La elección del Obispo de Roma

Autor: Padre Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

 

 

La historia de la Iglesia Católica está llegando a los dos mil años. Esto explica los cambios tan profundos que se han dado en sus estructuras a lo largo del tiempo. Sin embargo, el Espíritu que la anima y la conduce actualmente, es el mismo que la vio nacer. Continuidad en la inspiración fundamental y evolución permanente en sus formas, es la primera característica que podríamos señalar al hablar de la elección del Obispo de Roma, que la Iglesia entera reconoce como cabeza de la Iglesia Católica Romana.  

Vicario de Cristo, Sumo Pontífice, Santo Padre, Su Santidad, Papa, Jefe del Estado Vaticano, son formas de llamar al Obispo que sea elegido por los Cardenales de la Iglesia, como Obispo de la ciudad Eterna. De hecho no hay escalafones superiores dentro de la jerarquía de la Iglesia, que el episcopado. Es decir, más que Obispo, no hay nada. Y lo especial del que sea elegido como Obispo de Roma es que se le reconoce un ‘primado’ sobre la Iglesia universal, es decir, ‘católica’. Por eso, el Obispo de Roma nombra a un delegado suyo para que gobierne la iglesia local de Roma, de manera que él pueda ocuparse completamente de la administración, orientación y dirección de la Iglesia Universal.  

La pregunta que asalta a muchos cristianos hoy es: ¿Cómo será elegido el nuevo Papa? ¿Cuáles son los procedimientos para escoger el sucesor de San Pedro en la conducción de esta enorme nave que es la Iglesia Católica? ¿Quién determinó estos procesos y desde cuándo están vigentes? ¿Quién controla la legitimidad y la validez de esta elección? Queremos ayudar a despejar estos y otros interrogantes que no son tan secretos y misteriosos como a veces pensamos.  

En primer lugar, llama la atención que las normas que se seguirán para la elección del sucesor de Juan Pablo II, fueron establecidas precisamente por él. Desde luego, no fueron inventadas completamente por el Sumo Pontífice que nos acaba de dejar, pero sí fueron revisadas y actualizadas recientemente por petición suya. El Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis (El pastoreo del rebaño universal del Señor), fue publicada en 1996, hace menos de diez años. Este documento ofrece todas las directrices y normas necesarias para que la Iglesia viva en paz y armonía este momento de cambio, tan significativo para la vida de tantos millones de católicos que habitan este planeta.  

Es decir, que a pesar de la enorme tradición que ha sido acumulada durante años de historia, la Iglesia nunca ha dejado de actualizar las normas que rigen sus propios procesos internos; por esto, no sería raro que antes del próximo ‘cónclave’ como se llama la reunión de los Cardenales que eligen al Papa, se haya hecho una nueva revisión completa de los procedimientos que se observarán en esta ocasión. Cón-clave, significa “reunión bajo llave”. Esta palabra fue utilizada por primera vez por el Papa Gregorio X en julio de 1274 al proclamar una nueva legislación que determinaba que la elección del Papa fuera realizada en un lugar en el que los cardenales pudieran estar encerrados con todas las garantías para su seguridad.  

El cónclave debe comenzar entre quince y veinte días después de la muerte del anterior Pontífice y en él deben reunirse los cardenales que no hayan cumplido los 80 años, cifra que en este momento asciende a 117 cardenales. Para esta ocasión, los cardenales, venidos de los cinco continentes, se hospedarán en la casa “Santa Marta”, construida por Juan Pablo II al interior de la Ciudad del Vaticano. Sin embargo, las reuniones de elección se harán, como se han hecho desde hace muchos años, en la Capilla Sixtina, construida por Sixto IV en el siglo XV.  

Una vez están reunidos los cardenales bajo llave, ninguno de ellos puede abandonar la reunión a no ser por motivos de enfermedad o de otras razones de peso, aceptadas por la mayoría de sus compañeros de encierro. Todos los colaboradores que deben ayudar en la estadía de los cardenales durante estos días, deben prometer que no dirán nunca nada de lo que ellos puedan saber de la elección que se va a realizar.  

El primer día de encuentro, los cardenales electores celebran la eucaristía en la Basílica de San Pedro. Por la tarde, entran a la Capilla Sixtina en procesión y en orden de edad y cantando el himno del siglo IX: “Veni, Creador Spiritus” (Ven, Espíritu Creador). Los cardenales también hacen un juramento de mantener en secreto todo lo que suceda dentro de la reunión y prometen no aceptar interferencias en la elección y observar las reglas que han sido establecidas para la elección del Papa. Luego, el maestro de ceremonias invita a todos los que no son colaboradores o cardenales electores, a abandonar la sala con la expresión en latín: “Extra omnes”, que significa, “Todos fuera”. Este mismo maestro de ceremonias, junto con el subsecretario de Estado, Arzobispo Leonardo Sandra, cierran las puertas de la casa Santa Marta y de la Capilla Sixtina. En seguida, los que no son cardenales electores, abandonan la Capilla. La votación puede comenzar inmediatamente o a la mañana siguiente. Normalmente, hay dos votaciones por la mañana y dos por la tarde. Como veremos, los procesos son lentos y cuidadosos.  

