XXXII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Autor: José Portillo Pérez 

 

 

Cita de las lecturas: 1 Reyes, 17, 10-16; Salmo 145, 7. 8-9. 10. Antífona: Alaba, alma mía, al Señor. Hebreos, 9, 24-28. Aleluya: San Mateo, 5, 3; San Marcos, 12, 38-44. 

   Homilía: 

  1. Noviembre es el mes en que se funden dos años litúrgicos, acaba un periodo de formación y entramos en el tiempo de Adviento, un periodo que dura aproximadamente 4 semanas, y nos introduce en la celebración de la Navidad. La Liturgia del presente mes y parte del mensaje del Adviento, tienen como finalidad hacernos comprender que en cierta forma los cristianos no somos habitantes del mundo, pues somos hijos de un Dios cuyo Unigénito nos ha preparado una morada en su Reino. Cuando Jesús instituyó los Sacramentos de la Eucaristía y el Orden de los sacerdotes, les dijo a sus discípulos: "No estéis inquietos ni angustiados. Confiad en Dios, y confiad también en mí. En casa de mi Padre hay lugar para todos; de no ser así, ya os lo habría dicho. Ahora voy a prepararos ese lugar" (Jn. 14, 1-2) Jesús dice que en el cielo hay un lugar para todos sus discípulos.

   San Juan nos transmitió la oración sacerdotal de Jesús, un texto hermosísimo del que podemos extraer las siguientes palabras:

"No te ruego sólo por ellos; te ruego también por los que han de creer en mí por medio de su mensaje" (Jn. 17, 20) Jesús oró por sus Apóstoles y, antes de entregarse a su Pasión y muerte, nuestro Hermano oró también apasionadamente por todos los que nos hemos convertido a El después de conocer y aceptar la predicación de sus primeros seguidores, que ha llegado a nosotros durante el transcurso de los últimos 2000 años.

   ¿Qué pruebas necesitamos para creer que Jesús nos ama?

   ¿De quién podéis decir que os amó tanto que oró por vosotros muchos siglos antes de que fueseis concebidos?

   Los autores del Nuevo Testamento, predicaban el Reino de Dios, al mismo tiempo que preparaban a los primeros cristianos para dejarse asesinar cuando se desataban grandes persecuciones contra la Iglesia, pues deseaban que sus oyentes y lectores fueran lo suficientemente fuertes como para no renunciar a su fe. Los Mártires no son fanáticos, son hermanos nuestros que supieron dejarse sacrificar imitando a su Señor, en el momento en que no se podían demostrar las grandes convicciones cristianas sin que la resistencia humana y divina fuesen acrisoladas con el fuego del amor y las infernales llamas de la confusión que causa el desconocimiento de la Palabra de Dios. San Ignacio de Antioquía, un Obispo de quien muchos hermanos nuestros dicen que era un fanático, sólo fue un humilde siervo de Dios que quiso morir, pues sabía que ese hecho avivaría la fe de sus feligreses, los habitantes de Antioquía, quienes le vieron partir encadenado para ser devorado en el Coliseo romano con gran dolor e impotencia dibujados en su rostro.

   En términos generales, las personas nos caracterizamos porque nos causa un gran miedo todo aquello que desconocemos, esta es la causa por la cual a mucha gente le falta valor, ímpetu y coraje para entregarse al servicio de un Dios cuyo rostro sólo se dibuja en el alma de los más desfavorecidos de nuestro entorno social.

   Si queremos vivir eternamente junto a Dios, debemos servir a nuestro Padre celestial en nuestros hermanos los hombres, esto debemos hacerlo para agradecerle a Dios el manantial de misericordia que ha derramado sobre nosotros. Si alguien nos pide un millón de dólares, obviamente nosotros le negamos esa cantidad de dinero en el caso de que la tengamos, exceptuando el caso de que la persona que nos ha formulado su petición sea muy querida por nosotros, pero, pese a nuestra conducta, nos hemos acostumbrado tanto a ser amados por Dios, que olvidamos el hecho por el cual debemos agradecerle a nuestro Padre su gran amor sirviendo a nuestros prójimos los hombres.

