Domingo I de Adviento, Ciclo A

Autor: José Portillo Pérez

 

 

San Mateo, 24, 37-44.

Homilía:

La oración.

Estimados hermanos y amigos:

Os deseo a todos un feliz año nuevo. Hoy, primer Domingo de Adviento, comenzamos a vivir un nuevo año de gracia en el que vamos a intentar conocer, aceptar y amar más y mejor al Dios Uno y Trino. Yo os deseo a todos los religiosos y laicos que nuestro Padre común aumente vuestra fe. Os deseo que le sigáis abriendo el corazón a nuestro Criador, a quienes asistís a las catequesis y a otras reuniones formativas para oír la predicación de la Palabra de Dios, y a quienes, al celebrar la Eucaristía, proclamáis la Palabra de nuestro Criador con vuestra fe, y hacéis lo mismo fuera de la Iglesia en que os reunís con Dios y con vuestros hermanos con vuestro ejemplo de fe, amor y lealtad. Si Dios me lo permite, seguiré estando con vosotros, porque estoy cansado de encontrarme con católicos que dicen que no comprenden la celebración de la Eucaristía, que se quedan a medias en cada ocasión que asisten a una Misa, que afirman que la Palabra de Dios no es asequible para todo el mundo porque no es fácil de comprender...

Si queremos acercarnos a Dios, tenemos que aprender a orar. Los cristianos hablamos con Dios de la misma forma que hablamos con nuestros familiares y amigos. Nosotros hablamos con Dios porque tenemos la certeza de que nuestro Padre común escucha nuestras oraciones de súplica y alabanza. Además de hablar con Dios para pedirle por nuestras necesidades y por la solución de los problemas de nuestros prójimos, tenemos la costumbre de hablarle a nuestro Padre común de las cosas que hacemos, de los pensamientos que nos vienen a la mente cuando estamos tristes y cuando sentimos que la alegría desborda nuestro corazón, porque, aunque para muchos sea muy difícil creer lo que nosotros tenemos por cierto, nuestro Creador es nuestro compañero en el desierto de la vida.

El Adviento es para nosotros los cristianos católicos semejante al inicio del año cívico. En este tiempo que hoy comenzamos a celebrar renovamos nuestra fe adquiriendo nuevamente nuestro compromiso bautismal de vivir cerca de nuestro Señor. Con esta intención, al iniciar los estudiantes su trabajo anual, la Iglesia, utilizando actos rituales sencillos y con un amplio significado teológico, intenta concienciar a sus catequistas de la necesidad que todos tenemos de conocer la Palabra de Dios, para predisponerlos a atender a los niños de primera Comunión, a los adolescentes que trabajan en grupos de perseverancia, a los que se preparan arduamente para confirmarse, a quienes se forman llenos de ilusión para recibir el Sacramento del Matrimonio, a los ancianos que se sienten ignorados por sus seres queridos, etcétera.

Todos los días 1 de enero nos marcamos una serie de metas a conseguir, pero, a pesar de ello, nosotros hemos adquirido una serie de costumbres que no deben transformarse, pues, si modificamos los citados hábitos, nuestra vida puede dejar de tener sentido en cierta forma. Sírvanos como ejemplo ilustrativo para comprender esta meditación el crecimiento de las rupturas matrimoniales causado en muchas ocasiones por la inexistencia del diálogo entre los cónyuges. De la misma forma que los matrimonios se disuelven si los cónyuges no se expresan sus sentimientos constantemente y las relaciones entre padres e hijos se debilitan si éstos no dialogan con mucha frecuencia, nuestra fe se extingue de nuestros corazones si no oramos o hablamos con nuestro Padre y Dios.

