Viernes Santo, Ciclo A, (Jn 18, 1-19, 42)

Autor: José Portillo Pérez

 

 

Meditemos la Pasión de nuestro Señor según el Evangelista y testigo ocular de los hechos, el Apóstol Juan.

Es mi deseo, queridos hermanos y amigos, que hoy meditemos las últimas siete palabras que nuestro Hermano y Señor pronunció en la cruz, antes de sucumbir bajo el dominio temporal de la muerte.

1. "Padre mío, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc. 23, 34). Jesús fue prendido en el huerto de los Olivos aproximadamente a las diez de la noche del Jueves Santo. Las cuerdas con que le ataron las manos le cortaban la circulación de la sangre por las muñecas. Además de no poder dormir durante la noche, resistió con gran valentía muchas burlas y golpes. Los judíos sólo les daban 39 azotes a quienes castigaban con la pena de la flagelación, pero los romanos, los que azotaron al Señor, no tenían ningún número de latigazos reglamentario para castigar a sus víctimas, lo que nos conduce a pensar que azotaban a los reos sin ninguna consideración. Los látigos que se utilizaban para flagelar a los ajusticiados eran de cuero, y tenían en la punta huesos o bolas de hierro, según algunas fuentes, acabadas en púas. Muchos presos que fueron sometidos a esa tortura murieron antes de que sus ejecutores concluyeran la aplicación del citado castigo sobre ellos. A los flagelados se les abrían las carnes, se les cubría todo el cuerpo de sangre, y, en algunas ocasiones, llegaban a perder el conocimiento. Los enemigos del Señor entendieron que Pilato sometió a su víctima al cruel castigo de la flagelación para acortar la vida del Mesías una vez que este fuera clavado en la cruz, pero el yerno del Emperador sólo pretendía castigar a Jesús para soltarlo después de que sus enemigos comprendieran que un moribundo no podía pretender alcanzar la realeza, ya que el Pretor sólo pretendía castigar al Profeta para llamar a compasión al pueblo que vibró ante la posibilidad de triturar al Hijo de María. Jesús fue sujetado firmemente a una columna y posteriormente fue golpeado por seis lictores con sus correspondientes flagelos los cuales se turnaron en tres grupos de dos. No sabemos si las entrañas de Jesús se descubrieron cuando sus victimarios lo torturaron, pero, en el caso de que sus agresores fuesen sádicos, sólo le respetaron la parte del corazón, con la intención de que no muriera mientras ellos le golpeaban. Cuando nuestro Señor caminaba con la cruz subiendo la cuesta que conducía hacia el Gólgota, cedió varias veces bajo el peso de la cruz, así pues, es posible que, al caer a tierra y al llenársele las heridas de tierra y al pincharse con las piedras que podía haber en su camino se desmayara por causa del dolor tan difícil de soportar que sufría. Es fácil pensar que el Cuerpo de nuestro Señor quedó muy marcado por los flagelos de sus agresores, pues no hemos de olvidar que, cuando entró en agonía la noche anterior en Getsemaní, sudó grandes gotas de sangre, lo cuál hizo su piel muy sensible, así pues, ese hecho justifica el rápido efecto que le produjeron los latigazos que recibió.

Cuando Jesús recibió el primer golpe, todas las partes de su Cuerpo que fueron golpeadas por el extremo del azote del lictor que le golpeó, quedaron manchadas de sangre. A medida que el Señor iba recibiendo latigazos, se le producía un dolor más intenso, por lo cuál tenía graves problemas para respirar. Debido a la fuerza con que Jesús fue fijado a la columna, apenas podía estremecerse cada vez que le golpeaban. Cuando el primer lictor concluyó el cumplimiento de su deber, los cinco soldados restantes continuaron golpeando a Jesús con extremadas fuerza y rapidez. Las heridas de la espalda de Jesús acabaron siendo una única llaga roja, de la que la sangre manaba hasta llegar al suelo. Si Jesús no hubiera estado fijado fuertemente a la columna, al debilitársele las piernas, hubiera caído sobre su propia sangre. Cuando concluyó la ejecución del castigo, Jesús fue desatado, y cayó a tierra. Si el Señor cayó al suelo desmayado, los lictores debieron arrojarle cubos de agua con la intención de hacerle reaccionar.

