Domingo IV Tiempo Ordinario, Ciclo A, (Mt. 5, 1-12)

Autor: José Portillo Pérez

 

 

 1. El sermón de la montaña se encuentra en los capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio de San Mateo. Como dije anteriormente, las Bienaventuranzas son un resumen del citado sermón, sin el que las mismas carecen de significado. Las Bienaventuranzas pueden ser observadas como las recomendaciones que nuestro Señor nos hace para que anhelemos la santidad. Para que podamos vislumbrar esquemáticamente el programa de nuestra vivencia cristiana, es conveniente que recordemos el siguiente texto de San Pablo: "¿De qué me sirve hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles? Si me falta el amor, no soy más que una campana que repica o unos platillos que hacen ruido. ¿De qué me sirve comunicar mensajes en nombre de Dios, penetrar todos los secretos y poseer la más profunda ciencia? ¿De qué me vale tener toda la fe que se precisa para mover montañas? Si me falta el amor, no soy nada. ¿De qué me sirve entregar toda mi fortuna a los pobres, e incluso mi cuerpo a las llamas? Si me falta el amor, de nada me aprovecha. El amor es comprensivo y servicial: el amor nada sabe de envidias, de jactancias, ni de orgullos. No es grosero, no es egoísta, no pierde los estribos, no es rencoroso. Lejos de alegrarse de la injusticia, encuentra su gozo en la verdad. Disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites. El amor nunca muere" (1 Cor. 13, 1-8 a).

2. Si creemos que somos prepotentes o que somos unos fracasados, evitamos el hecho de convertirnos a nuestro Padre y Dios, así pues, San Lucas define la primera Bienaventuranza en su segunda obra en los siguientes términos: "Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados" (Lc. 6, 20-21 a). El compañero de peregrinación de San Pablo, sin la pretensión de plasmar en su Evangelio un estudio teológico profundo con respecto a las frases con que Jesús inició su sermón del monte, nos dice que todos los pobres, sólo por carecer de los recursos que necesitan para vivir, y por dejarse enriquecer por Dios cuando acontezca la Parusía de Cristo para que todos podamos creer que Dios tiene poder para extinguir nuestras carencias, son bienaventurados o dichosos. La misión que tienen los pobres y los enfermos en este mundo le inspiró a Isaías las siguientes palabras: "Pues bien, en la senda de tus juicios te esperamos, Yahveh; tu nombre y tu recuerdo son el anhelo del alma. Con toda mi alma te anhelo en la noche, y con todo mi espíritu por la mañana te busco. Porque cuando tú juzgas a la tierra, aprenden justicia los habitantes del orbe" (Is. 26, 8-9).

San Mateo, al hablarnos de la pobreza en su inicio del sermón del monte, nos hace reflexionar sobre la pobreza del espíritu: "-Felices los de espíritu sencillo, porque suyo es el reino de Dios" (Mt. 5, 3). La pobreza o sencillez espiritual consisten en sentirnos pequeños para así podamos amar y desear la grandeza con que Dios nos coronará el día en que Cristo venga a nuestro mundo a concluir la obra que el Padre le encomendó. La pobreza espiritual no ha de ser confundida con la sumisión total con respecto a quienes desean explotarnos, así pues, muchas madres, basándose en su sencillez, les conceden a sus hijos todos los caprichos que les son posibles, y no se percatan de que, al hacer eso, lo único que logran, es ser manipuladas por ellos, y que sus descendientes, en un futuro no muy lejano, maltraten a sus mujeres, al exigirles a ellas que actúen como sus progenitoras lo hicieron siempre. Cuando Jesús envió a sus Apóstoles delante de él para que anunciaran la Palabra de

Dios, alimentaran a los hambrientos y sanaran a los enfermos, les dijo: "Yo os envío como ovejas en medio de lobos. Por eso, sed astutos como serpientes, aunque también inocentes como palomas" (Mt. 10, 16). Los pobres espirituales son conscientes de que no se pueden comparar con Dios, pero, al dejarse instruir por nuestro Maestro, intentan aplicarse las siguientes palabras del Mesías con el corazón henchido de gozo: "Vosotros sois la sal de este mundo... Vosotros sois la luz del mundo" (Mt. 5, 13. 14). Jesús dijo en su sermón del monte: "Todo aquel que escucha mis palabras y obra en consecuencia, puede compararse a un hombre sensato que construyó su casa sobre un cimiento de roca viva. Vinieron las lluvias, se desbordaron los ríos y los vientos soplaron violentamente contra la casa; pero no cayó, porque estaba construida sobre un cimiento de roca viva" (Mt. 7, 24-25). En virtud de la misericordia de Dios y de la grandeza de los pobres de espíritu, el Salmista escribió:

