Domingo de Resurrección, Ciclo A, (Jn. 20, 1-9)

Autor: José Portillo Pérez

 

 

1. María Magdalena, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra (Cf. Lc. 10, 39), cuando nuestro Señor descansaba en la casa de Betania de la que eran propietarios Lázaro, Marta y María. Cuando nuestro Señor les anunciaba su Pasión y muerte a sus discípulos, les decía: "-El Hijo del hombre va a ser puesto en manos de hombres que le matarán, pero al tercer día resucitará" (Mt. 17, 22-23). San Juan nos dice en el Evangelio de hoy: "El domingo por la mañana muy temprano, antes de salir el sol, María Magdalena fue al sepulcro. Cuando vio que estaba quitada la piedra que tapaba la entrada, se volvió corriendo a la ciudad para contárselo a Pedro y al otro discípulo a quien Jesús tanto quería. Les dijo: -Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto" (Jn. 20, 1-2). Antes de resucitar a Lázaro, Jesús, al ver llorar a su gran amiga y al preguntar en qué lugar estaba situado el sepulcro de Lázaro, "se echó a llorar" (Cf. Jn. 11, 35). A pesar de la

instrucción que María recibió del Señor, cuando supo que Jesús no estaba en el sepulcro, pensó que algún profanador de sepulcros había robado su cadáver, con el fin de obtener una recompensa a cambio de dar a conocer el lugar en que lo había puesto. Hermanos, no podemos culpar a María por su incredulidad, así pues, ella vio a Jesús crucificado, y, por causa de lo que sufrieron Jesús y quienes le vieron morir, perdió la fe. Quizá nosotros perdemos la fe cuando perdemos a nuestros seres queridos, así pues, lo mismo que pensaba Marta cuando vio morir a su hermano, sabemos que Jesús resucitará a nuestros familiares y amigos queridos al final de los tiempos, pero, si Jesús hiciera ese milagro en este instante en que estamos leyendo este texto, si nuestro Señor se nos apareciera dispuesto a curarnos de nuestras enfermedades, ¿creeríamos en él antes de que nuestro Salvador operara sus milagros en nuestra vida?

2. Sigamos meditando el Evangelio de hoy: "Pedro y el otro discípulo salieron inmediatamente hacia el sepulcro. Iban corriendo los dos juntos, pero el otro discípulo se adelantó a Pedro y llegó primero. Se asomó al interior y vio que las vendas de lino estaban allí en el suelo; pero no entró" (Jn. 20, 3-5). ¿Por qué esperó Juan a que Pedro entrara en el sepulcro antes que él? Teniendo en cuenta que el hermano de Santiago era un adolescente, es lójico pensar que al ver el sepulcro vacío, se dejara embargar por el miedo y la confusión que arrastraba desde que supo que Jesús iba a ser asesinado. No es desechable la posibilidad de que, al saber el hijo de Salomé que Jesús le había concedido a Pedro la primacía en el gobierno de la Iglesia que se fundaría a partir de Pentecostés, no quisiera usurparle al primer Papa su derecho de ser el primero que investigara lo que sucedía, ya que su Maestro le dotó con más poder que a sus compañeros.

3. Con lo impulsivo que Pedro era, el primer Papa debió sentir una ira enorme cuando entró en el sepulcro y pensó que era verdad que Jesús había sido robado. Cuando Juan entró en la cueva, "vio y creyó" (Jn. 20, 8). por su parte, "pedro se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido" (Lc. 24, 12).

4. Según San Lucas, los ángeles les dijeron a las santas mujeres que fueron al sepulcro a terminar de ungir al Mesías: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo¿" (Lc. 24, 5). Tengamos presente, hermanos y amigos, que esta Semana Santa que hoy finalizaremos al mismo tiempo que iniciaremos la octava de Pascua, es Santa por la conmemoración de los misterios centrales de nuestra fe, pero también ha de ser santificada por nuestra vivencia cristiana. Hemos vivido el Triduo pascual meditando los misterios más trascendentales de nuestra fe, pero, ya que mañana iniciarán sus actividades ordinarias quienes están disfrutando de sus vacaciones y volveremos a trabajar quienes estamos disfrutando del descanso por causa de estos días festivos, ¿qué haremos a partir de mañana con nosotros, nuestra familia, nuestros amigos y nuestro trabajo? ¿Estamos dispuestos a llevar al Señor a nuestro ambiente, o simplemente nos hemos tomado el Triduo como unos días de relax y de silencio necesarios para intentar no estresarnos a partir de mañana cuando empecemos a trabajar? ¿Por qué la gran mayoría de los cristianos españoles se conmueven al ver las imágenes de Jesús sufriente y muerto e ignoran al Resucitado? ¿Por qué nos impresionan más las noticias desastrosas que las noticias buenas? Al celebrar la Resurrección de Jesús, el signo más eminente de la instauración del Reino de Dios entre nosotros, vamos a proponernos extender ese Reino en nuestro hogar, en nuestro trabajo, y en nuestro círculo de amigos. Al finalizar la Semana Santa, es hora de que testimoniemos nuestra fe y nuestra esperanza, así pues, San Pablo les escribió a los Romanos: "Restablecidos, pues, en la amistad divina por medio de la fe, Jesucristo nuestro Señor nos mantiene en paz con Dios. Cristo mismo ha sido quien nos ha instalado, mediante la fe, en esta situación de gracia en que vivimos y nos hace poner nuestra honra en la esperanza de participar en la gloria de Dios. Es más, hasta las dificultades nos llenan de alegría, porque sabemos que en la dificultad se forja la entereza del hombre, y un hombre así merece la aprobación de Dios, y la aprobación de Dios es fuente de esperanza. Una esperanza que no decepciona, porque al darnos el Espíritu Santo, Dios nos ha inundado de su amor el corazón" (Rom. 5, 1-5). Nuestro Apóstol les escribió a los lectores de la comunidad que fundó en éfeso: "Dad lugar a la renovación espiritual de vuestra mente y vestíos del hombre nuevo, creado a imagen de Dios para una vida verdaderamente recta y santa" (Ef. 4, 23-24). En esa misma Carta, Pablo escribió: "Sois hijos amados de Dios. Procurad pareceros a él y haced del amor norma de vuestra vida, pues también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio que Dios recibe con agrado" (Ef. 5, 1-2).

Hace varios años me contaron que un señor, al finalizar unos ejercicios espirituales, corrió a su casa y le dijo a su mujer: Cariño, me arrepiento de todos los pecados que he cometido. Cielo, te prometo que no te volveré a ser infiel más nunca. Después de que la pobre mujer supo que su marido le había sido infiel con muchas mujeres, tomó la firme resolución de separarse de él, y aquel hombre, que no era un cristiano probado en muchas dificultades, sino que era semejante a un bebé que acababa de nacer a la vida de la fe, dejó de creer en Dios. Si en nuestro ambiente siempre se nos ve muy alegres y no sabemos defendernos al ser interrogados por nuestros familiares y amigos, no es conveniente que ellos nos vean plenamente transformados de la noche a la mañana, para que no se extrañen de nuestra fe, nos sometan a interrogatorios de los que no vamos a salir bien parados, y acabemos mal, porque, dudar de Dios, es más insufrible que carecer de fe, porque, si no tenemos fe, sabemos que todo acabará en el fin de nuestra vida, pero, si tenemos fe, seguro que notamos la diferencia existente con los no creyentes al conocer el significado teológico de nuestro dolor, pero, si no sabemos si debemos tener fe o no porque dudamos sobre la existencia de Dios, lo podemos pasar muy mal. Nuestra fe se fundamenta sobre tres pilares llamados formación, acción y oración, pero, si no tenemos una buena formación, si no estamos muy acostumbrados a practicar las virtudes divinas, y si aún no sabemos hablar con Dios, será mejor que no nos expongamos a las broncas que podemos sufrir entre quienes nos aman, y quieren ayudarnos a salir de la Iglesia, porque creen que los curas nos han metido en una secta. Recordemos que Jesús nos dirá en cada ocasión que nuestra fe sea atacada: "¡Dichosos los que crean (en mí sin haber visto¡" (Jn. 20, 29). Dichosos quienes creemos en el Señor sin haber tenido la dicha de verle resucitado como les sucedió a los Apóstoles. Por mi experiencia en

discusiones puedo decirles a ustedes que no contradigan a quienes les acribillen a preguntas, porque hay gente que, por su terquedad, quiere tener razón aunque su pensamiento no esté relacionado con el nuestro, e incluso aunque su punto de vista desde todas las ópticas exceptuando la suya sea descabellado. Recordad también que, en todas las disputas que nos surgen con respecto a temas religiosos, Dios acaba siendo el mayor perjudicado.