A los ejecutores del Mesías no les fue difícil inmovilizar a Jesús para crucificarlo. Dos soldados le sujetaron los brazos y un tercer verdugo le sujetó ambas rodillas. Una vez que el Señor fue tumbado sobre el leño, un cuarto soldado, le colocó al Hijo de María clavos en las muñecas, y, con golpes rápidos, secos y diestros, le atravesó las muñecas, fijándoselas al leño. Posteriormente le fueron colocados al Señor los pies uno sobre el otro, y, con un clavo más largo que los anteriores, y con un golpe más violento y preciso, le fueron fijados sobre la madera. Cuando la cruz fue levantada, el Cuerpo de Jesús quedó sujeto de los clavos, y, aunque Isaías dice que el Mesías permaneció en silencio durante su Pasión, es muy probable que gritara por causa de su dolor y desesperación agónicas, porque no podía respirar, pues, para ello, tenía que apoyarse sobre los riñones presintiendo que se le dividía el Cuerpo en varios trozos, y, al apoyarse sobre los pies, el clavo que le sujetaba ambos pies al madero parecía clavársele más. Los dos ladrones Dimas y Gestas, a pesar de que eran conscientes de que no se podían defender, debieron luchar contra los soldados hasta quedar sin fuerzas, y, para acortar su dolor, recibieron varios latigazos y, finalmente, fueron colgados de sus respectivas cruces, a ambos lados de Jesús, el cuál, sin oponer resistencia, se tumbó sobre el madero, orando, sin fuerza para afrontar el tramo final de su agonía. Cuando el soldado que clavó a Jesús al madero golpeó el clavo que sujetaba sobre la muñeca de la mano derecha del Señor, los otros tres soldados contuvieron a su víctima que se retorció mientras que intentaba apagar sus lamentos. Cuando le colocaron la mano izquierda a la altura del agujero en que habían de fijársela, se repitió el primer estremecimiento. Cuando los soldados se apoyaron en las rodillas del Señor para cruzarle los pies y clavárselos golpeándolo certeramente, el Cuerpo del Mesías se le arqueó. Cuando la cruz fue elevada, los músculos de Jesús se contrajeron, se le dificultó la respiración, la sangre le manó hasta el suelo, se le nubló la mente por su asfixia, fue víctima del calor del medio día, y las moscas lo atormentaron hasta que murió.

A pesar de este dolor, Jesús, cuando fue elevado en la cruz y empezó a morir lentamente, perdonó a sus ejecutores, y a todos sus enemigos.

Ahora nos corresponde a nosotros examinarnos, así pues, ¿somos nosotros capaces de perdonarnos nuestros defectos? ¿Les perdonamos a nuestros prójimos el daño que nos han hecho voluntaria o inconscientemente? ¿Le hemos pedido perdón a Dios si hemos actuado hiriendo el corazón de nuestros prójimos o siendo conscientes de que hemos hecho lo que Dios no aprueba porque nos hiere a nosotros en primer lugar, a nuestros hermanos los hombres y a él?

El verbo perdonar viene del Latín per y donare, y significa que, los perjudicados por las ofensas o cualesquiera otras formas en que se les haya agraviado, se comprometen a no recordar esas causas a veces insufribles con rencor. Jesús crucificado, a pesar del daño y de las ofensas que sus enemigos profirieron contra él, perdonó a sus adversarios, alegando ante el Padre que ellos no sabían lo que hacían, o más bien, a quien le estaban quitando la vida. San Pedro les dijo en cierta ocasión a sus oyentes en el Templo de la ciudad santa: "El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha colmado de honor a Jesús, su siervo, a quien, por cierto, vosotros mismos entregasteis a las autoridades y rechazasteis ante Pilato cuando ya este había decidido ponerle en libertad. Desechasteis al único santo y justo, para pedir a cambio la libertad de un asesino. Matasteis así al autor de la vida; pero Dios le ha resucitado, y nosotros somos testigos de ello... No

obstante, hermanos, sé que tanto vosotros como vuestros dirigentes hicísteis aquello por ignorancia" (Hch. 3, 13-15. 17).

