Domingo XI del Tiempo Ordinario, Ciclo C

Autor: José Portillo Pérez

 

 

San Lucas, 7, 36-8, 3

Homilía:

Comentario de los dos primeros capítulos de la Carta del Apóstol San Pablo a los Gálatas.

Estimados hermanos y amigos:

Después de haber vivido intensamente las celebraciones pascuales y las solemnidades de la Santísima Trinidad y del Corpus Christi, retomamos nuevamente la vivencia de los domingos del tiempo ordinario, que darán paso al Adviento cuando concluyamos este año litúrgico celebrando la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. El hecho de haber concluido las celebraciones pascuales no significa para nosotros que hemos de olvidarnos de Dios ni que hemos de disminuir nuestro tiempo de oración y de servicio a nuestro Padre común en nuestros hermanos los hombres, sino que hemos de procurar cumplir los Mandamientos de la Ley divina. Después de haber recordado recientemente lo que Dios hizo por nuestra redención, durante los meses que nos faltan para concluir el año litúrgico que estamos viviendo, nos ha llegado la hora de de mostrarle a nuestro Padre común lo que nosotros somos capaces de hacer para agradecerle el sacrificio que tanto para El, como para Jesús y el Espíritu Santo, significó nuestra redención. La Carta que San Pablo les escribió a los cristianos de Galacia puede ayudarnos a mantener viva nuestra fe, dado que San Pablo se refiere en la misma a quienes no aceptaban el Evangelio tal como les fue predicado por el Apóstol de las gentes.

Salutación.

"Yo, Pablo, y todos los hermanos que están conmigo, a las iglesias de Galacia. Que Dios, nuestro Padre, y Jesucristo el Señor, os concedan gracia y paz. Soy apóstol no por disposición de una autoridad humana ni por mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo y por Dios Padre, que le resucitó" (GAL. 1, 1-3). Cuando San Pablo les dijo a sus lectores que él no había sido designado como Apóstol de nuestro Señor por ningún hombre, quiso informarles de que El había sido elegido por nuestro Señor para llevar a cabo la misión que el Hijo de Dios le encomendó, así pues, el citado Santo necesitaba aclararles a los Gálatas este hecho, dado que en el texto que estamos comentando les escribió ciertas verdades que ellos debían aceptar si deseaban considerarse discípulos de Jesús.

"Jesucristo, que ha entregado su vida por nuestros pecados para liberarnos de esta era infestada de maldad, conforme a lo dispuesto por Dios nuestro Padre, a quien pertenece la gloria por siempre. Amén" (GAL. 1, 4-5). San Pablo les escribió a sus lectores que nuestro señor vino al mundo para librarnos del mal. No hemos de creer que el mundo por sí mismo es inocuo, porque el mundo ha sido creado por Dios, porque nosotros siendo hijos de Dios no hemos dejado de pertenecer al mundo, y porque hemos sido llamados a evangelizar al mundo. Os digo esto porque ciertos testigos de Jehová llevan varios años persiguiéndome para que abandone a la Iglesia y me una a ellos, y porque los mismos no cesan de decir que el mundo es contrario a Dios, lo cuál no es necesariamente verdadero, si consideramos que en el mundo hay mucha gente que espera impaciente que nuestro Padre común concluya la instauración de su Reino entre nosotros.

No hay otro evangelio.

