Domingo V de Cuaresma, Ciclo A, (Jn. 11, 25-26).
Autor: José Portillo Pérez
1. Hoy iniciamos la V semana del tiempo de Cuaresma. Esta semana precede a la Semana Santa o de Pasión, durante la cuál finalizará este tiempo de penitencia, e iniciaremos la Pascua, el glorioso tiempo cuya conmemoración estamos preparando a través de los actos de desagravio que estamos llevando a cabo.
2. El Domingo III de este tiempo de oración intensa nos concienciamos de la importancia que el don de Dios (el Espíritu Santo) y el agua viva (el bautismo y la gracia) tienen para nosotros. El Domingo anterior vimos cómo hemos de contemplar los acontecimientos de la Historia y de nuestra vida desde la óptica de nuestro Padre común. En esta ocasión con la intención de esforzarnos para seguir preparando la celebración de la Pascua, vamos a recordar las siguientes palabras de nuestro Hermano: "-Yo soy la resurrección y la vida. El que crea en mí, aunque muera, vivirá; y ninguno de los que viven y creen en mí morirá para siempre" (Jn. 11, 25-26). Este Domingo vamos a concienciarnos sobre la realidad de la resurrección universal que nuestro Padre común llevará a cabo al final de los tiempos.
¿Debemos creer en la resurrección? ¿Es la resurrección o retorno de la muerte a la vida una ingenuidad? San Pablo les escribió a los Tesalonicenses: "Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de aquellos que ya han muerto. Así no estaréis tristes, como los que carecen de esperanza. Nosotros creemos que Jesús ha muerto y ha resucitado; pues, igualmente, Dios ha de llevarse consigo a quienes han vivido unidos a Jesús" (1 Tes. 4, 13-14). El mismo Pablo les escribió a sus lectores de Corinto: "Dios, que con su poder resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros" (1 Cor. 6, 6). En esa misma Carta el Apóstol escribió: "Si los muertos no han de resucitar, es que Cristo tampoco ha resucitado. Y, si Cristo no ha resucitado, tanto el anuncio de él que yo he hecho como vuestra fe carecen de sentido" (1 Cor. 15, 13-14). Nuestra meta consiste en alcanzar la inmortalidad, la vivencia de una experiencia que jamás concluirá sin problemas de ninguna índole, teniendo a Dios como nuestro todo. Ya que nunca hemos visto cómo Dios resucita a los muertos en nuestra vida ordinaria, para creer esta verdad fundamental de nuestra fe, es imprescindible que tengamos una creencia ciega en Jesús, pues él dice de sí mismo: "Yo soy el pan de la vida" (Jn. 6, 35 y 48). "-Yo soy la luz del mundo" (Jn. 8, 12). ""Yo soy el que soy"" (Jn. 8, 24 y 28. 13, 19). "Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo" (Jn. 9, 5). "Yo soy la puerta verdadera (que accede al Reino de Dios) (Jn. 10, 7). "Yo soy el buen pastor" (Jn. 10, 11 y 15). "-Yo soy la resurrección y la vida" (Jn. 11, 25). De todas estas citas bíblicas podemos deducir que Dios lo puede todo, lo cuál nos conduce a pensar que él puede darnos la vida ilimitada. Benditos sean los mártires, porque "se dejaron torturar hasta morir (imitando a Jesús en su Pasión y posterior muerte), renunciando a la liberación ante la esperanza de alcanzar una resurrección más valiosa" (Cfr. Heb. 11, 25). A tenor de estas
reflexiones de las Escrituras, en la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística, el Santo Hagiógrafo nos dice de parte de nuestro Padre común, que él nos resucitará al final de los tiempos, no para que seamos víctimas del mal que nos aflige actualmente, sino para que se cumpla la Escritura: "En los últimos días, dice Dios, concederé mi Espíritu a todo mortal" (Hch. 2, 17).
