Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, Ciclo C

Autor: José Portillo Pérez

 

 

San Lucas 21, 5-19.

Homilía:

El Reino de Dios está entre nosotros. 

“Y a unos que hablaban de que el templo estaba adornado de hermosas piedras y ofrendas votivas, dijo: En cuanto a estas cosas que veis, días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra, que no sea destruida” (LC. 21, 5-6). El anuncio de la destrucción del Templo de Jerusalén significa que el mundo en que vivimos debe ser transformado. Los cambios que nuestro mundo ha de tener no pueden llevarse a cabo fácilmente porque son nuestros corazones de piedra los que deben ser sustituidos por corazones de carne, y nosotros, nos negamos a creer en nuestro Criador, al no poder abarcar los misterios de nuestro Padre:

Creador. En el libro del Profeta Ezequiel encontramos un mensaje que, aunque inicialmente fue dirigido a los judíos, nos es útil a los cristianos que habitamos en todo el mundo: Dios le dijo a Ezequiel: “Por tanto, di: Así ha dicho Jehová el señor: Aunque les he arrojado lejos entre las naciones, y les he esparcido por las tierras, con todo eso les seré por un pequeño santuario en las tierras a donde lleguen. Di, por tanto: Así ha dicho Jehová el Señor: Yo os recogeré de los pueblos, y os congregaré de las tierras en las cuales estáis esparcidos, y os daré la tierra de Israel (os conduciré a mi presencia). Y volverán allá, y quitarán de ella todas sus idolatrías y todas sus abominaciones (santifiquen el mundo con su palabra y el ejemplo de sus buenas obras).Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan, y me sean por pueblo, y yo sea a ellos por Dios” (EZ. 11, 16-20). Hace algunos meses, cuando me despedí de vosotros por un tiempo por causa de mis problemas laborales, una de mis lectoras me escribió diciéndome que se sentía triste porque vivía en un pueblo pequeño en el que sólo se celebraba la Eucaristía un día a la semana. Hoy Dios, a través del fragmento de Ezequiel que estamos meditando, le ha dicho a mi buena amiga: A pesar de que te he enviado a vivir en el pueblo en que estás, yo no te tendré lejos de mi santuario. Os he contado esta anécdota porque Dios es un santuario para todos los que creemos en El muy a pesar de nuestras dificultades.

¿Por qué comenzó San Lucas el discurso escatológico de Jesús haciendo referencia a la destrucción de Jerusalén que tuvo lugar en el año setenta? En la Profecía del primero de los Profetas mayores leemos: “En aquel tiempo el renuevo de Jehová será para hermosura y gloria, y el fruto de la tierra para grandeza y honra (de Dios y de sus fieles hijos), a los sobrevivientes de Israel. Y acontecerá que el que quedare en Sión, y el que fuere dejado en Jerusalén, será llamado santo; todos los que en Jerusalén estén registrados entre los vivientes, cuando el Señor lave las inmundicias de las hijas de Sión (cuando ellos sean purificados), y limpie la sangre de Jerusalén de en medio de ella, con espíritu de juicio y espíritu de devastación. Y creará Jehová sobre toda la morada del monte de Sión, y sobre los lugares de sus convocaciones, nube y oscuridad de día, y de noche resplandor de fuego que eche llamas; porque sobre toda gloria habrá un dosel, y habrá un abrigo para sombra contra el calor del día, para refugio y escondedero contra el turbión y contra el aguacero (Dios protegerá a sus hijos del mal que los aceche) (IS. 4, 2-6).

“Porque los montes se moverán, y los collados temblarán (a pesar de lo que suceda en el mundo), pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti. Pobrecita, fatigada con tempestad, sin consuelo; he aquí que yo cimentaré tus piedras sobre carbunclo, y sobre zafiros te fundaré. Tus ventanas pondré de piedras preciosas, tus puertas de piedras de carbunclo, y toda tu muralla de piedras preciosas (te rodearé con mi gracia, que será para ti un escudo protector). Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y se multiplicará la paz de tus hijos. Con justicia serás adornada; estarás lejos de opresión, porque no temerás, y de temor, porque no se acercará a ti. Si alguno conspirare contra ti (si el mal sobreviene sobre ti de alguna forma), lo hará sin mí; el que contra ti conspirare, delante de ti caerá (cuando yo lo crea oportuno). He aquí que yo hice al herrero que sopla las ascuas en el fuego, y que saca la herramienta para su obra; y yo he creado al destruidor para destruir. Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová” (IS. 54, 10-17).

“Porque como la tierra hace brotar su renuevo, y como el huerto hace brotar su semilla, así Jehová el señor hará brotar justicia y alabanza delante de todas las naciones.

Por amor de Sión no callaré, y por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que salga como resplandor su justicia, y su salvación se encienda como una antorcha. Entonces verán las gentes tu justicia, y todos los reyes tu gloria; y te será puesto un nombre nuevo, que la boca de Jehová nombrará. Y serás corona de gloria en la mano de Jehová, y diadema de reino en la mano del Dios tuyo. Nunca más te llamarán desamparada, ni tu tierra se dirá más desolada; sino que serás llamada Hefzi-bá, y tu tierra, beula; porque el amor de Jehová estará en ti, y tu tierra será desposada. Pues como el joven se desposa con la virgen, se desposarán contigo tus hijos; y como el gozo del esposo con la esposa, así se gozará contigo el Dios tuyo. Sobre tus muros, oh Jerusalén, he puesto guardas; todo el día y toda la noche no callarán jamás. Los que os acordáis de Jehová, no reposéis, ni le deis tregua, hasta que restablezca a Jerusalén, y la ponga por alabanza en la tierra. Juró Jehová por su mano derecha (por Sí mismo), y por su poderoso brazo: Que jamás daré tu trigo por comida a tus enemigos, ni beberán los extraños el vino que es fruto de tu trabajo; sino que los que lo cosechan lo comerán, y alabarán a Jehová; y los que lo vendimian, lo beberán en los atrios de mi santuario. Pasad, pasad por las puertas; barred el camino al pueblo; allanad, allanad la calzada, quitad las piedras, alzad pendón a los pueblos. He aquí que Jehová hizo oír hasta lo último de la tierra: Decid a la hija de Sión: He aquí viene tu Salvador; he aquí su recompensa con él, y delante de él su obra. Y les llamarán Pueblo Santo, Redimidos de Jehová; y a ti te llamarán Ciudad Deseada, no desamparada” (IS. 61-11, 62-12).

Jesús se mostró impotente ante la Jerusalén que se condenó a sí misma porque se negó a creer en el enviado de Dios: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta. Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: bendito el que viene en el nombre del Señor” (MT. 23, 37-39). La ciudad tres veces santa fue quemada en el año setenta, y, en el interior de la misma, fueron abrasados por el fuego todos los zelotes que prefirieron morir antes que someterse a los vencedores de aquella larga guerra.

Cuando aconteció la destrucción de Jerusalén, la Iglesia se siguió expandiendo por el Imperio, así pues, después de alertar a sus creyentes con respecto a la destrucción de la ciudad santa, nuestro señor advirtió de los peligros que habían de correr, tanto a los predicadores del Evangelio, como a los creyentes de a pie que tuvieran valor y coraje para no renegar de su fe.

