Domingo de Ramos

Mateo 26, 14--27, 66: La vanagloria

Autor: Padre José Manuel Otaolaurruchi, L.C.

 

 

El domingo de ramos contemplamos a Jesús entrar en Jerusalén montando en un burrito entre las aclamaciones del pueblo que lo ovaciona diciendo: “¡Hosanna! ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! La gente extiende sus mantos por el camino para alfombrar el sendero. Se trata sin duda de uno de los momentos más apoteósicos de la vida pública de Cristo. No encuentro otro pasaje en el que haya sido tan aclamado por las multitudes. ¿Cómo se explica el hecho de que una semana después esta misma gente estará gritando enardecida: ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!?

En realidad el fenómeno no es nuevo. Recuerdo haber presenciado un partido de fútbol en donde el comentarista criticaba con sorna al ariete del equipo y cuando éste de repente anotó un gol, pasó a ser el héroe, el que sabía esperar el momento, la genialidad del balompié. Lo mismo sucede con los políticos, los artistas y el resto de los deportistas. Entre la vergüenza y la fama, no hay más que un pequeño paso. La masa no piensa, reacciona. No tiene juicio crítico, sólo emociones. No va a la esencia, sino a la apariencia.  Jesús por el contrario no se deja llevar por lo externo, por lo que dice la gente, él penetra el corazón de los hombres y sabe la verdad de cada uno. Después de la multiplicación de los panes, el pueblo lo quiso proclamar rey, pero Jesús se alejó de allí porque sabía lo que había en su corazón. “La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón”.  Así lo constatamos en la elección del rey David, después de haber sido presentados sus siete hermanos al profeta Samuel para ser ungidos.

¿Esto qué nos incumbe a nosotros? Ante todo, conociendo la liviandad de la gente, hay que huir de andar buscando el incienso del respeto humano, del honor y la fama. Del vivir agradando a los hombres que pasado mañana te olvidarán. Este tufillo emborracha a los vanidosos y al final se disipa convirtiéndose en humo, en tiniebla, en nada.

En segundo lugar, buscar la integridad de mi conciencia, de mi psicología, huyendo de la mentira, del engaño o la hipocresía; del tirar la piedra y esconder la mano; del pasar por la vida criticando a los otros, pero sin aportar nada al bien común. Para Poncio Pilatos ¿no fue locura haber condenado a Cristo a cambio de conservar un puesto político? Renunciar a las propias convicciones equivale a perderlo todo. La conciencia no se vende por nada. Ella hablará por mí en el último día.