IV Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mateo 5, 1-12a: Autorretrato de Jesús

Autor: Padre José Manuel Otaolaurruchi, L.C.

 

 

El sermón de las bienaventuranzas es uno de más solemnes que haya predicado Jesús. Es especial porque preparó muy bien el sitio y el momento. Jesús elige la cumbre de un monte de Galilea para que sus oyentes pudieran escuchar con mayor atención, lejos de cualquier distracción. Además, la montaña es el sitio en el que Cristo se encuentra con Dios Padre y el lugar en donde se realizan los principales misterios de nuestra redención: su nacimiento en una cueva de las montañas de Belén; la transfiguración en el monte Tabor; la  crucifixión en el Gólgota; y en un monte de Galilea Jesús ascendió a los cielos. (Mt. 28,16) Pues bien, Jesús nos invita a subir a la montaña porque tiene algo muy importante que decirnos. ¿De qué se trata? Se trata del camino que lleva a la auténtica felicidad. Nos va a descubrir su secreto para ser dichosos en esta vida y en la eternidad. Lo interesante es que no se pone a darnos consejos que corren el riesgo de quedarse en teoría, como los cientos  de libros de autorrealización y de superación personal que se encuentran en el mercado.  

El gran secreto

¿Cuál es pues, su gran secreto? El secreto es que Dios es amor y que este buen Dios nos creó para el amor. Y es que todos experimentamos un profundo deseo de amar y de ser amados y este deseo se colma plenamente en la medida en que participamos del amor de Dios. Las bienaventuranzas son diversas formas para experimentar este amor. Fíjate que no se trata de imitar, sino de llevar a Dios en el alma; no es un recetario de acciones, sino de permitir que Dios viva en mí. ¿Utopía? ¿Ilusión? ¡De ninguna manera! ¿Piensa cuánta bondad, cuánta luz, cuánta dulzura irradian las alma buenas, los así llamados santos! Ellos son como esas bellísimas cristaleras que iluminan el interior de las catedrales. El cristal en sí mismo es opaco y feo, pero en la medida en que permiten el paso de los rayos del sol, tanto más resplandecen y cautivan por su belleza.  

Autorretrato

Cada bienaventuranza es una descripción de la vida de Cristo que supo ser manso y humilde de corazón, que pasó haciendo el bien a los necesitados, que se compadeció de los enfermos y angustiados, que se conmovió ante el dolor de la viuda que perdió a su hijo, que nos enseñó tratar con dignidad y pureza de corazón a la mujer, como hija de Dios que es, y no como un objetivo de placer o de reclamo comercial. Cristo nos dejó su autorretrato para hacerse vida de nuestra vida, como lo expresaba san Pablo: “ya no vivo yo, sino es Cristo quien vive en mí”