que vosotros. No busquéis el provecho propio, sino el de los demás. Portaos, en fin, como lo hizo Jesucristo" (FLP. 2, 1-5).

   Si por razones comprensibles y aceptables no damos el paso de considerar las necesidades de nuestros prójimos como superiores a las nuestras, -especialmente si tales prójimos no viven bajo nuestro techo-, hemos de sentir un gran respeto por quienes, inspirados por la vivencia de su fe ejemplar, se aplican las palabras de Jesús:

   "El amor supremo consiste en dar la vida por los amigos" (JN. 15, 13).

   Dado que gracias a Dios todos los cristianos no estamos destinados a morir como mártires, entiendo que hemos de vivir nuestra fe a partir del estado actual de vida que nos caracteriza, pues San Pablo les escribió a los cristianos de Galacia:

   "Hermanos, si alguno incurre en falta, vosotros, que sois hombres de espíritu, debéis corregirle con amabilidad. Y manteneos todos sobre aviso, porque nadie está libre de ser puesto a prueba. Ayudaos mutuamente a llevar las cargas, y así cumpliréis la ley de Cristo" (GAL. 6, 1-2).

   San Pablo nos dice que, como hijos espirituales de Dios que somos, debemos corregir a quienes cometen errores. Supongamos que una adolescente que está a favor del aborto se une a un grupo de jóvenes católicos, porque, aunque difiere en la citada creencia con respecto a los mismos, le atrae la forma en que sus nuevos amigos se relacionan entre sí. Quizá habría quien se mostrase en desacuerdo con el hecho de que tal adolescente se relacionase con los jóvenes católicos siendo defensora de la práctica del aborto, pensando en evitar la posibilidad de que haga que sus nuevos amigos abracen su creencia. En este caso, los educadores católicos de los citados cristianos, deberían velar permanentemente por la fe de los tales, y deberían de acoger con amor y respeto a la citada adolescente, pues quizá, sin percatarse de ello, con el paso del tiempo, al acostumbrarse al hecho de dejarse guiar por la voz del Señor, y al comprender lo importante que es el respeto a la vida humana, ella aceptaría nuestras creencias, pero, si esta adolescente, desde el primer momento que se une a los miembros del grupo católico que acaba de conocer, tiene la seguridad -o la sensación- de que la están satanizando porque quieren forzarla a compartir una creencia que rechaza, se le hará perder la oportunidad de conocer al Señor.

   San Pablo nos ha dicho claramente que no satanicemos a quienes no comparten nuestras creencias y que seamos compasivos y comprensivos con aquellos de nuestros hermanos de fe que cometen errores, porque todos los seres humanos, a lo largo de nuestra vida, estamos expuestos a la posibilidad de equivocarnos muchas veces. Antes de tachar como pecadores a quienes no comparten nuestras creencias o desde nuestro punto de vista cometen errores, deberíamos pensar en la forma en que nos gustaría ser tratados si nos equivocáramos en nuestra forma de proceder, ateniéndonos a las palabras de nuestro Hermano y Señor:

   "Portaos en todo con los demás como queréis que los demás se porten con vosotros. ¡En esto consisten la Ley de Moisés y las enseñanzas de los profetas!" (MT. 7, 12).

   Jesús les dijo a sus Apóstoles en Cesarea de Filipo:

   "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame" (MT. 16, 24).

   Según las anteriores palabras de nuestro Maestro, si queremos ser discípulos del Mesías, es decir, si queremos ser cristianos practicantes, hemos de dar tres importantes pasos: 

   1. Negarnos a nosotros mismos;

   2. tomar nuestra cruz, y

   3. caminar detrás de Jesucristo. 

   1. ¿Qué significa el hecho de negarnos a nosotros mismos? 

   San Lucas, después de exponernos en su Evangelio la conversión del jefe de recaudadores de impuestos Zaqueo, nos evidencia las altas expectativas que los Apóstoles tenían con respecto a Jesús, en los siguientes términos:

   "Oyendo ellos estas cosas, prosiguió Jesús y dijo una parábola, por cuanto estaba cerca de Jerusalén, y ellos pensaban que el Reino de Dios se manifestaría inmediatamente" (LC. 19, 11).

   Si Jesús se negó a sí mismo sometiéndose al cumplimiento de la voluntad de Dios, los cristianos practicantes debemos imitar al Hijo de María, pues Jesús les dijo a sus Apóstoles:

   "Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su Señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra" (JN. 15, 20).