"Confiarán en ti los que tienen trato contigo, porque tú no abandonas a los que te buscan, Señor" (Sal. 9, 11). "Fui joven -nos sigue instruyendo el Salmista-, ya soy viejo: nunca he visto a un justo abandonado (por el Señor) ni a su linaje mendigando el pan" (Sal. 37, 25). Jeremías, el segundo de los Profetas mayores, en su aflicción, oraba para no perder la esperanza en Yahveh: "Se presentaban tus palabras y yo las devoraba; era tu palabra para mí un gozo y alegría de corazón, porque se me llamaba por tu nombre, Yahveh, Dios Sebaot (Dios el Señor) (Jer. 15, 16). El mayor ejemplo de pobreza es Jesús, el Señor, pues él dijo cuando se encarnó en Santa María: ""Aquí vengo yo para hacer tu voluntad"" (Heb. 10, 7).

3. Isaías nos dice que nuestro Padre común "consumirá a la muerte definitivamente. Enjugará el Señor Yahveh las lágrimas de todos los rostros, y quitará el oprobio de su pueblo de sobre toda la tierra, porque Yahveh ha hablado" (Is. 25, 8). San Lucas nos dice con respecto a la segunda Bienaventuranza: "Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis" (Lc. 6, 21 b). Podemos entender las palabras del citado doctor perfectamente si recordamos que, en su breve exposición de las Bienaventuranzas, no cesó de alentar a los pobres, pues él no profundizó tanto en el estudio de las mismas como lo hizo San Mateo, el cuál ignoró los ayes, las consecuencias que, de forma simbólica, tendrán que sufrir quienes no vivan bajo el influjo del espíritu de las Bienaventuranzas. Aunque parece que el texto del Evangelista es surrealista al ser leído en el tiempo en que la mayor parte de los habitantes de la tierra sufren carencias muy graves, el autor de los Hechos de los Apóstoles, sigue

afirmando que, los ancianos que se sienten solos, los niños abandonados, las viudas, quienes padecen depresión, y todos los que sufren por cualquier causa, podrán reír cuando acontezca la Parusía de Cristo Rey, porque él les extirpará sus miserias. Cuando Jesús bendice a quienes lloran, no hemos de entender que les dice que se limiten a gemir hasta que él los libre de la adversidad, así pues, él nos da medios suficientes para que luchemos para remediar nuestras carencias, en conformidad con nuestra fe, y, nuestra capacidad de producir frutos ejercitando los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo. Todos conocemos a más de una madre crucificada que sólo sabe hacerse amar presumiendo de que les ha entregado su vida a sus hijos, y, ellos, aunque la adoren, tienen que soportar la incomodidad de que ella le diga a todos sus conocidos que sus descendientes la desprecian. Los pobres en el espíritu, los que lloran en sus estados adversos sin perder la esperanza de vivir

en un mundo mejor que ellos mismos han de crearse con la ayuda de nuestro Padre común, no han de presumir de su bondad, pues ocuparán todo su tiempo en ejercitar los dones y virtudes que han recibido del Espíritu Santo, pues ellos, viven en Dios, viven de Dios, y viven para Dios.

San Mateo nos expresa el sentido espiritual de la segunda Bienaventuranza: "Felices los que en este mundo están tristes -nos dice Leví-, porque Dios mismo los consolará" (Mt. 5, 4). Dios consolará a quienes lloran porque padecen las consecuencias de sus carencias materiales y espirituales. Tanto Lucas como Mateo no se refieren a quienes lloran porque les gustan ser sobrestimados constantemente, sino a quienes lloran más allá de la tristeza, con el corazón henchido de esperanza, porque han aprendido a creer que, su Dios, hará realidad sus más profundas aspiraciones. Como os dije anteriormente, no debemos ser prepotentes, pero tampoco debemos creer que somos desgraciados, por consiguiente, San Lucas, en su Evangelio, nos dice que es necesario que seamos pobres y que lloremos en sentido espiritual, así pues, el Evangelista de la misericordia, escribió en su segunda obra: ¡hay de vosotros, los ricos¡, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Hay de vosotros, los que ahora

