Domingo de Ramos

Autor: José Portillo Pérez

 

 

San Mateo 26, 14-27, 66

Homilía:

Estimados hermanos y amigos que os disponéis a celebrar la Pasión, muerte y Resurrección de nuestro Señor después de haberos preparado para ello intensamente durante las cinco semanas anteriores, hermanos y amigos que os unís a nosotros sin haber vivido intensamente la Cuaresma pero que deseáis llenar vuestro espíritu con la vivencia de la celebración de los misterios centrales de nuestra fe universal, os agradezco el esfuerzo que hacéis al leer esta meditación, por lo cuál espero que mi humilde y confiado trabajo os ayude a crecer en términos espirituales.

1. Antes de adentrarnos en la meditación de las lecturas correspondientes a esta celebración inicial de la Semana Santa o Mayor, es conveniente que recordemos los Evangelios que hemos meditado los Domingos anteriores. Hoy han transcurrido cinco semanas desde que meditamos el Evangelio de las tentaciones de nuestro Señor. Jesús no podía entregarse a sus enemigos anhelando el poder, la fama y el prestigio que el demonio quería hacerle desear para desviarle del camino de nuestra redención. Jesús sabía que dar es tan importante como recibir, así pues, a quienes somos incapaces de sacrificarnos sin tener a nuestro favor para animarnos al menos la satisfacción de haber hecho el bien, se nos recordó el Domingo II de Cuaresma que debemos anhelar la transfiguración y la configuración a imagen y semejanza espiritual de Cristo Jesús. El Domingo III de este tiempo de penitencia y oración que concluirá durante la tarde del próximo Jueves Santo, comenzamos la preparación del tiempo de Pascua meditando el Evangelio de la samaritana, un texto que nos hace entender que Cristo es el don que Dios envió al mundo para redimirnos, el Espíritu Santo el don que nuestro Padre común nos concede para que seamos santificados, y, el agua viva, es el manantial de la gracia y el costado de Cristo crucificado, la fuente sacramental sobre la que se fundó la Iglesia después de que los grandes seguidores del Mesías recibieran el Espíritu Santo en aquella mañana de Pentecostés en la que ellos empezaron a fundar la Iglesia de Jerusalén, bajo la inspiración de nuestro Señor. El Domingo IV de Cuaresma, a través del Evangelio de la curación del ciego que sufrió tanto por causa de los fariseos y sus padres los cuales negaron la evidencia de que Jesús le curó por miedo a ser expulsados de la Sinagoga, comprendimos que, si Cristo es la luz del mundo, haremos bien al esforzarnos para intentar juzgar los acontecimientos históricos y los hechos relacionados con nuestra vida desde el punto de vista de nuestro Criador. El Domingo anterior meditamos el Evangelio de la resurrección de Lázaro, por lo cuál recordamos que Jesús nos dará la vida eterna al final de los tiempos. Según ha ido avanzando la Cuaresma, nos hemos esforzado para celebrar la Pascua, pero, la alegría de ser glorificados como lo fue Jesús cuando resucitó de la muerte, no ha de hacernos olvidar que, para obtener esa gloria, es necesario que, a imitación de Jesús, seamos purificados de nuestras imperfecciones por medio de la vivencia de nuestro propio sufrimiento y el dolor de las personas que más amamos.

2. La Liturgia del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor se divide en dos partes, así pues, durante la procesión inicial meditamos la entrada triunfal de nuestro Señor en Jerusalén, y, posteriormente, hemos reflexionado sobre la Pasión y muerte del Hijo del carpintero.

