IV Domingo de Pascua, Ciclo A

Juan 10, 11-18: Las sirenas

Autor: Padre José Manuel Otaolaurruchi, L.C.

 

 

¿Quién se puede olvidar del hechizo que las sirenas ejercían sobre los marineros? Sus dulces cantos eran irresistibles y yendo en pos de la dicha, ignoraban que marchaban hacia la muerte.  Ulises, hombre prudente, se hizo atar al mástil de la nave cuando iban a pasar por el mar de las sirenas y dejó claro que entre más suplicara que le quitaran esas amarras, cuantas más cuerdas le anudaran.  También supo colocar cera en los oídos de sus marinos para que ninguno perdiera la cabeza. (Canto XII, Odisea)

Las sirenas son seres mitológicos que ejercen gran fascinación y encanto, pero al mismo tiempo son inalcanzables.  Si bien las sirenas en forma de mujer y cola de pez peinando su hermosa cabellera sobre una roca no existen, sí existen en forma del dinero, del poder y del placer. Estas sirenas continúan encandilando el corazón de los hombres y arrastrándolos hacia la muerte.  Cuántas venganzas, crímenes y homicidios por causa del dinero. Cuántas familias destruidas por herencias. El espíritu humano es insaciable y por eso no conoce límites, siempre quiere más, siempre desea poseer más, aunque tenga para mil vidas.

El mundo lo representa el dinero, el materialismo, el poseer más como fin último de la vida. Poner como valor más alto la plata, como si en ella estuviera el secreto de la felicidad.  Miren si el consumismo lo ha entendido bien que es abismal el número de productos  triviales sobre los de primera necesidad.  Productos para halagar la vanidad inunda el comercio, desde las cirugías pláticas para arreglarse el cuerpo, pasando por las cremas y las prendas de vestir que hacen erupcionar los armarios. Las sirenas de la moda nos empujan a comprar con porfía.

El demonio que es padre de la mentira representa el deseo de poder.  El dulce gusto de sentirme superior a los otros. El placer de saberme reconocido, estimado, visto, respetado, tal vez temido. Que a los demás les quede claro que yo soy superior y por eso se permiten actitudes despóticas, displicentes, prepotentes.

Jesús en el evangelio advierte que hay muchos usurpadores y ladrones que llegan prometiendo felicidad, fortuna y dicha. Todos ellos son bandidos que sólo vienen a robar, matar y destruir. Los que escuchan la voz del mundo, del demonio y de los placeres de la carne van tras ellos como si fueran sirenas.   La voz de Dios en cambio es dulce, amable al corazón y a la mente. ¿Cómo se puede reconocer? Porque te inunda el alma de paz. Esa paz que el mundo no conoce y que no la puede dar.