Jueves Santo, Ciclo A, (Jn. 13, 1-15)
Autor: José Portillo Pérez
1. El día en que nuestro Señor pronunció el sermón del monte, dijo las siguientes palabras: "No penséis que yo he venido a anular la ley de Moisés o la enseñanza de los profetas. No he venido anularlas, sino a darles su verdadero significado" (Mt. 5, 17). En el Apocalipsis de San Juan leemos que Dios Padre exclamó desde su trono: "-Ahora voy a hacer nuevas todas las cosas" (Ap. 21, 5). Según el orden profético de las Escrituras, no ha de extrañarnos el hecho de que nuestro Señor, impulsado por su afán de plenitud renovadora, convirtiera el Pesaj judío en la Pascua cristiana.
Los judíos tenían que sacrificar a un cordero sano o sin defectos porque Jesús, el Cordero inmaculado, murió siendo inocente de las causas que se le imputaron, pues él no cedió bajo las tentaciones a las que le sometió el demonio, según vimos el Domingo I de Cuaresma.
El cordero había de ser inmolado en presencia de todos los miembros de cada familia, porque Jesús fue crucificado para que aprendamos alimar nuestras asperezas.
Los judíos habían de asar el cordero para recordar que, en el futuro, el Cordero divino sería triturado por el sufrimiento.
Los judíos habían de comer durante la cena pan sin levadura, símbolo del maná que Dios les enviaría posteriormente cuando habitaran en el desierto, y signo evidente de nuestro maná eucarístico.
Las hierbas amargas le recordarían al pueblo la opresión a la que lo sometieron los egipcios para que nadie desfalleciera durante su larga peregrinación hacia la Tierra prometida.
Los judíos habían de comer vestidos, calzados, y con lo más imprescindible para partir de inmediato en sus manos, pues aquella celebración había de ser para ellos el signo que les indicaba que al día siguiente marcharían recuperando la libertad que les había sido arrebatada durante 450 años.
El hecho de comer apresuradamente con el bastón en la mano, signo del poder de Dios (recuérdese los portentos que Moisés realizó con su báculo bajo la inspiración divina), les concienciaba a los creyentes de que habían de prepararse para iniciar su peregrinación inmediatamente.
2. Según San Lucas, Jesús les dijo a sus discípulos antes de iniciar la celebración de su última Cena con ellos: ""Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios" (Lc. 22, 15-16). Por su parte, San Juan, Apóstol y testigo ocular de aquella celebración, escribió en su Evangelio: "Era la víspera de Pascua. Jesús sabía que le había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre. Y él, que había amado siempre a los suyos que estaban en el mundo, llevó su amor hasta el fin" (Jn. 13, 1). Ambos Hagiógrafos nos hablan de la entrega total de Jesús al cumplimiento de la voluntad de Dios y de la instauración del Reino de Dios entre nosotros. Sabemos que nuestro Señor agotó sus últimas horas de libertad intentando disimular su dolor para que sus amigos no sufrieran por él, pero es probable que, mientras que el Señor cenó con sus amigos e intentó instruirles con respecto a varios temas, una cohorte de soldados romanos y doscientos soldados de las autoridades de Palestina se estuvieran enfrentando a muchos de los zelotes que querían convertir al Mesías en el liderador de un ejército que, según ellos, había de expulsar a los romanos de aquel país.
En la Profecía de Jeremías encontramos la predición de la instauración de la Eucaristía: "He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará jamás ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado" (Jer. 31, 31-34). El pacto del que nos habla Jeremías es el siguiente: Jesús "tomó luego en sus manos una copa, dio gracias a Dios (bendijo el vino) y la pasó a sus discípulos, diciendo: -Bebed todos de ella, porque esto es mi sangre, con la que Dios confirma la alianza, y que va a ser derramada en favor de todos para perdón de los pecados" (Mt. 26, 28). San Pablo escribió con respecto a este memorial del Señor: Jesús dijo: "cada vez que bebáis de esta copa, hacedlo en memoria mía" (Cf. 1 Cor. 11, 25). Lucas nos transmite las siguientes palabras de Jesús: Jesús dijo: "Este es mi cuerpo que será entregado por vosotros; haced esto en memoria mía" (Lc. 22, 19). Jesús nos dice que celebremos la Eucaristía en su nombre, y que vivamos con la pretensión de ser, junto a él, el pan partido y compartido que redimirá al mundo.