   Imaginemos la siguiente escena evangélica: Jesús les preguntó a sus Apóstoles quién decía la gente que era El. Después de que sus íntimos amigos le dijeron lo que le habían escuchado a quienes les habían predicado con respecto al Hijo de David, Jesús les preguntó de golpe:

   ""Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?"" (MT. 16, 15).

   La mayoría de los Apóstoles enmudecieron porque, aunque llevaban bastante tiempo siguiendo al Señor, quizá aún no se habían planteado esa pregunta, dado que el proceso de la conversión es lento y gradual. Sin embargo, el Espíritu Santo aprovechó al impulsivo San Pedro, para inspirarle la siguiente declaración de fe:

   ""Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo"" (MT. 16, 16).

   Jesús elogió a Pedro porque el Señor no se le había revelado como enviado de Dios, pues fue el Espíritu Santo quien le hizo saber que Jesús era el Mesías.

   Nuestro Señor, además de felicitar a Pedro por haber estado pronto a dejarse inspirar por el Paráclito, le encomendó a dicho Apóstol el cuidado de la fe de la Iglesia, con estas palabras:

   ""Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre (ningún hombre), sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos"" (MT. 16, 17-19).

   De la misma manera que Jesús felicitó a Pedro por causa de su fe y le encomendó el cuidado de su Iglesia, también nos anima a nosotros, a través de la recepción de los Sacramentos, la instrucción bíblica y catequética, y, en general, por medio de los acontecimientos que conforman nuestra vida diaria, para que seamos imitadores de grandes personajes bíblicos como Noé, de quien San Pedro escribió en una de sus Cartas Católicas que era "pregonero de justicia" (CF. 2 PE. 2, 5).

   Para los Apóstoles debió ser glorioso el momento en que Jesús le otorgó a Pedro el cuidado de la fe de su futura Iglesia, pero, nuestro Señor, a aquellos que en muchas ocasiones discutían entre sí para averiguar cuál de ellos sería el sucesor de Jesús y por tanto el líder a quien habían de someterse sus compañeros, probablemente debió recordarles el siguiente pasaje de San Marcos:

   "Y llegó a Capernaum; y cuando estuvo en casa, les preguntó: ¿Qué disputabais entre vosotros en el camino? Mas ellos callaron; porque en el camino habían disputado entre sí, quién había de ser el mayor. Entonces él se sentó y llamó a los doce, y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos" (MC. 9, 33-35).

   A pesar de la felicidad que embargaba a los Apóstoles cuando el señor le concedió a Pedro la primacía sobre la futura Iglesia, Jesús estropeó aquella escena, cuando, con el recuerdo del siguiente hecho, les demostró a sus Apóstoles que, con el fin de que aprendieran a negarse a sí mismos, El les iba a servir de ejemplo:

   "Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días" (MC. 8, 31).

   ¿Qué sentido tiene el hecho de negarnos a nosotros mismos, hasta el punto de que atendamos a las aspiraciones de nuestros prójimos antes de satisfacer nuestros deseos?

   ¿Qué ventajas tiene para nosotros el hecho de considerarnos inferiores a nuestros prójimos?

   Cuando Jesús les dijo a sus Apóstoles que iba a morir, Pedro, haciendo uso de la autoridad que el Mesías le había concedido sobre su futura Iglesia, y quizá pensando que Jesús lo estimaba de una forma más sobresaliente que a sus compañeros, llevó a Cristo aparte, y le dijo:

   "Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca" (CF. MT. 16, 22).

   Cuando sentí el deseo de ser sacerdote, y se lo comuniqué a algunos de mis familiares y amigos, algunos de ellos me dijeron: ¿Vas a renunciar a la posibilidad de casarte? ¿Qué beneficios vas a tener de la soledad a la que se enfrentan los curas?

   Durante los años que he podido pagarme la conexión a Internet para enviaros las meditaciones de Padre nuestro, no cesan de preguntarme: ¿De qué te sirve pasar horas y horas leyendo la Biblia y perder tiempo y dinero en una actividad que sólo te trae dolores de cabeza?

   Pedro se sentía plenamente realizado cuando Jesús le dijo que él sería su sucesor, pero se le cayó el mundo encima cuando supo que el Maestro iba a aplicarse sus palabras, es decir, iba a negarse totalmente a sí mismo, iba a caminar con su cruz a cuestas, e iba a cumplir la voluntad de nuestro Padre común, con todas las consecuencias que ello implicaba.

   "Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres" (MT. 16, 23).