3. Antes de continuar leyendo esta meditación, deberíamos preguntarnos si deseamos que Dios instaure su Reino entre nosotros. Si consideramos que la Iglesia es el Reino de Dios podemos pensar que la pregunta que nos hemos formulado carece de sentido, pero yo quisiera pediros que, a nivel individual, meditemos si desde nuestro interior, nace el deseo de que Dios nos haga formar parte de su Reino. Si nuestra respuesta al citado interrogante es afirmativa, debemos plantearnos los interrogantes de los que más huimos porque no podemos satisfacerlos utilizando a tal efecto la ciencia difusa o porque presuponemos la respuesta a los mismos independientemente de nuestras creencias. En esta ocasión vamos a centrarnos en nuestra experiencia del dolor, así pues, el Evangelio de hoy, es un magnífico ejemplo de cómo seremos trascendidos por nuestro Padre común desde nuestro estado actual a la más plena glorificación.
En el Evangelio de hoy, San Juan, después de recordarnos la amistad que unía a los hermanos de Betania con Jesús, nos dice que nuestro Señor, conscientemente, dejó que Lázaro muriera, teniendo la posibilidad de evitar el sufrimiento y la muerte de Lázaro, y el dolor de sus hermanas Marta y María. Al escenificar este Evangelio, me imagino que Jesús caminaba por el campo instruyendo a sus discípulos, cuando vio aparecera lo lejos, a un hombre que cabalgaba velozmente hacia el lugar en que ellos se encontraban. Cuando el jinete se encontró con el Hijo de María y sus amigos, se dirigió al Señor en los siguientes términos:
-Jesús de Nazaret, me han enviado tus amigas de Betania Marta y María para que auxilies a su hermano Lázaro, pues él está mortalmente enfermo. Monta a la grupa de mi caballo porque, con un poco de suerte, llegaremos a Betania para que puedas salvar a tu amigo.
Dios utilizó la muerte de Lázaro para fortalecer nuestra fe y para hacer que su Mesías se preparara a vivir su Pasión y muerte para resucitar al tercer día de su crucificción, con la diferencia de que él viviría eternamente, mientras que, la resurrección de Lázaro se prolongó durante pocos días, porque el hermano de Marta y María fue asesinado por orden de los sanedritas que odiaban a Jesús, para evitar que, quienes constataban a su manera la resurrección de su víctima, aumentaran su fe en el Hijo del carpintero.
Jesús debió sufrir mucho cuando se negó a asistir a Lázaro, y oyó la dura réplica del desesperado jinete:
-Yo creía que tú eras amigo de Lázaro y, sin embargo...
Después de decir esas palabras, el hombre inició su retorno, con la esperanza de ver a su amigo antes de que Lázaro expirara. Por su parte, los Apóstoles debieron decirle a Jesús que no se privara de viajar a Betania para salvar a su amigo, aunque tomando la debida precaución para que los judíos no lograran apedrearle, en el caso de que intentaran asesinarle nuevamente.
4. Siempre que escribo una meditación sobre el Evangelio de hoy, medito sobre Tomás, pues le conocemos como agnóstico, pero pocos son los cristianos que saben que, cuando Jesús decidió arriesgar su vida para resucitar a Lázaro de la muerte, él les dijo a sus amigos: "¡Vamos también nosotros, para morir con El¡" (Jn. 11, 16). El pobre Tomás no tenía la culpa de haber sido castigado de muy diversas formas, por lo que tenía la necesidad de estar bien informado con respecto a las ideas que habían de constituir su pensamiento. Cuando murió Jesús, con el mismo impulso que decidió arriesgarse para morir junto a su Rabbi, se desanimó al pensar que, al perder a su Maestro, la obra que el Mesías había realizado, carecía de sentido. En parte él tenía razón porque si Jesús no hubiera resucitado, la vida de los que sufren y la existencia de quienes se sienten insatisfechos, sería tan vacía como los materialistas ven nuestra espiritualidad.
