Domingo II de Pascua, Ciclo A, (Jn. 20, 19-31)

Autor: José Portillo Pérez

 

 

 1. San Lucas escribió en sus Hechos de los Apóstoles: Los seguidores de Jesús "eran constantes al escuchar la enseñanza de los apóstoles, de compartirlo todo, de celebrar la cena del Señor y de participar en la oración. Todo el mundo estaba impresionado a la vista de los numerosos prodigios y señales realizados por los apóstoles. En cuanto a los creyentes, vivían todos de mutuo acuerdo y tenían todo en común" (Hch. 2, 42-44). Más adelante, el citado médico escribió: "El grupo de los creyentes estaba totalmente compenetrado en un mismo sentir y pensar, y ninguno consideraba de su exclusiva propiedad los bienes que poseía, sino que todos los disfrutaban en común. Los apóstoles, por su parte, daban testimonio de la resurrección de Jesús el Señor con toda firmeza, y se les miraba con gran simpatía. Nadie entre los creyentes carecía de nada, pues los que eran dueños de haciendas o casas las vendían y entregaban el producto de la venta, poniéndolo a disposición de los apóstoles para que estos lo distribuyeran según la necesidad de cada uno" (Hch. 4, 32-35). San Mateo nos transcribe las palabras con que Jesús invitó al joven rico a que se convirtiera en su discípulo: "-Si quieres ser perfecto, vende todo lo que posees y reparte el producto entre los pobres. Así te harás un tesoro en el cielo. Luego vuelve y sígueme" (Mt. 19, 21). Es necesario que venzamos nuestras asperezas según vamos aprendiendo a confiar en nuestro Maestro, por consiguiente, consideremos cómo muchos de los primeros cristianos, después de liberarse de las riquezas que les ataban al mundo, apostaban por convertirse a Cristo Jesús. El compañero de viaje de San Pablo escribió en su Evangelio las siguientes palabras del Hijo de María: "No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino. Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón" (Lc. 12, 32-34).

San Lucas, en la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, nos dice: "A diario asistían juntos al templo, celebraban en familia la cena del Señor y compartían juntos el alimento con sencillez y alegría sinceras; Alababan a Dios, y toda la gente los miraba con simpatía. Por su parte, el Señor aumentaba cada día el número de los que estaban en camino de salvación" (Hch. 2, 46-47). Es difícil creer que todos los miembros de la Iglesia primitiva de Jerusalén eran cristianos ejemplares, pero, hermanos, amigos, la Iglesia Católica, a través de veinte siglos de historia, se ha abierto camino, y seguirá conduciendo a sus hijos hacia el Reino de nuestro Padre común, porque, nuestro Criador, así lo quiere.

2. En el Evangelio de hoy leemos: "Aquel mismo domingo por la tarde estaban reunidos los discípulos en una casa, con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos. Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: -La paz esté con vosotros" (Jn. 20, 19). Jesús Resucitado no es vulnerable a las enfermedades ni a la muerte, y, como su Cuerpo es espiritual, está capacitado para traspasar paredes, así pues, esto es lo que explica el hecho de que, el Domingo I de Pascua, cuando los Apóstoles estaban escondidos en el Cenáculo, él se presentara en medio de ellos, a pesar de que las puertas que accedían al citado salón estaban cerradas.

Jesús les deseó a sus Apóstoles que la paz de Dios permaneciera por siempre en sus corazones. Pidámosle a nuestro Padre común que no carezcamos de paz interior, que cesen las guerras, y que los cristianos irradiemos la paz que hemos recibido del Espíritu Santo.