"No salgo de mi asombro"! ¡Hay que ver con qué rapidez habéis desatado de aquel que os llamó mediante la gracia de Cristo y os habéis pasado a otro evangelio! ¿Qué digo otro? Lo que pasa es que algunos os desconciertan intentando deformar el Evangelio de Cristo. Pero sea quien sea -yo mismo o incluso un ángel venido del cielo- el que os anuncie un evangelio diferente del que yo os anuncié, ¡caiga sobre él la maldición! Os lo dije en otra ocasión y os lo repito ahora: si alguien os anuncia otro evangelio que no sea el que habéis recibido, ¡caiga sobre él la maldición! ¿A quién pretendo yo ahora ganarme? ¿A quién busco agradar, a Dios o a los hombres? Si todavía tratase de seguir agradando a los hombres (como lo hacía cuando era fariseo), no sería siervo de Cristo" (GAL. 1, 6-11). San Pablo indica que el Evangelio no puede ser modificado según el interés de ninguna persona, así pues, para concienciar a sus lectores con respecto a la validez del mismo, indica que quien lo cambie a su placer debería ser el objeto de la maldición divina, un hecho muy polémico para quienes creen que Dios debe de actuar según criterios más racionales que los nuestros, lo cuál ha de impedirle actuar impartiendo su justicia al modo de los hombres carentes de piedad.

El ministerio de Pablo.

"Hermanos, quiero dejar bien claro que el mensaje proclamado por mí no es ninguna invención humana. Ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno. Es Jesucristo mismo quien me lo ha revelado. Ya conocéis seguramente mi antigua conducta, cuando aún militaba en las filas del judaísmo: con qué saña perseguía a la Iglesia de Dios intentando aniquilarla" (GAL. 1, 11-13). "Y Saulo asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel" (HCH. 8, 3). "Yo de cierto soy judío -dijo San Pablo en cierta ocasión-, nacido en Tarso de Cilicia, pero criado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel, estrictamente conforme a la ley de nuestros padres, celoso de Dios, como hoy lo sois todos vosotros. Perseguía yo este camino (cristiano) hasta la muerte, prendiendo y entregando en cárceles a hombres y mujeres; como el sumo sacerdote también me es testigo, y todos los ancianos, de quienes también recibí cartas para los hermanos, y fui a Damasco para traer presos a Jerusalén también a los que estuviesen allí, para que fuesen castigados" (HCH. 22, 3-5). "Yo ciertamente había creído mi deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret; lo cual también hice en Jerusalén. Yo encerré en cárceles a muchos de los santos, habiendo recibido poderes de los principales sacerdotes; y cuando los mataron, yo di mi voto. Y muchas veces, castigándolos en todas las sinagogas, los forcé a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extranjeras" (HCH. 26, 9-11). Es sorprendente el hecho extraordinario de que San Pablo pasase de ser un perseguidor de la Iglesia a dejarse asesinar con tal de no negarse a predicar la Palabra de Dios. Al igual que les sucedió a San Pablo y a San Agustín, si el hecho de convertirnos a Jesús siendo adultos nos ha ayudado a muchos a comprender a quienes no aceptan nuestra fe para poder acercarlos a nuestro Padre común, no es menos cierto el hecho de que nos arrepentimos de no haber aceptado a nuestro señor mucho antes de que tomáramos la decisión de dejarlo habitar en nuestro corazón. No debemos extrañarnos de que San Pablo pasara de ser perseguidor de la Iglesia a que muriera por amor a Cristo Jesús, pues nuestro señor obra prodigios admirables en las vidas de quienes lo aceptan sin reservas.

"Así fui ganando prestigio dentro del judaísmo como fanático defensor de las tradiciones de mis antepasados. Pero Dios, que me había elegido ya desde antes de mi nacimiento, me llamó en su amor para revelarme a su Hijo y darme el encargo de anunciar su mensaje de salvación a los que no son judíos" (GAL. 1, 14-16). "Pero aconteció que yendo yo, al llegar cerca de Damasco, como a mediodía, de repente me rodeó mucha luz del cielo; y caí al suelo, y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Yo entonces respondí: ¿Quién eres, Señor? Y me dijo: Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues. Y los que estaban conmigo vieron a la verdad la luz, y se espantaron; pero no entendieron la voz del que hablaba conmigo. Y dije: ¿Qué haré, Señor? Y el Señor me dijo: Levántate, y ve a Damasco, y allí se te dirá todo lo que está ordenado que hagas. Y como yo no veía a causa de la gloria de la luz, llevado de la mano por los que estaban conmigo, llegué a Damasco. Entonces uno llamado Ananías, varón piadoso según la ley, que tenía buen testimonio de todos los judíos que allí moraban, vino a mí, y acercándose, me dijo: Hermano Saulo, recibe la vista. Y yo en aquella misma hora recobré la vista y lo miré. Y él dijo: El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad, y veas al justo, y oigas la voz de su boca. Porque serás testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre" (HCH. 22, 6-16).