Una de las razones por la que no podemos comunicarnos con Dios consiste en que, basándonos en nuestros conocimientos mercadotécnicos, nos negamos a comprender la forma de vida que Jesús nos propone en los Evangelios. ¿Cómo podemos ser sencillos como los lirios en un mundo tan sofisticado como el nuestro? Nuestro entorno adopta cada día un aspecto parecido a los componentes de un entorno de programación informático cifrado en los caracteres de un lenguaje ininteligible. El autor de los Salmos se cuestionaba con mucha frecuencia: "¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean fracasos? Se alían los reyes del mundo, los príncipes conspiran contra el Señor y su Mesías" (Sal. 2, 1-2). La soledad a la que nos enfrentamos muchos cristianos practicantes es una de las causas por las que la mayoría de los miembros de la Iglesia somos cada día más partidarios de reunirnos en grupos de Liturgia, meditación y oración, en comunidades físicas yo virtuales, pues, el autismo a que nos enfrentamos en muchas ocasiones, puede servirnos para abnegar de nuestra fe. Todos conocemos casos de políticos que cambian de ideología con cierta frecuencia, pero, cuando un cristiano reniega de su fe y ha vivido en contacto con realidades espirituales superiores a muchos de los actos y acontecimientos que caracterizan nuestra existencia mortal, tiene que admitir que le falta un motivo que le dé a su vida el carácter sobrenatural o imperecedero que únicamente puede gozar al abrazar nuestra fe. Por su parte, Pablo de Tarso, les escribió a los cristianos de Roma la causa fundamental que explica nuestra carencia de fe: "¿Cómo van a invocar a aquel en quien no creen? ¿Y cómo van a creer en él si no han oído su mensaje? ¿Y cómo van a oír su mensaje que no ha sido proclamado? Y, finalmente, ¿cómo va a proclamarse ese mensaje, si no existen los mensajeros?" (ROM. 10, 14-15). El texto de Pablo que estamos meditando puede ayudarnos a concienciarnos con respecto a la necesidad que tenemos de conocer y predicar la Palabra de Dios a tiempo y destiempo.

¿Qué tenemos que hacer para adquirir el conocimiento de la Palabra de Dios? Para ello lo que tenemos que hacer es leer la Palabra de Dios contenida en la Biblia, atender a la instrucción de la Iglesia, y, finalmente, extraer enseñanzas morales de las circunstancias que vivimos diariamente, así pues, quienes están acostumbrados a comunicarse con Dios frecuentemente, tienen la experiencia de que nuestro Padre común les habla a través de sus vivencias ordinarias, por simples que los citados acaeceres sean a los ojos de ellos.

El mensaje de Dios ha sido difundido por los judíos y los cristianos durante muchos siglos, pero, si no hemos sabido llegar al corazón de todos los hombres, no hemos de considerar que ellos son pecadores, sino que debemos buscar la forma apropiada para hacer que nuestros prójimos confíen en nuestro Criador.

Revisando mis escritos de años anteriores, he encontrado una de mis vivencias que os remito, la cuál espero que os sea útil, especialmente a los predicadores, religiosos y laicos, que sientan la tentación de dejarse arrastrar por el desánimo con respecto a la eficacia de su trabajo.

Templos llenos de vida.

EStimados hermanos y amigos:

Es muy frecuente en Andalucía (España) el hecho de ver gente en las iglesias rezando ante los altares de los Santos y ver los Sagrarios sin gente que los contemple orando siendo conscientes de la presencia de nuestro señor Jesucristo. En el entorno en que he vivido la mayor parte de mi vida se venera a los Santos como a Ministros de Dios, pero no se suele creer en Jesús Sacramentado, pues visiblemente, la Hostia no tiene un rostro que se pueda contemplar, ni un cuerpo visible que demuestre realmente que Cristo Resucitado está presente en su Iglesia, a pesar de haber sido ascendido al cielo, cuarenta días después de su Resurrección.

A pesar de lo expuesto anteriormente, quiero deciros que creo en la presencia de Jesús en el sagrario, y en los miembros de la Iglesia. El desconocimiento de la Palabra de Dios es una causa que hace que la gente de poca fe no distinga la diferencia entre los términos adoración y veneración, lo cuál, en cierta forma, justifica las acusaciones que muchos protestantes vierten contra nosotros, al decir que somos idólatras.