   Vamos a abrir el Nuevo Testamento y vamos a pedirle a San Pablo que nos diga cómo hemos de vivir los cristianos esperando que Jesús venga nuevamente a nuestro encuentro, si es que se puede decir que se separó de nosotros aquel que está en la Eucaristía, en los pobres y enfermos, en quienes lo aman, y en quienes lo buscan mirando en todos los sitios que se les ocurre, exceptuando su corazón. Yo os pido que no busquéis la recepción de los dones divinos en las Escrituras ni en el testimonio ejemplar de los Santos y de los buenos cristianos que nos rodean, dado que esas dádivas divinas están en nuestro corazón, de hecho, Dios sólo espera que nos decidamos a producir frutos abundantes.

   San Juan nos transmitió estas palabras de Jesús: "No me elegisteis vosotros a mí; fui yo quien os elegí a vosotros. Y os he destinado para que os pongáis en camino y deis fruto abundante y verdadero. Así, el Padre os dará todo lo que le pidáis en mi nombre" (Jn. 15, 16).

   "La Ley -nos dice el Apóstol de las gentes-, ciertamente, es santa. Y los mandamientos son santos, justos y buenos" (ROM. 7, 10). Todos recordamos los Mandamientos de la Ley de Dios, las diez reglas de oro que aprendimos antes de recibir a Jesús Sacramentado por primera vez, esas disposiciones divinas de las cuales San Pablo nos dice que son santas, justas y buenas. Nosotros reconocemos esta verdad que nos ha sido revelada mediante la Palabra de Dios.

   Sería realmente hermoso el hecho de que los jóvenes cristianos se dejaran guiar por el siguiente consejo que San Pablo le dio a su fiel amigo Timoteo: "Que nadie pueda hacerte de menos por ser joven. Al contrario, que tu palabra, tu conducta, tu amor, tu fe y tu limpio proceder te conviertan en modelo para los creyentes" (1 TIM. 4, 12).

   San Pablo le pidió a su fiel amigo Timoteo que fuera un cristiano ejemplar a la hora de predicar la Palabra de Dios. Inmediatamente después de que Pablo le pidiera a Timoteo que fuese un predicador ejemplar, también le dijo que diese buen ejemplo con su conducta. Yo puedo pronunciarme con respecto a nuestro Padre y Dios con palabras muy bellas, pero si mi conducta no fuera acorde con mi predicación, mis palabras no serían dignas de ser creídas por ninguna persona.

   El amor, la fe, y el limpio proceder del que Pablo le habló a Timoteo, son aspectos fundamentales que han de caracterizarnos a todos los hijos de Dios. Que ningún cristiano se deje amedrentar por las dudas de muchos ateos, pues San Pablo nos dice con respecto de nuestra fe y a propósito de los citados temores: "Nosotros creemos, y por eso hablamos" (2 COR. 4, 13) 

   Está por empezar un nuevo año. 

   A pesar de que el año civil comenzará el próximo 1 de enero, los católicos, dentro de 21 días, comenzaremos un nuevo año que consagraremos, nuevamente, a profundizar en nuestro conocimiento de la Palabra de Dios, y el ejercicio continuo de nuestras virtudes divinas y humanas, que hemos recibido de nuestro Padre y Dios. La semana pasada recordamos que el Adviento es un tiempo litúrgico que dura aproximadamente 4 semanas, durante el cual, meditamos las dos venidas de Jesús a nuestro encuentro, y nos preparamos para celebrar la Navidad. Si en el citado tiempo meditamos la doble existencia divina y humana de nuestro Jesús, tenemos que reconocer que el año litúrgico comienza con un periodo de esperanza, en el que la Iglesia se esforzará en demostrarnos que nuestro Padre y Dios no nos abandona en los días de la adversidad.

   Durante el citado periodo que antecede a la Navidad no nos vamos a quedar mirando al cielo esperando que Dios nos conceda sus favores, dado que nos vamos a preparar para caminar sobre las huellas de Jesús de Nazaret, el Señor que nos dice: "¿No ves que estoy llamando a la puerta?" (AP. 3, 20). Jesús está pidiéndonos que escuchemos su voz y que ejercitemos los dones y virtudes que hemos recibido de nuestro Santo Padre y Dios para beneficiarnos a nosotros y a nuestros prójimos los hombres.

