Domingo III de Cuaresma, Ciclo A, (Jn. 4, 5-42)
Autor: José Portillo Pérez
1. Quizá nos hemos acostumbrado a desear la perfección de Jesús, pero es posible que nunca hayamos visto a nuestro Señor como un hombre semejante a nosotros. Cuando San Pablo escribió con respecto a Jesús: "Cristo es la imagen del Dios invisible" (Col. 1, 15), no mintió, pero, nuestro Señor, al ser un hombre como nosotros, "fatigado del camino, se sentó junto al pozo (de Jacob, nieto de Abraham) (Jn. 4, 6). En el relato evangélico de la resurrección de Lázaro que meditaremos el Domingo V de Cuaresma, San Juan escribió: Jesús "preguntó: -¿Dónde le habéis sepultado? Ellos contestaron: -Ven a verlo, Señor. Jesús se echó a llorar" (Jn. 11, 34-35). Todos necesitamos trabajar para vivir. Jesús trabajó desde su niñez hasta los treinta años, así pues, desde que María y José encontraron al Mesías perdido en el Templo de Jerusalén interpretando las Escrituras junto a los intérpretes de la Ley, regresaron a Nazaret, y, a partir de aquel tiempo, "Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc. 2, 52). Si todos trabajamos para que no nos falte todo lo que necesitamos para beneficiar a nuestros familiares, Jesús también hacía lo propio, pues, según San Pedro, "Jesús pasó por todas partes haciendo el bien" (Hch. 10, 38). Todos necesitamos, además de un trabajo y una familia para constatar la eficacia del ejercicio de los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo, vivir íntimamente junto a Dios, y orar, como lo hacía nuestro Maestro: "-Padre, Señor del cielo y de la tierra, te doy gracias porque has ocultado todo esto a los sabios y entendidos (quienes se niegan a creer en Dios) y se lo has revelado a los sencillos" (Mt. 11, 25). Cuando Jesús hacía prodigios admirables como alimentar a miles de personas, la gente le alababa, pero él amaba su tiempo íntimo junto a nuestro Padre común: "Cuando los hubo despedido a todos, se fue a orar al monte" (Mc. 6, 46). "Jesús no las tenía todas consigo -nos dice San
Juan en el relato de la primera Pascua que el Rabbi vivió desde que comenzó su Ministerio público-, pues los conocía a todos perfectamente. Como tampoco necesitaba que nadie le informara sobre nadie, conociendo como conocía la intimidad de cada hombre" (Jn. 2, 24-25). Jesús era un hombre como nosotros, esa es, pues, la causa por la que, el Hijo de María, se sumió en la misma confusión que atañe muchas veces a nuestra existencia, por lo cuál, no dudó en manifestarle al Padre celestial su incertidumbre, así pues, en el comienzo de su agonía en Getsemaní, cuando sudaba sangre según algunos porque padecía la hemofilia y según otros por preveer su sufrimiento y el intenso dolor de sus seguidores de todos los tiempos, oró en actitud suplicante: "Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc. 22, 42). Cuando Jesús llevaba tres horas crucificado, antes de que empezara a experimentar la muerte, el Mesías gritó con toda su fuerza: "Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has abandonado¿" (Mt. 23, 46). Jesús sabía muy bien cuál era la causa que justificaba su tormento, pero, cuando experimentó el principio del fin de su existencia, se sintió tan abandonado como nos sentiríamos nosotros, si nos colgaran de una cruz, sujetándonos a la misma con clavos oxidados, habiéndonos arrancado trozoss de la piel de la espalda a base de darnos latigazos, y nos hubieran coronado de espinas.
Jesús nunca se cansa de amarnos, pero yo quisiera que le preguntáramos si se siente cansado de que no nos percatemos de la infinita grandeza del misterio de la Eucaristía. Yo quisiera que le preguntáramos a Jesús si se siente cansado, debilitado, o herido en su Santo Espíritu, cuando su entrega generosa, no es correspondida por nuestra imitación de la conducta del Hijo de María.