Cuando yo era catequista de la parroquia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga), recuerdo que tenía la costumbre de insistirles tanto a los niños como a los adultos que catequizaba para que se acercaran al sagrario para hablar con Jesús. Ante mi reiterada petición, sólo obtenía la siguiente respuesta tanto de los adultos como de los pequeños: Nosotros no pensamos rezarle a una lacena, porque, si hacemos eso, se puede decir que somos locos de remate. Al oír esta rutinaria respuesta, yo respondía: En el mundo en que se busca el bienestar, el dinero y el mayor placer, los hijos de Dios no somos los únicos locos, según vuestra forma de ver las cosas, pues muchas personas se dedican a hacer obras en favor de gente que desconocen. Mis interlocutores cambiaban de conversación al oírme, pues no creían en Jesús eucaristía.

He sido catequista, animador de cantos, y otras cosas que han sido necesarias en la parroquia de San José de Nazaret. DE los más de 400 habitantes del pueblo, sólo dos, teníamos la costumbre de orar ante el sagrario. Recuerdo el caso de Luís, un anciano que, al no tener una llave para entrar en el templo, todos los días oraba a la puerta de la Iglesia en voz alta. Luis le pedía a Dios dádivas para sus familiares, y pedía paz para sí en algunas ocasiones. En algunas ocasiones, las oraciones del citado anciano que padecía de una gran deficiencia auditiva, me produjeron una inmensa devoción. Cuando conseguí hacerme de una copia de las llaves de la Iglesia, hice que Luis entrara a orar en el templo, el lugar en que sus súplicas se silenciaban e interiorizaban de una manera sorprendente. Ignoro si Luis llegó a creer en Jesús eucaristía, pero él sabía que Dios le escuchaba, y la virgen del Carmen, y San José bendito -como él llamaba al patrón del pueblo-, intercedían para que le fueran concedidas sus peticiones.

Vamos, niños, al Sagrario

Durante el último año que ejercí de catequista, adopté la costumbre de hacer que mis niños se arrodillaran ante el Sagrario, y que oraran, sabiendo que Jesús les oía. Era impresionante ver correr a mis 37 fierecillas desde la entrada del templo hasta el altar mayor, y repetir mis sencillas oraciones. Si los padres y amigos de los niños no hubieran intervenido en contra de mi catequesis, estoy seguro de que aquella devota práctica hubiera dado un excelente resultado. Recuerdo el caso de una de mis niñas de 7 años que fue reñida por una de las beatas de turno, cuando, cierto día, entró en el templo a toda prisa, para arrodillarse ante el Señor y orar unos segundos. ¿Qué más se les puede exigir a los niños pequeños? Los beatos incultos, carentes del conocimiento de la Palabra de Dios, creen que es más importante que los niños ni siquiera respiren en la Iglesia, antes que hagan el ridículo arrodillándose, hablando y llorando de emoción, ante Jesús Eucaristía.

Un cura que bostezaba diciendo Misa

Imaginaos un pueblo de más de 400 habitantes, en el que tan sólo 8 personas asistíamos a Misa todos los Domingos, y, 3, acostumbrábamos asistir a la Eucaristía de la tarde de los miércoles. Propuse que rezáramos el Rosario, y hasta una beata de turno hizo que nadie acudiera al templo, así pues, me vi rezando el Rosario sólo en 13 ocasiones. Propuse actos de adoración a Jesús Sacramentado y a la Santa Cruz, y sólo 4 personas me acompañaron durante 5 minutos, de manera que yo sólo tuve que terminar las oraciones, pues ni el sacerdote estaba conmigo.

Lo importante no es arrodillarse...