"No solicité entonces ningún consejo humano; ni siquiera fui a Jerusalén para hablar con quienes eran apóstoles antes que yo (y por tanto superiores a mí), sino que me fui a la región de Arabia, de donde volví otra vez a Damasco. Tres años más tarde fui a Jerusalén para conocer a Pedro, y estuve con él quince días" (GAL. 1, 16-18). "Cuando llegó a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos; pero todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo. Entonces Bernabé, tomándole, lo trajo a los apóstoles, y les contó cómo Saulo había visto en el camino al señor, el cual le había hablado, y cómo en Damasco había hablado valerosamente en el nombre de Jesús. Y estaba con ellos en Jerusalén; y entraba y salía, y hablaba denodadamente en el nombre del Señor, y disputaba con los griegos; pero estos procuraban matarle. Cuando supieron esto los hermanos, le llevaron hasta Cesarea, y le enviaron a Tarso" (HCH. 9, 26-30).

"A ningún otro apóstol vi, aparte de Santiago, el hermano del señor. Dios es testigo de que no miento en nada de lo que os escribo. Después fui a las regiones de Siria y Cilicia. A todo esto, las iglesias de Judea seguían sin conocerme personalmente. Únicamente habían oído decir: "El que en otro tiempo nos perseguía, ahora anuncia la fe que antes pretendía aniquilar". Y alababan a Dios por causa mía. Al cabo de catorce años volví a Jerusalén junto con Bernabé. Me acompañaba también tito" (GAL. 1, 19-2, 1). Oremos para que seamos capaces de aceptar a quienes deciden cambiar de conducta y convertirse al Dios del amor.

"Fui allá a impulsos de una revelación divina, y en privado comuniqué a los dirigentes principales el mensaje de salvación que anuncio entre los no judíos. Lo hice para que no resultara que tanto ahora como antes estuviera afanándome inútilmente. Pues bien, ni siquiera Tito, mi acompañante, que era griego, fue obligado a circuncidarse" (GAL. 2, 2-3). San Pablo les dio a entender a sus lectores gálatas que cuando volvió a la ciudad santa por segunda vez para reunirse con los Apóstoles la comunidad cristiana no tenía reparos en aceptar a los paganos como hermanos en la fe, lo cuál quedó demostrado cuando los mismos no hicieron hincapié en que Tito fuese circuncidado.

"El problema lo crearon esos intrusos, esos falsos hermanos que se infiltraron solapadamente entre nosotros con la intención de arrebatarnos la libertad que tenemos como cristianos y hacer de nosotros unos esclavos. Mas ni por un instante me doblegué a sus pretensiones; era preciso que la verdad del Evangelio se mantuviese intacta entre vosotros. Así pues, nada adicional me impusieron los que eran tenidos por dirigentes principales (los Apóstoles directos del Señor); y -dicho sea de paso- lo que cada uno de ellos fuera, no me interesa, Dios no se fija en esa clase de apariencias" (GAL. 2, 4-6). "Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cervid. Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho; que hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido" (DT. 10, 16-18).

