El retablo de San Miguel

Autor: Padre Guillermo Juan Morado

 

 

Lo he pensado más de una vez: Los cuatro duros que el Estado, a cargo de los presupuestos; es decir, del dinero de los ciudadanos, destina a la Iglesia para el sostenimiento del clero están más que justificados. Y no sólo porque la evangelización sea un servicio a la sociedad; un servicio capaz de aportar esperanza y sentido en medio del desencanto y del desconcierto. También por otras razones merece la pena la “inversión”. Por ejemplo, para sostener el inmenso y rico patrimonio de arte sacro que custodian, en los rincones más aislados de nuestra geografía, las diversas iglesias parroquiales, las capillas y hasta las ermitas. Sí, no hablo de las grandes catedrales y de los imponentes monasterios; hablo de los pequeños templos, esparcidos aquí y allá, donde unos cuantos feligreses se reúnen cada domingo para celebrar la la Pascua de Cristo, la vida y la muerte, los nacimientos y las pérdidas de los seres queridos; en definitiva, los avatares de nuestro paso por el mundo - tan reales y tan alejados de las teorías - , nunca ajenos a esa historia de divina solidaridad con lo humano que es el cristianismo.

Donde todos se han ido, queda el cura. ¿No es esta permanencia indicio de una opción por los pobres pocas veces vindicada? Hay una similitud, una proximidad, entre el cura de una parroquia de pueblo o de aldea y esas madres de familia, cuya única realización era cuidar de su esposo y de sus hijos. “Lo propio del amor es abajarse”, escribía en la Historia de un alma Teresa de Lisieux, asombrada ante el descenso de Dios, que no mora únicamente en los santos doctores que han iluminado a la Iglesia, sino también en el niño, “que nada sabe y sólo deja oír débiles gemidos”. ¡Lo propio del amor! De ese amor que apenas queda, de la nostalgia de ese amor, hay huellas en nuestra memoria y en nuestros curas.

Visitaba hace poco una iglesia en Galicia, la de San Miguel de Riofrío, “en el concello de Mondariz, provincia de Pontevedra, diócesis de Tui-Vigo”, como quizá rece en los libros parroquiales al anotar las esporádicas visitas de los Obispos. Visitaba aquella iglesia, donde parecía haber sobrevenido un cataclismo. El retablo mayor, esa especie de escenario que rodea el tabernáculo - que siempre está en el centro, porque las iglesias parroquiales saben mucha teología - aparecía desmontado, convertido en una legión de trozos de madera carcomida por las termitas, desteñida por el paso del tiempo, acusando los signos de vejez que hasta en las cosas materiales nos recuerdan nuestra caducidad de mortales.

El cura, que apenas rebosa la treintena, capitaneaba la faena. Y con él, una cuadrilla de restauradores, afanados en rescatar la belleza, en no dejar morir ese legado de arte y de fe que otros, con menos medios y más mérito, nos dejaron como herencia preciosa, como memoria viva de que a Dios, como hacía Abel, se le ofrece siempre lo mejor; aunque tengamos poco, aunque no tengamos nada.

El retablo, que enmarca el sagrario, está dedicado a San Miguel; un soldado joven, de las milicias angélicas, ataviado con lanza y escudo, que vence a un enemigo derrotado, pero no muerto. Y en un cuerpo superior, ya un ático que corona el conjunto, el Calvario: Cristo en su agonía serena, acompañado por el consuelo orante de María y por la juventud de Juan, el evangelista. En las calles laterales, los santos, esos pobladores del pueblo de la Iglesia, renacidos en la Cruz y alimentados en la Eucaristía: San Lorenzo, con la dalmática y la palma del martirio; San José de la mano del Niño; la Inmaculada, con quien empieza y termina el gran teatro del mundo y de la redención.

He visitado la iglesia. Los treinta mil euros de la restauración, subvencionada sólo en parte por algún departamento de la administración pública, me parecen nada y, a la vez, una fortuna. Sin esos curas de los pueblos, como sin aquellas madres de familia, la casa y la Iglesia – realidades parecidas – nunca se sostendrían.