Comencé mi camino de predicador hace algo más de 6 años y 6 meses, porque creo en Jesús Sacramentado. El culto a Dios ha de serle tributado a nuestro Padre de una forma visible, pero, Pepe el ciego, no pudo hacer nada, en su tiempo, por la feligresía de su amada iglesia.

Algunos cristianos dicen: ¿Para qué voy a ir a rezar a la iglesia, si Jesús está en mi corazón? Yo les pregunto a tales personas: ¿Os da verg�enza que la gente os vea arrodillados ante Jesús? ¿Os da pereza dar unos pasos para encontraros personalmente con quien anduvo haciendo el camino de vuestra salvación?

Espero que el relato de mi experiencia os ayude a recordar vuestra permanencia junto al Señor, de forma que vuestra fe se vea aumentada. Me gustaría aprovechar esta ocasión para pediros que nos transmitáis vuestras experiencias, para que todos resolvamos nuestras dudas, y disipemos nuestros miedos.

Os envío otro texto del taller de oración que mantuve online hace varios años.

¿Ir a Misa yo? ja!

Como en todos los terrenos de la vida, en el mundo de la fe, también existen los cristianos que hay que tratar con cariño y dulzura, para no vernos obligados a mostrarles a base de darles infinidad de golpes todo lo que tienen pendiente por hacer, sí, hermanos y amigos, me refiero, naturalmente, a los perezosos. He aquí, cues, algunas de las frases que dichos personajes repiten frecuentemente:

Yo no voy a Misa, el cura siempre dice lo mismo, y yo termino por aburrirme. ¿Es tu pereza tan grande que prefieres no caminar un poquito y rehusas tener a Cristo en tu corazón, de forma que El sea más parte de ti que tú mismo?

No tengo interés en progresar espiritualmente hablando, pues, si Dios me ama, me acepta como soy. ¿Es tan grande tu pereza que te impide leer la Palabra de Dios para encontrar tu felicidad, la dicha de tus prójimos y del mismo Dios?

Siempre hay gente con dificultades, pero, yo ayudo al menor número de gente posible, porque a mí no me ayuda nadie, ni nadie cubre mis necesidades, así pues, yo soy quien costeo mi vida. Además de perezoso, ¿cómo puedes ser tan soberbio, y negarte a amar a tus prójimos, y, por tanto, a tu Padre y Dios?

Rezo a mi manera, mi culto interno y externo es cosa mía, los curas son muy dominantes, y, algunos beatos, insoportables. Además de perezoso, ¿te has permitido el lujo de crearte un dios a tu imagen y semejanza? ¿Cómo quieres que los demás creamos en un dios que tú te has inventado, y nosotros desconocemos?

¿Dar mi vida yo por otro aunque el tal mártir sea más justo que yo? ¡No! Cuando te llegue la oportunidad de manifestar tu amor, no habrá soberbia ni pereza que te hagan retroceder, pues, el amor, te habrá conquistado el corazón.

En el libro de los Salmos podemos leer este versículo: "Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha".

En otro lugar dice: "Si no proclamo tus preceptos, que la lengua se me pegue al paladar".

¿Te parece esta enseñanza loca y fanática? Si tienes esta creencia, sabrás mucho de amor propio, pero, desconoces el amor divino.

¿Consideras esta enseñanza de fanáticos: "Haced con los demás de igual manera que queréis que ellos hagan con vosotros" (MT. 7, 12). ¿Aceptas esta frase, o eres de los que amas que los demás se mojen por ti, y tú no haces nada para beneficiar a ninguna persona?

Si quieres orar, transforma la piedra de tu corazón en carne, pues, tu oración no dejará de ser egoísta e hipócrita, hasta que no seas artícife de la donación.

Finalizo este apartado de esta meditación dedicado a la oración, copiándoos una oración para después de esta celebración.

Dejaos seducir por el Señor

Queridísimos hermanos y amigos:

Acaba de concluir nuestra habitual celebración de la Eucaristía dominical. La gente va saliendo de la Iglesia, en las caras de algunos, se ve un disimulado gesto de satisfacción, los niños no pueden disimular su impaciencia, algunos ancianos, llevan la palabra fin dibujada en su rostro, pues, acaban de finalizar una cosa más... Y, nosotros, ¿qué hacemos? ¿Qué expresión se dibuja en nuestro rostro en este preciso instante?

El sacerdote anda por la Sacristía, el altar parece estar sólo, se apagan algunas luces, dos niños recogen el dinero de la colecta que está depositado en dos pequeñas canastillas que están en la escalera que conduce al altar mayor...

Se repite el milagro, cesan los ruidos habituales del público, alguna vez, suena el motor de un coche fuera de la Iglesia, se oye una flauta que interpreta una melodía rara a nuestros oídos, debe ser un mendigo que anda pidiendo limosna...

Una semana más, se repite el milagro, nuevamente, Señor, siendo sagrarios portadores de la Suprema y Humana Deidad, no deseamos salir del templo. Sentados o arrodillados en los bancos desde los que oímos la Misa, permanecemos junto a ti.

Las palabras de las lecturas que hemos escuchado en esta ocasión resuenan en nuestros oídos, así pues, la desesperación del Profeta, la exhortación del judío benjaminita que nos pide que no pequemos más, y las palabras con que acallaste al impulsivo Pedro, se repiten en nuestras mentes como un eco infinito. Señor, nosotros, en realidad, cuando pensamos como Pedro, porque queremos comulgarte, y no deseamos que mueras más, también nos sentimos reprimidos como el Apóstol, pues tú nos hablas ante tu Santa Iglesia.

Hoy queremos que nos seduzcas, de igual manera que en su tiempo hiciste con abraham, Moisés, Josué, Isaías, Jeremías, Jesús, Pedro, Pablo, David, y, tantos otros. Hoy deseamos que nos seduzcas, para que nuestro corazón quede impregnado de ti, de igual forma que la emoción henchía el espíritu de aquella tímida nazarena, que se atrevió a pronunciar el sí que cambió el curso de la historia del hombre.

Señor, nuestro pensamiento está contigo en el templo, pero, fuera de este sacro recinto, están las personas que amamos, aquellos incrédulos que nos producen tantos dolores de cabeza, pues son semejantes a los niños perezosos que no hacen sus tareas escolares, pues no buscan en sus libros la forma en que han de realizar sus actividades correctamente. Hoy queremos pedirte que ayudes a esos que siempre se están quejando aunque no tengan razón para protestar tanto. Señor, conociendo tu Palabra y voluntad, muchas veces, nos vemos obligados a enmudecer ante quienes no desean oir tu palabra, no por cobardía, sino, porque no sabemos ni qué decir ni qué hacer en determinados momentos.

Con nuestra alma inquieta, miramos al Sagrario, y, tú, Señor, callas. Una vez más, un impaciente interrogante, vuelve a obtener la tranquilidad de tu silencio. ¿Buscaremos la respuesta en nuestro corazón, ahora henchido de ti?

¿Qué hacemos cuando les hablemos de ti a quienes están llenos de rabia e ira ante lo que creen ignorancia nuestra y su dolor o pecado? No podemos hacer nada, sólo hablarles de ti a quienes deseen conocerte. No debemos preocuparnos más, tú provees nuestras necesidades, y sabes cuan grande puede hacer nuestra espiritualidad el tener dudas, siempre que intentemos vivir para respondernos dichas cuestiones, bajo la inspiración del Espíritu Santo, quien, a su debido tiempo, se acerca a nosotros, y, o nos tranquiliza y fortalece, o responde a nuestras dudas, ora a través de la Biblia, o quizá a través de alguna experiencia, personal o ajena.

No es fácil ser cristiano, cuantas veces tenemos que renunciar a tener relaciones indeseables, cuantos trabajos sucios que resolverían nuestro porvenir han de ser rechazados por muchos de nosotros, sólo porque tú, Señor, nos seduces, día a día.

