Domingo III Tiempo Ordinario, Ciclo A, (Mt. 4, 12-23)
Autor: José Portillo Pérez
1. San Juan Bautista, el Precursor del Mesías, fue encarcelado por causa de su deber de conciencia de recordarle al Tetrarca de Galilea que estaba cometiendo adulterio al tener como esposa suya a la mujer de su hermano Filipo. El hijo de Zacarías sabía perfectamente que el hecho de reprobar la relación de Herodes con su cuñada podía ser muy problemático para él, pero el hijo de Elisabeth antepuso el cumplimiento de la voluntad de 'dios a su deseo de vivir. Juan podría haber evitado que lo encarcelaran y posteriormente le cortaran la cabeza argumentando que si vivía y seguía bautizando a muchos de sus oyentes cumplía la voluntad de Dios, pero, el hecho de obedecer a su fe y dejarse asesinar, causó un gran impacto entre los creyentes, de forma que Jesús sustituyó a Juan como bautista, y el Profeta murió sabiendo que, el sacrificio de su vida, sería, para la gente sencilla de Israel, más fructífero que sus muchos bautismos, porque él sabía perfectamente que Dios no nos pide
algo de dinero para los pobres ni unos minutos para asistir a la Eucaristía dominical, sino toda nuestra riqueza material y espiritual, y todo el tiempo de que disponemos para servirlo en nosotros, en nuestros familiares y amigos, y en los que carecen de dones terrenos y celestiales. Juan no se conformó con predicar y renunciar a tener un trabajo y una familia, así pues, como todo el pueblo no se convirtió a Dios al oír sus palabras, quiso arriesgarse a morir, con tal de que aquel hecho tuviera una gran repercusión que aumentara el número de los seguidores de Jesús.
2. Juan era muy humilde. él sabía muy bien que no tenía ninguna razón por la que considerarse superior a sus contemporáneos en ningún aspecto, así pues, el hijo de Zacarías era consciente de la misión que Dios le encomendó, y de cuál era su posición social. Juan les decía a sus oyentes: "Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. él os bautizará en Espíritu Santo y fuego" (Lc. 3, 16). Juan no predicaba para ser alabado, sino para cumplir la misión por la que Dios cumplió el sueño de sus padres al concederles la paternidad del Precursor. El autor del Apocalipsis nos dice en su Evangelio: "Vino un hombre, enviado por Dios, llamado Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz (Jesús), a fin de que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino testigo de la luz" (Jn. 1, 6-8). Más adelante, cuando el Mesías comenzó su misión como predicador, el Bautista dijo de él: "él debe desempeñar su papel, cada vez más importante; yo, en cambio, he de ir quedando en la sombra. El que viene de Dios (Jesús) está sobre todos. El que tiene su origen en la tierra (el Bautista) es terreno, y habla de las cosas de la tierra, el que viene del cielo está sobre todos, y da testimonio de lo que ha visto y oído; sin embargo, nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio, reconoce a la vez que Dios dice la verdad" (Jn. 3, 30-33).
3. A pesar de que la voluntad de Juan parecía inquebrantable, el trato cruel que recibió en la cárcel, y el extraño comienzo que tuvo Jesús con respecto a la forma de comunicarse como Verbo o Palabra de Dios a sus oyentes, Juan tuvo una crisis de fe. él sabía que los Profetas habían hablado muchas veces de la condenación de los pecadores, pero Jesús, a pesar de que según se acercaba el día de su martirio utilizó en algunas ocasiones el estilo del hijo de Elisabeth, sólo pasaba su tiempo hablando de las bondades de Dios, alimentando a los pobres, curando a los enfermos, y consolando a los afligidos. Muchos autores sostienen que la crisis de fe de Juan no existió como tal, sino que fue una forma que él utilizó para hacer que algunos de sus seguidores se adhirieran a los discípulos de Jesús, pues, probablemente, él sabía que sus días en este mundo estaban contados. Nosotros, al tener una gran variedad de Mesías a los que aferrarnos, quizá nos hemos cuestionado como pudo