Rocío Figuerero, moderadora de Siembra Amor, ha publicado en su lista de correo una daptación de Las mil caras del amor de William W. Hewit, que puede servirnos para que enfoquemos nuestra vida después de haber vivido intensamente las celebraciones del Triduo pascual:

"1. Mostraré mi amor siendo paciente, aún cuando preferiría estar impaciente y desesperarme.

2. Mostraré mi amor perseverando aún cuando podría ser más fácil renunciar.

3. Mostraré mi amor sonriendo, aún cuando preferiría quejarme.

4. Mostraré mi amor diciendo gracias por todas las cortesías y amabilidades que demuestren, sin importar lo pequeñas o triviales que me parezcan.

5. Mostraré mi amor ofreciendo una actitud caritativa, aunque en realidad no quiera, desde situaciones simples.

6. Mostraré mi amor buscando oportunidades de ofrecer una palabra o una acción agradable a alguien más a tener un día mejor o más bonito.

7. Mostraré mi amor adquiriendo el hábito de decir frecuentemente te amo a quienes están cerca de mí, tales como los miembros de mi familia y amigos queridos.

8. Mostraré mi amor trabajando con alegría inclusive cuando amanezca con mucha flojera.

9. Mostraré mi amor siendo sincero, aún cuando una pequeña mentira se adaptaría mejor a mis propósitos.

10. Mostraré mi amor llevando a cabo todas mis actividades con integridad.

11. Mostraré mi amor manteniendo mi boca cerrada aún cuando preferiría chismorrear o criticar a alguien que esté cerca o me resulte antipático.

12. Mostraré mi amor manteniendo en reserva un secreto, aún cuando preferiría contarlo.

13. Mostraré mi amor diciendo una palabra amable, aún cuando me parecería mejor mostrar una actitud de autoridad con una palabra dura.

14. Mostraré mi amor siendo cortés en lugar de ser brusco o grosero.

15. Mostraré mi amor perdonándome a mí mismo y a los demás en vez de culparme y condenarlos.

16. Mostraré mi amor pensando en los demás en lugar de ser desconsiderado y desatento.

17. Mostraré mi amor ofreciendo amistad a los desamparados y solitarios.

18. Mostraré mi amor comprometiéndome en lugar de dar la espalda, desentenderme o justificarme.

19. Mostraré mi amor diciendo y practicando el puedo en lugar del no se puede.

20. Mostraré mi amor exigiendo justicia y rectitud para mí mismo y los demás.

21. Mostraré mi amor aceptando nuevas ideas, aún cuando me sienta más seguro teniendo prejuicios.

22. Mostraré mi amor practicando todos los días una buena acción, aún cuando no esté obligado ni comprometido, simplemente porque quiero hacerlo.

23. Mostraré mi amor controlando mi temperamento, aún cuando preferiría manifestarlo.

24. Mostraré mi amor evitando riesgos que pongan en peligro a los demás o a mí mismo. (Incluye el hábito del tabaquismo, alcoholismo, gula, pereza, etcétera).

25. Mostraré mi amor practicando la prudencia y el buen juicio en todas mis acciones.

26. Mostraré mi amor evitando que abusen, maltraten o pongan en ridículo a alguien.

27. Mostraré mi amor practicando estas sugerencias de amor, hoy y todos los días de mi vida".

5. Al renovar nuestros compromisos bautismales, al celebrar la Eucaristía y al iniciar nuestras actividades ordinarias después del retiro tridual que hemos vivido, no dejemos de asistir a la Iglesia, así pues, tenemos que celebrar la Ascensión de Jesús al cielo, nuestro Señor nos enviará al Espíritu Santo en Pentecostés, celebraremos el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, celebraremos a la Santísima Trinidad, celebraremos los Santísimos corazones de Jesús y María, etcétera. Durante el mes de abril, preparemos un mes de mayo dedicado a María, y consagrémonos, desde hoy mismo, a vivir cumpliendo la voluntad de nuestro Criador.