3. En el Evangelio de la procesión de los ramos leemos: "Cerca ya de Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús envió a dos de sus discípulos con este encargo: -Id a la aldea que está ahí en frente, y en seguida encontraréis una borrica atada, y a su lado un pollino. Desatadlos y traédmelos. Y si alguien os pregunta algo, decidle que el Señor los necesita y en seguida los devolverá" (MT. 21, 1-3). La mansedumbre del pollino que jamás había sido montado simboliza nuestra conversión, así pues, hemos vivido intensamente el tiempo de Cuaresma, con el fin de limar nuestras asperezas, para obedecer a nuestro Señor ciegamente. Según nuestra fe y la vocación que hemos recibido de nuestro Padre común, todos servimos a nuestro Criador, y le pedimos a nuestro Padre común que no nos falte la fe que necesitamos para que podamos permanecer siéndole fieles al todopoderoso hasta el fin de nuestra existencia mortal. De la misma forma que los seguidores del Nazareno que fueron a buscar a la asna y a su pollino a Betfagé obedeciendo ciegamente al Hijo de María, nosotros también somos interrogados por quienes no comprenden la causa que justifica nuestra entrega a Dios en el servicio de nuestros prójimos. Nosotros no obedecemos a Dios para que él nos salve, pues sabemos que nuestro Padre común nos concederá la bienaventuranza eterna porque nos ama, pues nuestra justicia es inferior a la suya. San Mateo escribió en su obra: "Vosotros, antes que nada, buscad el reino de Dios y todo lo justo y bueno que hay en él, y Dios os dará, además, todas esas cosas" (MT. 6, 33). Pablo y Silas les dijeron a su carcelero: "-Cree en Jesús, el Señor, y tú y tu familia alcanzaréis la salvación" (HCH. 16, 31). La gratuidad de la salvación no ha de servirnos como excusa para evitar las ocasiones de hacer el bien, así pues, el Apóstol escribió en su Epístola católica: "Así es la fe: si no produce obras, está muerta en su raíz. Se puede también razonar de esta manera: tú dices que tienes fe; yo, en cambio, tengo obras. Pues haber si eres capaz de mostrar tu fe sin obras, que yo, por mi parte, mediante mis obras te mostraré mi fe" (ST. 2, 17-18). Por su parte, San Juan escribió: "Hijos míos, ¡obras son amores y no buenas razones¡" (1 JN. 3, 18). Ahora bien, a la hora de salvarnos, ¿tendrán nuestras obras más valor que nuestra fe? San Pablo responde esta pregunta en los términos que siguen: "La Ley nos conduce, como si de niños se tratase, hasta Cristo, fuente de nuestra salvación por medio de la fe" (GAL. 3, 24). Nuestras obras son acciones de gracias que Dios valora infinitamente, pero, para que sus prodigios puedan ser obrados en nosotros y se nos conceda la salvación, nos es necesaria la fe, por consiguiente, Jesús valora tanto la citada virtud teologal, que, en cierta ocasión, dijo con respecto a los más desvalidos del mundo, sus humildes seguidores: "El más importante en el reino de Dios es aquel que se humilla a sí mismo y es capaz de volverse como este niño. Y el que acepta en mi nombre a un niño como este, a mí me acepta. Pero aquel que sea causa de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le arrojaran al fondo del mar con una piedra de molino atada al cuello" (MT. 18, 4-6). San Pablo les escribió a los cristianos de Galacia: "Ya no soy yo quien vive; es Cristo quien vive en mí. Mi vida en este mundo consiste en creer en el Hijo de Dios, que me amó y entregó su vida por mí" (GAL. 2, 20). En la citada Carta, San Pablo escribió: "En efecto, todos vosotros, los que creéis en Cristo Jesús, sois hijos de Dios" (GAL. 3, 26). El Apóstol de los gentiles les escribió a sus lectores los cristianos de Roma: "Por él (Cristo Jesús) se nos da a conocer el hecho de que Dios nos restablece en su amistad por medio de una fe en continuo crecimiento. Lo dice la Escritura: Aquel a quien Dios restablece en su amistad por medio de la fe alcanzará la vida" (ROM. 1, 17). La cita de las antiguas Escrituras mencionada por nuestro Apóstol es la siguiente: "He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; mas el justo por su fe vivirá" (Habacuc, 2, 4). "Que por la Ley ninguno se justifica para con Dios -escribió San Pablo-, es evidente, porque, el justo por la fe vivirá" (GAL. 3, 11). "Aquel a quien Dios restablece en su amistad por medio de la fe alcanzará la vida; mas, si se acobarda, dejará de agradarme" (HEB. 10, 38).

4. La entrada triunfal de nuestro Señor en Jerusalén tiene un importante carácter profético, porque simboliza la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, más allá de la adversidad que nos aqueja. San Mateo nos describe la antigua Profecía de Zacarías: "Decid a Jerusalén, la ciudad de Sión: Mira, tu rey viene a ti lleno de humildad, montado en un asno, en un pollino, hijo de animal de carga" (MT. 21, 5. Cf. ZAC. 9, 9). Quizá nuestro Señor se preparó a vivir su Pasión, muerte y Resurrección inspirándose en las palabras que el Paráclito le inspiró al primero de los Profetas mayores: "Por amor de Sión no he de callar, por amor de Jerusalén no he de estar quedo, hasta que salga como resplandor su justicia, y su salvación brille como antorcha" (IS. 62, 1).