2. Cuando necesitamos algo se lo pedimos a nuestros prójimos, y, cuando nuestros familiares y amigos necesitan que les favorezcamos, no dudan en pedirnos la ayuda que necesitan. En el Evangelio de hoy, Jesús, el Hijo de Dios, que no necesita nada de nosotros porque es todopoderoso, nos dice en la persona de la samaritana: "-Dame agua" (Jn. 4, 7). Las palabras de Jesús son muy contradictorias, de la misma forma que, en nuestra sociedad, es políticamente incorrecto, el hecho de que adquiramos experiencia, en el seguimiento del Mesías, basándonos en el sufrimiento de nuestros prójimos.
Jesús nos dice en la persona de la samaritana que tiene sed de nuestro amor. El Salmista escribió: "Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo" (Sal. 42, 2-3). San Juan, en su relato de la Pasión y muerte de Jesús, nos describe cómo el Hijo de María manifestó su sed de padecimiento para consumar nuestra redención: Jesús, "plenamente consciente de haber cumplido a la perfección la misión que el Padre le había confiado, con el fin de que se cumpliese la Escritura, Jesús exclamó: -Tengo sed" (Jn. 19, 28). La Escritura a la que Juan se refiere en el versículo anterior es la siguiente cita de los Salmos que Jesús cumplió, según lo profetizó el Hagiógrafo sagrado: "En mi comida me echaron veneno, para mi sed me dieron vinagre" (Sal. 69, 22).
3. La samaritana le dijo a Jesús que no estaba dispuesta a satisfacer su sed, argumentando el cisma que dividió a Israel en dos reinos, el del Norte y el del Sur. Los samaritanos habitaban en el norte del país, y se habían mezclado con extranjeros. Para los judíos constituía un grave insulto el hecho de ser llamados samaritanos.
Al igual que hizo la samaritana, nosotros también nos negamos a satisfacer la sed de Jesús, en cada ocasión que no cumplimos puntualmente los Mandamientos de la Ley. La Ley de Dios no ha de ser considerada como una carga, sino como un alivio del peso que todos soportamos a lo largo de nuestra existencia.
4. San Juan, para justificarse él mismo y a sus compañeros por no haber satisfecho la sed de Jesús a su tiempo, inmediatamente después de indicar en su obra que Jesús tenía sed, antes de escribir la respuesta de la mujer de Sicar, dejó clara constancia de que Jesús estaba sólo con aquella mujer, porque ellos habían ido a comprar comida.
5. Jesús le dijo a la samaritana: "-Si conocieras el don de Dios, si supieras quién soy yo que te pido agua, sin duda que tú misma me pedirías a mí de beber, y yo te daría agua viva" (Jn. 4, 10). Para interpretar el versículo del Evangelio de hoy que estamos meditando, debemos conocer el don de Dios, para que, nuestro Señor, pueda satisfacer nuestra sed de agua viva. El don de Dios es el Espíritu Santo, y, todos nosotros, hemos sido bautizados con agua viva, por consiguiente, San Juan escribió las siguientes palabras del Mesías: "-El que tenga sed, que venga a mí; el que crea en mí, que beba. La Escritura lo dice: De sus entrañas brotarán ríos de agua viva" (Jn. 7, 37-38). Debemos creer que el Espíritu Santo se manifestará en nosotros apenas nuestra fe le deje morar en nuestro corazón, según San Pedro: "En los últimos días, dice Dios, concederé mi Espíritu a todo mortal" (Hch. 2, 17). Durante la celebración de la última Cena, Jesús les dijo a sus Apóstoles: "Cuando venga el
Abogado, el Espíritu de la verdad que yo os enviaré y que procede del Padre, él dará testimonio en favor de mí" (Jn. 15, 26). Es importante que creamos en el Espíritu Santo, pues, según Jesús: "Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan¡" (Lc. 11, 13). Jesús nos dice que el Espíritu Santo estará con nosotros cuando padezcamos en su nombre, ya sean persecuciones, o el martirio que todos sufrimos para ser debidamente cualificados para ser salvos: "Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir" (Lc. 12, 11-12).
6. La samaritana le preguntó a Jesús que cómo podía obtener el agua de aquel pozo tan profundo. Cuando quienes predicamos la Palabra de Dios les hablamos a quienes no creen en nuestro Padre común de los milagros que Jesús hizo en su tiempo y de la resurrección de los muertos, obtenemos la siguiente respuesta: ¿Cómo podéis ser tan ingenuos para creer esas cosas?
