Estrategias fatales
Autor: Padre Guillermo Juan Morado
Tomo prestado el título de uno de los ensayos de Jean Baudrillard, Estrategias fatales, para referirme a las trazas que han seguido quienes impulsaron la despenalización del aborto en Colombia. El plan, perfectamente organizado, aunque fatal por su maldad y carácter dañoso, lo ha explicado, en una entrevista publicada en “Página/12”, el 21 de agosto de 2006, una de sus ejecutoras, una abogada colombiana, con la finalidad, parece, de exportarlo a la Argentina.
En nueve meses – ¡negra ironía la coincidencia con el embarazo! - , han alumbrado una criatura siniestra, logrando que la Corte Constitucional de Colombia dictase una sentencia, el 10 de mayo de 2006, según la cual el artículo del Código Penal que criminalizaba el aborto sin excepción, no puede aplicarse en tres casos: Cuando la continuación del embarazo constituya peligro para la vida o la salud de la mujer; cuando exista grave malformación en el feto, que haga inviable su vida; y cuando el embarazo sea el resultado de una conducta delictiva, debidamente denunciada.
La puerta al aborto libre en Colombia ha quedado expedita. Baste pensar que el peligro para la vida o salud de la mujer, que un solo médico ha de certificar, no tiene por qué ser ni grave ni inminente. Y que el concepto de salud que se baraja es el de la OMS; es decir, el máximo estado de bienestar físico, mental y emocional.
¿Cómo lo han conseguido? Mediante una combinada maniobra, con tres frentes: el jurídico, el mediático y la búsqueda de alianzas. En contra, prácticamente sólo la Iglesia Católica. La artimaña ha sido tan eficaz que, según la abogada colombiana, “un mes después de presentar la demanda se hizo una encuesta nacional y mostró que el 85 por ciento de la población estaba en contra de cualquier despenalización. En marzo, antes del fallo, ya la opinión pública estaba mayoritariamente a favor de la despenalización parcial, que fue lo que pedimos; 54 por ciento pensaba así. Y después de la sentencia este apoyo subió a más del 80 por ciento”.
Los “argumentos” jurídicos – susceptibles de retorsión, si uno da un mínimo paso más allá del positivismo rampante – los han extraído, casi todos, de recomendaciones de los diversos comités de la ONU que teóricamente tutelan los diversos tratados de derechos humanos; particularmente de los “consejos” de la CEDAW. La estrategia mediática - ya decía Baudrillard que la mirada del hombre ya no se dirige hacia la naturaleza, sino hacia las pantallas de televisión – consistió en no presentar el aborto como un problema religioso, sino como un negocio jurídico, como una cuestión de salud pública, como una causa en pro de los derechos humanos y de la equidad de género; en definitiva, como un asunto de justicia social. Las alianzas buscadas fueron múltiples; ante todo, “entidades feministas, de mujeres, de derechos sexuales y reproductivos”, pero también académicos, médicos, abogados y líderes de opinión pública.
La victoria alcanzada con esta triple alianza la describe muy bien la abogada: “había una oposición muy fuerte, que ejercía mucha presión sobre los magistrados y la opinión pública. Sin embargo, el apoyo que empezamos a recibir fue determinante. Cada vez más gente fue sumándose y sumándose: editoriales de todos los diarios más importantes y columnistas de opinión apoyaron la demanda [...] hasta que se convirtió en políticamente correcto apoyarla”.
En la retaguardia, muchas personas, mucha ideología y mucho dinero. No hay más que ver la larga lista de acaudalados donantes que financian las “humanitarias” campañas de la ONG internacional Women's Link Worldwide, de cuyo programa de “justicia de género” es directora la abogada colombiana.
No erraba Juan Pablo II, al escribir que estamos frente a una realidad muy amplia, “que se puede considerar como una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera «cultura de la muerte». Esta estructura está activamente promovida por fuertes corrientes culturales, económicas y políticas, portadoras de una concepción de la sociedad basada en la eficiencia. Mirando las cosas desde este punto de vista, se puede hablar, en cierto sentido, de una guerra de los poderosos contra los débiles” (Evangelium vitae, 12). Ni tampoco erraba Jesús - ¡no podía hacerlo! – cuando afirmó que “los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz” (Lucas 16, 8).