El proceso de la votación comienza cada mañana con la elección de tres encargados de los escrutinios (examinadores) de ese día, tres enfermeros que reciben los votos de los cardenales que no están en la sala por estar demasiado enfermos, y tres revisores que se encargan de controlar el conteo de los votos (todos ellos cardenales electores). Esto hace que las precauciones contra cualquier tipo de fraude sean completamente estrictas. Cada uno de los cardenales escribe el nombre de su candidato en una tarjeta que tiene impreso en latín: “Eligo in Summum pontificem (Elijo como Sumo Pontífice). La tarjeta se dobla y luego, uno por uno, van pasando al altar, donde oran un momento de rodillas, y puesto en pie dice cada uno: “Teniendo a Cristo por testigo, quien será mi juez, declaro que mi voto será dado por aquel que pienso, delante de Dios, que debe ser elegido”. Esto lo dice cada cardenal cuantas votaciones haga y lo repiten los 117 cardenales cada vez. En seguida, las papeletas son colocadas sobre una patena que está sobre un cáliz. Al levantar la patena, la tarjeta cae dentro del cáliz, donde se van recogiendo todos los votos. Una vez terminan de pasar los cardenales presentes, los tres cardenales elegidos como enfermeros para ese día, dejan la sala, llevando una caja cerrada con llave, para recibir los votos de los cardenales enfermos que están fuera de la Capilla.  

Una vez regresan los enfermeros con los votos de los enfermos, los cardenales encargados del escrutinio mezclan las papeletas y comienzan el conteo. Si el número de papeletas es distinto del número de electores, las papeletas son quemadas sin ser leídas, y comienzan de nuevo el proceso. Si el número de papeletas corresponde al número de electores, el primer examinador saca las papeletas una por una y las va desdoblando; lee el nombre que contiene y lo anota en una hoja. Esto lo hace en completo silencio. Pasa esta primera papeleta al segundo examinador que hace lo mismo. A su vez, este examinador la pasa al tercero que anota también el nombre en una hoja, pero éste sí la lee en voz alta de modo que todos los cardenales lo escuchen. Al final, cada uno de los tres examinadores, lee en voz alta el número de votos que ha obtenido cada candidato. Si un candidato recibe dos terceras partes de los votos, se considera elegido. En caso de que el número de cardenales electores no se pueda dividir por tres, el número de votos necesarios para ser elegido será, dos terceras partes, más uno.  

Una vez los tres examinadores han leído en voz alta el resultado, que debe coincidir, evidentemente, el tercer examinador atraviesa todas las papeletas con una agujaque pasa por donde está escrita la palabra “Eligo”, y hace un nudo en cada extremo del hilo grueso que se utiliza. Pasa esto a los tres revisores, junto con los tres escritos en los que se han recogido los escrutinios. Si todo está correcto, los examinadores, junto con el secretario del cónclave y el maestro de ceremonias, queman las papeletas y todas las notas que hayan sido tomadas por los examinadores o los cardenales en una estufa especial. Desde 1903, el maestro de ceremonias añade algunos químicos, que permiten modificar el color del humo para que los feligreses que esperan noticias en la Plaza de San Pedro, puedan reconocer los avances de la elección: Si el humo es negro, aún no ha sido elegido el nuevo Papa; si el humo es blanco, comienzan las celebraciones en toda Roma.  

El único registro escrito que se conserva del proceso de votación es el documento que prepara el Camarlengo, Cardenal Martínez Somalo, con los resultados de cada una de las sesiones. Este documento, aprobado por los cardenales electores, se le entrega al nuevo Papa, quien lo guarda en un lugar que sólo será abierto con permiso papal.  

Los últimos papas han sido elegidos en pocos días: Pío XII, en día y medio; Juan XXIII, en cinco días; Pablo VI, en dos días; Juan Pablo II, en dos días. Pero hay normas establecidas para el caso de que ningún candidato logre las dos terceras partes de los votos para ser elegido. Si en los primeros tres días no se ha elegido Papa, se tiene un día de oración especial y se reanudan las votaciones al quinto día, después de una exhortación de uno de los cardenales más jóvenes. Se tienen, entonces, siete votaciones más; si aún no hay elección, dedican otro día a la oración con la correspondiente exhortación. Vienen luego otras siete votaciones y un nuevo día de oración; y, por último, siete votaciones más. Si después de esto no hay elección, las normas establecen que la mayoría requerida para la elección puede modificarse a la mitad más uno; y si la dificultad persiste, los cardenales pueden limitar el número de candidatos a los dos que más votos han tenido en la última votación.  

Si la elección se da por las vías normales, como es de esperarse y como ha sido en los últimos tiempos, el decano de los cardenales le pregunta al elegido si acepta. Una vez el elegido ha aceptado, los demás cardenales le brindan su reconocimiento y es presentado ante el pueblo de Roma con la expresión: “Habemus papam” (Tenemos Papa). Esperamos que estas nuevas normas de elección, tan cuidadosamente establecidas, sigan animadas por el mismo Espíritu de Dios que vio nacer a la Iglesia, para que el resultado de este proceso nos anime a todos a seguir viviendo la “Fidelidad Creativa” que necesita nuestro mundo hoy.

 

* Doctor en Teología. Director del Centro Ignaciano de Reflexión y Ejercicios (CIRE) y profesor de  la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana.