Conmemoración de los fieles difuntos, Ciclo C
Autor: José Portillo Pérez
San Juan, 6, 37-40.
Homilía:
Estimados hermanos y amigos:
Los católicos decimos que el mes de Noviembre es el mes del ciclo litúrgico que llamamos del Reino de Dios, así pues, durante las últimas semanas de los tres ciclos litúrgicos, nos dedicamos a preparar la recepción de Jesús en su segunda venida o Parusía. Nosotros queremos estar dispuestos a recibir a Cristo en su segunda venida porque somos conscientes de que sin nuestro Señor no podremos alcanzar la felicidad. Queremos recibir a Cristo en su segunda venida porque somos perfectamente conscientes de que nuestra vida no es eterna y, como creemos que no moriremos para siempre, deseamos que el Hijo de María transforme nuestra existencia. Nosotros vivimos inmersos en nuestras actividades ordinarias y, como hemos adquirido la costumbre de no pensar en la muerte porque decimos que ello nos convierte en grandes pesimistas, en cierta forma, vivimos como si nuestra existencia se prolongara eternamente. Hemos dejado de pensar en la muerte porque nuestra fe es débil, así pues, en cierta forma, el hecho de afrontar la transformación de nuestra vida que Dios llevará a cabo al final de los tiempos, debería alegrarnos, porque ello significa que nuestras miserias actuales no se prolongarán para siempre en nuestra vida, y que Dios destruirá a la muerte. Hemos dejado de pensar en la muerte porque nos entristece el hecho de perder la vida, así pues, aun en el caso de que no seamos plenamente felices, pensamos que queremos vivir tal como estamos, aunque no alcancemos grandes logros, porque nos gusta vivir, y, además, ¿por qué vamos a pensar en la muerte si ignoramos la misma de la misma forma que intentamos no tener en cuenta las demás circunstancias que nos entristecen? Cuando digo que como católicos que somos debemos alegrarnos al pensar en la muerte, no pretendo haceros creer que tenemos que desear perder la vida, pues la misma es un don y un compromiso que hemos adquirido por mediación de Dios y por ello tenemos que vivirla lo mejor que podamos, sino que tenemos que valorar la posibilidad de vivir en la presencia de nuestro Padre común.
Hoy visitaremos a nuestros familiares y amigos difuntos. Sabemos que nuestros seres queridos que no están con nosotros han perdido la vida y que por ello obviamente no podrán vernos cuando visitemos sus tumbas, pero nosotros no iremos a recordar a quienes tanto amamos a los lugares en que sus cuerpos descansan y esperan la conclusión de la instauración del Reino de Dios en el mundo por el simple hecho de verter unas lágrimas, pues, al recordar a quienes tanto amamos, nos encontraremos espiritualmente con las almas que, desde el cielo, se unirán a nosotros a la ora de orar, nosotros por la salvación de ellos, y ellos por nuestro encuentro definitivo con nuestro Padre común.
Aunque deseamos vivir en la presencia de nuestro Padre común, nos está permitido llorar a la hora de recordar a quienes no están con nosotros. Recuerdo a un niño que, hace algunos años, me escribió un e-mail recriminándose por su total falta de fe en su corazón, porque lloró el día en que sepultaron a su abuelo paterno, a pesar de que sabía que se encontraría con él al final de los tiempos. Nosotros tenemos que ceder bajo el gran peso de nuestra fragilidad para llorar cuando necesitemos desahogarnos, simplemente porque somos humanos. Si no somos perfectos en todos los sentidos, ello significa que, de la misma manera que fallamos muchas veces cuando tenemos que actuar perfectamente, es normal que tengamos la necesidad de llorar cuando perdamos a nuestros familiares y amigos queridos, pues ello no significa que no tenemos fe, sino que la separación de quienes amamos, aunque sea temporal, no deja de ser difícil. Al igual que os sucede a quienes recordáis a quienes no están con vosotros, yo también he perdido a algunos de mis familiares a lo largo de mi vida. La pérdida más dolorosa la sufrí cuando tenía once años, y viví la muerte de mi hermana Lucía de siete años, pues ella murió siendo ciega y padeciendo de parálisis cerebral y de epilepsia. Aquella pérdida fue muy dolorosa, mi alma de niño quería morir para estar con mi hermana donde quiera que ella estuviera, pero no tardé mucho tiempo en comprender que no debía ser egoísta pensando en mí, y que debía alegrarme porque mi hermana no estaba sufriendo sus terribles dolores.