   Aunque en la versión original del texto sagrado Jesús no llamó a Pedro Satanás, en la mayoría de las traducciones bíblicas, se pone en la boca del Señor el término con que se conoce al mayor enemigo de Dios, para recordarnos a los creyentes, que, ante todo, y, ante todos, lo más importante para nosotros, es cumplir la voluntad de Dios, según las siguientes palabras de nuestro Hermano:

   ""No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal"" (MT. 6, 31-34). 

   2. ¿Qué significa el hecho de tomar nuestra cruz?, y ¿para qué sirve este gesto? 

   Vivimos en una sociedad en la que en ciertas situaciones no nos conviene sacar a relucir nuestros defectos, no precisamente porque nos avergonzamos de ello, sino por necesidad. Si yo busco trabajo como teleoperador para trabajar desde mi domicilio, puede suceder que encuentre o no encuentre empleo, pero, si envío a las empresas que dan esta opción de trabajar desde casa un currículum vitae afirmando que soy ciego, tengo absolutamente garantizado el hecho de que jamás encontraré trabajo. En ciertas ocasiones, el hecho de dar a conocer las causas por las que sufrimos, puede significar que debemos estar preparados para ser despreciados, en algunos casos, tal como eran perseguidos, deshonrados y ejecutados los criminales que morían crucificados en el tiempo que vivió Jesús.

   Con el fin de recordar el mensaje que nos transmite la cruz, recordaremos a continuación las siguientes palabras de San Pablo:

   "El mensaje de la muerte de Cristo en la cruz es, ciertamente, un absurdo  para los que van por sendas de perdición; más para nosotros, los que  estamos en camino de salvación, es poder de Dios. Lo dice la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios y haré fracasar la inteligencia de los inteligentes. ¿Quién se atreverá a presumir de sabio, de maestro o de investigador de los secretos de este mundo? ¿No ha demostrado Dios que la sabiduría de este  mundo es pura necedad? En efecto, el mundo con su sabiduría no ha llegado a conocer a Dios a  través de la sabiduría desplegada por Dios en sus obras. Por eso, Dios ha decidido salvar a los creyentes a través de un mensaje que parece absurdo. Los judíos (símbolo de los creyentes), sí, piden milagros y los griegos (símbolo de los no creyentes) buscan sabiduría; nosotros anunciamos a Cristo crucificado. Este Cristo es, para los judíos, una piedra en que tropiezan; y para los griegos, cosa de locos; mas para los que Dios ha llamado, sean judíos o griegos (gentyles), es poder y  sabiduría de Dios" (1 COR. 1, 18-24).

   Aunque los cristianos somos miembros de este mundo en el que hemos aprendido a amar y en el que más o menos hemos alcanzado la felicidad porque Dios nos ha dado la oportunidad de crecer espiritualmente en él, hemos de aplicarnos las palabras de Jesús que nos hacen comprender las ocasiones en que no somos comprendidos por causa de una fe que les resulta extraña e incluso obsesiva a la mayoría de quienes no comparten nuestras creencias:

   "Si el mundo os odia, recordad que primero me odió a mí. Si pertenecierais al mundo, el mundo os amaría como cosa  propia; pero no pertenecéis al mundo, pues yo os elegí y os saqué de él. Por eso, el mundo os odia" (JN. 15, 18-19).

   "Si Cristo padeció en su cuerpo, haceos a la idea de que también vosotros tenéis que padecer. De hecho, el que está dispuesto a sufrir corporalmente,  se supone que ha roto con el pecado para vivir el resto de su vida mortal conforme a la voluntad de Dios y no  siguiendo las pasiones humanas. Porque bastante tiempo habéis pasado ya viviendo al estilo de los no creyentes, es decir, entregados al desenfreno y a la liviandad, a crápulas, orgías, borracheras y abominables cultos idolátricos. Ahora, ellos se extrañan y os insultan porque no os lanzáis junto con ellos a ese torrente desbordado de lujuria" (1 PE. 4, 1-4).

   Recuerdo que hace años asistí a un encuentro de jóvenes que se preparaban para confirmarse. Al final del día, durante la celebración de la Eucaristía que finalizaba el encuentro, algunas chicas que se percataron de que en el pueblo había chicos de fuera, entraron en el templo, y saludaron a los jóvenes que estaban cerca de mí. Ante la pregunta que una chica le hizo a uno de ellos sonriendo: ¿Vas a ser cura? El respondió: Hoy estoy en Misa, pero yo también le doy a la botellita de vez en cuando. Los niños y adolescentes, más que nadie, son muy susceptibles de ser presionados. Desgraciadamente, vivimos en un mundo que es arrastrado por las creencias mayoritarias, así pues, en el tiempo de la dictadura española, todos los que estaban en mi país estaban obligados a asistir a la Eucaristía dominical y, ahora, en el tiempo en que la Iglesia ha perdido poder, hasta muchos creyentes se sienten libres para prescindir de ella, así pues, vuelve a triunfar la mayoría, aunque en este caso no dicte la norma de considerar que actúan incorrectamente quienes faltan a las celebraciones cristianas. Es esta la causa por la que todos deberíamos recordar las palabras del Señor:

   "Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros" (MT. 5, 11-12).     

