III Domingo de Pascua, Ciclo A
Lucas 24, 13-35: Las decepciones
Autor: Padre José Manuel Otaolaurruchi, L.C.
Las decepciones son de los golpes más fuertes que la vida nos puede dar. Cuando tú confías en que una persona te quiere tanto que no sería capaz de traicionarte. Cuando estás convencido de que tú representas algo tan grande para tu amigo, que no podría darte la espalda. Con esta convicción avanzas tranquilo sabiendo que si la desgracia te sobreviene, allí estarán los tuyos para echarte una mano porque simplemente no te pueden fallar.
Lo malo está en que estas convicciones no se verifican sino hasta que llega el momento de la prueba. Aquella ocasión en que necesitaste dinero para salir de un apuro y te dejaron con la mano extendida y la palabra en la boca. Estos golpes duelen mucho, pues como dice el salmo: “Si fuera un extraño o un desconocido, lo entendería; pero eres tú, mi amigo y confidente, con el que compartía el pan de la mesa”. (Salmo 54) Las traiciones dejan heridas difíciles de cicatrizar porque sangran cada vez que te llegan con el recuerdo, sobre todo si eres secundario.
Las decepciones más dolorosas son evidentemente las que tienen que ver con el corazón. Pienso por ejemplo en el terrible daño que provocan las infidelidades matrimoniales. ¡Cuánto sufrimiento y cuántas lágrimas! No tiene nombre el que una persona a la cual le diste tu vida, tu amor, tus deseos e ilusiones te cambie por una aventura.
Las decepciones pueden producirse también por omisión, como sucede en la carencia de afecto que una persona siente al saberse rechazada o no querida por los suyos. Famoso fue el lamento del héroe romano Julio César, gran conquistado de la Galia, cuando su hijo Bruto lo traicionó: “tú también, hijo mío”. César ya no se defendió y se dejó matar.
Los discípulos de Emaús se sintieron decepcionados de su Maestro: “nosotros esperábamos que él sería el liberador de Israel”. Pero Cristo no les traicionó, iba caminando a su lado y se quedó con ellos. La resurrección es la garantía de que no se trata de una ilusión, una quimera. Cristo es el único bien verdadero, el único bien perdurable, es el único amigo sincero, es el único amigo fiel, es el único que nos tiende la mano y nos ayuda y nos ama en la juventud, en la edad madura, en la vejez, en la tumba y en la eternidad. Y el día de mañana, cuando los hombres se olviden de nosotros solamente una cruz, y en ella Cristo, seguirá abrazando nuestra sepultura como guardián eterno de una amistad comenzada en esta tierra.