¿Cómo puede Jesús hacer que recibamos el Espíritu Santo y bautizarnos con su agua viva? San Pablo escribió: "¿No sabéis que, al ser vinculados a Cristo por medio del bautismo, fuimos vinculados también a su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo, quedando asimilados a su muerte. Por tanto, si Cristo venció a la muerte resucitando por el glorioso poder del Padre, preciso es que también nosotros emprendamos una vida nueva Injertados en Cristo y partícipes de su muerte, hemos de compartir también su resurrección" (Rom. 6, 3-5).
7. La mujer de Sicar le explicó a Jesús que la tierra en que estaban hablando había sido del Patriarca Jacob, y le preguntó a Jesús si él pensaba que era superior al nieto de Abraham, e hijo de Isaac. Jesús conocía el cisma que en el pasado dividió el país en dos reinos, y, como más adelante veremos, defendía a los adoradores del Templo, frente a quienes adoraban a Dios en la heredad del hijo de Rebeca. Cuando el hijo de María fue interrogado por la samaritana con respecto a su superioridad frente al marido de Raquel y Lía, nuestro Señor no consideró oportuno el hecho de iniciar una discusión teológica, porque ella podía creer que él se daba un cierto aire de superioridad, que podía perjudicar su naciente amistad, esta es, pues, la razón por la que el Mesías siguió hablándole a ella del agua viva, porque, aquella mujer, aún no sabía de lo que el Señor le estaba hablando.
8. Jesús le dijo a la samaritana: "Todo el que bebe de esta agua volverá a tener sed; en cambio, el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener Sed. Porque el agua que yo quiero darle se convertirá en su interior en un manantial capaz de dar vida eterna" (Jn. 4, 13-14). Jesús le dijo a su interlocutora que todos los que viven según los principios establecidos en nuestra sociedad no podrán ser plenamente felices, pero, quienes crean en él, se sentirán plenamente realizados, porque, desde la óptica de Dios, todo lo que nos acaece a lo largo de nuestra vida, tiene una explicación, que redunda en nuestra redención.
9. "La mujer exclamó: -Señor, dame de esa agua; así yo no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla" (Jn. 4, 15). Esta respuesta de la samaritana puede ser interpretada de dos formas, así pues, puede ser considerada como una exigencia de que Jesús demuestre lo que dice, por consiguiente, todos necesitamos que Dios se nos manifieste para creer en él, pero también puede ser considerada como una burla, como diciendo: Vas listo si vives soñando milagros fáciles e irrealizables y salvaciones.
10. A continuación, Jesús le pidió a la mujer que buscara a su marido y que ambos hablaran con él, pero ella le dijo que no estaba casada. Jesús le dijo que era cierto lo que ella decía, pues había convivido con seis hombres (Cf. Jn. 4, 16-19). Aunque los versículos de San Juan que estamos interpretando están intrínsecamente mencionados con el cisma que dividió a Israel en los reinos del Norte y del Sur, para muchos es demasiado fácil llegar a la conclusión de que la mujer de Sicar vivía del ejercicio de la prostitución.
11. La samaritana y Jesús iniciaron una conversación teológica con respecto a las posturas de los samaritanos, que adoraban a Dios en el monte en que había habitado Jacob, y los judíos, que adoraban a Dios en el Templo de Jerusalén. Al igual que les sucedía a los judíos y a los samaritanos, los cristianos estamos divididos, así pues, ante tantas iglesias cristianas, ¿cuál de ellas es la verdadera? Como católicos que somos la mayoría de los lectores de Padre nuestro, decimos que la Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo, pero, ante quienes carecen de fe, ¿cómo demostraremos nuestra creencia? Al afirmar que nuestra Iglesia fue fundada por Cristo, ¿queremos que nuestros posibles interlocutores rechacen a las iglesias que no están vinculadas a la Católica, desestimando las verdades que Dios les ha inculcado a sus miembros? La razón por la que entiendo que existe el Ecumenismo se fundamenta en las palabras que el Señor le dijo a la mujer de Sicar: "Dios es
espíritu, y quienes le rinden culto deben hacerlo en espíritu y en verdad" (Jn. 4, 24). Jesús volverá en su Parusía o segunda venida para concluir el acercamiento de los hombres a Dios, pero, para que esto suceda, necesitamos obedecer al Señor, pues nuestro Maestro nos dice: "Os digo que no volveréis a verme hasta el momento en que digáis: "¡Bendito el que viene en el nombre del Señor¡" (Mt. 23, 39). Jesús se nos manifestará a partir del momento en que le digamos: Jesús, te aceptamos porque lo eres todo para nosotros. Te aceptamos como Hijo de Dios, así pues, ya que has sido bendecido en el nombre de nuestro Padre y Dios, ven a nuestro encuentro, y que tu Espíritu Santo regenere nuestro corazón, porque queremos convertirnos al mensaje de salvación.
