Domingo V Tiempo Ordinario, Ciclo A, (Mt. 5, 13-16)

Autor: José Portillo Pérez

 

 

  1. El próximo martes interrumpiremos la conmemoración de las ferias de la semana V ordinaria de este año para comenzar el miércoles el tiempo de Cuaresma. Al igual que el Adviento, las semanas que preceden al Triduo de Pascua y a la Pascua, nos evocan nuestra conversión. Jesús, en el Evangelio de hoy, nos dice que, al estar íntimamente vinculados con Dios, somos el centro del universo. Esta realidad tan atractiva, significa una gran responsabilidad para nosotros, pues nos hace constatar que nuestro Padre común nos ha dotado de una libertad, que debemos aprovechar convenientemente, para crecer como personas cristianas, como gente de este mundo, a pesar de que somos peregrinos que caminamos hacia un mundo nuevo, que nos estamos creando, con nuestras obras, palabras, y, oraciones. Nuestro origen humano es indiscutible, pero, al comparar nuestra fragilidad con la omnipotencia de Dios, David le preguntó a nuestro Criador: "¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el

hijo del hombre, para que lo visites¿" (Sal. 8, 4). Estamos tan acostumbrados a tener a Dios como a un Padre olvidado, y estamos tan sumidos en el progreso material de la sociedad en que vivimos, que, con la excepción de que suframos carencias temporales o que enfermemos gravemente, no nos acordamos de nuestra debilidad, no porque nuestra fe suple nuestros defectos, sino porque no nos sentimos necesitados de Dios. Vivimos en un mundo que se está pluralizando, y, la Filosofía y la Psicología, al no poder estar dirigidas a instruirnos en una creencia generalizada, están siendo utilizadas para fomentar el amor que debemos sentir por nosotros mismos, por lo que, lamentablemente, en la sociedad cuyo afán competitivo es ilimitado, nos estamos olvidando de nuestros prójimos los hombres. Jesús nos dice que somos la sal y la luz de la gran ciudad del mundo, pero no somos felices, porque, no podemos darle savor y luminosidad a nuestra vida, si vivimos aislados, paradójicamente, en una

sociedad que dispone de muchos medios para comunicarnos con nuestros prójimos.

   2. Somos muchos los católicos que nos hemos acostumbrado a asistir a la celebración de la Eucaristía semanal de los Domingos, pero, lamentablemente, no todos conocemos a Jesús. A pesar de que el pasado Domingo meditamos las Bienaventuranzas, estoy completamente seguro de que, muchos católicos no saben en qué capítulo de San Mateo o de San Lucas se encuentran las citadas máximas de nuestro Maestro. ¿Qué diría Jesús si volviera hoy en su Parusía y viera que la Eucaristía sólo es un acto rutinario para nosotros? ¿Por qué somos cristianos si no sabemos lo que Dios quiere de nosotros? Un cristiano que no conoce sus creencias es semejante a un científico que desconoce su trabajo.

   3. Paralelamente a nuestros ciclos formativos, es muy importante que ejercitemos los dones y virtudes que recibimos del Espíritu Santo, participando, por ejemplo, en diversas actividades que se pueden programar en nuestras comunidades físicas yo virtuales. Pueden constituirse grupos de oración para rezar el Santo Rosario una vez a la semana, se pueden crear grupos de Catequesis o de Liturgia, se pueden crear asociaciones para recabar fondos económicos para realizar actividades en países subdesarrollados, etcétera. Yo he sido catequista de niños, adolescentes y adultos, y, desde hace más de tres años, evangelizo a través de la red, y me dedico a escuchar a quienes se sienten tristes, a través de la cuenta de Msn Mesenjer:

amigosdetrigodedios@hotmail.com

y os puedo asegurar que Dios me ha dado frutos como para superar miles de veces las buenas obras que yo he realizado. Estas actividades nos instan a olvidar el egoísmo, y nos enseñan a amarnos a nosotros, a nuestros prójimos, y, a nuestro Padre común.

   4. La formación y la acción cristianas carecen de sentido si no se basan en la oración, de la misma forma que, las Bienaventuranzas, carecen de sentido, al no ser explicadas por el sermón del monte. Orar es hablar con Dios como lo hacemos con quienes se sientan con nosotros en nuestro hogar, una experiencia inolvidable e inexplicable, que sólo puede ser comprendida, por quienes la viven.