5. En Lc. 10, 38-42, se dice que Marta vivía afanada en sus actividades hogareñas, mientras que María se dedicaba por completo a escuchar las predicaciones del Maestro. Cuando Lázaro murió y ambas hermanas supieron que Jesús se dirigía a su encuentro, María se quedó en su casa, mientras que Marta corrió a pedirle explicaciones a Jesús con respecto a la causa por la que él había dejado morir a Lázaro. Marta le dijo a Jesús: "-Señor, si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano" (Jn. 11, 21). Quizá nosotros hemos orado en algunas ocasiones diciendo: Señor, si escucharas mis oraciones, si miraras mis sacrificios... Si escucharas nuestras súplicas, sanarías a los enfermos, harías que los desempleados encontraran trabajo para superar su difícil situación económica... A todo esto, si Jesús sabe que necesitamos ver sus milagros para creer en él, ¿por qué no se nos manifiesta con sus obras? Si él hiciera esto no veríamos en él a nuestro Hermano, sino al dios rey de copas o al juez temible y por tanto terrible. Por otra parte, él no quiere promocionarse como mago, sino ser amado por nosotros.
6. ¡Qué valiosa es la virtud teologal llamada fe¡. San Pablo les escribió a los Corintios: "Maestros en la fe cristiana podéis tenerlos a millares" (1 Cor. 4, 15). La vivencia de la fe no es una lección que se aprende, sino la aceptación de la existencia y la actuación de nuestro Padre común en nuestra vida ordinaria. Antes de ascender al cielo, Jesús Resucitado les dijo a sus discípulos: "Estas señales acompañarán a los que crean (en el Señor): en mi nombre expulsarán demonios; hablarán lenguas nuevas; tomarán serpientes en sus manos; aunque beban veneno, no les hará daño; pondrán sus manos sobre los enfermos y los curarán" (Mc. 16, 17-18). ¿Son ciertas las palabras de nuestro Maestro que estamos meditando, o hemos de considerar las mismas desde el punto de vista del lenguaje oculto que caracteriza muchos textos bíblicos? San Pablo responde esta pregunta en los términos que siguen: "Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; al hacerme hombre, dije adiós a las cosas de niño. Ahora vemos confusamente, como por medio de un espejo; entonces veremos (a Dios) cara a cara. Ahora conozco sólo (la sapiencia divina) de forma limitada; entonces conoceré del todo, como Dios mismo me conoce" (1 Cor. 13, 11-12). ¿Cómo podremos llevar a cabo las obras de Dios? Jesús responde esta pregunta en el Evangelio de San Juan, así pues, en el citado libro leemos: "No os dejaré abandonados; volveré a estar con vosotros. Los que son del mundo dejarán de verme dentro de poco; pero vosotros seguiréis viéndome, porque la vida que yo tengo la tendréis también vosotros" (Jn. 14, 18-19). Para comprender las anteriores palabras de nuestro Maestro, es necesario que escenifiquemos la celebración de la Cena pascual del Hijo de María con sus discípulos. Antes de iniciar su recorrido pasional, el Mesías les habló a sus amigos de las virtudes que el Espíritu Santo infundiría en ellos después de que el Rabbi resucitara de la muerte, al mismo tiempo que intentaba animarles para que no perdieran la fe cuando él se entregara a sus verdugos sin oponer resistencia alguna a las torturas que ellos le iban a infringir hasta asesinarlo. A partir del primer Domingo de Resurrección, los no creyentes, no podían ver a Jesús, porque ellos no se dejaban conducir por el Espíritu Santo al encuentro del Padre del hijo pródigo. Actualmente sucede lo mismo que ocurrió en los tiempos de la Iglesia primitiva de Jerusalén, es decir, Jesús sólo puede ser visto por quienes tienen fe en él en sus corazones.
Si el Espíritu Santo mora en nuestros corazones, ¿por qué no podemos hacer milagros? Cuando los textos bíblicos no se habían escrito, y aun cuando se habían imprimido y no eran accesibles para todos los creyentes por ejemplo porque la Iglesia no permitía que se tradujeran del Latín a otros idiomas modernos, nuestro Padre común se les manifestaba a sus hijos de mwltiples formas, pero, actualmente, al tener la Biblia al alcance de todos (la Palabra de Dios se transmite gratuitamente por la red), nuestro Padre común sólo se nos manifiesta individualmente, pues sabe que todos podemos leer lo que el Espíritu Santo les inspiró a los sagradosHagiógrafos para que lo escribieran en la Carta Magna que nuestro Padre común nos ha escrito.