   San Pablo nos dice en su Carta a los Gálatas: "Paz y misericordia a cuantos se ajusten a esta norma" (GAL. 6, 16), que nuestro Padre y Dios nos ha dado a conocer para que encontremos la mayor dicha.

   La Iglesia nos propone a María Santísima como mujer ejemplar para que la imitemos con el fin de aumentar nuestra fe. Vamos a pedirle a nuestro Padre y Dios que la conducta de aquella mujer que pronunció el sí definitivo que le dio un sentido pleno a la historia de la humanidad, sea para nosotros un camino de santificación personal y comunitario mediante el cual consigamos hacer la voluntad de Dios, a través de la consecución de todas las metas que nos propongamos a lo largo de nuestra vida. Vamos a pedirle a nuestro Padre y Dios que nuestra fe y la humildad que ha de caracterizarnos nos permitan hacer nuestras las palabras de aquella mujer que amó tanto a su Señor que se entregó a su Criador como esclava: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (LC. 1, 38).

   Señor, nos hemos reunido en tu presencia, estamos ante ti pensando en las virtudes que nos has concedido, y en las enfermedades y defectos que tú permites que sean para nosotros un camino de

Santificación personal y comunitario. Señor, como tú deseas que siempre estemos dispuestos a alcanzar nuevas metas, vamos a hacer nuestras las palabras de San Juan el Bautista, uno de los grandes proclamadores de tu Palabra, que durante el Adviento, nos preparará para que recibamos a nuestro Jesús con los brazos abiertos, el próximo 25 de diciembre: "Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas" (LC. 3, 4).

   Cuando iniciemos el nuevo año litúrgico, nuestro Señor nos pondrá al frente de su Iglesia a todos, para que le preparemos a la humanidad para que todos los hombres recibamos a nuestro Jesús el día de Navidad con una inmensa alegría. Nosotros no debemos amar a Jesús considerando que el Señor nos colmará de regalos divinos, sino porque nuestro Hermano mayor ha derramado sobre nosotros el inagotable manantial de gracia del Espíritu Santo, y, como no conseguiremos la felicidad plena hasta que no hayamos superado la adversidad que atañe a nuestra vida, vamos a meditar las palabras de Isaías, un incansable predicador adventista: "Fortaleced las manos débiles" (IS. 35, 33).

   El psicólogo Lucien Auger, en su libro “Ayudarse a sí mismo”, publicado por la editorial Sal Terrae, hace referencia ampliamente al tratamiento de la culpabilidad, y nos hace entender que hemos de intentar corregir todas las cosas que hacemos mal, aunque ello sea prácticamente imposible, pues siempre será mejor luchar ante la adversidad, que dejarnos vencer por el cansancio y la impotencia. ¡Cuántos ancianos se sienten impotentes porque apenas pueden hacer nada con sus manos temblorosas!. Jesús decía: "Cuando tu ojo está sano, también todo tu cuerpo está luminoso" (LC. 11, 34).

   Cuando somos conscientes de que nuestro intrínseco valor personal no está relacionado con los frutos que cosechamos, cuando somos conscientes de que nuestra impotencia no reduce nuestra valía personal, podemos decir que nuestra mentalidad es sana, pues vemos bien con los ojos del corazón, y sabemos que somos los hijos más amados de Dios, lo cual nos basta para ser felices.

   Isaías nos dice en su Profecía: "Afianzad las rodillas vacilantes(35, 3). Las personas que tienen dificultad para caminar son para nosotros buenos ejemplos a la hora de practicar las virtudes divinas y humanas. En el mundo de la competitividad, la eficacia y las prisas, ellos tienen que caminar lentamente, y, aunque suelen estar sujetos excesivamente a la puntualidad, son quienes con más tranquilidad pueden percatarse de cómo evitar la adversidad, pues nadie más que ellos están sujetos a la posibilidad de meditar y poner cada cosa en su sitio. Las palabras proféticas son muy alentadoras. "¡ánimo, no temáis­" (35, 34). El Profeta nos insta a que jamás nos dejemos invadir por el miedo y la impotencia.