estáis hartos¡, porque tendréis hambre. ¡Hay de los que reís ahora¡, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Hay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros¡, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas" (Lc. 6, 24-26). Las palabras del Maestro pueden molestar a los indecisos y a quienes no aceptan nuestra doctrina cristiana, pero nosotros sabemos que sólo existe un camino para alcanzar la cumbre de la felicidad. Yo no soy partidario de la aplicación de la pena de muerte ni de la aplicación de ninguna clase de tortura, pero sólo Dios podrá hacer que jamás conozcamos más casos de madres que tiran a sus bebés en contenedores de basura ni otras injusticias semejantes, pues, Dios, al conocer la causa por la que se cometen semejantes actos, solventará nuestras carencias, para que podamos vivir en un ambiente de paz y concordia. Entre 7 y 8 Km del pueblo en que vivo, el pasado Domingo, un hombre de 21 años, le asestó siete puñaladas a su esposa, y se sabe que la

estranguló, porque la joven, de 22 años, fue encontrada en un garaje con el rostro desfigurado, con un cordón atado al cuello. El aspecto de la joven era parecido al del Varón de dolores el día en que el Mesías fue crucificado, según la Profecía del primero de los Profetas mayores: "No tenía apariencia ni presencia" (Is. 53, 2). No derramar las lágrimas de las que nos hablan los Hagiógrafos, significa para nosotros ser insensibles desconocedores del dolor humano, como si ello no nos afectara de ninguna manera.

4. "Felices los humildes -escribió San Mateo-, porque Dios les dará la tierra para que la posean" (Mt. 5, 3). Qué paradójico es el hecho de hablar de la humildad en la sociedad que ha establecido un límite de competitividad que sobrepasa todo sentimentalismo de forma que son muchas personas las que están capacitadas para hacer cualquier cosa por escalar un puesto mejor al que tienen actualmente sin escrúpulo alguno que les haga compadecerse de quienes no tienen oportunidades o mejor dicho amistades que les eleven a una categoría semejante a la que desean obtener. Son humildes quienes se dan a sí mismos, desinteresadamente, a servir a Dios en las personas de sus prójimos, especialmente en aquellos de quienes quizá sólo pueden recibir un poco de gratitud con mucha suerte.

5. San Mateo escribió: "Felices los que anhelan que triunfe lo que es justo y bueno, porque su deseo será cumplido" (Mt. 5, 6). Nosotros hemos sido llamados a ser santos, así pues, hemos de cuidar nuestros deseos para que hasta nuestros pensamientos, según la medida de nuestras escasas posibilidades de controlar los mismos, sean correctos, según los Mandamientos divinos. Los humildes se caracterizan por su capacidad de no sucumbir ante la adversidad. El Salmista escribió: "Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente; tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré" (Sal. 16, 7-8).

6. San Mateo escribió: "Felices los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos" (Mt. 5, 7). El Salmista se expresó en los siguientes términos: "¡Aleluya! Dichoso quien respeta al Señor y es entusiasta de sus mandatos. Su linaje será poderoso en la tierra (recibirá dones y virtudes por obra y gracia del Espíritu Santo), la descendencia de los rectos será bendita. En su casa habrá riquezas y abundancia, su generosidad dura por siempre. En las tinieblas brilla una luz para los honrados: el piadoso y compasivo y justo. Dichoso el que se apiada y presta y administra rectamente sus asuntos. El hombre honrado jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo. No temerá las malas noticias, confiando en el Señor se siente firme, se siente seguro, sin temor, y verá derrotados a sus enemigos (Dios le hará superar sus estados adversos). Reparte limosna a los pobres, su generosidad dura por siempre y alzará la frente con dignidad" (Sal. 112, 1-9). La palabra misericordia expresa

una gran belleza en su significado, pues nos insta a entregarle nuestro corazón a Dios, en el servicio de nuestros hermanos los hombres.

7. "Felices los que tienen limpia la conciencia -dijo Jesús-, porque ellos verán a Dios" (Mt. 5, 8). Isaías escribió que, el día en que Cristo Rey venga a encontrarse con nosotros, "nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo monte, porque la tierra estará llena de conocimiento de Yahveh, como cubren las aguas el mar. Aquel día la raíz de Jesé estará eniesta para estandarte de pueblos, las gentes la buscarán, y su morada será gloriosa. Aquel día volverá el Señor a mostrar su mano para recobrar el resto de su pueblo que haya quedado" (Is. 11, 9-11). San Juan nos dice en su primera Epístola: "Hijos míos, ¡obras son amores y no buenas razones! Esta será la señal de que militamos en las filas de la verdad y de que podemos sentirnos seguros en presencia de Dios: que si alguna vez nos acusa la conciencia, Dios está muy por encima de nuestra conciencia y lo sabe todo. Si, por el contrario, queridos hermanos, la conciencia no nos acusa, crece nuestra confianza en Dios. Y él

nos concederá todo lo que le pidamos, porque cumplimos sus mandamientos y hacemos cuanto le agrada. Y éste es su mandamiento: que creamos en su Hijo Jesucristo y que nos amemos unos a otros conforme al precepto que él nos dio. Si guardamos sus mandamientos, permanecemos en Dios y Dios en nosotros, como nos lo hace saber el Espíritu que nos dio" (1 Jn. 3, 19-24).