En cierta ocasión, cuando Jesús se encontraba en la Sinagoga de Nazaret, "no pudo hacer ningún milagro, aparte de curar a unos enfermos sobre los que puso las manos" (Mc. 6, 5). ¿Por qué no pudo hacer nuestro Señor ningún milagro en la aldea en que vivió muchos años? ¿Carecía nuestro Señor en aquella ocasión del poder que necesitaba para ello? Jesús no pudo sanar a todos los enfermos que le rendían culto a Yahveh porque la gente del pueblo no creía en él. No quiero llegar a la conclusión de que Dios abandona a quienes no creen en él, pero sí quiero manifestar que, al no haberse comprometido a quitarnos la libertad que nos ha concedido, nuestro Padre común deja que nos convirtamos a él como si nosotros tomáramos la iniciativa de acercarnos a él, para que no nos sintamos coaccionados en ningún momento.
Jesús quería resucitar a Lázaro el mismo día en que llegó a Betania, pero, antes de llevar a cabo aquel prodigio que le serviría para fortalecer su fe antes de dejarse asesinar por quienes le odiaban, necesitaba que sus amigas Marta y María creyeran en él, aunque ellas no podían creer que él hubiera dejado morir a su amigo teniendo poder para evitar aquella dramática situación. Marta le dijo a Jesús: "Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, que había de venir a este mundo" (Jn. 11, 27). Esta confesión de Marta parece manifestar una fe inquebrantable, pero, de la misma forma que muchos hermanos nuestros sienten un terrible temor a ver cómo sus almas permanecerán eternamente en el infierno e intentan manifestar de palabra que Dios les amará cuando consigan evitar todas las ocasiones de pecar que se les presenten, la confesión de Marta era la manifestación de una creencia que aceptaba a medias, porque no podía entender cómo aquel que podía evitar el sufrimiento no impedía la difícil vivencia del dolor de sus seres queridos. Antes de hacer la citada confesión que en cierta forma puede ser interpretada como un reproche, cuando Jesús intentaba justificar el hecho de no haber evitado la muerte de Lázaro diciéndole a Marta que su hermano resucitaría aquel día, ella le respondió: "-Sé muy bien que volverá a la vida al fin de los tiempos, cuando tenga lugar la resurrección de los muertos" (Jn. 11, 24). Quizá nosotros intentamos consolarnos pensando que Dios nos concederá una vida sin dolor y sin rencores, pero ello no nos conforta, no porque carecemos de fe, sino porque nuestro Padre común nos creó para vivir eternamente, y, sin comprender que antes de alcanzar la felicidad eterna tenemos que ser purificados, anhelamos la perfección de nuestro Criador, aunque nuestra fe en él no sea plena. Probablemente todos hemos llorado la pérdida de familiares y amigos muy queridos por nosotros, pero, antes de que nuestro Padre celestial nos los devuelva, es necesario que desarrollemos los dones y virtudes que el Espíritu Santo nos transfiere en nuestra vida ordinaria, para que no confundamos las actuaciones de la Providencia divina con meros actos de magia.
7. A pesar de que su fe no era completa, Marta fue a buscar a su hermana y le dijo al oído: "-El maestro está aquí y pregunta por ti" (Jn. 11, 28). Marta le dijo a María al oído que el Maestro la esperaba porque, al recordar que recientemente los judíos habían intentado lapidar al Mesías, no quería que se produjera una situación idéntica a la anterior, muy a pesar de que el Hijo de María no había evitado la muerte de su hermano. Por otra parte, ¿tenemos nosotros la fe que necesitamos para decirles a los pobres, los enfermos y solitarios que Jesús mora en nosotros, en la Iglesia, y en nuestra sociedad y que pregunta por ellos? ¿Somos capaces de preguntarles a quienes se desesperan porque viven en un lamentable estado de miseria que Jesús aguarda a que ellos le abran la puerta de su corazón? Hermanos, se acerca la celebración de la Pascua, y es necesario que, de la misma manera que nuestro Hermano Jesús lo dio todo por nosotros, que nos juguemos todas nuestras cartas con el pensamiento fijo en la instauración del Reino de Dios, y que nuestras mejillas sean como el pedernal, para resistir los golpes que eventualmente podamos recibir. Preguntémosles a los mártires si es posible vivir, morir y resucitar tal como decimos en la celebración de la Eucaristía antes de rezar el Padrenuestro, "por Cristo, con él y en él".
