Sábado Santo, Ciclo A, (Mt. 28, 1-10)

Vigilia Pascual

Autor: José Portillo Pérez

 

 

1. Desde que conmemoramos la sepultura de nuestro Señor en la tarde del Viernes Santo estamos orando con un gran deseo de empezar a celebrar la victoria de nuestro Hermano sobre la muerte. A pesar de que nos hemos acostumbrado a celebrar el día del Señor todos los Domingos, no tenemos en cuenta que todos los sábados deberíamos celebrar el día de nuestra santa Madre que tanto sufrió por causa de su soledad. José murió antes de que Jesús comenzara su Ministerio público, María se sintió sola cuando Jesús se separó de ella para predicar el Evangelio, así pues, nuestra Madre sufrió mucho cuando abrazó a su Hijo por última vez, antes de que José de Arimatea y Nicodemo depositaran su cadáver en el sepulcro.

2. Durante la Semana Santa celebramos una serie de acontecimientos de la Historia de la salvación muy importantes, pero todos ellos transcurren muy rápidamente y no tenemos tiempo para meditar tamaños prodigios. ¿Qué hemos celebrado durante la Semana Santa? San Pablo responde esta pregunta en los términos que siguen: "Eliminad todo resto de vieja levadura; vosotros debéis de ser panes pascuales, de masa nueva y sin levadura, porque Cristo, que es nuestra víctima pascual, ya ha sido sacrificado (1 Cor. 5, 7). Jesús es nuestra Pascua, así pues, él es Dios Hijo que está junto a nosotros y nos pide que seamos panes nuevos, porque lo viejo ha pasado, por consiguiente, el pecado, el error, la enfermedad y la muerte, ya no tienen poder sobre nosotros. Naturalmente nosotros no hemos sido transformados a través de la experiencia de la muerte como le ha sucedido a Jesús, pero sabemos que, cuando Dios lo crea oportuno, nos llegará el día en que el dolor no nos afectará, seremos perfectos y aborreceremos el mal. Nosotros somos panes de masa nueva, por consiguiente, nuestras convicciones han sido transformadas por Jesús. No necesitamos tener levadura para convertirnos en panes diferentes porque hemos sido llamados a ser eucaristizados junto a Cristo, para que todos nos comulguemos y vivamos vinculados por el amor de nuestro Santo Padre y Dios. Durante los próximos cuarenta días de Pascua celebraremos que la victoria de Cristo Resucitado es nuestra victoria, el triunfo que anhelamos.

3. San Pablo les escribió a los Colosenses: "¡Habéis resucitado con Cristo! Orientad, pues, vuestra vida hacia el cielo, donde está Cristo sentado al lado de Dios, en el lugar de honor. Poned el corazón en las realidades celestiales y no en las de la tierra" (Col. 3, 1-2). Las palabras del Apóstol se explican en los siguientes términos en que se expresó en la citada Epístola el gran predicador de los paganos: "Cuanto hagáis o digáis, hacedlo en nombre de Jesús, el Señor, dando gracias al Padre por medio de él" (Col. 3, 17). El Apóstol no pretende incitarnos a que desatendamos a nuestros familiares y a que olvidemos nuestras obligaciones y que vivamos pensando únicamente en el día en que podremos ver a Dios, pues él desea que tengamos nuestra esperanza fundada en el Reino de Dios que algún día será instituido plenamente por Jesús, cuando el Mesías vuelva por segunda vez al mundo para hacer de nuestra tierra su cielo.

4. "¿No sabéis que, al ser vinculados a Cristo por medio del bautismo, fuimos también vinculados a su muerte¿" (Rom. 6, 3). Las palabras de San Pablo que estamos meditando son muy contradictorias para quienes se acercan a Dios con la intención de que nuestro Santo Padre les conceda todas las dádivas que ellos desean. Jesús dijo en cierta ocasión: "He venido a arrojar un fuego sobre la tierra, y cuánto desearía que ya estuviera encendido Con un bautismo tengo que ser bautizado y, ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla¡" (Lc. 12, 49-50). El Señor dijo en otra ocasión: "No creáis que he venido a traer la paz al mundo" (Mt. 10, 34). Nos equivocamos si pensamos que Jesús vino al mundo para solucionar nuestros problemas, así pues, él vino al mundo para enseñarnos a sobrevivir dignamente a nuestra adversidad. El Mesías no vino al mundo para darme la vista de la que estoy privado ni para curar vuestras enfermedades ni para resolver nuestros problemas. Nosotros debemos ser santificados antes que nuestro Santo Padre nos permita vivir en su Reino sin que la enfermedad ni la muerte puedan afectarnos, pues, en aquel tiempo, el mal será extinguido de la haz de la tierra. No debemos olvidar las siguientes palabras de Jesús: "El reino de Dios ya está entre vosotros" (Lc. 17, 21). Jesús nos confirma que el sueño que albergamos de ver a Dios cara a cara no es una utopía, sino una realidad que se va consumando, según le permitimos al Espíritu Santo que habite en nosotros, nos santifique y nos perfeccione. Según el Apóstol de las gentes: "Injertados en Cristo y partícipes de su muerte, hemos de compartir también su resurrección" (Rom. 6, 5).