12. La samaritana comprendía que Jesús estaba de parte de los judíos en su procesión religiosa, pero, aún así, no podía entender el hecho de que el Hijo de María intentara explicarle que la salvación procedía del Judaísmo, de la misma forma que, por ejemplo, no podemos decirles a los evangélicos que su fe no es completa, por lo que, si quieren salvarse, han de abrazar el Catolicismo. Para no contradecir a aquel extraño hombre que se dignó a hablar con ella a la vista de quienes pudieron verlos sin temor a que su honra fuera manchada y con la intención de no contradecir su fe, -¡qué manera de hilar tan fina¡-, la samaritana le dijo a Jesús que, cuando llegara el Mesías, él diría la verdad sobre la controversia religiosa que separaba a los judíos de los samaritanos. En los relatos evangélicos Jesús se manifestó como enviado de Dios en varias ocasiones, pero nunca lo hizo con tanta claridad como cuando le dijo a la mujer de Sicar: "-El Mesías soy yo, el mismo que está hablando
contigo" (Jn. 4, 26).
¿Somos conscientes de que Jesús se nos da a conocer todos los días con las mismas palabras que se manifestó ante la samaritana? ¿Aceptamos esa verdad cuando la vislumbramos desde nuestras dificultades (desierto)? ¿Intentamos contemplar las circunstancias que nos acaecen desde la óptica del Mesías?
13. Cuando los discípulos llegaron al lugar en que Jesús hablaba con su interlocutora, se sorprendieron al ver cómo su Rabbi hablaba con una mujer, pero, como estaban acostumbrados al hecho de que Jesús veía cosas buenas aun al transgredir las prohibiciones a las que ellos estaban sometidos, tomaron la opción de dejarlos charlar tranquilamente todo el rato que ambos quisieran, a pesar de que la samaritana no les hizo esperar, porque, dejando el cántaro del agua junto a Jesús, se dirigió al pueblo, y les dijo a los habitantes del mismo: "-Venid a ver a un hombre que me ha adivinado todo lo que he hecho. ¿Será el Mesías¿" (Jn. 4, 29). Aun sin tener la plena certeza de que el hombre que había hablado con ella era el enviado de Dios que ellos habían esperado durante siglos, no se llevó consigo el cántaro de agua, el motivo por el que inicialmente se dirigió al pozo sin sospechar que Jesús descansaba allí en aquel preciso instante.
La samaritana quería sacar agua del pozo, pero Jesús le dio agua viva para que jamás volviera a tener sed espiritual. Cuando nosotros estamos ante los pozos de las diversas tentaciones que tenemos y recordamos que Jesús está con nosotros, deberemos dejar los cántaros con los que inicialmente vamos a obtener el agua sucia que nos ofrecen las citadas tentaciones, para que el Hijo de María pueda satisfacer nuestra sed de Dios, pues, a tal efecto, nos aplicaremos las conocidas palabras del Salmista: "Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi garganta tiene sed de ti, mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agotada, sin agua" (Sal. 63, 2).
14. Los Apóstoles querían que Jesús comiera, pues sabían que él llevaba varias horas sin alimentarse debidamente. Al constatar que Jesús rechazaba los alimentos que ellos le ofrecían, empezaron a creer que, la samaritana u otra persona, le había ofrecido comida. Quizá el Maestro estaba impresionado por causa de la conversión que se estaba empezando a operar en la samaritana, pues él tuvo un reducido número de ocasiones durante su Ministerio público de constatar la conversión de alguno de sus oyentes. Jesús quería prolongar con sus amigos la conversación que había tenido con la mujer de Sicar, así pues, para hacerles entender a sus seguidores que no tenía hambre porque su espíritu estaba lleno de Dios y para reanudar la exposición de sus pensamientos, les dijo: "-Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra de salvación" (Jn. 4, 34). Ante tan clara exposición de nuestro Maestro, sólo podemos decirle a Jesús: Señor, creemos en ti, y, por
ello, queremos que tu alimento sea también nuestro sustento.
