A desaprender
Ascensión del Señor, Ciclo A
Autor: Padre Gustavo Vélez Vásquez (Calixto)
“Dijo Jesús a sus discípulos: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos. Y yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”. San Mateo, cap. 28.
La vida - pícara o ingrata, según queramos mirarla - a todos nos impone la forzosa tarea de desaprender. Al médico más allá de los textos académicos, ante el dolor de los enfermos. Al industrial, más allá de las teorías económicas, frente a la circunstancia propicia. Al creyente, más allá de las fórmulas teológicas, cuando logramos experimentar a Dios. No es esto un proceso iconoclasta, sino el camino a la sabiduría.
Jesús “subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre”. Así rezamos en el Credo. Pero ¿qué nos dice esta frase que integra dos verbos y tres sustantivos?.
Cuando Dios se hizo hombre quiso pasar un tiempo entre nosotros. Sus seguidores lo acompañaron por los caminos de Palestina, oyendo sus parábolas, entusiasmados con sus milagros. Luego de la resurrección compartió algún tiempo con ellos en el cenáculo, por el camino que va a Emaús. También en Galilea, ante quinientos discípulos.
Pero enseguida ya no estaría en la tierra de forma visible. Y para hacerse entender, luego de enviar a sus discípulos por todo el mundo, “lo vieron levantarse, hasta que una nube lo quitó de su vista”. Así leemos en Los Hechos. San Mateo coloca al final esta frase: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos”. San Marcos dice por su parte: “Después de hablarles, Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios”. San Lucas apunta: “Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo”.
Confesamos que el Maestro subió al cielo. Pero no estamos recordando un hecho geográfico: Tiempo y lugar precisos del suceso. Velocidad y coordenadas del ascenso. Señalamos ante todo que Cristo es Dios. Y al afirmar que está sentado a la derecha de Dios, expresamos su igualdad con el Padre, su poder sobre todo el universo.
Entonces descubrimos una ley cósmica, más fuerte y universal que la de Newton. Como enseñó el Padre Teilhard, todos los seres somos atraídos hacia el punto Omega. Hacia la mitad del cielo, donde habita Cristo, el Señor.
Habían matado un joven, uno más, en la arriscada vereda. Miedo, ansiedad, desconcierto de los vecinos. Mientras el agua bendita mojaba el ataúd, plegarias ateridas de llanto, y un canto mezclado de sollozos: “La fe nos ilumina, nuestro destino no se halla aquí. La meta está en lo eterno, nuestra patria es el cielo”.
Conviene entonces desaprender desde unas fórmulas congeladas en la memoria, hasta una fe que nos alumbre en cada momento. Conviene desinstalar el corazón, porque todo aquí abajo es pasajero. Conviene ensayar el cultivo de los valores permanentes, que resisten la polilla y la herrumbre.
San Pablo escribía a los fieles de Éfeso: “Ojalá comprendáis cuál es la riqueza que Dios dará en herencia a sus hijos”. Por tal motivo podemos exclamar sobre el mundo, como lo hizo Unamuno sobre Castilla: “Sube aquí de la tierra una gran serenidad a juntarse a la serenidad grandísima que baja del cielo”.