8. "Felices los que trabajan en favor de la paz -nos dice Leví-, porque Dios los llamará hijos suyos" (Mt. 5, 9). Nuestro Padre común les ofrece agua a los sedientos, comida a los hambrientos, salud a los enfermos, riquezas espirituales a los pobres, pero, a quienes trabajan por el establecimiento de la paz en el mundo desde el interior de los hombres, les llama hijos suyos, no con la intención de hacernos saber que ellos son sus únicos hijos, sino destacando el esfuerzo que hacen constantemente para apresurar la venida de Cristo Rey. San Pablo les escribió a los Efesios: "Que Dios, nuestro Padre, y Jesucristo, el Señor, os concedan gracia y paz" (Ef. 1, 2). La paz divina sólo la consiguen quienes siguen el ejemplo del autor de la Carta a los Gálatas, pues él les escribió a sus lectores de la comunidad cristiana que fundó en Galacia: "Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí; mi vida en este mundo consiste en creer en el Hijo de Dios, que me amó y entregó su vida por mí" (Gál. 2, 20).

9. San Mateo nos sigue diciendo en el Evangelio de hoy: "Felices los que sufren persecución por ser justos y buenos, porque suyo es el reino de Dios. Felices vosotros cuando os insulten y os persigan y cuando falsamente digan toda clase de infamias sólo porque sois mis discípulos. ¡Alegraos entonces! Estad ¡contentos, porque en el cielo os espera una gran recompensa! ¡Así también fueron perseguidos los profetas que vivieron antes que vosotros¡" (Mt. 5, 10-12). Quienes leéis mis meditaciones desde hace varios años, os habéis percatado probablemente de que, siempre que escribo algún comentario de las Bienaventuranzas de San Mateo, me gusta unir los versos en los que el Hagiógrafo sagrado nos habla de las persecuciones que han de caracterizar la vida de los justos. El cantante Julio Iglesias canta una canción en cuyo estribillo afirma: "La gente tira a matar si no volamos muy alto". Mirad lo que escribió San Lucas: "¡Hay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros¡, pues

de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas" (Lc. 6, 26). Por el contrario, San Mateo nos dice: "¡Así también fueron perseguidos los profetas que vivieron antes que vosotros¡" (Mt. 5, 12 b). La mayoría de mis lectores saben que la Iglesia española está sufriendo una grave crisis en este tiempo. Sabéis que el Gobierno podría dejar de subvencionar a la Iglesia, lo cuál perjudicaría la gran obra social que desde mi país se está llevando a cabo. La polémica surgida recientemente con respecto al uso del preservativo está menoscabando la credibilidad que tiene la Iglesia en España. Lo que sucede en mi país no es grave, porque no se está produciendo la persecución que ha fulminado la vida de tantos hermanos nuestros de la gran mayoría de las iglesias cristianas a lo largo de la Historia. ¿Recordáis cómo murió el Diácono San Esteban? "Esteban, por su parte, oraba con estas palabras mientras era apedreado: -Señor Jesús, acoge mi espíritu" (Hch. 7, 59). Jesús no quiere que sus

seguidores se dejen asesinar, a menos que ellos no puedan escapar de sus enemigos, así pues, cuando el Mesías instruyó a sus seguidores para que predicaran el Evangelio, les dijo: "Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra, pues os aseguro que el Hijo del hombre habrá venido antes de que hayáis recorrido todas las ciudades de Israel" (Mt. 10, 23). En una ocasión en que San Pablo iba a ser azotado, exclamó con el fin de librarse de ser torturado: "-¿Tenéis derecho a azotar a un ciudadano romano sin juzgarle previamente¿" (Hch. 22, 25). Pablo se dejaba torturar cuando no tenía más remedio que someterse a la brutalidad de sus enemigos, pero no dudaba en apelar a la justicia de Roma valiéndose de su ciudadanía, un derecho que le pertenecía y que muchos se admiraban de que no tuvo que comprarlo.

Vamos a concluir esta meditación, pidiéndole a nuestro Padre y Dios que nos haga sentir el profundo deseo de vivir según el espíritu de las Bienaventuranzas.