15. A continuación, Jesús siguió diciéndoles a sus compañeros, en lenguaje figurado, que estaba a punto de acontecer su Parusía, que nosotros sembramos los frutos que producimos por obra y gracia del Espíritu Santo, y que por ende, Dios es el que recoge los citados frutos que nosotros no podemos ver en ciertas ocasiones por causa de nuestro pesimismo. Jesús también les dijo a sus seguidores que les enviaba a trabajar sobre la exposición de una doctrina que ellos no debían imponerles a sus oyentes, pues todos los judíos (en un principio los Apóstoles sólo predicaron en Palestina obedeciendo un mandato del Señor) conocían los textos más relevantes del Antiguo Testamento (primera parte de la Biblia).
16. Quizá algunos predicadores cometemos la torpeza de querer que nuestros oyentes o lectores se conviertan al Evangelio para que podamos ver la fructificación de nuestros múltiples esfuerzos. En estos casos corremos el riesgo de olvidar que Dios es el único recolector de los frutos que nosotros producimos, por lo que, hasta que nuestros oyentes o lectores no sientan que nuestro Jesús ha actuado en su vida, no podrán decir las palabras que la samaritana les oyó a los habitantes de Sicar que la acompañaron para ver y hablar con Jesús, movidos por lo que ella les había dicho: "-Ya no creemos en él por lo que tú nos dijiste, sino porque nosotros mismos le hemos oído, y estamos convencidos de que él es verdaderamente el salvador del mundo" (Jn. 4, 42).
17. El Domingo I de Cuaresma consideramos la existencia de una alternativa para suplantar la aparente necesidad que todos tenemos de ceder bajo las tentaciones del demonio. El Domingo II de Cuaresma, ampliamos la meditación del Domingo inicial del presente periodo litúrgico, pidiéndole a nuestro Señor que nos transfigurara y configurara a su imagen y semejanza. Hoy, Domingo III de Cuaresma, le pedimos a nuestro Señor que nos haga recibir el don de Dios, y que satisfaga nuestra sed con su agua viva. Nuestra sed espiritual actual es más fuerte que nuestra sed de poder, fama y riqueza.
Al confrontar las exigencias del mundo materialista con la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística central de este tiempo en que ayunamos de hacer el mal y nos abstenemos de convertir nuestros vicios en costumbres ineludibles, podemos ver cómo Moisés, de una forma drástica, a la usanza que tantos mártires han sido acosados antes de ser asesinados a lo largo de la Historia del pueblo de Dios, vivió la persecución de quienes él estaba encaminando a la Tierra prometida. Quizá pensamos: Es increíble el hecho de que los hebreos, habiendo contemplado los grandes portentos que Dios hizo en la presencia de ellos, perdieran la fe, aunque estuvieran, como podemos leer en el texto sagrado, torturados por la sed. Desde luego, existe una gran diferencia entre valorar la situación de Moisés y al considerar nuestra carencia de trabajo, y otros contratiempos que, sin ser tan graves como la vivencia de Moisés, pueden hacernos perder la esperanza de recibir la ayuda de
Dios. El filósofo Epicteto escribió: "Cuando el esclavo de un vecino rompe una copa, inmediatamente estamos dispuestos a exclamar "son cosas que pasan". Sábete, pues, cuando sea tu copa la que se rompe, que es preciso que seas el mismo que eras cuando se rompió la de otro" (Epicteto).
18. Cuando Moisés se vio acosado por el pueblo, le pidió ayuda a Dios, pero, la desconfianza que el pueblo sembró en el corazón de su guía espiritual, hizo que Moisés no viera jamás la tierra prometida. ¿Fue aquel hecho un castigo por haber perdido su fe momentaneamente, o un premio por el cumplimiento de la misión que Dios le confió? La respuesta a esta pregunta depende de si creemos en el infierno o en el amor de Dios.