VI Domingo de Pascua, Ciclo A
Juan 14, 15-21: Dios escondido
Autor: Padre José Manuel Otaolaurruchi, L.C.
Las escondidas es un juego que de niños hemos disfrutado a lo grande. Era fabuloso correr a toda prisa a las cortinas de la sala cuando papá llegaba del trabajo para obligarlo a comerte a besos una vez que te encontraba. También podía resultar aburrido, como le pasó a una señora que sentada junto a su marido le dijo: -Viejo, ¿cuánto te apuestas a que si me escondo, no me encuentras? El marido le respondió: -¿Cuánto te juegas a que si te escondes, no te busco?
Dios también juega con nosotros a las escondidas. Le gusta que le busquemos a través de la naturaleza, de la historia humana y en nuestra propia vida. Lo que pasa es que no lo podemos ver directamente como muchos quisieran, sino como en un espejo, pero lo veremos cara a cara en el cielo. (I Cor.13, 12)
León Tolstoi explica, en forma de cuento, que si bien no podemos ver a Dios, sí podemos contemplar cómo actúa. “Había un rey severo que pidió a sus sabios que le mostraran a Dios. Los sabios no fueron capaces de cumplir ese deseo. Entonces un pastor, se ofreció para realizar la tarea de los sabios. El pastor dijo al rey que sus ojos no bastaban para ver a Dios. Entonces el rey quiso saber al menos qué es lo que hacía Dios. Para responder a esta pregunta —dijo el pastor al rey— debemos intercambiarnos nuestros vestidos. Con cierto recelo, pero impulsado por la curiosidad el rey accedió y entregó sus vestiduras reales al pastor y él se vistió con la ropa sencilla de ese pobre hombre. En ese momento recibió como respuesta: "Esto es lo que hace Dios".
En efecto, Dios se esconde en el firmamento, y su firma son las estrellas; Dios se esconde en una pareja de enamorados y su firma es el primer beso; Dios se esconde en el cuerpo humano, y su firma es la admirable capacidad que tenemos para ver, oír y gustar de los colores, la música y los sabores. Dios se esconde en el arte y su firma es la belleza; Dios se esconde en la naturaleza y su firma es el canto de los pajarillos, del arrollo y del silbido del viento entre las hojas de los árboles. Dios se esconde en la Eucaristía y su firma es la paz que produce en el alma.
En el evangelio de este domingo, Jesús promete no dejarnos solos. “Yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad”. El Espíritu Santo, el artífice de nuestras buenas obras, de nuestros buenos deseos, de nuestra coherencia de vida, de nuestra rectitud de conciencia. Ese Dios escondido cuya voz susurra sin descanso en el fondo del alma como prueba de su presencia viva y operante.