Domingo XX del Tiempo Ordinario, Ciclo C
Autor: José Portillo Pérez
San Lucas, 12, 49-53
Homilía:
Signos de contradicción.
Sabemos que somos hijos de Dios, que nacimos al ser bautizados, y que aspiramos a alcanzar la santidad, por lo que intentamos vivir en estado de gracia. También sabemos que tanto los autores bíblicos como los grandes predicadores de la Iglesia no cesan de animarnos para que no perdamos de vista las promesas de nuestro Padre común, pues albergamos en nuestros corazones la esperanza de vivir en la presencia de nuestro Criador. Sabemos que la promesa de nuestra redención no se refiere a esta vida, sino a la vida que sucederá a nuestra muerte, así pues, con respecto a nuestra vida mortal, no creemos en Dios con la pretensión de alcanzar la plenitud de la felicidad dado que ello es imposible para nosotros, sino para ser corregidos de nuestros defectos. Si queremos ser redimidos por el Señor, tenemos que ser signos de contradicción para nuestros prójimos los que no aceptan al Dios Uno y Trino, pues, como es de bien nacidos el ser agradecidos, tenemos que cumplir la Ley de Dios, los Mandamientos por cuyo cumplimiento nos demostramos que aspiramos a alcanzar la perfección divina. Sabemos que no es fácil para nosotros el hecho de ser signos de contradicción, pues no somos bien vistos cuando afirmamos que el aborto es un crimen nefando, cuando decimos que no se han de tener relaciones sexuales sin amor, y otras tantas verdades que son de gran importancia para nosotros. Los siguientes versículos del Apocalipsis de San Juan me han hecho meditar mucho sobre la interpretación de los mismos: "... TE damos gracias, Señor Dios todopoderoso, el que eres y que eras y que has de venir, porque has tomado tu gran poder, y has reinado. Y se airaron las naciones, y tu ira ha venido, y el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, a los santos, y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra" (AP. 11, 17-18). Si bien hemos de ser tolerantes con quienes no comparten nuestras creencias, no hemos de olvidar que tenemos el deber de esforzarnos para que quienes incumplen la Ley de Dios sepan que están bajo la ley del pecado, así pues, si ellos nos comprenden aceptarán la salvación divina, pero, si no aceptan nuestra predicación, no será culpa nuestra el hecho de que sigan cometiendo los mismos errores.
En el EVangelio de hoy Jesús nos habla de un bautismo que El vino a traer sobre la tierra, un Sacramento que, si bien hace de nosotros verdaderos hijos de Dios, por ello no nos libra de vivir las dificultades que atañen a nuestra existencia. En el Evangelio de San Mateo leemos: "Vinieron los fariseos y los saduceos para tentarle, y le pidieron que les mostrase señal del cielo. Mas él respondiendo, les dijo: Cuando anochece, decís: buen tiempo; porque el cielo tiene arreboles. Y por la mañana: Hoy habrá tempestad; porque tiene arreboles el cielo nublado. ¡Hipócritas! que sabéis distinguir el aspecto del cielo, ¡mas las señales de los tiempos no podéis! La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Y dejándolos, se fue" (MT. 16, 1-4). Conocemos perfectamente las señales del tiempo, pero no queremos ver las señales que nos demuestran que nuestro Padre común está entre nosotros. Es cierto que no podemos ver a Dios cara a cara, pero también es cierto que El vive en nosotros, en nuestros prójimos -especialmente en los que sufren por cualquier causa-, y que Jesús nos espera en el altar de cualquier Iglesia en la que queramos encontrarnos con El para orar o para meditar las Escrituras en el silencio y la quietud de la casa de nuestro Criador.
Yo soy vendedor de lotería y, como llevo más de ocho años ejerciendo el citado trabajo en la calle, todos los días me encuentro con gente que se queja de padecer un gran aislamiento, hombres y mujeres que no distinguen los beneficios de la soledad -porque nuestro mundo es muy ruidoso- del padecimiento que significa para cualquier persona el aislamiento. En la Navidad del año 2005 conocí a una mujer que empezó a comprarme lotería prácticamente todos los días porque encontró en mí a un amigo que comprendía su soledad y su dolor. El día seis de enero del presente año empecé a disfrutar de un periodo vacacional de un mes y, cuando me incorporé a mi trabajo, mis superiores me enviaron a trabajar a otro pueblo, con lo que mi punto de venta fue cubierto por uno de mis compañeros. Hace pocos días me dirigía hacia la entidad bancaria en la que liquido la lotería que vendo diariamente y una mano acarició suavemente mi mano derecha, y yo dejé de caminar y miré a la mujer que me miraba con los ojos llenos de lágrimas. Mi buena amiga del pasado, la mujer que había encontrado en mí a un amigo a pesar de la diferencia de edad que tenemos la cual podría obstaculizar nuestra amistad, me pidió que volviera a mi antiguo punto de venta, y me dijo que me había estado buscando prácticamente todos los días desde que abandoné mi lugar de trabajo, y que me había echado mucho de menos, porque yo era para ella como un hijo. Yo estoy acostumbrado a que la gente se acuerde de mí únicamente cuando necesita consuelo. Este hecho me emocionó, porque, la mujer que me había buscado infructíferamente durante siete meses largos aún seguía recordándome. Los cristianos deberíamos ser un signo de contradicción en el mundo en que los débiles viven desamparados, solventando sus carencias, y sacándolos del aislamiento que padecen.
Comprendemos el hecho de que muchas madres sean capaces de sufrir mucho por sus hijos, pero, sin embargo, llamamos fanatismo al hecho de padecer por causa de nuestras creencias con tal de no negar la existencia de Dios, dado que no podemos demostrar científicamente la existencia de nuestro creador. Independientemente de nuestro conocimiento de la fe de la Iglesia, todos sabemos que, no sólo Jesús, sino que, muchos de los personajes que aparecen en los dos testamentos en que se divide la Biblia y muchos de los Santos de la Iglesia han sido asesinados, porque han vivido siendo signos de contradicción para sus prójimos, y porque a todos nos cuesta un gran esfuerzo cambiar nuestras creencias por otra ideología, aunque la misma sea mejor que nuestra forma de ver la vida.
San Pablo nos dice en uno de sus textos:
"Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. DE manera que la muerte actúa en nosotros, y en vosotros la vida. Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos, sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús, y nos presentará juntamente con vosotros. Porque todas estas cosas padecemos por amor a vosotros, para que abundando la gracia por medio de muchos, la acción de gracias sobreabunde para gloria de Dios. Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas" (2 COR. 4, 7-18).
Nuestra intención en el mundo ha de ser servir a Dios en nosotros -que somos sus hijos- y en nuestros prójimos. No actuemos con dobles intenciones, de la misma manera que lo hicieron quienes condenaron a nuestro Señor argumentando que asesinaban a Jesús porque El decía de sí mismo que era hijo de Dios, cuando en realidad le arrancaron la vida al Hijo de María, porque el Mesías expulsó a los vendedores del templo, para hacerles comprender a sus hermanos de raza que la Iglesia debe ser una morada de Dios dedicada a la oración, al estudio, al servicio de los hombres y a la proclamación de la Palabra de Dios.