Encuentros con la Palabra
Domingo III del Tiempo ordinario, Ciclo C (Lucas 1, 1-4; 4,14-21)
Autor: Padre Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
“(...) me ha parecido conveniente escribirte estas cosas ordenadamente”
Después de una pequeña escala por el evangelio de san Juan, que hicimos el domingo pasado, el Ciclo C de la liturgia dominical nos invita a recorrer el tercer evangelio, escrito muy probablemente por un médico, compañero de Pablo de Tarso (Cfr. Colosenses 4, 14; 2 Timoteo 4, 11; y Filemón 24), que se dio a la tarea de investigar sobre la vida de Jesús, para ofrecer a la comunidad cristiana de origen no judío, como seguramente él mismo lo era, “la historia de los hechos que Dios ha llevado a cabo entre nosotros, según nos los transmitieron quienes desde el comienzo fueron testigos presenciales y después recibieron el encargo de anunciar el mensaje”. Para ello, dice el autor de este evangelio, dirigiéndose a un tal Teófilo, “lo he investigado todo con cuidado desde el principio, y me ha parecido conveniente escribirte estas cosas ordenadamente, para que conozcas bien la verdad de lo que te han enseñado”.
Lucas compuso este evangelio tomando más o menos la mitad de su contenido de los evangelios de Marcos y de Mateo, anteriores a él. La otra mitad es el aporte que nos brinda después de su cuidadosa investigación. Añadido a esto, Lucas complementa este texto evangélico con el libro de los Hechos de los Apóstoles, en el que relata los años posteriores a la muerte y resurrección del Señor, resaltando especialmente la acción del Espíritu Santo. Lucas destaca de manera particular la parte que tuvieron las mujeres en los acontecimientos que relata, y muestra un interés muy especial en señalar el amor de Dios por los pobres y los pecadores, lo mismo que el carácter universal de la salvación traída por Jesús.
Después de esta sencilla introducción al texto que vamos a leer en los próximos domingos, el evangelio nos presenta la primera actuación pública de Jesús en Nazaret, el pueblo en el que se había criado. Es el único pasaje evangélico en el que se presenta a Jesús leyendo. Y tal vez lo más destacable de esta escena es la manera como el mismo Jesús nos enseña a leer la Palabra de Dios. Después de haber hecho la lectura del profeta Isaías, cuenta san Lucas que Jesús cerró el libro, lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó. Todos los que estaban allí tenían la vista fija en él. Él comenzó a hablar diciendo: –Hoy mismo se ha cumplido la Escritura que ustedes acaban de oír”.
Jesús sintió la responsabilidad que tenía de hacer cumplir esta profecía: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado para llevar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar libertad a los presos y dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a anunciar el año favorable del Señor”. Es la mejor declaración pública de lo que él mismo entendió que era su misión en este mundo. Y san Lucas presenta esta declaración en medio de la gente que lo vio crecer y que estaba esperando su manifestación plena.
Esto es lo que realmente se llama un “Encuentro con la Palabra”. Es decir, una lectura que nos compromete y nos envía en misión cada día. Esta es la mejor manera de acercarnos a la Palabra de Dios: Estar dispuestos a dejarnos tocar por ella y a dejarnos transformar por este encuentro cotidiano con la voluntad del Señor, manifestada a través la Escritura. Pidamos al Señor que todos nosotros, como Jesús, aceptemos la invitación que él mismo nos hace, cotidianamente, a través de su Palabra.