Una semana más, con la satisfacción de haber estado unos minutos a solas contigo, salimos del templo, pero te llevamos con nosotros, a evangelizar al mundo.

Te queremos, Señor.

El Adviento.

1. Hoy hemos comenzado a vivir un nuevo año litúrgico. Tal como os dije en la monición de entrada, el primer Domingo de Adviento es para nosotros un día muy importante, precisamente porque empezamos un año de esfuerzo para perfeccionar nuestra actividad en el mundo y para fortalecer nuestro espíritu. Este periodo litúrgico que antecede a la Navidad que hoy hemos empezado a vivir se divide en 2 partes, así pues, entre hoy y el 16 de diciembre, vamos a centrarnos en el fin del mundo, y en el establecimiento del Reino de Dios, que tendrá como consecuencia el perfeccionamiento espiritual de todos los hombres, para que podamos gozar de la paz mundial. A partir del 17 de diciembre, empezaremos a preparar la celebración de la Navidad, un tiempo litúrgico que tendremos muy presente a partir del 8 de diciembre, pues recordaremos un altísimo ideal de Santidad: la Inmaculada Concepción de María.

2. Todos aceptamos el hecho de que Dios es muy bondadoso, pero quizá nos cuesta creer que él, cambiando el dolor de la humanidad por una alegría indescriptible, obviará nuestra necesidad de la fe para venir a nuestro encuentro. Quizá no nos hemos percatado de que Dios vive en nosotros y en nuestros prójimos, de la misma forma que a lo mejor no hemos tenido la oportunidad de pensar o de comprender que él se nos revela por mediación de los acontecimientos que conforman nuestra vida. La Iglesia, a través de su Liturgia, nos enseña a esperar la segunda venida de Cristo durante las semanas que anteceden a la Navidad. Esta es, pues, la causa por la que, en nuestras oraciones, durante las próximas semanas, repetiremos sin cesar: "¡Ven, Señor Jesús¡" (AP. 22, 20).

3. Si Dios va a venir a nuestro encuentro, se nos hace necesario prepararnos a recibir a nuestro Rey. ¿Qué nos dice San Pablo con respecto a nuestra formación para que estemos dispuestos a recibir al Mesías? El Apóstol nos dice: "Dad lugar a la renovación espiritual de vuestra mente y vestíos del hombre nuevo, creado a imagen de Dios para una vida verdaderamente recta y santa" (EF. 4, 23-24). El Apóstol nos sigue formando para que estemos dispuestos a recibir al Señor: "Estamos dispuestos a castigar toda desobediencia cuando vuestra obediencia sea perfecta" (2 COR. 10, 6). ¿Qué significa la extraña frase del Apóstol? San Pablo intentaba en su Epístola hacer que los lectores de su Carta se concienciaran de que él les había sido enviado por Dios, ya que ellos estaban divididos por causa de los judíos que no creían en el Hijo de María, y porque muchos creían que tanto Apolo, Pedro y Pablo, predicaban para dar a conocer a dioses diferentes o formas distintas de concebir la

misma fe (CF. 1 COR. 1, 12-13). La Ley de Dios es muy compleja para que la podamos memorizar, es esta la causa por la que San Pablo, haciéndose eco de que es más importante cumplir los Mandamientos divinos que memorizar las Escrituras, escribió las siguientes palabras: "Vivid en plena armonía unos con otros. No ambicionéis grandezas, antes bien poneos al nivel de los humildes. Y no presumáis de suficiencia" (ROM. 12, 16).

