XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

Autor: José Portillo Pérez 

 

 

Cita de las lecturas: Daniel, 12, 1-3; Salmo 15, 5 y 8. 9-10. 11. Antífona: Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Hebreos, 10, 11-14. 18; San Marcos, 13, 24-32. 

   Homilía: 

   Estamos conmemorando el penúltimo Domingo de este ciclo litúrgico que culminará dentro de siete días celebrando el Reinado de Jesucristo. El Reinado de nuestro Jesús es muy diferente a la distribución de poderes que se ha hecho entre los hombres a lo largo de la historia, pues nuestro Señor a subyugado todas las virtudes divinas y humanas bajo la gran potencia que se ha convertido en el eje sobre el cual se desenvuelve la vida cristiana, que a saber, es el amor. Todos sabemos que Jesús vino una vez a nuestra tierra hace 2000 años, que nació en Belén según recordaremos cuando celebremos la Navidad, que predicó el Evangelio, fue crucificado, y resucitó al tercer día de su muerte según manifestamos al rezar el Credo, y subió al cielo cuarenta días después de su Resurrección.

   Nosotros, los católicos, dentro de siete días, celebraremos el hecho de que Jesús es el Rey de la humildad, el Señor que tuvo fuerza para enseñarnos que no debemos rendirnos ante la adversidad que atañe a nuestra vida. Nosotros sabemos que la historia de Jesús no acabó con la Ascensión, la celebración a la cual asistimos cuarenta días después del Domingo de Resurrección, a pesar de que ese hecho podría considerarse como un feliz desenlace de una historia que parecía que concluiría con la injusta muerte de un hombre inocente. Nosotros sabemos que Jesús vendrá por segunda vez a encontrarse con nosotros, los que aún no hemos superado las barreras que por cuya incorrecta visión no podemos alcanzar la plenitud de la felicidad. Jesús vendrá a encontrarse con quienes no hayan fallecido en el tiempo en que se produzca su segunda venida a la tierra, de igual forma que llevará a cabo la resurrección de todos los difuntos de todos los tiempos, de forma que todos seremos miembros activos del Reino de Dios. Soy el primero en reconocer que esta realidad bíblica tan bonita puede sonarnos a cuento infantil, pero esta es, pues, la fe que hemos profesado los cristianos en los últimos 2000 años, una creencia que, a través de Jesucristo y sus predicadores incansables, hemos heredado del pueblo judío.

   Tanto la primera lectura como el Evangelio correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, nos presentan una panorámica apocalíptica terrorífica, cuya misión consiste en comparar el mundo actual y del pasado con nuestra futura vida inmortal en el Reino de Dios.

   San Pablo, con respecto a la promesa que Dios le hizo a Abraham sobre su futura Paternidad de los creyentes, afirma: "Esperando en Dios cuando parecía cerrado todo camino a la esperanza, creyó Abraham que llegaría a convertirse en padre de pueblos numerosos, según lo que Dios le había prometido: Tal será tu descendencia. Y no vaciló en su fe, aun sabiendo bien que su cuerpo estaba ya consumido -tenía ya casi 100 años- y que el seno de Sara (su mujer) era incapaz de concebir hijos. Lejos de hacerle vacilar, la promesa de Dios robusteció su fe. Reconoció así la grandeza de Dios, convencido plenamente de que Dios tiene poder para cumplir lo que promete" (ROM. 4, 18-21).

   Con una fe a toda prueba como la del Patriarca Abraham y tantos otros protagonistas de la Biblia, es muy fácil para nosotros creer lo que le acabamos de oír a San Pablo, a saber: "Dios tiene poder para cumplir lo que promete" (ROM. 4, 21). Esa fe que ha de ayudarnos a esperar que Jesús resuelva los acontecimientos que se nos escapan, es el motivo por el cual los autores de la Biblia nos alientan a esperar a que se produzca la venida de Jesús de Nazaret como Rey del amor y la humildad.

   Con respecto a la adversidad, San Lucas nos dice en su Evangelio: "Yo veía a Satanás de caer al suelo como un rayo" (LC. 10, 18). Jesús había designado a setenta y dos de sus discípulos para que hicieran sus obras, y, cuando ellos le hablaban sobre el fruto que habían producido con sus obras y palabras, El les dijo: "Yo soy testigo de cómo retrocedía la adversidad que asfixiaba a los hombres ante el fruto de vuestra fe y vuestra firmeza" Con respecto a que todos seremos perfectos hijos de Dios cuando hayamos vencido todas nuestras dificultades, pues San Mateo nos dice: "La venida del Hijo del hombre será repentina, como un relámpago que ilumina el cielo de oriente a occidente" (MT. 24, 27). El paso de Jesús por la tierra será definitivo para que todos corramos tras El y nos sintamos purificados de nuestras imperfecciones y de los sentimientos que abarcamos normalmente cuando nos percatamos de nuestras debilidades.

   A modo de curiosidad, voy a concluir esta meditación narrándoos una experiencia que vivió San Pablo, el Apóstol que, sin lugar a dudas, es el responsable de que la Palabra de Dios sea accesible para todos los cristianos, y de que en consecuencia no sea un derecho reservado exclusivamente para el Clero. Nuestro Santo, indagando los textos apocalípticos de los dos Testamentos de que se compone la Biblia, llegó a la conclusión de que quizá él o muchos de sus contemporáneos, no morirían sin haber contemplado a Jesucristo en su Parusía o segunda venida. Pablo se tomó esta creencia tan a pecho, que llegó a instar a los Tesalonicenses a que vivieran atentos a la llegada de Jesús, intentando restarles importancia a sus responsabilidades mundanas. Afortunadamente, antes de ser encarcelado por última vez, el Santo de Tarso se percató de su error, quizá al comprobar que las cifras apocalípticas son simbólicas, hecho por el cual no sabemos cuándo vendrá Jesús nuevamente a nuestra tierra. Os he referido esta anécdota porque entre los cristianos hay gente que vive con los pies en la tierra, otros viven mirando al cielo, todos criticamos los defectos de nuestros hermanos, no hacemos en muchas ocasiones lo que nos compete, e ignoramos que debemos vivir con los pies en la tierra, los ojos entre la tierra y el cielo, y la esperanza entre dos mundos, porque no sabemos qué día vendrá Jesús a visitarnos. Este desconocimiento es muy ventajoso para nosotros, pues, sin duda alguna, nos alegraría quitarnos de encima ciertas responsabilidades, al ahorrarnos hacer cosas cuyo valor sería modificado cuando Cristo Rey viniera a ayudarnos a vencer los obstáculos de nuestra vida.