“Y le preguntaron, diciendo: Maestro, ¿cuándo será esto? ¿Y qué señal habrá cuando estas cosas estén para suceder?” (LC. 21, 7). ¿Qué señales precederán al fin del mundo? Hay demasiados videntes interesados en ganar adeptos que difundan sus creencias, haciendo que los mismos incrementen sus congregaciones inculcándoles miedo a sus oyentes con respecto a las señales que anunciarán que se acerca el fin del mundo. Es cierto que en la Biblia existen señales apocalípticas y de otros géneros de ese tipo, pero sabemos por lógica que las mismas tienen un significado simbólico. Desde que el hombre es hombre, siempre ha existido la miseria, así pues, la humanidad siempre vivirá guerras y tensiones de diversas clases hasta que Dios decida que se ha acabado el tiempo en que hemos de ser probados para concluir la instauración de su Reino entre nosotros, así pues, con todo el respeto que les debo a quienes profesan las citadas creencias, os pido que seáis cautos a la hora de meditar y de predicar estas cosas, pues no es bueno que acerquemos a la gente a Dios valiéndonos del miedo al infierno en que supuestamente ha de convertirse el mundo, pues nuestro Padre común quiere hijos que lo amen, no esclavos que le supliquen que les deje vivir un día más, aunque sea en su actual estado de sufrimiento.

“El entonces dijo: Mirad que no seáis engañados; porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo, y: El tiempo está cerca. Mas no vayáis en pos de ellos” (LC. 21, 8).

En cierta forma, los signos apocalípticos que aparecen en el Evangelio de hoy pueden conducirnos a la tentación de interpretar los mismos literalmente, ya que describen la realidad de las guerras que el mundo conoce, pero hemos de tener en cuenta que mientras que el texto bíblico que estamos comentando fue escrito en la década de los ochenta del siglo I, aún no han cesado de ocurrir catástrofes, por lo que ello ha de hacernos entender que el sufrimiento de la humanidad es un signo simbólico del fin del mundo, que no ha de ser interpretado al modo que lo entienden los fundamentalistas.

“Y cuando oigáis de guerras y de sediciones, no os alarméis; porque es necesario que estas cosas acontezcan primero; pero el fin no será inmediatamente. Entonces les dijo: Se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá grandes terremotos, y en diferentes lugares hambres y pestilencias; y habrá terror y grandes señales del cielo” (LC. 21, 9-11). Estos signos apocalípticos, según hemos meditado con anterioridad, si predicen la destrucción del mundo, no hemos de pensar que significan que el fin del mundo está cerca porque los mismos no cesan de acontecer, dado que la miseria siempre se ha ceñido y castigará a la humanidad.

Jesús previno a sus mártires con respecto a lo que había de sucederles por ser sus seguidores, según San Lucas, en los siguientes términos:

“Pero antes de todas estas cosas os echarán mano, y os perseguirán, y os entregarán a las sinagogas y a las cárceles, y seréis llevados ante reyes y ante gobernadores por causa de mi nombre. Y esto os será ocasión para dar testimonio. Proponed en vuestros corazones no pensar antes cómo habéis de responder en vuestra defensa; porque yo os daré palabra y sabiduría, la cuál no podrán resistir ni contradecir todos los que se opongan. Mas seréis entregados aun por vuestros padres, y hermanos, y parientes, y amigos; y matarán a algunos de vosotros; y seréis aborrecidos todos por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas” (LC. 21, 12-19).

Aunque muchos de los hijos de la Iglesia han sido martirizados con tal de no negar su fe, y aunque la Iglesia aún no ha dejado de ser perseguida, no hemos de quejarnos porque vivimos en lugares en que nuestra fe no es aceptada por nuestros prójimos, así pues, esa causa precisamente ha de fortalecernos para evangelizar a quienes quieran acercarse a nosotros, pues es preciso que nuestros prójimos sientan que el Reino de Dios está en sus corazones. Por otra parte, no debemos vivir con miedo pensando en los signos apocalípticos que anuncian la destrucción del mundo, pues es mejor que aprovechemos nuestro tiempo para cumplir los Mandamientos de la Ley día a día, pues de la santificación de la humanidad depende la conclusión de la instauración del reino de Dios entre nosotros. No pretendo afirmar que nosotros podemos santificarnos por nuestros propios medios, pero es importante que nos acerquemos a Dios y que fortalezcamos la fe de nuestros prójimos, pues, si creemos que somos miembros del Reino de nuestro Padre común, de alguna forma, conseguiremos que Dios esté más cerca de nuestro mundo.