Para nosotros es muy importante la Resurrección de Jesús, así pues, si él no hubiera vencido a la muerte, nosotros no podríamos creer que por la gracia de Dios y la acción del Espíritu Santo que mora en nuestros corazones, podremos vencer nuestra adversidad y viviremos sin ser atribulados, cuando nuestro Santo Padre nos haya santificado. ¿Tan importante es la Resurrección de Cristo para nosotros? San Pablo les escribió a los Corintios: "Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe carece de valor y aún seguís hundidos en el pecado" (1 Cor. 15, 17). Si Cristo no ha resucitado, yo pierdo el tiempo al pensar que algún día podré ver. Mi aspiración no consiste en ver perfectamente, sino en poder contemplar extasiado a Dios, pero, si Cristo está muerto, debería replantearme mis creencias, para no sentir que he cometido un gran fracaso al abrazar la fe católica. Jesús ha resucitado, así pues, meditemos las palabras con las que los ángeles se dirigieron a las mujeres que buscaban a Jesús en el sepulcro: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo¿" (Lc. 24, 5). Cuando santa María Iluminada vio a Jesús vivo en el sepulcro, buscó a María Santísima y a los Apóstoles, y les dijo las siguientes palabras: "He visto al Señor" (Jn. 20, 18). Vamos a pedirle al Señor que todos nosotros podamos exclamar algún día con el corazón lleno de gozo: "¡Hemos visto al Señor¡". Nosotros no podemos ver a Jesús eucaristizado, pero estamos completamente seguros de que comulgamos a Cristo Resucitado, de igual manera que también creemos que nuestro querido Hermano mayor se nos manifiesta en las personas de nuestros prójimos porque él habita en los corazones de ellos, que él se alegra con los jubilosos, y que el 'hijo de María sufre el dolor, la agonía y la desesperación de quienes son atribulados de diversas formas. Hermanos, Jesús no se limitó a sufrir únicamente durante las horas en que se prolongó su Pasión, así pues, no olvidemos que las llagas del Señor, estarán impresas en el Cuerpo del Mesías, hasta que el último hombre de todos los tiempos, sea santificado y sanado de sus enfermedades.

Jesús Resucitado les dijo a sus discípulos: "Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu (fantasma) no tiene carne y huesos como veis que yo tengo" (Lc. 24, 39). Fijaos en este detalle: Jesús Resucitado no pasó el Domingo de Resurrección en el cielo celebrando su victoria junto a Dios. ¿Amaba Jesús a los hombres más que al Padre? ¡No! El Señor pasó el primer Domingo de Pascua entre los suyos, porque llevaba al Padre y al Espíritu Santo en su corazón. San Pablo nos dice: "Nosotros, por tanto, si hemos muerto con Cristo, debemos confiar en que también viviremos con él. Porque sabemos que Cristo, al resucitar, triunfó de la muerte y es ya inmortal; la muerte ha perdido su dominio sobre él" (Rom. 6, 8-9).

Nosotros no hemos sido los únicos que hemos tenido dudas de fe. María Magdalena, cuando encontró el sepulcro del Señor vacío en la madrugada del Domingo de Pascua, no pensó que Cristo había resucitado, sino que habían robado su cadáver. Ella les dijo a los Apóstoles Pedro y Juan: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde le han puesto" (Jn. 20, 2). Pedro y Juan corrieron al sepulcro. Juan se adelantó a Pedro, pero no sabemos si fue su miedo o su respeto a la primacía apostólica de Pedro lo que fue que le hizo dudar cuando se asomó a la cueva excavada en la roca y vio que las vendas de lino estaban allí en el suelo (Jn. 20, 5). "Pedro vio las vendas y se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido" (Lc. 24, 12).

5. Pedro y Juan, emocionados, corrieron a contarles a sus compañeros y amigos lo que habían visto. Ellos corrieron demasiado, así pues, si hubieran permanecido unos minutos junto a María Magdalena, hubieran podido ver a Cristo Resucitado. Jesús quiso que su gran amiga se desahogara con los dos ángeles que aparecieron en el sepulcro, antes de que él se dejara ver por la hermana de Marta y Lázaro. Si ella calmaba el dolor de su corazón hablando con los ángeles, podía gozarse doblemente al producirse el encuentro del Hijo de María con ella. María no conoció al Señor cuando lo vio, por consiguiente, ella confundió al Mesías con un hortelano, con aquel profanador de tumbas de quien los seguidores del Nazareno sospechaban que había robado el Cuerpo de Jesús. Ella conoció al Hijo del carpintero cuando el Maestro la llamó por su nombre. ¿Por qué conocemos a Jesús? ¿Por qué oramos? ¡Ojalá conociéramos a Jesús percatándonos de que él se ha manifestado en nuestra vida¡. ¡Ojalá alberguemos en nuestro corazón la fe de los discípulos de Emaús¡. Ellos decían: "¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando (Jesús) nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras¿... Ellos, por su parte, explicaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan" (Lc. 24, 32 y 35). ¿Conocemos a Jesús porque él se nos entrega a sí mismo en las celebraciones eucarísticas?

Jesús le dijo a María de Magdala cuando ella quiso abrazarlo convencida de que él estaba vivo: "No me retengas, porque todavía no he ido a mi Padre. Anda, ve y diles a mis hermanos que voy a mi Padre, que es también vuestro Padre; a mi Dios, que es también vuestro Dios" (Jn. 20, 17). Jesús no quería que ella lo abrazara para que aprendiera a tenerlo en su corazón de una forma muy especial, ya que él ascendería al cielo cuarenta días después del Domingo I de Pascua, y sus seguidores no podían sentirse vacíos delSeñor. Nosotros tenemos fe como también tenían fe aquellos que sentían que Jesús no los había abandonado cuando nuestro Señor ascendió al cielo (Cf. Hch. 1, 9).