"En cualquier caso, ellos vieron que Dios me había confiado la misión de proclamar el mensaje de salvación a los no judíos, así como a Pedro él había confiado la de proclamarlo a los judíos. El mismo Dios que ha hecho a Pedro apóstol para los judíos, me ha hecho a mí apóstol para las demás naciones. Así que Santiago, Pedro y Juan, considerados como columna de la Iglesia, reconocieron que Dios me había concedido el privilegio de esta misión, y nos tendieron la mano a Bernabé y a mí en señal de acuerdo: ellos llevarían el mensaje de salvación a los judíos, y nosotros a las demás naciones. Únicamente nos pidieron que nos acordásemos de ayudar a sus pobres, cosa que me apresuré a cumplir con todo esmero" (GAL. 2, 6-10). "Después fue Bernabé a Tarso para buscar a Saulo; y hallándole, le trajo a Antioquía. Y se congregaron allí todo un año con la iglesia, y enseñaron a mucha gente; y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía. En aquellos días unos profetas descendieron de Jerusalén a Antioquía. Y Levantándose uno de ellos, llamado Agabo, daba a entender por el Espíritu, que vendría un gran hambre en toda la tierra habitada; la cual sucedió en tiempo de Claudio. Entonces los discípulos, cada uno conforme a lo que tenía, determinaron enviar socorro a los hermanos que habitaban en Judea; lo cual en efecto hicieron, enviándolo a los ancianos por mano de Bernabé y de Saulo" (HCH. 11, 25-30).

Pablo reprendió a Pedro en Antioquía.

"Pero cuando Pedro vino a Antioquía, me encaré abiertamente con él, porque no procedía como es debido. El caso es que al principio no tenía reparo en comer con los cristianos de origen no judío. Pero llegaron algunos pertenecientes al círculo de Santiago, y entonces Pedro comenzó a distanciarse y a evitar el trato con los no judíos, como si tuviera miedo a los partidarios de la circuncisión. Semejante actitud de fingimiento arrastró tras de sí a los demás judíos y aún al mismo Bernabé. Viendo, pues, que su proceder no se ajustaba a la verdad del mensaje de salvación, eché en cara a Pedro delante de todos: "Tú, que eres judío, has vivido, sin embargo, como si no lo fueses, prescindiendo de las prescripciones judías; ¿cómo quieres ahora obligar a los no judíos a comportarse como judíos?". Nosotros somos judíos de nacimiento, no pecadores venidos del paganismo. Estamos convencidos, sin embargo, de que Dios restablece en su amistad al hombre por medio de la fe en Jesucristo y no por el mero cumplimiento de la ley. Así que hemos puesto nuestra fe en Cristo Jesús, a fin de que Dios nos restablezca en su amistad por medio de esa fe y no por cumplir la Ley. Pues, por el mero cumplimiento de la Ley, ningún hombre será restablecido por Dios en su amistad" (GAL. 2, 11-16). "Oh Jehová, oye mi oración, escucha mis ruegos; respóndeme por tu verdad, por tu justicia. Y no entres en juicio con tu siervo; porque no se justificará delante de ti ningún ser humano" (SAL. 143, 1-2). "Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado. La justicia es por medio de la fe pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús" (GAL. 3, 19-26).

"Por otra parte, si, al buscar que Cristo nos restablezca en la amistad de Dios, nosotros resultamos ser pecadores, ¿significará esto que Cristo está al servicio del pecado? ¡De ningún modo! Lo que sí es cierto es que si lo que un día demolí, ahora lo reconstruyo, estoy con ello demostrando que entonces fui culpable. Pero no, yo he roto completamente con la Ley; la Ley misma me condujo a tal ruptura (por su inflexibilidad). Ahora vivo para Dios, crucificado juntamente con Cristo. Ya no soy yo quien vive; es Cristo quien vive en mí. Mi vida en este mundo consiste en creer en el Hijo de Dios, que me amó y entregó su vida por mí. No quiero hacer inútil la bondad de Dios; ahora bien, si por medio de la Ley restableciera Dios al hombre en su amistad, Cristo habría muerto inútilmente" (GAL. 2, 17-21).