Encuentros con la Palabra
Domingo XXXII del tiempo ordinario, Ciclo B (Juan 2, 13-22)
Autor: Padre Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
“¡No hagan un mercado de la casa de mi Padre!”
Gracias a Dios actualmente no es común encontrar en nuestras iglesias la proliferación de vendedores y negocios que se podían encontrar en el templo de Jerusalén, en los tiempos de Jesús: “encontró en el templo a los vendedores de novillos, ovejas y palomas, y a los que estaban sentados en los puestos donde se le cambiaba el dinero a la gente”. Viendo este mercado, Jesús sintió lo que algunos estudiosos han llamado ira santa... “Jesús tomó unas cuerdas, se hizo un látigo y los echó a todos del templo, junto con sus ovejas y sus novillos. A los que cambiaban dinero les arrojó las monedas al suelo y les volcó las mesas. A los vendedores de palomas les dijo: –‘¡Saquen esto de aquí! ¡No hagan un mercado de la casa de mi Padre!”
Cuando san Ignacio leyó este pasaje, se fijó en el hecho de que Jesús había tratado a los más pobres con una particular caridad; dice, en el número 277 de los Ejercicios Espirituales: “DE COMO CHRISTO ECHO FUERA DEL TEMPLO LOS QUE VENDIAN ESCRIBE SANT JOAN (...) 1º Primero: Echó todos los que vendían fuera del templo con un azote hecho de cuerdas. 2º Derrocó las mesas y dineros de los banqueros ricos que estaban en el templo. 3º A los pobres que vendían palomas mansamente dijo: (quitad estas cosas de aquí y no queráis hacer mi casa, casa de mercadería)”.
Desde luego, este pequeño matiz que capta san Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales, tiene su explicación en el hecho de las ofrendas de los pobres eran las palomas, como nos lo recuerda el libro del Levítico: “Cuando se cumpla el término de la purificación, ya sea de niño o de niña, la madre deberá llevar a la entrada de la tienda del encuentro un cordero de un año para ofrecerlo en holocausto, y un pichón de paloma o una tórtola como sacrificio por el pecado. (...) Y si la madre no tiene suficiente para un cordero, podrá tomar dos tórtolas o dos pichones de paloma, uno para ofrecerlo en holocausto y otro como sacrificio por el pecado” (Levítico 12, 6.8). Por tanto, los que vendían palomas eran más pobres que los que vendían novillos y ovejas o los que se dedicaban a cambiar el dinero impuro que traían los peregrinos de los cuatro puntos cardinales.
No podemos olvidar, junto a este dato, que Jesús hace caer en la cuenta a los que le preguntan por la autoridad con la que hacía estas cosas, que él estaba identificando el templo con su propio cuerpo: “Jesús les contestó: –Destruyan este templo, y en tres días volveré a levantarlo. Los judíos le dijeron: –Cuarenta y seis años se ha trabajado en la construcción de este templo, ¿y tú en tres días lo vas a levantar? Pero el templo al que Jesús se refería era su propio cuerpo. Por eso, cuando resucitó, sus discípulos se acordaron de esto que había dicho y creyeron en la Escritura y en las palabras de Jesús”.
Por otra parte, este pasaje nos deja muy claro que el Señor Jesús tenía mucho carácter y que no tenía el menor problema en expresar con claridad lo que sentía y veía; particularmente, no se calla cuando es testigo de una injusticia o un abuso. En este caso es un abuso contra su cuerpo; y el cuerpo del Señor resucitado hoy en medio de nosotros es el cuerpo lacerado y golpeado de los más pequeños. La pregunta que nos lanza hoy la Palabra es si estamos defendiendo, sin ambigüedades la vida de los más pobres entre nosotros.