Solemnidad de Pentecostés
Juan 20, 19-23: El Espíritu Santo
Autor: Padre José Manuel Otaolaurruchi, L.C.
Mons. Luis María Martínez llamaba al Espíritu Santo “el gran desconocido” y parece que tiene razón porque se le conoce poco y son menos los que se benefician de su acción santificadora. Por eso quiero destacar dos de sus múltiples dones para valorarlo mejor y venga a ser el dulce huésped del alma.
El Espíritu Santo es fuente de todo bien. San Cirilo de Jerusalén hace una hermosa comparación con el agua. El agua es condición necesaria para la pervivencia de los seres animados. La lluvia siendo siempre la misma, produce efectos muy diferentes dependiendo del que la recibe. En una vid se convierte en uva y luego en vino; en un árbol frutal se convertirá en naranjo, en limón, en lima y dará un fruto exquisito. El agua siendo la misma produce diversidad de frutos. Así es Dios, siendo el mismo produce diversos frutos según el alma que lo reciba, pero siempre es Dios la fuente de donde nace todo bien. Como el agua hace germinar al árbol seco, así también el Espíritu Santo devuelve la vida de gracia a través del perdón de los pecados. Como el agua nutre al árbol sano para que a su tiempo produzca la cosecha, así el Espíritu Santo alimenta con la Eucaristía para ayudarnos a perseverar en el bien, en la fe y en la caridad. Inaccesible por su naturaleza, se hace accesible por su bondad.
El Espíritu Santo es el artífice de nuestra santificación. Dios Padre fue el creador, Dios Hijo fue el redentor y Dios Espíritu Santo es el santificador. Él tiene la tarea de arreglárselas para que los hombres le conozcan y le amen. Tiene la encomienda de llevarnos al cielo. ¿De dónde nace por ejemplo el arrepentimiento? ¡De Dios! Incluso los malos escuchan su voz cuando los llama a la conversión. La conciencia es la misma voz de Dios en el corazón de los hombres. Llevamos a Dios grabados en lo más íntimo de nuestro ser. El deseo de buscar la dicha y la felicidad, el deseo de la justicia y de la verdad ¿de dónde provienen? ¡De Dios! Está presente en cada uno de los que quieren recibirlo. “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo”. (Apoc 3,20)
Para concluir, quiero compartir contigo la oración al Espíritu Santo que conviene rezar junto con el Padre nuestro, el ave María y la oración al ángel de la guarda: “Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar, lo que debo decir, lo que debo callar, lo que debo escribir, lo que debo hacer, cómo debo obra para buscar el bien de los hombres y el cumplimiento de mi misión”.