2. "En verdad, en verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lc. 23, 43). Gestas, "uno de los malhechores colgados, le insultaba (a Jesús): "¿No eres tú el Cristo? ¡Pues sálvate a ti y a nosotros! Pero el otro (Dimas) le respondió diciendo: "¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, este nada malo ha hecho". Y decía: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino". Jesús le dijo: "Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lc. 23, 39-43). La postura de Gestas es muy frecuente en nuestro mundo, así pues, mientras que muchos de nuestros hermanos carecen de la fuerza que necesitan para sobrevivir a las vicisitudes que les son comunes, no faltan quienes, animados por su deseo de alcanzar sus propósitos a costa de lo que sea y de quien sea preciso aplastar, carecen de moral y de principios éticos. Jesús fue clavado entre malhechores en cumplimiento de una antigua profecía, así pues, sus enemigos concibieron esa forma de mofarse de él. Por su parte, Gestas se burlaba de Jesús como si, al iniciar s trance agónico, quisiera hacer que el Hijo del carpintero desechara el rastro de la fe que le caracterizaba cuando le faltaban escasas horas para entregarle su espíritu al Padre eterno. Dimas, el otro malhechor, hizo un examen de conciencia muy preciso, reconociéndose digno del castigo que acabaría con su vida para purgar sus acciones ilícitas, y temiendo la llegada de su hora final, pues duro había de ser el castigo que Dios eligió para que le fuera aplicado a su Hijo, el cuál había de compensar la culpabilidad divina en su empeño de no coartar el dolor de los hombres, si ello significa reducir el uso de la libertad de ellos mismos o el derecho a decidir sobre sus enfermos letales de los familiares de ellos que les cuidan temiéndose lo peor. Ahora bien, ¿a cuál de los dos malhechores nos parecemos? ¿Perdemos la esperanza en los días

que somos atribulados, o intentamos que nuestra fe venza las pruebas que hemos de superar, aunque acabemos siendo víctimas del pesimismo, como le sucedió a Jesús? ¿Creemos que al final de nuestra vida Jesús nos llevará al Paraíso? ¿Creemos que al final de los tiempos viviremos en un mundo nuevo y más humano que nuestra sociedad actual?

3. "Mujer, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu madre" (Jn. 19, 26-27). Antes de morir, Jesús quiso asegurarse de que María, su Madre, no iba a quedar desamparada. Quizá Juan, por su juventud, por su natural rebeldía, no imitó a sus compañeros huyendo aterrorizado de Getsemaní, así pues, él se decidió a seguir a Jesús hasta el final, intentando no sopesar la posibilidad de que, ni siquiera su parentesco con el Sumo Sacerdote, podría servirle para que no lo eliminaran los adversarios del Mesías. Jesús le entregó a María como Madre al único de sus seguidores que no lo abandonó, de igual manera que constituyó a Pedro como primer Papa de su Iglesia, sabiendo que, el citado Apóstol, tenía el tesón necesario para no sucumbir ante la presión de los gentiles que, con la intención de hacer desaparecer su conocimiento del Señor, le clavaron cabeza abajo, como si él se hubiera proclamado el nuevo rey de la cristiandad, al afirmar que Cristo le designó como sucesor suyo. Juan cuidó a María hasta que, tres años después de la vivencia de la Pasión de Jesús, ella murió, no sé si en Jerusalén o en éfeso. Imitemos, pues, a Juan, mimando a María, en los pobres, enfermos, carentes de dádivas espirituales y materiales, en los solitarios, en los huérfanos, en los ancianos...

4. "¡Dios mío, Dios mío¡, ¿por qué me has abandonado¿" (Mc. 15, 34; Mt. 27, 46). Cuando perdemos a uno de nuestros seres queridos, cuando nos sentimos traicionados o débiles por causa de nuestras enfermedades y nuestra fe se extingue de nuestro corazón, Dios nos ayuda para que volvamos a creer en él, pero Jesús murió sin contar con ese privilegio, sabiendo de antemano que, para que percibamos la misericordia de nuestro Padre común, para que sepamos cuánto nos ama Dios, él había de experimentar el abandono total, por consiguiente, murió sin tener en quien apoyarse para ser consolado. Si las tres palabras anteriores nos han manifestado la misericordia de Dios, las palabras cuarta y quinta, hacen referencia al tremendo dolor que extinguió la vida del Hijo de María. Antes de comenzar su Ministerio público, Jesús se vació el corazón de su Divinidad para ser probado por Satanás como nos sucede a nosotros diariamente, pero, el primer Viernes Santo, y en cada ocasión que celebramos la Eucaristía, Jesús se despoja de su poder y muere como el más indefenso de todos los hombres de todos los tiempos, y como un malhechor que debe ser castigado, aunque él jamás cometió ningún delito, así pues, esta muerte tiene el fin de concienciarnos de que nuestro Padre común nos ama hasta el extremo de sacrificar a su Hijo, así pues, si el Padre se hubiera sacrificado, al menos no hubiera sufrido al contemplar al Hijo del carpintero sin vida. La muerte del Señor es el desgarramiento de la Trinidad Beatísima, la comunidad divina e indivisible.

5. "Tengo sed" (Jn. 19, 28). Antes de que Jesús fuera crucificado, se le ofreció una sustancia anestésica que, aunque por una parte debería haber aliviado su padecimiento, en un principio le mortificó aún más. Al final de su agonía, dijo que tenía sed, a pesar de que sabía que, el vinagre que se le ofreció en una esponja enganchada a un hisopo, le haría sentir la sensación de que el fuego del infierno lo abrasaba desde sus entrañas. él sabía que estaba a punto de concluir la misión que el Padre le había encomendado, y, por ello, aunque tuviera que sufrir más, eso no le importaba si conseguía que nosotros nos convirtiéramos al Evangelio. El vinagre que hirió al Hijo de Dios, le sirvió al Hijo de María para soportar la sed que lo atormentaba. ¿Somos conscientes de que cuando Dios permite que seamos atribulados lo hace en virtud de su pedagogía salvadora con la intención de purificarnos?

6. "Todo está cumplido" (Jn. 19, 39). La obediencia de Jesús con respecto a Dios tiene un gran mérito si consideramos que su entrega total fue llevada hasta el extremo de que el Hijo de María no escatimó su propia vida para llevar a cabo el designio salvador de nuestro Padre celestial. Jesús sabía que le había llegado la hora de entregarle su espíritu al Padre, porque él había cumplido a la perfección el mandato divino de redimirnos. Nuestro Señor, según Isaías, contubo sus gritos cuando fue flagelado y crucificado, pero gritó con toda su fuerza antes de morir, porque le dolía más la incredulidad de sus enemigos que el estado tan difícil de sobrevivir que estaba conduciéndole lentamente a sucumbir bajo el efecto de la muerte.

7. "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc. 23, 46). Jesús sabía que, después de cumplir la misión que le fue encomendada por Dios, tenía que retornar junto al Padre, y que, para lograr su propósito, tenía que pasar por la muerte, entregándole su alma a nuestro Criador. Esta consideración me hace tener la sensación de que él no quiso morir, que hizo acopio de su escasa fuerza para prepararse para entregarle su espíritu al Padre, sin que se le nublara la mente por su dificultad respiratoria, y sin permitir que el dolor y la desesperanza le cegaran. él se sintió abandonado por Dios, pero, antes de morir, se esforzó por recuperar la fe que momentáneamente perdió, porque, a todos nosotros, alguna vez a lo largo de nuestra vida, la mente nos traiciona, al presentarnos nuestra debilidad. Antes de orar por última vez, el Señor se irguió para poder respirar, pero por su propio peso se aplastaba los riñones, se le intensificaba el dolor, pero, aún así, quiso dirigirse por última vez al Padre, haciendo lo que hacen quienes deciden confiar en Dios en su último instante de vida: pedir clemencia, así pues, el que se hizo pecado para redimir a los pecadores, se sintió culpable del mal que muchos han hecho, hacen y harán desde que Caín asesinó a Abel hasta el fin de los tiempos. Después de orar, Jesús se desplomó, y empezó a experimentar la muerte. Se le crucificó mirando al Templo para que se sintiera pecador, pero murió con la cabeza inclinada hacia el suelo, como preguntándonos: ¿Qué más puedo hacer para que creáis en mí?

Después de la homilía, si el celebrante lo cree oportuno, exhortará a los fieles para que oren unos minutos en estado de contemplación, elevando su espíritu al cielo.