No recuerdo si os habré contado en alguna de mis publicaciones anteriores que hace algunos años me escribió un e-mail una señora que se sentía muy triste porque decía que había deseado la muerte de uno de sus hijos que había fallecido hacía algunos días. Aquella señora no había deseado la muerte de su hijo porque lo odiaba según se recriminaba, lo que le sucedió es que él era drogadicto y, como sufría mucho por causa de su adicción, ella deseaba que perdiera la vida para que no siguiera sufriendo.
Mi experiencia vital me ha enseñado que no sabemos aprovechar las dádivas que Dios nos concede hasta que estamos a punto de perderlas. He aprendido que la vida es una naranja que tenemos en las manos a la que tenemos que extraerle todo su jugo. Es preciso que vivamos cada instante de nuestra vida como si estuviéramos a punto de morir, porque ese hecho puede hacernos buscar la felicidad sin complicarnos la existencia con naderías. No tenemos más remedio que aceptar las circunstancias de nuestra vida que no podemos cambiar. Quienes tenemos problemas familiares sufrimos por ello, pero, si nuestros familiares no quieren mejorar sus relaciones con nosotros y por ello lo único que podemos hacer es vivir alejados de ellos para no agravar nuestros problemas, no tendremos más remedio que orar por la mejor solución de los mismos, y pensar que tenemos pocos compromisos. Si tenemos problemas laborales, tendremos que contemplar la posibilidad de buscar un trabajo diferente al que realizamos, así pues, esto lo intento hacer yo actualmente. La vida es riesgo, sonrisas, sudor, lágrimas, suspiros...
Si Cristo va a venir al mundo cuando Dios lo crea oportuno para concluir la instauración del Reino de nuestro Padre común en nosotros, es conveniente que nos preparemos a vivir en la presencia de nuestro Padre común. Tenemos cuatro semanas por delante para mejorar nuestro conocimiento de Dios, con el fin de que podamos amar más a nuestro Padre común, pues de esa forma desearemos vivir en el Reino de nuestro Padre común. Pidámosle a Dios que el recuerdo de quienes amamos nos ayude a fortalecer nuestra fe para que deseemos aumentar nuestra formación espiritual y nuestro tiempo de oración. Es tan maravilloso el hecho de hablar con Dios que, cuanto más oramos, más imperiosa es la necesidad que tenemos de expresarle nuestros sentimientos y nuestras alabanzas a nuestro Criador. Si creéis que quienes tanto amáis volverán a la vida y que podréis vivir junto a ellos en la presencia de Dios, seguro que habéis adquirido el hábito de orar constantemente, diciéndole a Dios lo que sentís, consagrándole vuestras obras, y pidiéndole que santifique vuestros pensamientos.
Finalizaré esta meditación contándoos algo que me sucedió una fría mañana de un catorce de febrero. Yo trabajaba en un pueblo costero de Málaga llamado Torre del Mar. Mientras que la gente corría para comprar regalos para sus medias naranjas, se me acercó una señora mayor a mi punto de venta de lotería, y me pidió que le vendiera un boleto de un número que he olvidado con el paso de los años. Yo estaba aburrido y quise saber por qué aquella señora buscaba aquel número, y ella me dijo que era viuda, y que, el día de los enamorados, compraba los décimos de lotería y los dulces que le gustaban a su marido cuando él aún vivía. Aquel hecho me impresionó mucho, y aún me sorprendí más cuando la buena mujer me dijo que iba a comprar dulces y que iba a encerrarse en su casa para llorar sin que nadie la molestara y para revivir todos los recuerdos que habían conseguido que su vida hubiera merecido la pena ser vivida por ella. Después de mantener la citada conversación, la señora me puso la mano en el hombro derecho en señal de agradecimiento por comprender su dolor, se despidió de mí, y siguió siendo mi clienta durante los meses que recordó cómo la consolé al comprender que vencía su soledad amparándose en sus recuerdos.
Que Dios os bendiga.
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