3. Nuestro Señor, además de desearles a sus amigos íntimos que la paz divina fuera reina y señora de sus corazones turbados, les dijo las siguientes palabras: "-Como el Padre me envió a mí, os envío yo a vosotros" (Jn. 20, 21). Jesús les enseñó a sus seguidores sus llagas para que ellos comprendieran que él no era un fantasma, pues era de vital importancia que ellos pudieran aceptar que su Maestro había vencido a la muerte. Jesús quiere que, al convencernos de que él está vivo, nos esforcemos dando a conocer la Palabra de Dios en nuestro medio, pues, de igual forma que Dios lo envió a redimirnos, él nos envía a nosotros, para que ayudemos a quienes quieran acercarse a él a tener un intenso encuentro personal y comunitario con el Hijo de María. Quizá tenemos dudas antes de empezar a actuar pensando que Jesús pudo redimirnos resistiendo al dolor de los clavos que lo sujetaron a la cruz porque él es Hijo de Dios y por ello dispone de dones y virtudes que nosotros desconocemos, pero Jesús resuelve esta duda que probablemente tenemos al prepararnos a celebrar la recepción del Espíritu Santo por nuestra parte: "-Recibid el Espíritu Santo" (Jn. 20, 22). Si nos preparamos a recibir al Espíritu Santo en nuestros corazones, podremos actuar en nombre de Dios, con la tranquilidad de que no le fallaremos a nuestro Padre común, porque no actuaremos en nuestro nombre, sino en nombre de Dios, impulsados a tal fin por el Espíritu Santo. Jesús sopló sobre sus Apóstoles para que ellos empezaran a concienciarse de lo poderoso que es el Espíritu Santo recordando las palabras que tres años atrás le dijo al Sanedrita Nicodemo: "El viento sopla donde quiere; oyes su rumor, pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con el que nace del Espíritu" (Jn. 3, 8).

4. Cuando Pedro confesó abiertamente el Mesianismo de Jesús ante el Hijo del carpintero y sus compañeros del Colegio Apostólico, oyó las siguientes palabras del Rabbi: "Yo te daré las llaves del reino de Dios: lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (Mt. 16, 19). La llave que Jesús le prometió a Pedro que le iba a entregar significa el poder para penetrar en el corazón de los hombres, y, el poder de atar y desatar, significa el dominio temporal que le fue dado al Apóstol sobre la Iglesia. Para nosotros, la llave significa que hemos de abrirle nuestro corazón al Señor, y, el poder de atar y desatar, significa nuestra obediencia a Dios y a su Iglesia, y la demostración del esfuerzo que hacemos para convertirnos al Señor voluntariamente. Después de sentar las bases del poder de Pedro, el primer día de la Pascua, nuestro Señor instituyó el Sacramento de la Penitencia. Es cierto que el padecimiento de Jesús durante la vivencia de su Pasión nos vivifica y anima para que sigamos venciendo los obstáculos que atañen a nuestra vida, pero, como no está en nuestras manos la posibilidad de solventar todas nuestras carencias, antes de ascender al cielo, nuestro Señor quiso regalarnos el Sacramento del perdón de nuestra debilidad y la absolución del mal que hacemos conscientemente.

5. Tomás es conocido por su incredulidad, así pues, él perdió su fe cuando supo que Jesús murió en el Calvario. Quizá justificamos nuestra carencia de fe pensando: ¿Cómo quiere Dios que creamos en él si el mismo Tomás, que pasó mucho tiempo con Jesús, no podía creer en su Maestro cuando se le dijo que Cristo había resucitado? El estado de frustración al que Tomás se vio sometido es semejante al sufrimiento que nosotros tendríamos que afrontar si descubriéramos en un santiamén que nuestros ideales carecen de sentido, por consiguiente, en vez de justificarnos como creyentes a medias contemplando a Tomás en su estado de confusión, ¿por qué no nos aplicamos las palabras que el citado Apóstol les dijo a sus compañeros cuando el Señor se propuso ir a Betania para resucitar a Lázaro? ¿Recordáis esas palabras de Tomás? "¡Vamos también nosotros, para morir con él¡" (Jn. 11, 16). ¿Cuál era la causa que atormentaba a los discípulos que no querían que Jesús emprendiera aquel arriesgado viaje a Galilea? "Los judíos intentaron apedrearle; pero Jesús se escondió y salió del templo" (Jn. 8, 59). "Intentaron otra vez los judíos apedrear a Jesús... él se les escapó de las manos" (Jn. 10, 31. 39). El Domingo II de Pascua, nuestro Señor, al mismo tiempo que avivó la fe de Tomás, nos transmitió un mensaje: "¿Crees porque has visto? ¡Dichosos los que creen sin haber visto¡" (Jn. 20, 29).