3. Jesús Eucaristía es nuestro mayor ejemplo de entrega generosa a imitar, así pues, San Lucas escribió en su relato de la última Cena del Señor con sus discípulos: "La mano del que me entrega está aquí conmigo sobre la mesa. Porque el Hijo del hombre se marcha según está determinado. Pero, ¡ay de aquel por quien es entregado¡" (Lc. 22, 21-22). El autor de los Salmos, con su visión profética, escribió: "Mi amigo, de quien yo me fiaba y con quien compartía mi pan, es el primero en traicionarme" (Sal. 41, 10). "Judas, el traidor, le preguntó (a Jesús): -¿Seré yo, tal vez, Maestro? (Jesús) le contestó: -Sí, tú lo has dicho" (Mt. 26, 25). En la segunda Epístola del Apóstol a Timoteo leemos: "Si le somos infieles, él permanece fiel, pues no es posible que falte a su palabra" (2 Tim. 2, 13). Los Apóstoles Judas y Pedro traicionaron la amistad de Jesús, el primero canjeándolo por 18,030 euros, y, el otro, negó la evidencia de haberle conocido. Nuestro Señor, antes de ser traicionado, quiso ser ejemplo de servicio para sus seguidores. Cuando nuestro Señor quiso lavarle los pies a Pedro, el Apóstol le dijo: "-Señor, ¿lavarme los pies tú a mí? Jesús le dijo: -Lo que estoy haciendo, no puedes comprenderlo ahora; llegará el tiempo en que lo entiendas. Pedro insistió: -Jamás permitiré que me laves los pies. Jesús le dijo: -Si no me dejas que te lave los pies, no podrás seguir contándote entre los míos" (Jn. 13, 6-8). Muchos de nuestros hermanos, al establecer una lucha exagerada contra sus defectos en el tiempo de Cuaresma, se desesperan porque no logran alcanzar los resultados que se proponen durante un espacio de tiempo a veces muy corto, y por ello, en vez de redoblar sus esfuerzos y de pedirle a Dios que les ayude a alcanzar sus objetivos a lo largo de su existencia, imitan a Pedro, creen que son pecadores tan malvados que no merecen el perdón del Dios que sólo necesita que confiemos en él para que empecemos a experimentar su amor y
consecuentemente su perdón. El Cristianismo se distingue con respecto a otras religiones en el significado literal de las siguientes palabras de Jesús: "Yo, vuestro Maestro y Señor, os he lavado los pies" (Cf. Jn. 13, 24). "No me elegísteis vosotros a mí; fui yo quien os elegí a vosotros. Y os he destinado para que os pongáis en camino y deis fruto abundante y duradero. Así, el Padre os dará todo lo que le pidáis en mi nombre" (Jn. 15, 16). Acordémonos, hermanos, de que nuestra religión no consiste en que hemos de servir a Dios, sino en que hemos de dejarnos servir por nuestro Salvador. Jesús nos sigue diciendo: "Quien vive preocupado solamente por su vida, terminará por perderla; en cambio, quien no se apegue a ella en este mundo, la conservará para la vida eterna" (Jn. 12, 25). Hace varios años tuve entre mis brazos a una mujer que circunstancialmente estaba sufriendo mucho. Al abrazar a aquella gran amiga mía, me sentí grande porque, a través de mí, Dios la consoló, pero, al mismo tiempo, me sentí pequeño, porque el consuelo que ella recibió era inmenso comparado con mi posibilidad de consolar a aquella alma necesitada de amor. Cuando Jesús habla de que los egoístas perderán su vida por su actitud improcedente según nuestra doctrina católica, no pienso en el infierno, sino en la felicidad que tanto anhelan y pierden al no aprender que dar es tan importante como recibir.
4. En el día en que celebramos el amor fraterno, no hemos de olvidarnos de los religiosos que, independientemente de su dedicación a salvar al mundo con sus obras y oraciones o de si viven dedicados exclusivamente a la oración, han sacrificado su vida para servir a Dios en sus hijos. Manifestémosles a los religiosos nuestro afecto, hagámosles saber que cuentan con nuestro apoyo en todas sus actividades relacionadas con la evangelización de las personas a quienes sirven por amor a nuestro Padre común.
5. En el Catecismo publicado por la Santa Sede el pasado año 1992 leemos: "Jesucristo es aquel a quien el Padre ha ungido con el Espíritu Santo y lo ha constituido "Sacerdote, Profeta y Rey". Todo el Pueblo de Dios participa de estas tres funciones de Cristo y tiene las responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas.
Al entrar en el Pueblo de Dios por la fe y el Bautismo se participa en la vocación única de este Pueblo: en su vocación sacerdotal: "Cristo el Señor, Pontícife tomado de entre los hombres, ha hecho del nuevo pueblo un reino de sacerdotes para Dios, su Padre. Los bautizados, en efecto, por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo"" (Catecismo de la Iglesia Católica, 783-784).
6. Cuando finalice esta celebración, el Sagrario quedará vacío, y nuestro Señor, en el monumento que se le ha preparado, esperará a que le acompañemos en su Pasión, hasta que mañana celebremos su Pasión y muerte. Acompañemos a nuestro Señor en sus horas difíciles, socorriendo a quienes necesitan de nuestra ayuda material o espiritual.