Domingo de Resurreccion
Juan 20,1-9: Vio y creyó
Autor: Padre José Manuel Otaolaurruchi, L.C.
¡¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado! La liturgia, en este domingo de pascua, nos traslada al sepulcro de Cristo, envidiable testigo de la resurrección del Señor. María Magdalena se acerca de madrugada al sitio dónde habían depositado el cuerpo de Maestro y encuentra la piedra removida. Echa a correr a casa de Simón Pedro y le informa de lo ocurrido. Salen corriendo Pedro y Juan para averiguar lo sucedido y llegados al sepulcro se encuentran los lienzos puestos en el suelo y el sudario bien doblado en un sitio aparte. Entonces san Juan vio y creyó, porque hasta entonces no había entendido las Escrituras.
Esta misma experiencia de la fe la fueron haciendo cada uno de los discípulos. Pienso, por ejemplo, en Tomás, que por más que los otros le decían que habían visto y hablado con el Maestro, él no lo creía. Y estando nuevamente reunidos, se presenta Cristo, no como un fantasma, sino en su cuerpo glorioso y resucitado y después de saludarlos llama a Tomás y le pide que meta su dedo en las heridas de los clavos y la mano en su costado. En ese momento santo Tomás exclama: ¡Señor mío y Dios mío! Por primera vez estaba tocando a Cristo con los ojos de la fe y confiesa que verdaderamente es Jesús, el Señor resucitado.
Los discípulos de Emaús pasaron por lo mismo. Iban desconsolados, tristes, decepcionados porque ellos esperaban que su Maestro los libraría de la opresión. Ellos imaginaban un Mesías poderoso, capaz de someter por la fuerza a los romanos y a los jefes de la sinagoga. No obstante, hacía tres días que había muerto crucificado. Esto mismo le sucede a tantos hombre que esperan que Dios se abaje a sus mezquinos esquemas, quieren un dios a su medida. Si las cosas no suceden como ellos quieren o imaginan entonces se decepcionan de Dios y lo abandonan. Huyen de Dios incapaces de reconocer la acción de la Divina Providencia en sus vidas. Ellos caminaron todo el día junto a Cristo sin reconocerlo. Fue hasta el momento de la fracción del pan cuando se les abren los ojos y descubren que es el Jesús.
San Juan, santo Tomás, los discípulos de Emaús y la lista podría seguir creciendo. Todos recibieron el don de la fe. La fe son los ojos del alma que nos hace percibir las realidades espirituales. Por desgracias hay muchos ciegos, gente que no cree y por eso resulta comprensible su actitud despectiva hacia los creyentes. Se enfurecen porque no perciben lo que los otros ven. O cada uno hace la experiencia de la fe o jamás descubrirá a Cristo vivo y resucitado.