"En su Omnipotencia, el Señor nos concede, ‑de hecho, quiere que le llamemos Padre‑, la gracia de ser sus hijos, por lo cual, podemos hablarle en el dolor, en la alegría, contemplando un amanecer, o el crepúsculo de la tarde. Podemos hacer, ‑además‑, que nuestras obras, ‑que llevamos a cabo por el Amor de Dios, y en tan gran don del cielo‑, sean bellas oraciones, gratas y humildes ofrendas que le ofrecemos al Altísimo. El Señor se complace en nosotros, si le ofrecemos nuestros quehaceres de la vida cotidiana. 

            Si fracasamos en alguna de nuestras empresas, ‑el fracaso es un signo de la imperfección‑, debemos ofrecerle al Señor el dolor de nuestro fracaso, ‑no debemos, bajo ninguna circunstancia, sentirnos derrotados o aplastados‑, pues Él lo transformará en perenne alegría, aunque sea otorgándonos algo que no tiene relación alguna con aquello que nosotros luchábamos por obtener. 

            No nos limitemos a juzgar a Dios, en virtud de aquello que nos ofrece, o que no nos concede, porque, no nos es necesario hacerlo. Pensemos, ‑pues‑, en el Padre que nos infunde aliento de vida, bien para que no cometamos errores, o para que seamos fortalecidos, para que la debilidad de las enfermedades físicas y psíquicas, no nos haga desfallecer. 

            En virtud de que nuestro Padre del cielo nos hizo sociales, para que podamos ser felices, además de relacionarnos con el Padre, debemos, ‑conforme al Mandamiento nuevo‑, tener fundadas relaciones, con nuestros prójimos los hombres, creaturas divinas, que Dios ha de salvar" ("Trigo de Dios, pan de vida". fragmento de: "Hablémosle hoy a nuestro Dios"). 

   3. ¿Qué significa el hecho de caminar detrás de Jesucristo?, y, ¿por qué hemos de seguir al Señor? 

   "Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!" (1 COR. 9, 16).

   Dado que todos los cristianos tenemos una vocación diferente, que va desde fundar una familia a la profesión religiosa, no debemos considerar que todos tenemos el deber de predicar, pues San Pablo escribió:

   "Por el amor de Dios os lo pido, hermanos: presentaos a vosotros mismos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios. Ese ha de ser vuestro auténtico culto. No os amoldéis a los criterios de este mundo. Dejaos transformar; renovad vuestro interior de tal manera, que sepáis apreciar lo que Dios quiere, es  decir, lo bueno, lo que le es agradable, lo perfecto. La tarea que Dios me ha confiado en su bondad me autoriza también a advertir a todos y a cada uno de vosotros: que a nadie se le suban los humos a la cabeza; que cada uno se estime en lo justo, conforme al grado de fe que Dios le ha concedido. Ahí está, como ejemplo, nuestro cuerpo, que consta de muchos miembros, y  cada uno de ellos tiene su cometido específico. De manera semejante, nosotros, siendo muchos, estamos injertados en Cristo para formar un solo cuerpo, y cada uno es un miembro al servicio de los demás. Diferentes son, sin embargo, los dones que tenemos, conforme al reparto  que Dios ha hecho libremente entre nosotros. A quien haya concedido hablar  en su nombre, hágalo sin apartarse de la fe. Si de servir se trata, sirvamos con solicitud; si de enseñar, apliquémonos a enseñar. Exhorte quien posea el don de exhortar; reparta con generosidad quien tenga encomendada esa tarea. El que presida, hágalo con celo; el que ayude a los necesitados, con alegría. No hagáis de vuestro amor una comedia. Aborreced el mal y abrazaos al bien. Amaos de corazón unos a otros como hermanos y que cada uno aprecie a los demás más que a sí mismo. Sed diligentes en el trabajo, espiritualmente dispuestos, prontos para  el servicio del Señor. Que la esperanza os mantenga alegres, las dificultades no os hagan perder el ánimo y la oración no cese en vuestros labios" (ROM. 12, 1-12).