Quizá nos preguntamos: ¿Cuál es la causa por la que hemos de disponernos a recibir al Señor? ¿No resulta más apetecible el hecho de pensar que Dios no existe porque no se acomoda a nuestros caprichos excusándonos para ello confesando que el Todopoderoso no ha solventado las carencias de los más humildes? Dios vendrá a nuestro encuentro, así pues, en su visión del mundo redimido, San Juan vislumbró la siguiente descripción que hizo en su Apocalipsis que oyó pronunciar por una poderosa voz: "He aquí que Dios ha montado su tienda entre los hombres. Enjugará las lágrimas de sus ojos, y ya no habrá más muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor" (AP. 21, 3-4). De la misma forma que la instauración del Reino de Dios supone un cambio indescriptible por su significado, los cristianos nos comprometemos a marcar la diferencia entre quienes carecen de fe, así pues, si creemos en Dios, no debemos perder la esperanza cuando nos quedamos sin trabajo, tenemos que evitar perder el ánimo cuando

nuestros familiares y amigos sufren situaciones que no podemos resolver, y hemos de conservar nuestra confianza en el Señor cuando él cree oportuno el hecho de llamar a su presencia a nuestros seres queridos. Esto sucede porque "Dios nos ha llamado a una vida de consagrados" (1 TES. 4, 7). Las palabras del Apóstol que estamos meditando nos instan a vivir consagrados a Dios, ofreciéndole a nuestro Santo Padre nuestros pensamientos, todas las palabras que pronunciamos y la totalidad de las obras que llevamos a cabo.

¿Cuándo acontecerá el fin del mundo? ¿Cuándo podremos constatar que Dios existe porque él se nos revelará? Esta misma pregunta que nos estamos planteando impulsó al Señor Jesús a pronunciar su famoso discurso apocalíptico cuando sus discípulos le inquirieron que los iluminara al respecto de las cuestiones relativas a su existencia, pues ellos estaban tan inquietos como lo estamos nosotros. Ellos le dijeron al Rabbi: "-Dinos, ¿cuándo sabremos que sucederá todo esto? ¿Cómo sabremos que tu venida está cerca y que el fin del mundo se aproxima¿" (MT. 24, 3). Si supiéramos el tiempo que falta para que Dios venga a nuestro encuentro nos olvidaríamos de realizar nuestras obras cuando faltara poco tiempo para que Jesús concluyera su obra redentora. Si Jesús hubiera podido satisfacer la necesidad de obtener respuestas de quienes le acompañaron dejando a sus familiares y pertenencias durante 3 años lo hubiera hecho, pero, como Dios no le reveló el día crucial en el que será exterminada nuestra miseria, Cristo les dijo a sus amigos: "En cuanto al día y la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo. Solamente el Padre lo sabe" (MT. 24, 36).

4. Como cristianos que somos intentamos orar todos los días porque somos conscientes de que Dios está presente en nuestra vida. Creo necesario que durante las próximas semanas aumentemos nuestro tiempo de oración para familiarizarnos más y mejor con el Dios Trinidad, con María Santísima, y con nuestros titulares. Sería maravilloso que, cuando conmemoremos la Natividad de nuestro querido Jesús, podamos constatar que nuestra espiritualidad es más elevada que lo era al iniciar el Adviento, así pues, de la misma forma que los israelitas en su peregrinación vivieron durante 40 años en el desierto, nuestra vida cristiana es una peregrinación, un tiempo que se nos concede para que le permitamos a nuestro Padre celestial colmar nuestra existencia de dones y virtudes, así pues, aunque ignoramos cuándo vendrá Jesucristo a nuestro encuentro, debemos prepararnos a recibir al Rey que vendrá a visitarnos en Navidad como Hombre, y volverá al final de los tiempos, cuando este sistema de cosas sea transformado en cumplimiento de la voluntad de Dios.

San Pablo nos motiva para que no permitamos que se debilite nuestra fe con las siguientes palabras: "Por la fe sabemos que el universo ha sido modelado por la palabra de Dios, para que no busquemos en las cosas que se ven el origen visible de este mundo" (HEB. 11, 3).

Concluyamos esta meditación repitiendo la conocida oración del Salmista: "De ti, Señor, viene la salvación y la bendición para tu pueblo" (SAL. 3, 9). "Solo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación" (SAL. 62, 2).