5. Los ramos que hemos portado en nuestras manos durante la procesión que nos ha servido como preámbulo de esta celebración, significan el martirio y la victoria de nuestro Señor, vinculados a nuestra situación actual, lo cuál nos hace pensar en que venceremos nuestra adversidad y por ello viviremos en un mundo mejor en el que seremos plenamente felices. Al iniciar esta celebración vemos los citados ramos como signos de triunfo, pero los quemaremos el Miércoles de Ceniza del próximo año 2009, con el fin de convertirlos en el símbolo del martirio por cuya vivencia alcanzaremos nuestro propio triunfo unidos al martirio y al triunfo de Jesús, para lo cuál nos prepararemos durante el tiempo de Cuaresma, viviendo al pie de la letra la inequívoca enseñanza de San Pablo: "¿No sabéis que, al ser vinculados a Cristo por medio del bautismo, fuimos vinculados también a su muerte¿" (ROM. 6, 3).

6. Se nos hace necesario simbolizar la humillación de aquellos contemporáneos de nuestro Hermano y Señor que alfombraron el camino por el que él había de entrar en la ciudad santa. Vamos a pedirle a nuestro Criador que nos haga humildes para que alfombremos el mundo con nuestras almas para que todas las personas del mundo se eleven al cielo y conozcan y por ello acepten a nuestro Padre común. Hermanos, si Jesús lo dio todo por nosotros, ¿qué nos cuesta alfombrar con nuestra vida, nuestros hechos y nuestras palabras el camino de la conversión de nuestros prójimos para así apresurar la instauración completa del Reino del Señor entre nosotros?

7. Es necesario que hoy celebremos la Pasión y muerte de nuestro Señor para que, durante la Vigilia pascual, podamos conmemorar la victoria de Cristo Jesús sobre la muerte, el pecado, y las enfermedades que padece la humanidad. El tiempo de Cuaresma finalizará durante la tarde del Jueves Santo, y dará paso al inicio de las celebraciones del santo Triduo pascual, la primera de las cuáles es la Eucaristía Vespertina, en la que conmemoramos el lavatorio de los pies, la institución de la Eucaristía y el Orden de los sacerdotes, y nuestro Señor nos instará a vivir su Mandamiento nuevo, el día en que celebraremos la virtud de la caridad, el amor fraterno. A partir de la celebración de la citada Eucaristía, acompañaremos a los Apóstoles en su soledad y a Jesús en su agonía durante la noche, así pues, en muchas parroquias se celebrará una hora de oración con la intención de sensibilizar a los creyentes para que socorran a nuestro Hermano en los que sufren. Durante la mañana del Viernes Santo, se conmemorará el proceso de nuestro Señor, será pronunciado el Sermón de las siete Palabras a las doce del medio día en recuerdo de la crucificción de nuestro Señor, durante la tarde se celebrará la Pasión de Cristo y se adorará la cruz, para posteriormente finalizar las celebraciones del día rezando el Vía Crucis y el Vía Matrix, para a continuación iniciar una oración en profundo estado de recogimiento que finalizará al iniciar la Vigilia pascual durante la noche del Sábado Santo, para conmemorar la Resurrección del Mesías, que, además de ser recordada con las dos Eucaristías del Sábado Santo y el Domingo de Pascua, se prolongará durante toda la octava de Pascua, y durante la cincuentena de días del citado periodo litúrgico, cuya preparación iniciamos el Domingo III de Cuaresma.

8. Les ruego a los catequistas que, si les es posible, no interrumpan su trabajo pastoral durante la Semana Santa, pues, en estos días, es muy importante el hecho de que nos acerquemos a nuestro Señor con actitud orante, pues él lo dio todo por nosotros.

Finalicemos esta meditación pidiéndole a María Santísima perdón porque le hicimos vivir la muerte al crucificar a Jesús, y pidiéndole que interceda por nosotros para que obtengamos de Dios la gracia de ser artícifes de la donación como lo fue ella, como siempre también lo ha sido nuestro Padre común.