Solemnidad de la Ascensión del Señor, Ciclo A

Mateo 28, 16-20: La bendición

Autor: Padre José Manuel Otaolaurruchi, L.C.

 

 

Pedir la bendición es una de las costumbres más bellas de nuestra fe. Antes de salir de viaje los padres bendicen a los hijos para que Dios los guarde de todo mal y les permita volver sanos y salvos. En muchos hogares la prole pide la bendición antes de retirarse dormir para que Dios les conceda una noche tranquila.  En la calle es frecuente que las personas pidan la bendición al sacerdote e incluso lo hacen con un tremendo grito: “¡Bendígame, padre!”. 

La bendición es un sacramental. ¿Qué es un sacramental? Es un signo sagrado a través del cual se otorgan dones espirituales para el alma que los acoge con buenas disposiciones. La forma más común es la bendición. Por eso se bendice a los niños, a los novios, los automóviles cuando son nuevos y también cuando son viejos. Aunque pasados los 110 Km/hora el efecto se acaba ¡eh!

El sacerdote bendice con agua bendita o haciendo la señal de la cruz. Los fieles la reciben santiguándose, es decir, llevando la mano de la frente al pecho y del hombro izquierdo al derecho pasando por el corazón. De esta manera quedan blindados la mente y el corazón de los malos pensamientos y deseos.

Cuando nos santiguamos manifestamos el deseo de guiar nuestra vida por el sendero del bien y de la verdad. Expresa una actitud de humildad, pues sólo pide auxilio el que sabe que lo necesita. Quien olvida la señal de la cruz es un autosuficiente que no recurre a Dios hasta el día en que el agua le llegue a las narices.

La señal de la cruz forma también un escudo que nos protege de las asechanzas del maligno. Usa escudo quien es consciente de la guerra que se libra entre el bien y el mal. Satanás, padre de la mentira, nos pone en tentación mostrándonos el mal con apariencia de bien. Por eso pedimos en la oración del padre nuestro: “no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”.

La solemnidad de la ascensión del Señor a los cielos, nos invita a no quedarnos parados mirando al cielo pasivos y sin hacer nada. Hay que salir al paso de los necesitados, poner mi granito de arena en la edificación de una sociedad más justa. Anunciar con nuestras buenas obras que el amor es más fuerte que el mal y que el pecado. Ser una bendición para nuestra familia, patria y amigos. Ser ungüento que sabe curar los dolores de tantas personas que viven lejos de Dios; motivo de esperanza para tantos que sufren depresión, miedos y penas.