8. "Jesús se echó a llorar" (Jn. 11, 35), cuando los judíos le conducieron al sepulcro de Lázaro. Jesús lloró por su amigo, pero también lloró pensando en su Pasión y en los mártires que, a lo largo de la Historia, han muerto y sacrificarán su existencia por la extensión del conocimiento de la Palabra de Dios. En aquel preciso instante, Jesús también lloró por los enfermos, por los suicidas, por quienes defienden sus planteamientos sólo por tener razón a pesar de que son conscientes de su crueldad... ¡Jesús lloró por ti y por mí¡. él no se avergonzó al llorar por quienes nacerían miles de años después de que él fuera asesinado y resucitara de la muerte, pero nosotros, temiendo que quienes no creen en Dios nos crean faltos de cordura, no somos capaces de derramar una lágrima por el Mesías humillado donde quienes no le aceptan nos puedan ver.
Jesús había resucitado anteriormente a la hija de Jairo y al hijo de la viuda de Naím, pero ambos prodigios no se llevaron a cabo cuando faltaba poco tiempo para que el Mesías se entregara a sus enemigos. Si Lázaro resucitaba, Jesús se convencería un poquito más de que él había de vencer a la muerte, pero, por otra parte, si Lázaro resucitaba, los sanedritas tomarían la precaución de asesinarlo, para que nadie, a tenor de la resurrección del hermano de Marta y María, pudiera creer en el Unigénito del Criador del mundo.
9. Cuando Jesús se acercó a la tumba de Lázaro les dijo a los judíos: "-Quitad la piedra" (Jn. 11, 39). Yo imagino que en aquel momento se hizo un silencio profundo. Varios hombres se dispusieron a obedecer al Señor, ora con la intención de ridiculizarle y asesinarle por burlarse cruelmente de los familiares y amigos de Lázaro, ora para ver si, de la misma manera que el Maestro curó al ciego del Evangelio del Domingo anterior también tenía poder para resucitar a su amigo. Algunos espectadores de aquella escena debieron sentir un deseo indescriptible de evitar lo que para ellos debía ser un rol sentimental imperdonable.
Por si la situación no era difícil para Jesús, Marta golpeó nuevamente el alma del hijo de María, diciéndole dolorida y preocupada por causa de su carencia de fe: "-Señor, tiene que holer ya, porque hace cuatro días que murió" (Jn. 11, 39). Esta pregunta me recuerda las situaciones embarazosas que vivimos los predicadores cuando se nos interroga en los siguientes términos: ¿Por qué predicáis lo que ni siquiera vosotros podéis creer? Los paracientíficos al menos ganan dinero mintiéndoles a sus víctimas, pero vosotros, pobres diablos, llegáis a creeros las historias que no podéis transmitirnos como veraces... En esos momentos difíciles, nos vemos junto a la tumba de Lázaro, espectantes, esperando que Jesús grite: "-¡Lázaro, sal fuera¡-" (Jn. 11, 43). En aquel momento el silencio debió hacerse más intenso, y, los minutos que Lázaro tardara en salir del sepulcro con el malestar que debió producirle el hecho de verse envuelto en vendas y en su propio sepulcro, los espectadores debieron vacilar sin reparos con respecto a lo que estaba sucediendo.
Pidámosle a nuestro Padre común que la resurrección de Lázaro fortalezca nuestra fe en él, y que ello nos haga esperar la instauración de su Reino entre nosotros.