hacerlo Juan en su prisión: "-¿Eres tú el que había de venir, o hemos de esperar a otro¿" (Mt. 11, 3). Jesús les dijo a los seguidores de Juan: "-Contadle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de su enfermedad, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el mensaje de salvación" (Mt. 11, 4-5). Las enfermedades mencionadas por Jesús tienen su significado espiritual, así pues, la ceguera se interpreta como la cerrazón de nuestro corazón a aceptar las realidades de Dios al confrontar las mismas con nuestra forma de pensar y actuar, la enfermedad de los cojos nos insta a que caminemos impartiendo la justicia divina porque todos tenemos los mismos deberes y derechos ante Dios, la lepra puede interpretarse como la incomunicación que nos está victimizando en aras de alcanzar una perfección que puede ser calificada como imperfecta porque cada día vivimos más aislados, la enfermedad de los sordos puede interpretarse como nuestro deseo de no escuchar lo que Dios tiene que comunicarnos a través de la Biblia y sus miles de predicadores, y, la resurrección de los muertos, se puede interpretar como el fin de las miserias que azotan a la humanidad, la resolución de todos nuestros problemas. Llama la atención el hecho de que Jesús no les dice a los discípulos de Juan que él procurará que no les falten a los pobres los recursos necesarios para vivir, así pues, él les comunica el Evangelio, se les da como Palabra de Dios hecha hombre, transformada en carne, un término que, al traducirlo de las versiones más antiguas del texto sagrado, se traduce como miseria, porque sabe que ello les bastará para que su fe provea sus necesidades, cuando Dios lo juzgue oportuno.
4. Por su sacrificio y constancia en el cumplimiento de su deber, Juan Bautista, mereció el siguiente elogio de Jesús: "Os digo que no hay hombre alguno mayor que Juan; sin embargo, el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él" (Mt. 11, 11). Juan Bautista es el mayor de los hombres según la óptica de Dios, pero a la vez es el más humilde de los siervos de Dios, porque no estimó su vida, ante la posibilidad de cumplir su trabajo de predicador.
5. A pesar de la diferencia existente entre la forma de predicar del Bautista y de Jesús, al leer los Evangelios, podemos percatarnos de que, mientras el Bautista predicaba en el desierto y sus oyentes tenían que ir a buscarlo para aprender sus enseñanzas, Jesús buscaba a la gente, exceptuando aquellas ocasiones en las que tenía que interrumpir la apresurada instrucción espiritual de los Apóstoles, porque la gente lo seguía, así pues, en muchas ocasiones, el Maestro tenía que embarcarse con sus más fieles amigos para que la gente le dejara inculcarle su sabiduría a sus más fieles seguidores.
6. San Mateo, en el Evangelio de hoy, nos dice que, cuando Jesús supo que el Bautista estaba en la cárcel, se instaló en Cafarnaúm, desestimando la posibilidad de establecerse entre sus vecinos de Nazaret, el pueblo en el que vivió durante muchos años junto a María y José. Vivimos en un entorno social en el que muchas veces no se comprende la forma de actuar de la gente que, en virtud de su forma de ser, marca la diferencia de alguna forma. Jesús se expresó en los siguientes términos en la Sinagoga de Nazaret: "-En todas partes es estimado un profeta, menos en su propia tierra, entre sus familiares y en su propia casa" (Mc. 6, 4). Yo creo que los hombres más íntegros y llenos de fortaleza son tan respetados en su trabajo como en su casa, pero el respeto que podemos recibir de nuestros conocidos no siempre depende de nosotros. Jesús se apartaba de quienes no querían escucharle predicar, pero, al mismo tiempo, se convertía en el más fiel compañero de quienes veían en él a un
predicador, a un Hermano capaz de alimentarles, a un Maestro de espiritualidad, o a un médico capaz de curar sus enfermedades. A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de ver a mucha gente capacitada para realizar sus actividades haciendo que se muevan quienes le rodean constantemente.
