III Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mateo 4, 12-23: San Mateo

Autor: Padre José Manuel Otaolaurruchi, L.C.

 

 

Leer los evangelios sinópticos sin distinguirlos sería tan grave como leer cuentos sin fijarse si son de Christian Andersen, Edgar Allan Poe o Charles Dickens. En adviento iniciamos el ciclo litúrgico A que corresponde al evangelista san Mateo. ¿Quién es este personaje y qué lo distingue de Marcos y Lucas? San Mateo fue aquel publicano que se ganaba la vida cobrando impuestos en Cafarnaúm. Su nombre significa en hebreo “don de Dios”. Un día Jesús se cruzó en su vida y lo llamó para ser uno de sus apóstoles y él, dejándolo todo al instante, lo siguió. (Mt 9,9) Marcos y Lucas lo llaman Leví. En la vocación de Mateo vemos con claridad que Dios no excluye a nadie de su amistad, pues un publicano era considerado un hombre amigo del dinero y tachado por rapaz y avariento. Al mismo tiempo vemos que Mateo supo dejar todo de inmediato para seguirlo, señal de que no tenía su corazón atado a las riquezas como el joven rico que rehusó la invitación por estar apegado a sus bienes materiales. (Mt. 19,21) Mateo escribe su evangelio para los judeocristianos, es decir, para los judíos convertidos al cristianismo. Por eso con tanta frecuencia evoca citas del antiguo testamento. Pretende mostrar que Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios, el esperado, aquél que anunciaron los profetas y que san Juan señaló como el Cordero Pascual. Si te fijas, Mateo es el único que comienza con la genealogía de Jesús partiendo desde Abraham, en línea con el rey David, a cuya familia pertenece José, el esposo de la Virgen María, de la cual nació Jesús, llamado el Mesías. Un inicio así, no es casual sino buscado. Si ponemos atención, al final del evangelio concluye con el soborno a los guardias del sepulcro para que mintieran acerca de la resurrección del Señor. Mateo tiene expresiones que lo identifican rápidamente: “para que se cumpliera las escrituras”, “como dijo el profeta”, “como estaba escrito”. Este Evangelio fue escrito en Antioquía de Siria hacia los años 70 y 100. En esa ciudad habitaban muchos judíos de lengua griega y allí se asentó una de las primeras comunidades cristianas. (Hech. 11,19-30) San Pablo estuvo predicando en esta ciudad durante un año y allí se comenzó a dar a los discípulos de Cristo el nombre de cristianos. En su afán por demostrar la divinidad de Cristo, su evangelio se destaca por los grandes discursos, entre los que sobresalen el sermón de la montaña, las parábolas del reino y la predicación eclesiológica.