7. San Mateo, en el Evangelio correspondiente a este Domingo III del tiempo ordinario, nos dice que Jesús es la luz que ilumina a quienes están dispuestos a aceptar su doctrina. ¿Recordáis lo que le dijo el Maestro a Pedro durante la última Cena cuando este no quiso que Jesús le lavara los pies? "-Si no me dejas que te lave los pies, no podrás seguir contándote entre los míos" (Jn. 13, 8), así pues, si no aprendemos lo que Jesús nos transmite en sus sermones, si no nos dejamos alimentar por el Señor, y no nos dejamos sanar por el Hijo de María, ¿de qué nos aprovecha fingir que somos discípulos de Jesús? Nosotros no podemos hacer nada frente a Dios porque somos muy limitados con respecto a nuestro Criador, pero esa es, pues, la causa por la que él desea ardientemente que nos dejemos redimir acogiendo con humildad y alegría los dones que él nos concede por obra y gracia del Espíritu Santo. Abramos los oídos de los sordos, tranquilicemos las mentes inquietas, abramos los ojos
de los ciegos, que hablen los mudos, que salten los cojos, porque está por llegar el exterminio de nuestras miserias, y, por la fe, nuestro Padre y Dios se nos está manifestando, por lo que somos miembros de su Reino, y porque la Providencia divina nos hará superar los estados adversos que vivimos. "Convertíos -nos dice San Mateo en el Evangelio de hoy-, porque ya está cerca el reino de Dios" (Mt. 4, 17). Isaías nos habla del Reino de Dios: "Se verá la gloria de Yahveh, el esplendor de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes. Decid a los de corazón intranquilo: ¡ánimo, no temáis! (Is. 35, 2 b-4 a).
8. Jesús les dijo a Simón y a Andrés: "Venid conmigo y os haré pescadores de hombres" (Mt. 4, 19). A pesar de que aquellos pescadores eran pobres, no debemos ignorar el mérito que tuvieron al dejar todo lo que tenían para seguir al Maestro. Jesús no logró la conversión de ellos instantaneamente, así pues, él hizo que sus discípulos creyeran en él a través de muchas de sus vivencias. Pedro y Andrés eran pobres, pero no tanto como lo somos nosotros, cuando ni siquiera somos capaces de detener a Cristo que pasa por nuestra vida, de la misma forma que los discípulos de Emaús retuvieron a su Maestro de espiritualidad, sin ni siquiera sospechar que era el Mesías quien les instruía en la interpretación de las Escrituras: "Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado" (Lc. 24, 29). El caso de Santiago y Juan ilustra perfectamente la forma en que debemos abandonarnos en los brazos de Dios: "Ellos, dejando en seguida a la barca y a su padre, se fueron con él" (Mt.
4, 22).
9. Jesús les dijo a Andrés y a Pedro: "-Venid conmigo y os haré pescadores de hombres" (Mt. 4, 19). Unámonos al Mesías, convirtámonos en pescadores de hombres, y ganemos almas para el Señor, porque "El tiempo ha llegado y el reino de Dios ya está cerca" (Mc. 1, 15).
10. En la segunda lectura de hoy, San Pablo describe brevemente la forma en que los cristianos de Corinto estaban divididos, de forma que cada cuál adaptaba la enseñanza de los predicadores que les enviaba el Señor a sus necesidades. La desunión es uno de los mayores problemas que tenemos los cristianos de hoy, y, por tanto, una de las mayores dificultades que tenemos para aumentar el número de hijos de la Iglesia. A pesar de las divisiones que nos caracterizan, hemos de buscar los puntos doctrinales que nos son comunes, para fomentar nuestra relación fraternal, y para que nuestros desacuerdos no les cierren las puertas de los templos a quienes quieren acercarse a nosotros, para que les demos a conocer el Evangelio. "Una cosa -les escribió San Pablo a los Colosenses-, sin embargo, es necesaria: que permanezcáis sólidamente firmes e inconmovibles en la fe y que no traicionéis la esperanza anunciada en el mensaje de salvación (Col. 1, 23).
11. Los Apóstoles dejaron sus redes para seguir a Jesús. Muchos cristianos dejan sus redes y se convierten en religiosos contemplativos, de forma que se dedican a orar exclusivamente, para apresurar la instauración del Reino de Dios entre los hombres. La gran mayoría de los cristianos tenemos que convertirnos al Señor desde nuestras redes, desde la barca en que vivimos, desde nuestro estado actual, de manera que ninguna cosa sea para nosotros más importante que el Reino de Dios y su justicia, así pues, nuestro Señor nos dice: "Vosotros, antes que nada, buscad el reino de Dios y todo lo justo y bueno que hay en él, y Dios os dará, además, todas esas cosas" (Mt. 6, 33). Jesús no pretende decirnos que hemos de olvidar las metas que deseamos alcanzar, sino que nuestras prioridades han de ser inferiores a la imitación de Cristo que ha de caracterizar nuestra existencia.